12 de junio, 2014
¿Y mañana? ¡Ay mañana!
Cuánto han cambiado las cosas desde que Naranjito se coló en nuestros televisores. Allá en el lejano 1982 la Venezuela Saudita iba por el mundo derrochando petrodólares y comprando todo de a pares porque el “ta’ barato dame dos” era casi tan común como dar los buenos días.
Las bolas de Torondoy casi se iban rodando desde Margarita a las neveras de una clase media que daba envidia. Los vuelos privados hacían largas esperas para aterrizar en La Carlota, nuestras misses dejaban boquiabiertos al resto de los mortales alrededor del mundo donde también se estaban formando las mentes más brillantes del país gracias a unas becas que cambiaron la vida a muchos.

No teníamos grandes problemas, había pobreza pero irse caminando a pegar el tercer turno en una fábrica no era buscar la muerte a manos de un atracador. Por las tardecitas todo el mundo se sentaba en el porche con la puerta abierta para que el vecino que quisiera entrar a saludar lo hiciera con solo un empujoncito. Los supermercados estaban llenos de productos de todas las marcas, casi todas nacionales porque lo que se consumía era HECHO EN VENEZUELA aunque tuviera marca extranjera. Nabisco La Favorita, Kraft, Alfonzo Rivas y Cía, Empresas Polar, Aceite Diana, Uniroyal, Rayovac, Heinz, Johnson & Jonhson, Vidriolux, Cerámicas Carabobo, Divenca, Champion, Monaca, Tío Rico, Firestone, Sherwin-Williams, General Motors, Chrysler, Ford Motors, Colgate-Palmolive, Jugos Frica, y un etcétera tan largo como las caras de todos esos trabajadores que vía control de cambio o expropiación se quedaron en la calle.
Los niños jugábamos en las aceras, podíamos ir solos a la cancha a intentar encestar la pelota, cerrar la calle para jugar chapitas o futbolito, incluso ir a la bodega y con un real llenarnos las manos de chucherías. Los funerales eran debido a una muerte natural, así, como debe ser… Las telenovelas se producían como churros, la televisión no tenía espacio para la mediocridad, nos mostraba las dos caras de la realidad y no había fuerza capaz de silenciar a un periodista.
Parece que hablo del paraíso, y en cierta forma lo era. Venezuela era el país con la alfombra de “BIENVENIDO” siempre limpiecita para recibir a todo el que quisiera vivir en ella, porque lo único que estaba claro es que de allí nadie se iba nunca.
Llegaba España 82 con sus jugadores de pantaloncitos tan cortos que parecerían los del hermanito menor de cualquiera de los actuales, era un evento excepcional – especialmente en un país casi completamente beisbolero – . La emoción era especial porque todos aquellos gallegos que en busca de la libertad y el progreso abandonaron su tierra, por primera vez veían aunque fuera a través de un estadio todo lo que habían dejado atrás. Y ellos, nuestros queridos gallegos y nuestros queridos italianos nos metieron el fútbol en la sangre aunque al principio no le hiciéramos demasiado caso o lo viéramos con una gorra de béisbol puesta.

Naranjito se quedó en mi memoria en forma de esa calcomanía pegada en la puerta de la habitación de mi tío y que llegó casi entera pero marchita a Francia 98, igual que la Venezuela que ese año veía su último mundial navegando en el mar de la ignorancia sobre lo que le esperaba.
¡Qué angustia, qué nervios, qué desesperación! Eso es lo que siento hoy cuando a pesar de la inseguridad, la ruina, la miseria, la corrupción, la violencia, la mordaza, la persecución y la hipocresía, esta tarde el Campeonato Mundial de Fútbol anestesie por un mes a la mayoría de los venezolanos que por indiferencia, comodidad, incluso por “higiene mental” se amontonarán frente a sus televisores para ver a veinte locos corriendo detrás de una pelota, para reír, pelear con el entrenador, despotricar contra el árbitro y convertirse en expertos en chutes, dribles, chilenas, faltas, penales y estadísticas, en lugar de invertir toda esa energía, toda esa pasión en sacarle tarjeta roja al régimen que nos está goleando en un partido que jugamos en casa con un campo minado de trampas, un árbitro comprado, jueces de línea ciegos, y lo peor, tanto ruido por parte del público pagado para vernos abandonar que hace parecer que hasta nos hemos quedado sin entrenador.
Venezuela juega bonito lo que le pongan, desde tenis hasta metras, y es triste que el partido del tirano tenga tanto tiempo de descuento para que pueda seguir matando y guisando mientras seguimos embobados un mundial que se irá como los otros y del que no volveremos a hablar hasta dentro de cuatro años.
