El que viene…

 

Para los venezolanos no es fácil despedir un año terrible sin temor a que el próximo sea igual o peor. No importa el lugar del mundo donde hoy las campanadas sonarán a diferentes horas, no importa cuántos deseos se pidan con la mirada al cielo o los ojos apretaditos para intentar contener las lágrimas. En el corazón de cada una de las personas de bien que independiente del punto cardinal que pisen sienten cómo el pie se les va solito cuando suenan los tambores, late con fuerza un deseo común: la próxima Nochevieja todos juntos.

Porque en este año a las muchas desgracias que aquejan a nuestro país se ha sumado una pobreza tan grande que ha dejado miles de mesas sin la tradicional cena de estos días, o peor aún, sin un pedazo de arepa que llevarse a la boca. La vida de los venezolanos se ha convertido en una carrera de obstáculos en la que las medallas se muerden porque de verdad se comen. Ahora más que nunca las fotos familiares están cojas de seres queridos que desde lejos sufren por la imposibilidad de ayudar a todos los que quisieran.

Con semejante panorama no es de extrañar que las calles del país estén en silencio por el desasosiego generalizado y la ausencia de los cohetes que muchos más de una vez deseamos callar por un rato. Tampoco resulta incomprensible que por solidaridad con nuestra tierra, más allá de las fronteras se renuncie a celebrar como se haría en condiciones normales. Si bien es cierto que hacer ayuno de hallacas no cambiará la situación del país, también lo es que cada uno tiene su propia manera de acompañar a sus seres queridos.

Durante décadas hemos sabido cómo los cubanos cada diciembre suspiran deseando celebrar el siguiente en su amada isla, y aunque somos más novatos en esto de las dictaduras, ya llevamos años con la esperanza de volver a casa para estar rodeados de nuestra familia compartiendo en una mesa llena del fruto de nuestro trabajo. Si uno está o se siente solo no le sirven de nada esas reuniones donde la abundancia y hasta el despilfarro hacen de las suyas. Cualquiera cambiaría en este momento su ración de marisco y champaña por un abrazo con su vieja y una hallaca aunque fuera a medias.

Lo siento por quien esperaba encontrar alegría en estas líneas, pero hoy no hay ganas de jugar a la alegría o el disimulo, ni de desconectar para sentirse menos triste. Hoy hay tristeza que juega garrote, hay corazones arrugados, guarapos aguados, nudos en la garganta y lágrimas muy amargas.  En Venezuela este 31 diciembre como desde hace un tiempo, millones de familias se acostarán con la barriga pegada al espinazo, y las que tienen algo que comer no están para fiestas. Hoy la cosa está fea como nunca la imaginamos, estamos bajo la sombra de la corrupción, la violencia y la carestía, haciendo de tripas corazones para seguir luchando por una vida mejor, por recuperar lo que nos han arrebatado, por volver a ser el país más feliz del mundo de verdad y con razón.

La única forma de usar esta tristeza es convertirla en energía para seguir adelante, pelear sin descanso hasta conseguir lo que queremos, utilizar esta sombra como certeza de que sin la misma no hay luz. Del túnel de la dictadura han salido muchos, nosotros también somos capaces. Es nuestra responsabilidad hacer lo posible para que la próxima Nochevieja estemos todos juntos sin asientos vacíos, comiendo lo que nos hemos ganado y brindando sin sentimientos de culpa. Que las maletas salgan a pasear por cada rincón del planeta pidiendo ir a Venezuela.

Queridos venezolanos echándole pichón en nuestra tierra o cualquier otro lugar del mundo:

Feliz Año Nuevo y muy pronto una Venezuela libre en la que podamos volver a abrazarnos con la fuerza de nuestro inconfundible cañonazo.

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Era él

Era de noche, escuchó un ruido abajo y quiso saber de qué se trataba, pero era pequeña. A sus siete años no le temía a la oscuridad, aunque tampoco sabía qué podría ser esa sombra que vio pasar desde su habitación. De su cama a la escalera sólo había que dar tres pasos, así que siguiendo su oído bajó algunos escalones, no muchos por si tenía que ir corriendo a avisar a sus padres y no pocos desde abajo para que no la alcanzara lo que sea que estuviera moviéndose entre los muebles.

