11 de junio, 2014
El miedo de los payasos sin gracia
Escribo esto antes de desayunar para intentar soltar la impotencia que llevo en el estómago y que podría causarme una indigestión. Hace un par de días me ausenté de Twitter para alejarme aunque sea un poquito de lo que ocurre en Venezuela y poder preparar dos exámenes candela que tengo en la Facultad donde además de compartir mi vida con muchachos brillantes, también tengo que lidiar con hipócritas que aparentan defender la democracia y la libertad de expresión, pero a su manera, es decir, sin protestarle a los gobiernos de sus amigotes porque eso es golpista.
Al despertar leí que debido a presiones – un eufemismo más para las cotidianas amenazas que ejerce este régimen contra la empresa privada en Venezuela, y no solo – el programa de Luis Chataing salía del aire. Y para los que no son hijos de las arepas y el jugo de parchita, los ilustro: sacar del aire a Luis Chataing es como si lo hicieran a David Letterman, Jaime Bayly, Adal Ramones o Andreu Buenafuente.
Al régimen venezolano no le gusta el humor – el buen humor – lo que le gusta es una plomamentazón que monte un festival de balas mientras ellos “los del pueblo” echan una bailadita en cadena nacional. Le gustan las lágrimas, por eso organiza funerales a todo trapo para recrearse en el dolor de quien ignoraba que lo peor estaba por venir. A un régimen que no hace nada para que un país duerma como un niño (suponiendo que ese niño tiene el privilegio de usar pañales de los que ya no se consiguen, tomar leche la que ya no se consigue y comer compotas de las que ya tampoco se consiguen) que no brinda seguridad a la gente de a pie porque para ellos la seguridad no va más allá de la proporcionada por los innumerables escoltas que resguardan sus – no precisamente socialistas – carros oficiales, un régimen que en lugar de trabajar se ocupa de montar parapetos magnicidas con la consistencia de un castillo de naipes y que recurre sistemáticamente a un fantasma para despertar simpatías difíciles de comprar a punta de pantalla plana allá donde no llega ni la luz, qué va a querer vernos reír…
Y no, no le voy a llamar gobierno porque hace mucho que estos tipos se auto coronaron con otro nombre. El régimen que creó el Viceministerio para la felicidad y blablablá – como todo lo de ellos – no hace más que demostrarle a los venezolanos a diario que felicidad es eso que sentiremos cuando por fin se acabe esta vaina, lo cual no parece estar muy lejos dado el monumental miedo que están demostrando.

Estudiantes, amas de casa, escritores, modistas, políticos, artistas, periodistas, abogados, vendedores de perros calientes, médicos, mecánicos, humoristas y demás venezolanos decentes son perseguidos por esta legión de payasos que dan pena ajena y si acaso, producen una amarga carcajada por tanta incoherencia, mediocridad, desfachatez e ignorancia de la que hacen gala cada vez que abren la boca.
Luis Chataing no estará – por ahora – en televisión, y los que se acostaban tarde en este país madrugador dormirán un poco más para sintonizar la radio a las seis de la mañana y su equivalente huso en cada rincón del mundo donde lo escuchamos para que además de hacernos sonreír en la desgracia y de decir eso que alborota el prurito a los que “presionan”, también suelte las perlitas de optimismo que tanto necesitamos para aguantar este calvario de indecencia que estamos atravesando.
Para los simplistas esto no será más que una defensa a un opositor, pero no se trata de defender a Luis Chataing, Shirley Varnagy, Chuo Torrealba, Caterina Valentino y un desgraciadamente largo etcétera; se trata de defender el DERECHO a la LIBERTAD de expresión de un lado del micrófono y la de elegir del otro; un derecho INDIVIDUAL de TODOS y que cada uno debe ejercer como le parece y no como le es impuesto.
Chamo, si antes llenaba teatros vaya buscándose estadios para meter a ese bojote de gente que tiene ganas de oír la verdad de una manera diferente, pues aunque ya no nos la muestren en televisión y por falta de papel los periódicos están obligados a resumirla, la cotidianidad nos la estruja en la cara sin la menor consideración. De escenarios más altos te has caído – nadie puede negarlo – y con mayor o menor esfuerzo te has levantado para decir algo que nos quitara el susto y nos animara a seguir adelante demostrando que este país lo que necesita es gente que le eche pichón con una sonrisa, no payasos y mucho menos sin gracia.