Sólo espero que no se les vaya la luz antes del pitazo final. Si no se les va, tranquilos, ya lo hará el día anterior, o peor, el siguiente cuando la realidad los despierte de la anestesia…
Eso sí, esa mañana no se quejen y como diría El Terror del Llano: agarren ese trompo en la uña…
11 de junio, 2014
El miedo de los payasos sin gracia
Escribo esto antes de desayunar para intentar soltar la impotencia que llevo en el estómago y que podría causarme una indigestión. Hace un par de días me ausenté de Twitter para alejarme aunque sea un poquito de lo que ocurre en Venezuela y poder preparar dos exámenes candela que tengo en la Facultad donde además de compartir mi vida con muchachos brillantes, también tengo que lidiar con hipócritas que aparentan defender la democracia y la libertad de expresión, pero a su manera, es decir, sin protestarle a los gobiernos de sus amigotes porque eso es golpista.
Al despertar leí que debido a presiones – un eufemismo más para las cotidianas amenazas que ejerce este régimen contra la empresa privada en Venezuela, y no solo – el programa de Luis Chataing salía del aire. Y para los que no son hijos de las arepas y el jugo de parchita, los ilustro: sacar del aire a Luis Chataing es como si lo hicieran a David Letterman, Jaime Bayly, Adal Ramones o Andreu Buenafuente.
Al régimen venezolano no le gusta el humor – el buen humor – lo que le gusta es una plomamentazón que monte un festival de balas mientras ellos “los del pueblo” echan una bailadita en cadena nacional. Le gustan las lágrimas, por eso organiza funerales a todo trapo para recrearse en el dolor de quien ignoraba que lo peor estaba por venir. A un régimen que no hace nada para que un país duerma como un niño (suponiendo que ese niño tiene el privilegio de usar pañales de los que ya no se consiguen, tomar leche la que ya no se consigue y comer compotas de las que ya tampoco se consiguen) que no brinda seguridad a la gente de a pie porque para ellos la seguridad no va más allá de la proporcionada por los innumerables escoltas que resguardan sus – no precisamente socialistas – carros oficiales, un régimen que en lugar de trabajar se ocupa de montar parapetos magnicidas con la consistencia de un castillo de naipes y que recurre sistemáticamente a un fantasma para despertar simpatías difíciles de comprar a punta de pantalla plana allá donde no llega ni la luz, qué va a querer vernos reír…
Y no, no le voy a llamar gobierno porque hace mucho que estos tipos se auto coronaron con otro nombre. El régimen que creó el Viceministerio para la felicidad y blablablá – como todo lo de ellos – no hace más que demostrarle a los venezolanos a diario que felicidad es eso que sentiremos cuando por fin se acabe esta vaina, lo cual no parece estar muy lejos dado el monumental miedo que están demostrando.

Estudiantes, amas de casa, escritores, modistas, políticos, artistas, periodistas, abogados, vendedores de perros calientes, médicos, mecánicos, humoristas y demás venezolanos decentes son perseguidos por esta legión de payasos que dan pena ajena y si acaso, producen una amarga carcajada por tanta incoherencia, mediocridad, desfachatez e ignorancia de la que hacen gala cada vez que abren la boca.
Luis Chataing no estará – por ahora – en televisión, y los que se acostaban tarde en este país madrugador dormirán un poco más para sintonizar la radio a las seis de la mañana y su equivalente huso en cada rincón del mundo donde lo escuchamos para que además de hacernos sonreír en la desgracia y de decir eso que alborota el prurito a los que “presionan”, también suelte las perlitas de optimismo que tanto necesitamos para aguantar este calvario de indecencia que estamos atravesando.
Para los simplistas esto no será más que una defensa a un opositor, pero no se trata de defender a Luis Chataing, Shirley Varnagy, Chuo Torrealba, Caterina Valentino y un desgraciadamente largo etcétera; se trata de defender el DERECHO a la LIBERTAD de expresión de un lado del micrófono y la de elegir del otro; un derecho INDIVIDUAL de TODOS y que cada uno debe ejercer como le parece y no como le es impuesto.
Chamo, si antes llenaba teatros vaya buscándose estadios para meter a ese bojote de gente que tiene ganas de oír la verdad de una manera diferente, pues aunque ya no nos la muestren en televisión y por falta de papel los periódicos están obligados a resumirla, la cotidianidad nos la estruja en la cara sin la menor consideración. De escenarios más altos te has caído – nadie puede negarlo – y con mayor o menor esfuerzo te has levantado para decir algo que nos quitara el susto y nos animara a seguir adelante demostrando que este país lo que necesita es gente que le eche pichón con una sonrisa, no payasos y mucho menos sin gracia.