Su miedo no tenía nada que ver con las películas de terror que televisaban los domingos (El Exorcista o La Profecía), al contrario, E.T. y ALF estaban demasiado presentes para pensar en algo feo. Si acaso, temía que fuera un ladrón, si bien su casa era segura y la puerta estaba cerrada. Así que siguió allí sentada en silencio espiando entre los escalones que daban directo a la sala donde de pronto todo volvió a la normalidad.

Era tan curiosa como testaruda, por lo que en lugar de volver a dormir prefirió quedarse allí y prestar mayor atención para detectar movimientos que seguramente se repetirían. Fue entonces cuando escuchó susurros que no lograba entender. Pasaron algunos minutos en los que la curiosidad aumentó tanto que la empujó a seguir bajando escalones: primero los pies, luego los brazos y apoyándose en éstos, el resto de su cuerpo. Uno, dos, tres y ya estaba a mitad de la escalera con los ojos bien abiertos creyendo que era tan invisible como eso que escuchaba sin poder saber qué era.

El cristal de la puerta dejaba pasar la luz de la calle, mas no era suficiente para descubrir quién estaba en casa haciendo ruido sin querer. Sintió que la estaban mirando, ignoraba quién o cómo, pero quienquiera que estuviera abajo había detectado su presencia.

No sabía muy bien si subir tan despacio como había bajado o enfrentar al intruso. Después de dudarlo durante unos segundos, la pequeña se armó de valor, se incorporó, terminó de bajar y encendió la luz de la escalera para descubrir el misterio. Apenas tuvo tiempo de ver cómo una silueta se abría paso entre el árbol de Navidad, regalos y la mesa del comedor. Los regalos, allí estaba la clave. Corrió detrás pero no le dio tiempo, al llegar al fondo de la sala de la tele la silueta había desaparecido. Se escapó por poco.

Emocionada regresó al comedor y notó que faltaban galletas en el platico que había dejado. Era él quien estaba dejando los regalos bajo el árbol y tuvo que irse de prisa porque ella lo había descubierto. La alegría era incontenible, Santa Claus acababa de estar en su casa, igual que en la de todos los demás niños, aunque ella había tenido la suerte de por lo menos verlo entre sombras. Al mirar a la derecha su madre estaba –casi de espaldas en la escalera– y su hermano mayor en la puerta de la cocina. Ambos tenían cara de sorpresa y a ella le pareció normal, pues les estaba contando lo que había pasado. Su madre y su hermano se miraban sonriendo cuando a ella se le ocurrió que a lo mejor Santa seguía en casa escondido, dado que la sala de la tele daba al lavandero y éste por un lado al patio y por el otro a la cocina. Buscaron pero no había nadie.

Los regalos perdieron importancia ante la aventura de esa noche en aquella casa. La niña era casi una celebridad entre sus amigos y hermanos pequeños que fascinados preguntaban detalles mientras algún envidioso desdeñaba la historia alegando que ni Santa Claus, ni el Niño Jesús, ni los Reyes Magos existían porque lo regalos los hacen los padres. Algo que con los años e independientemente de la conclusión a la que se llegue, nunca podrá quitar a ningún adulto la llave del cofre donde juegan los recuerdos de su infancia.

¡Feliz Navidad!

 

 

 

 

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Purgatorio y Navidad

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Hoy saqué las cajas con los adornos de Navidad y quise pensar en otra cosa: luces que se enredan aunque las hayas guardado con cuidado, bombillitos que se queman con mirarlos, figuritas de medidas inverosímiles, etc.

Lo primero ha sido bajar al purgatorio que todos tenemos en nuestras casas (llámese garaje, trastero, cuarto de los corotos, etc.). Ese lugar donde reposan las cosas que usamos poco o nunca pero que no siempre tenemos el coraje de sacar de nuestras vidas. Otro día debería escribir sobre las limpiezas profundas. Sé que me repito –será mi amor por Dante– pero esas operaciones con como un “Juicio Final” donde jugamos a ser el Dios que decide lo que sube a los cielos, lo que se va al infierno y lo que se queda penando entre cajas perfectamente identificadas pidiendo clemencia. El caso es que cuando uno visita el purgatorio doméstico siente el deber de poner orden (otra vez).