6 de junio, 2014
Dèjá vu
Cuando uno ha dejado su tierra y por suerte o por desgracia ha vivido durante años en diferentes lugares de mundo que lo único que tienen es común es la lejanía de nuestras querencias, ve muchas cosas, aprende mucho.
Yo vengo de un lugar maravilloso con unas bellezas naturales que dejarían con la boca abierta al más indiferente, un lugar que guardo en mi memoria porque a pesar de regresar con mucha frecuencia, cada vez es más difícil reconocerlo.
Para quien no ha pasado por esto, debe saber que es cierto eso que escucha: no importa lo bien que estés en otro lugar, no hay nada como estar en tu casa. También es cierto eso de que un sitio da igual que otro cuando no se está bien con uno mismo. Pero no estamos aquí para filosofar sobre los pros y los contras de la inmigración, esa tarea que cada uno la haga cuando le parezca. Hoy escribo porque hace tiempo estoy viviendo un desagradable “dèjá vu”.
Conduzco por las calles de una ciudad donde cada vez hay más huecos, y si así está el Norte, no imagino cómo estarán las siempre olvidadas del Sur. Un autobús se para de repente en el carril central y deja subir a la gente que le espera. En una oficina pública me siento afortunada por haber dado con la única persona amable y sonriente. Los corruptos se esconden hasta debajo de piedras que al levantarse expelen una putrefacción solo tóxica para quienes cumplen honestamente con su deber. Los cantamañanas aprovechan la ocasión como caimanes en boca e’ caño. La gente comienza a morirse de mengua en los hospitales al tiempo que proliferan las campañas publicitarias de las aseguradoras privadas y los fondos de pensiones. Los niños se guardan el panecillo que les dan en el comedor del colegio con la esperanza de tener algo que llevarse a la boca a la hora de la cena. El que ha robado por hambre va preso mientras al narcotraficante o político embarrado se le ponen las alas de la libertad – reforma judicial o generoso y conveniente indulto permitiendo –. Una editorial retira de los quioscos una revista para no hacer un feo al “señorito” que vive de los impuestos de quienes la compramos. Los bancos barren para casa y a los demás que los pise un tren. Miles de jóvenes agarran su CV con carrera, idiomas y muchos sueños, lo meten en una maleta y se van lejos a buscar las oportunidades que su país ya no les ofrece. Los sindicatos son los primeros en trincar lo que pueden y lejos de defender a los trabajadores de una feroz reforma laboral, la aplican como el más despiadado de los empresarios.
Veo gente con miles de razones para sentirse asqueada y sobre todo harta de mantener vagos y trabajar para otros. Es imposible no verme reflejada en ellos, el problema es que no es mi primera vez…
Españoles, pónganse las pilas, hagan caso a quienes ya pasamos por esto. Así era la Venezuela de finales de los noventa, con desempleo, deficientes servicios públicos, arcas “sin fondo” de las que todo el que pudo robó a manos llenas, fórmulas milagrosas y lobos disfrazados de corderos que “pensaban en el pueblo”. Echen un ojito a lo que queda después de la intervención divina del vendedor de humo supremo: Supermercados vacíos, hospitales sin siquiera algodón, morgues repletas de asesinados, funcionarios del “cuánto hay pa´eso”, policías del “no te pongas cómico y dame lo que tienes o vas preso”, periódicos que agonizan, televisoras que se apagaron, estudiantes en cárceles donde sobrevivir es un privilegio concedido por los asesinos con entrada libre al palacio de gobierno. Familias desparramadas a lo largo y ancho del mundo. Y como siempre, mucho petróleo…
¿No creen en reyes y sí en profetas? Un poquito menos de ingenuidad mis queridos gallegos. No hay milagritos ni pozos sin fondo capaces de mejorar este panorama. Créanme, con tanto ladrón lo peor que le podría pasar a España es tener petróleo o parir ídolos, así que háganse el favor de centrarse en lo realmente importante, y lo realmente importante es no permitir que este país se siga echando a perder. Aprovechen que todavía pueden salir sin miedo a la calle, que con defectos y todo la justicia funciona, y que la Constitución no es papel sanitario.
A veces, mientras estoy en un atasco y veo a los que se creen muy listos adelantar por el que en mi país es el carril más rápido (el arcén) me digo: “Jeje… Pendeja, y tú que creíste que te venías al primer mundo”.
No sé lo que haré, no sé si me quedaré aquí, si me iré a otro lugar o si terminaré volviendo a mi tierra aun a riesgo de que un mal día el plomazo de un malandro con o sin uniforme me perfore la cabeza. Como sea, esa es mi casa, me duele y hago lo que puedo por sacarla de ese hueco miserable donde la han hundido. Precisamente por eso me preocupa que en mi otra casa muchos ciegos por el descontento caminen hacia el mismo barranco por el que nosotros rodamos hace más de quince años.
España, tengo un dèjá vu, y por el bien de todos espero que no dure demasiado.
25 de mayo, 2014
Los “otros” de Facebook
Cada uno maneja su vida como le parece. Algunos somos más celosos de nuestra privacidad que otros, y parece que las redes sociales han abierto una puerta difícil de cerrar.
¿Por qué permitir en el plano virtual lo que no se permite en el físico? Si alguien se para frente a la puerta de nuestra casa y nos dice: “Hola, quiero ser tu amigo” ¿Le decimos “Ok” y lo dejamos entrar, interactuar con nuestra familia y le contamos nuestra vida y milagros? ¡No! ¿Alguien sería capaz de meter en su casa a un desconocido, dejarlo solo para que se pasee en ella y meta la mano donde le apetezca? ¡No! ¿Entonces por qué hacerlo con nuestra casa virtual, por qué hacerlo con nuestro Facebook?
No voy a reavivar la polémica sobre el ciberacoso, creo que es suficiente con dejar claro que la ruptura de la barrera espacio-temporal no hace de internet el campo donde mediocres, envidiosos, psicópatas o asesinos en potencia puedan soltar todo su veneno diciendo y haciendo lo que les dé la gana. Lo que está contemplado como delito en el Código Penal de cualquier Estado debe extenderse a la red, punto.
Pero más allá de los enfermos online a quienes no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, están las sorpresas de Facebook…
Será porque me paseo poco por allí, no soy demasiado curiosa en este aspecto, o porque la privacidad del millonario invento de Zuckerberg es tan cambiante como las opiniones de un adolescente. Lo cierto es que hace una semana tropecé con una especie de “cajón de sastre”, una carpeta donde van a parar los mensajes que no provienen de mis amigos. Y a los amigos no los entrecomillo porque los que tengo son de verdad, personas de carne hueso que saben cómo huelo y hasta dónde soy capaz de arquear las cejas.

El descubrimiento fue de lo más fascinante, más de un centenar de mensajes sin leer y obviamente sin responder desde el año 2008. De la basura me deshice en menos de 24 horas. El calendario de los conciertos que me perdí era mejor no leerlo. ¿Para qué podría servirme a estas alturas ver las giras 2008, 2009 y 2010 de Micah P. Hinson por España, Francia e Italia?
A lo que voy es que no todo es malo. En esa especie de ciberpurgatorio donde jugando al “juicio final” decidí quienes serían los condenados y quienes los salvos, más allá del basurero, de las tonterías infantiles, de lo que no merece ni una palabra, y de conciertos a los que nunca fui, encontré un tesoro… Muchísimos mensajes de personas que se tomaron no sólo la molestia de leer este espacio, sino de buscarme y escribirme sus sentimientos sobre alguna frase que les conmovió en un momento determinado. Personas que daban las gracias a alguien que lo único que intenta es expresar lo que sentimos muchos, alguien que cada vez más confirma que no está sola, que no estamos solos.
A todos los lectores –los de siempre y aquellos a los que acabo de terminar de responder– gracias, muchísimas gracias por cada uno de sus mensajes, por cada gesto de cariño, por estar allí del otro lado de la pantalla. Gracias incluso por las bendiciones –aunque no sea creyente– . A todos ustedes los de las palabras que vale la pena leer y llevaban más de un año atrapados en el limbo de “otros mensajes” de Facebook, gracias y perdón por el retraso.
15 de mayo, 2014
Un día más
El tiempo pasa para todos excepto para vos.
Enciendo el motor y conduzco escuchándote. Como siempre me seduces, como siempre me haces reír, como siempre es inevitable aprovechar cada semáforo para acompañarte con el volante que uso por batería.

Me pregunto dónde estás, qué haces por allá. Me pregunto cuándo piensas volver a abrir esos ojos celestes que combinados con tu sonrisa enigmática podrían matar de emoción a cualquiera.