Pones un disco decembrino para entrar en ambiente e intentas espantar la nostalgia. Pacientemente y con alegría seleccionas eso que está identificado como “Navidad”. Cajas de formas raras, etiquetas de “frágil” pegadas por todos lados, puntas de pino que se asoman por los ranuras… En fin, todo depende un poco del cuidado con el que se han embalado. Es allí cuando surgen los problemas: ¿a quién le gusta recoger las cosas de Navidad? Lo de agrupar bolas, adornos varios,  enrollar cintas, embalar muñecos y desarmar árboles es una de las tareas más tediosas del mundo. Tanto, que una que yo conozco bien se hace la tonta hasta febrero y con la excusa del día de una virgen en la que no cree, casi deja el arbolito hasta San Valentín.  De modo que si cuentas con la bondad y paciencia de una de las personas con quien compartes el techo, te escudas en tu buen gusto e impones la ley de hierro que dice: yo la monto pero tú la recoges. La respuesta a esa frase es siempre un apresurado sí, pues claro, se mete todo lo que cabe en según qué cajas y adiós señores, hasta el próximo diciembre.

Superado el trauma de abrir las cajas de nuevo, toca el siguiente paso: decidir de qué color poner el árbol.  Verde no porque verde ya es, rojo no porque lo tiene todo el mundo, plateado tampoco porque así era el del año pasado. De pronto azul para darle uso a esa bolas de allí.  Fucsia no, desentona con el resto de la decoración… Y así hasta que se toma la decisión sintiendo que habrá que recurrir a algo extra porque visto de lejos el arbolito parece desnudo. Muñecos del año de la pera que se cuelgan casi en honor a la resistencia a perderse entre tantas mudanzas, figuras que no recordamos de dónde salieron, pero son bonitas y se lo han ganado. Piezas horrorosas que sólo sirven como relleno en la parte no visible cuando le des la vuelta si lo ha adornado otro.  No hace falta comprar todos los años un traje nuevo para el árbol, pero tampoco seguir exprimiendo las pelotas de 1977 que ya no se sabe ni de qué color eran cuando cruzaron el umbral de la puerta. Si no hay niños en casa es mucho más sencillo (o no) dependiendo de la importancia que se le dé al trasto.  Es decir, no vendrá el apocalipsis por tener a Batman colgando de alguna rama.

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Según el método de cada uno, podría parecer que he saltado un paso: las luces. Esos artefactos endemoniados que con toda la calma del mundo pasan el año enredándose para divertirse cada diciembre viéndonos la cara de desesperación. Da igual si se guardan en su empaque tal y como vinieron, se enredan y siempre tienen una luz antipática que deja la mitad de la extensión inoperativa. De manera que toca convertirse en inspector de CSI para localizar a la saboteadora, reponerla si es necesario y, dependiendo de la calidad o precauciones, pillar un corrientazo de los que nos hace pensar en cosas muy lejanas a la paz y el amor. Otra cosa, ¿a quién se le ocurrió esa forma de tortura expresada en agudos villancicos que acompañan a las luces? ¿Estamos seguros de que no es ese el motivo de estrés de esos días? No todo va a ser culpa de los bombillos de repuesto que siempre salen perdiendo bajo las pantuflas de quien los busca, ni del instinto suicida que tienen las bolas de cristal más bonitas o  difíciles de encontrar. En resumen, las luces de Navidad son capaces de sacar de sus casillas a un monje budista.

Al tener el árbol armado muchos se ven obligados a activar un mecanismo anti desastre capaz de resistir los ataques de cariño y curiosidad de criaturas en pañales, gatos y/o la pérdida de equilibrio de algún invitado en pleno rito de exaltación de la amistad. Un trabajo perdido porque ninguno funciona, caerse es un riesgo intrínseco de los árboles de Navidad. Los más experimentados hacen grandes esfuerzos por mantenerse en pie, algunos hasta tienen un punto donde detener la caída,  pues saben que si quieren seguir luciendo sus galas todos los años, deben llevar la fiesta en paz con niños y mascotas.