Te espero cada día, espero volver a Buenos Aires y saber que caminas por sus calles aunque no nos crucemos en ellas.
A veces creo que tienes razón en querer seguir allí donde estás. Sabes, de este lado no ha pasado el temblor, al contrario, el mundo se cae a pedazos… Es mejor que no te cuente, no te gustaría saberlo.
Cuatro años se dice pronto, pero estos cuatro años son mucho más de mil días, largos, demasiado largos. Llueve, sale el sol, el calor agota, el viento corta, el frío azota, y allí seguís vos en esa larga y maldita primavera que te entretiene tanto.
Siento unos inexplicables celos de todo lo que te acompaña por allá. Bueno, es más bien una envidia que solo tu voz sabe apaciguar. Te extraño mucho mi querido y descastado amante, porque el mejor no es ese que vino, viene o vendrá. El mejor es ese que sin el menor romanticismo pero con mucha poesía describe perfectamente en sus canciones lo que se siente cuando te besan… Ese es el amante de verdad.

Dime dónde estás, cómo se llega allí. Llévame aunque sea en sueños… Prometo no quedarme, prometo no molestar.
Un día más el tiempo pasará para todos excepto para vos, un día más vamos a esperar. Un día más porteño delicioso volveré a encender el motor, volveré a conducir, volveré a tocar batería en el volante, subiré el volumen y te imaginaré de copiloto. Cantaré sin complejos esperando que los agudos de mi voz te hagan querer despertar aunque sea para callarme, y así me quedaré si es el precio que tengo que pagar para que regreses.
Nadie va a exigirte nada, no tienes ninguna obligación, nos has dado mucho más de lo que habríamos podido imaginar. Y ya sé que siempre has hecho lo que te ha dado la gana – ese es parte de tu encanto – pero aunque sea por esta vez haz caso… Vente, abre los ojos.

Para Cerati, allá donde estás…
Fotos: Web
11 de mayo, 2014
¿Día de las Madres?
Un día para celebrar… Sí, supongo que las señoras que nos dieron la vida estarán festejando que ayer pasaron unas cuatro horas bajo el sol para conseguir la yuca y aguacate de la parrilla – probablemente sin carne – que se comerán hoy.
Seguro se sienten las mujeres más felices del mundo las que no pueden dar a sus hijos un lecho mejor que las cajas de cartón que usan por cunas en los hospitales públicos.
Aquellas que han vaciado sus ahorros, los de familiares, amigos y hasta los de sus vecinos para pagar el rescate de un secuestro exprés sin saber cómo terminará, deben estar bailando en una pata.
Todas esas mujeres que todavía no saben dónde están sus hijos porque la última vez que los vieron iban apretujados entre dos malandros motorizados, las que están día y noche rezando todo lo que se saben para que los muchachos – esos que educaron bien, les salieron buenos y prefirieron quemarse las pestañas con los libros en lugar de matar por cuatro lochas – salgan pronto y sobre todo vivos de las cárceles donde los han recluido por defender nuestra libertad, deben estar en la peluquería tiñéndose las canas y haciéndose la manicura. Sí, seguramente.
Las que no tienen leche porque si consiguen con qué comprarla no la encuentran en los supermercados, las que tienen a sus niños corriendo desnudos por casa porque no hay pañales, las que no consiguen trabajo, las que han reducido el tamaño de las arepas, las que se suben a una camionetica de pasajeros a pedir para comprar un remedio, las que terminan usando lo recaudado para pagar en la funeraria porque medicinas NO HAY. Las que siguen vendiendo “guayoyo” sin azúcar en la autopista, las que hace meses no ven ni el ala de un pollo, las que hacen trueque de aceite por toallas sanitarias. Esas hoy deben estar celebrando a lo grande.
Las que hace años no ven a los que un día agarraron su maleta y se fueron lejos, las que no conocen a sus nietos, las que nunca los tendrán…
Todas las señoras que pasarán este domingo limpiando la tumba de sus muchachos, las que tendrán que abrirse paso entre cadáveres amontonados en el suelo de la morgue para poder recoger los restos de un hijo sentenciado por un arma de fuego, las que no tuvieron dinero para una clínica privada y las que no tienen ni con qué pagar un entierro estarán levitando de la emoción.
Esas, las que han sobrevivido a sus hijos y las que pasan sus horas con el temor de ser las próximas en vestir de luto sus entrañas, son las millones, MILLONES de madres a las que ya no les importa un carajo lo que significa este día. Las demás tienen suerte, aún tienen a quién echarle la bendición todos los días y darle un beso en la frente, precisamente por eso son solidarias son las que ya no.
Hoy no están para bochinche ni parrilla ni sancocho, nuestras viejas tienen ganas de pelear, esa es su fiesta. El año que viene veremos…
28 de abril, 2014
El vuelo de un papagayo
Un papagayo refleja la inocencia y la sencillez de todo niño. La creatividad para construirlo, la ilusión por correr, correr y correr hasta que el artefacto levante la cola y se vaya tan lejos como los sueños pueden volar.
Si eres un niño afortunado, tus padres te regalarán el pagayo multicolor que está de moda, pero si eres un niño mucho muy afortunado, tus padres, tu hermano mayor, o tus abuelos te enseñarán a construirlo con ramitas de árboles, ganchos de ropa, pabilo y bolsas de plástico. Ese es el mejor papagayo del mundo, el que te haces solito, el que decides de qué color será y cuidas con especial esmero porque te costó terminarlo una tarde entera bajo los inclementes rayos de sol.
Para un niño venezolano no hay nada más fascinante que una bolsa de basura, pues son las que mejor resisten los golpes de viento tropical. Y no hay peor enemigo para un juego tan sencillo que los cables del peligroso tendido eléctrico siempre al acecho porque les encanta atrapar cometas. No nos preocupan los árboles porque son robustos y muy altos, así que para jugar nos alejamos, y si alguno no oye consejo y ve el fruto de su trabajo quedarse atrapado como le ocurre al de Charlie Brown, es un novato, y como novato le tocará hacerse uno nuevo o ver al resto jugando. Los cables, esos sí que son malos.
Cuesta aprender a darle cuerda y amainar como la vela de un barco; pero una vez que lo consigues la sensación de libertad es indescriptible. No hay comiquita que valga la pena, tu pasión es ver tu papagayo llegar al cielo, volar alto, muy alto. Eres el piloto a distancia de una nave invencible que sólo aterrizará cuando un palo de agua amenace con caer o el controlador aéreo que todos tenemos en casa diga que se acabó lo que se daba. Así pasan los días para un niño con la suerte de vivir en un lugar lleno de sol y donde el viento casi siempre sopla a favor.

Imagen: Web
Un papagayo, ese es el bonito recuerdo que muchos llevamos dentro y por el que algunos decidimos que nuestros hijos también tendrán uno solamente cuando con nuestra ayuda sean capaces de hacérselo.
Desgraciadamente no todas las historias son tan bonitas, una que podía llegar a serlo vio truncada su vida mientras disfrutaba de la maravillosa inocencia que acompaña a la infancia. Esta tarde vi la peor cara de un papagayo, la que nunca pude imaginar cuando era una niña que recolectaba palitos de madera para que mi abuela me enseñara a construirlo. Esta tarde vi a unos niños que no han terminado ni el sexto grado de primaria cargar con la urna de una criatura que tuvo la mala suerte de servir de blanco a uno de los múltiples asesinos con uniforme que azotan a la gente decente con una saña inversamente proporcional a la que emplean contra la delincuencia –si es que lo hacen–. La bala de un efectivo de la “Guardia Nacional Bolivariana” acabó de la manera más cruel con los sueños de Leonel, y la infancia de los niños que lo llevaron al cementerio en “brazos de amigo” cayó aparatosamente como cuando un despiadado golpe de viento nos tira al suelo el rudimentario juguete. Les quitó la ilusión de jugar, de correr, de volar…
Como los peligrosos cables de los postes en los que siempre se queda un pedacito para recordarnos que un día allí se enredó un papagayo, así queda marcada la vida de esos niños que jamás olvidarán la tarde de juegos donde los forzaron a conocer el dolor.
Leonel ahora vuela mucho más alto que los sueños que ya no podrá realizar, y desde allí algún día verá a los amigos que dejó cuando por primera vez en un país seguro y libre acompañen a sus hijos a correr sin parar hasta que alcance los aires un flamante papagayo de larga cola que indudablemente les dibujará una sonrisa.

Dedicado a Leonel
26 de abril, 2014
Yo no conocí a Tito Vilanova
No soy barcelonista, aunque lo fui hace muchísimos años por un periodo que duró lo justo para ver a Figo, Rivaldo, Guardiola y Luis Enrique jugar juntos. Y aunque tiempo después terminé con el estómago revuelto por ese “més que un club” y el desacertado empeño en querer mezclar un equipo deportivo con intereses políticos, eso ahora no tiene importancia.