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Como en este caso el arbolito no basta, hay que abrir las cajas del pesebre. Cuando se limita a una representación pequeña no hay inconvenientes, pero esas ciudades en “miniatura” que se reproducen con más o menos creatividad deberían ser objeto de estudio. Uno de los elementos más destacables del pesebre está relacionado con las proporciones. A veces las ovejas son tan pequeñas que parece que el niño Jesús se las podría comer de un bocado (por eso se ponen lejos), otras el buey parece un cachorro del burro. Es más, no son pocos los lugares donde los padres del niño son tan grandes que entre las casitas asemejan a Godzilla atacando Tokio. Un despropósito que analizado fríamente hace pensar que en lugar del nacimiento, se asiste al linchamiento de un bebé. En muchos países de Latinoamérica  no se coloca el niño hasta la doce de Nochebuena porque se supone que hasta entonces no ha nacido. Si ese es el caso, ¿cómo es que los Reyes Magos ya están instalados a pocos metros de la improvisada cuna? Se supone que aún les faltan casi dos semanas para llegar… El eterno dilema entre la lógica y la fantasía.

Decorar la casa en Navidad es divertido, permite hacer higiene mental. Es una forma de mostrarnos como somos (discretos, atrevidos, descuidados, perfeccionistas, tradicionales o vanguardistas). Sin embargo, cada vez que los cables se enredan, los adornos se caen y las luces se queman mientras las pruebas, deja de sonar descabellado el método de una amiga que envuelve su arbolito en un plástico gigante y lo manda al purgatorio de su casa junto con todas esas cosas que usa una vez al año.  A lo mejor en febrero me animo a imitarla, mientras, voy a servirme otra copa de vino antes que las luces vuelvan a cobrar vida y se enreden con las pelotas jubiladas.

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Lo que no me dijiste

Tenía que contarte muchas cosas, pero no sabía por dónde empezar. Lo he retrasado mucho tiempo, lo sé. Diecinueve años han pasado, diecinueve años llevo esperando poder contarte algo que te hiciera arrepentirte por partir así de repente, sin decir adiós ni nada, sin un último consejo, sin una “última vez”…  No dejaré pasar más tiempo, temo que si lo hago cada vez tendré que agregar cosas peores al inventario.

Debes saber que por más surrealista que parezca, por más propio de una película de terror o un reporte de guerra, no estoy inventando nada. Lo que te cuento  hoy es la pura verdad.

Un año después de tu marcha a traición un tirano ganó la presidencia del país. Sí, uno de esos militares que se presentó como un mesías y terminó siendo tan dictador como ese contra el que tú conspirabas en los años 50.  Las cosas han degenerado hasta un punto que sé no conociste ni siquiera cuando vivías en aquel pueblo donde la pobreza unía casi tanto como la sangre. Al principio todo parecía muy bueno, el tipo proponía cambiar la Constitución –para luego saltársela cuando le diera la gana. Despotricaba de la corrupción y la oligarquía al tiempo que ofrecía patria, mucha patria. Sin embargo, mientras muchos salían del país (yo entre ellos) la mayoría pensaba que ese loco resentido no duraría mucho en el poder y tampoco llegaría a convertirnos en una segunda Cuba. El “no vale, no creo” era denominador común de muchas conversaciones sobre el futuro del país, y a los que “huíamos” nos miraban como a paranoicos víctimas del pesimismo y la exageración.

A ese régimen lo llamaron “Revolución Bolivariana” y con la excusa de hacer al país más “bolivariano” le cambiaron el nombre. Incluso los símbolos patrios no son como los conociste. Convirtieron el 4 de febrero en día festivo. Imagínate tú, celebrar una mortandad. Como de oligarquía el hombre sabía mucho, empezó a poner donde había a sus amigos y familiares, ofendía públicamente a su complaciente mujer y hasta intentó colarnos en la Constitución más de una trampa-jaula.

Estarás pensando que era imposible ser tan idiotas, pero con tristeza debo decirte que te equivocas. Supongo que por aquello de “verdugo no pide clemencia” el presidente golpista también recibió su dosis en el 2002. El golpe fracasó, pero siguen en la cárcel los funcionarios que se negaron a disparar contra las personas que apoyaban en las calles de Caracas la salida del tirano de Sabaneta. Expropió todo lo que le vino en gana (algunos cobraron, otros simplemente fueron despojados de sus pertenencias). La mayoría de las empresas expropiadas son una ruina que ostentan un lapidario logo que dice “Hecho en Socialismo”. Esto es como una de esas pesadillas donde todo es absurdo y desproporcionado, inclusive hemos tenido un Ministerio para la Suprema Felicidad.