No seguí demasiado su carrera, me refiero a que no manejo estadísticas ni pormenores de temporadas. Empecé a echarle un ojo cuando veía en el banquillo a un hombre discreto que huía del protagonismo y generaba además de otros sentimientos en los que no cabía la lástima, una gran admiración.
Tito Vilanova para mí no era el asistente de Guardiola, ni el entrenador del Barça, ni siquiera un hombre famoso. Para mí era un hombre decente, joven y guapo que se había convertido –como en la mayoría de los casos– en diana del gusto exquisito que esta maldita enfermedad manifiesta. Y cuando uno ha visto a familiares y amigos transitar con o sin éxito el mismo camino, presta especial atención y cruza los dedos por quienes comienzan a andarlo.
Pensé en sus hijos, en sus padres y su mujer. Reviví el terror de cada prueba, la esperanza como única fuente de energía necesaria para soportar cada sesión de quimio, y la paciencia que sólo se recarga ante la sonrisa de quien por más que le azoten las náuseas es incapaz de negarla.
Veo poca televisión, y cuando coincidía el zapping con la imagen de Tito, sus ojos y su andar me preocupaban tanto como me siguen preocupando las personas queridas por las que sigo tragando grueso cada seis meses cuando deben hacerse pruebas.
Ayer sentí el mismo maldito frío recorrerme el cuerpo, la misma impotencia, la misma rabia mirando a un cielo en el que no creo que haya más que nubes, lunas y estrellas. Ayer volví a preguntarme “¿por qué?” “¿quién o qué maneja la ruleta de la vida?” y volví a no obtener respuesta.
Tito Vilanova se ha ido después de luchar contra el monstruo de mil cabezas que sigue soltando veneno por doquier. Tito se ha ido, y el profundo dolor de su ausencia sólo lo sienten de verdad quienes además de verlo correr, abrazarlo o llenarlo de alegrías con un simple “papá”, también vieron su pelo caer, sus ojos brillar y su piel palidecer…
El monstruo de mil cabezas sigue despierto, pero pronto daremos con el machete que lo decapitará, y por fin mientras Tito descansa en paz podremos dormir tranquilos todos los que hemos visto de cerca el daño producido por el veneno que ayer sumó una tristeza a nuestras vidas.
25 de abril, 2014
¿Cómo te lo digo?
Ya sabemos que la vida cada vez es más difícil vivirla, no dormimos, no descansamos, no nos vemos, y con suerte no nos enfermamos.
Cómo hago para decirte otra vez que no queremos verte sufrir. No queremos que hagas infinitas colas para comprar comida, que vivas encerrada por miedo a los malandros, que reces por no enfermarte –no por la enfermedad en sí sino porque no hay medicamentos para combatirla–. Tampoco queremos que sientas tristeza al ver la miseria en las calles, la destrucción de tus cerros, la suciedad en las aceras, los anaqueles vacíos. No queremos que tengas que pagarle a ningún policía para que no te acose, ni que sientas angustia temiendo no volver a vernos cada vez que cruzamos el umbral de la puerta.
Cómo te digo que no queremos que vivas todo lo que vives, que queremos que descanses, pasees, veas lo que quieras ver en televisión, vayas al parque y camines sin temor a que te den un plomazo para robarte la cartera.
Cómo hago para decirte que tus navidades ya no serán bajo el calor tropical sino en una ciudad helada en la que la nieve te hará gracia sólo la primera vez. Cómo te digo que ya no verás a tus hermanos, a tus amigos, ni a tus vecinos de toda la vida –los que quedan–. Cómo hago para decirte que por aquí no se consiguen los mismos aliñitos para las caraotas, que no hay maíz tierno para hacer cachapas, y que consumir mangos, parchitas y piña es un lujo. Cómo te digo que los aguacates son chiquitos, con la cáscara dura, negra y alguna manchita por dentro. Cómo te digo que ya no verás los cerros llenos de verde al final de tu calle, que no hay espacio suficiente para tus cinco perros, tus cuatro periquitos, ni tus matas de limón, sábila y rosas. Cómo te digo que tendrás que aprender un idioma nuevo, costumbres nuevas y dejar tu Cruz de Mayo, buñuelos de yuca, arroz con coco, hallacas y chigüire para quién sabe cuándo.
Cómo te diré que durante meses no sabrás lo que es ponerse una franelita, que la playa –sin arena blanca ni agua transparente con peces de colores– está a cientos de kilómetros y que cuando llegue el deseado calor sentirás que te derrites a medida que te mueves.
Cómo convencerte de dejar tu tierra, tu casa, tu vida… Cómo decirte que ya no vuelvo y que ahora se van todos, incluso tú. Que ya no llevarás flores a la tumba de tus muertos, que tu casa ya no será tuya, no cocinarás en los fogones de siempre ni volverás a lavar el patio. Cómo te digo que a tu edad vas a tener que comenzar desde cero, hacer nuevos amigos y olvidarte de regar las matas todas las mañanas.
Qué haré con tu tristeza cuando la nostalgia te ataque incluso antes de haberte ido. En qué maleta cabrá la frustración por dejarlo todo para poder vivir en paz aunque demasiado lejos del lugar que te vio nacer. De dónde saco el coraje para mentirte diciendo que es algo temporal si yo me dije lo mismo y aquí sigo. ¿Me creerás sabiendo que desde hace quince años se han multiplicado por diez mil los “SE VENDE”, las balas y las despedidas?
Vieja, de qué tamaño será el nudo que se me hará en la garganta cuando algún imbécil te trate de “extranjera”, “sudaca”, o te diga que te vayas a tu país? No es lo más habitual, pero sabemos que imbéciles hay en los cuatro puntos cardinales, y cuando uno está en “su casa” bien que lo hacen notar.
Cómo te digo que te perderás la temporada de béisbol, que no hay perros calientes ni guarapo e´ papelón.
Este lugar está lleno de cosas maravillosas y gente encantadora. No es tu país, ese que para nosotros es el mejor del mundo y en el que ya no se puede vivir, pero llegarás a quererlo mucho, te acordarás de mí.
No vamos a poder obligarte, por favor, no te agarres a la puerta como un gato para quedarte.
Mamá, cómo te digo que es hora de partir…
17 de abril, 2014
Desnudez
Con este régimen hace mucho que perdí la capacidad de asombro. Sin embargo, conservo otras cosas que no formarían parte de la naturaleza de los monstruos de Miraflores ni volviendo a nacer. Y lo digo en plural porque aunque ante el mundo hay una cabeza — bastante hueca— visible, todos sabemos que el festival de puñaladas con liguita lleva tiempo en “pleno desarrollo”.
Unos hombres que de inteligencia deben tener lo mismo que yo de vulcanóloga, y de humanidad no deben haber oído hablar en su miserable vida, atacaron a un muchacho, le pegaron, lo despojaron de su ropa y lo dejaron desnudo en medio de la calle. Con dolor e impotencia vi la escena en la que seres de esos con un mundo interior muy pobre —si es que lo tienen— y de los que hasta las prostitutas renegarían la maternidad, encontraban satisfacción en un acto tan despreciable. Porque para nuestra desgracia, el planeta es tan ancho y la vida tan generosa que permite la existencia de gente como esa. Eso sí, el ataque lo hicieron entre muchos y bien armados, porque los cobardes actúan así, en manada y/o por la espalda, sólo así se creen invencibles y engañan a su decadente virilidad.
Un chamo, un estudiante, un ser humano fue despojado de sus trapitos, golpeado, humillado. Los cobardes huyeron y lo dejaron allí con su desnudez y con un único motivo de vergüenza: el de compartir género con semejantes animales.
No hay nada más honesto y generoso que desnudarse, mostrar cómo somos hasta el fondo, sin artificios, sin pretensiones ni vergüenza. Y ese día quedó demostrado que ese muchacho de lo único que puede sentirse avergonzado es del régimen que está saqueando y desangrando a su país. Ese día quedó al descubierto la dignidad de un venezolano, esa que no va en los trapos sino en la piel, en los huesos, en la sangre. Porque ese día —como todos los demás— ese chamo caminaba con el alma al descubierto.
El ataque se sumó a la larga lista de abusos que el Gobierno de los Cobardes cree que le estamos apuntando en una panela de hielo. Es obvio que todavía no han entendido de qué estamos hechos los venezolanos. Y si siguen creyendo que vamos a dejar de defender nuestros derechos por miedo a que nos dejen en pelotas, van a tener que acostumbrarse a ver nuestros cuerpos llenos de energía para combatir la mediocridad, la mentira, la cobardía, la delincuencia, el descaro y la infinita ineficiencia que ellos representan. Este país está al desnudo, camina sin armas, sin chalecos ni cascos. Venezuela lleva el alma al aire, y cuando pega el sereno se arropa con la bandera.
Valientes a los que hemos visto las costillas, gracias. Gracias por demostrar quienes son los que aun vestidos de uniforme, camisetas rojas, corbatas de seda, y chorros de petróleo no pueden ocultar la desnudez de su putrefacción.