Te preguntarás cómo es que podía permitirse tanto. Verás, el barril de petróleo se disparó a más de cien dólares y dio plata para muchas cosas, entre ellas, regalarle de todo a los gobiernos alcahuetes de los países simpatizantes, llenarse de joyas que desfilaba la familia presidencial sin el menor pudor, innumerables viajes a todo dar en aviones de lujo para hijos y demás enchufados del régimen, adquirir propiedades o abrir millonarias cuentas en el extranjero. El saqueo es incalculable y el descaro es  –como poco – indescriptible.

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Una taza de avena

 

Laida es la más chiquita de cinco hermanas (Las Rodríguez). Todas son conocidas en el barrio donde nacieron y crecieron, el mismo donde vivió su madre hasta el final de sus días. De todas, ella es la más guapa, la más agradable, ocurrente y simpática, la que siempre tiene una sonrisa a flor de labios y un brillo en los ojos capaz de desarmar cualquier preocupación. Así la recuerdo.

Desde que la conozco nadie ha se ha quejado de ella, salvo ese periodo de su vida en el que fue chavista –algo que todos le perdonan como quien perdona a un amigo que ha caído en las drogas y no mencionan nunca como los que consiguieron salir de ellas.  Su bondad, sus ganas de trabajar y su fortaleza la hicieron cosechar amigos por donde pasaba. Siempre fue muy curiosa y le gustaba escuchar historias sobre cómo era el mundo al otro lado de las fronteras que ella nunca había cruzado. Un atlas no es capaz de transmitir la emoción que alguien siente cuando el amor de su vida camina sonriente por la terminal de un puerto para recogerla después de un largo viaje.

Tiene una casa modesta, pequeña pero siempre muy limpia. Aunque era una mujer pobre nunca le faltaba un color bonito para pintarla cuando se acercaba la Navidad. Hace unos quince años redondeaba el sueldo de su marido trabajando como peluquera a domicilio y –remunerada o no – su disponibilidad ha sido total para ayudar a quien puede. Su compañía amenizaba las largas y pesadas jornadas de trabajo en un negocio cuyos beneficios han ido mucho más allá de las manos de su dueña. De pronto aparecía en silencio y se ponía en una esquina esperando que se detectara su presencia como si creyera que el aroma del café humeante que traía en una taza no la delataría.

Todas las mañanas (después de despedir a su marido e hijas), Laida iba café en mano a dar los buenos días. Como es una mujer detallista se había dado cuenta de que yo no tomaba café, así que muchas tardes a la hora de la merienda se aparecía con una gran taza de avena recién hecha, cremosa, llena de leche y  la dosis justa de canela. Yo por esa avena habría hecho cualquier cosa, beberla me llevaba de vuelta a esas mañanas en las que no podía ir al colegio sin haber terminado la tacita que me preparaba mi abuela. Laida tiene el secreto para hacerla igual, un secreto que como yo también ignoran los cocineros de los mejores hoteles del país. Daba igual si engordaba o no, cuando pasaba tiempo sin llevarme yo le pedía descaradamente que preparara un poco. Nunca se negó.

El roce hace el cariño, y a esa negra que desayunaba con mi madre es imposible no tenérselo. Cuando la recuerdo no sólo siento nostalgia de su avena, sino por las tardes que nos reímos hasta que nos dolía la barriga, por sus palabras de ánimo cuando era necesario y sus ocurrencias cuando alguien estaba de mal humor. Esa mujer ha conocido a mis amigos sin conocerlos, ha viajado conmigo sin moverse de su barrio. La felicidad es sobre todo compartir pequeñas cosas.

Todo ha cambiado mucho y Laida ya no es tan alegre como antes. Vive angustiada porque tiene serias dificultades para conseguir comida, le preocupa que llegue el día en el que ni ella ni sus hijas puedan alimentar a sus nietos. Sabe que la situación va a peor y que hay pocas o ninguna garantía de que mejore. Se le ponen los pelos de punta al pensar que no tiene fondos para hacer frente a una enfermedad grave y que cuando se le sube la tensión porque no consigue pastillas para controlarla, los cubanos del consultorio pirata que hace años puso el gobierno cerca de su casa le mandan Ibuprofeno.

Laida me escribió hace unos días para decirme que siempre se acuerda de mí y con tristeza recordó que al hacerme avena jamás pensó en la cantidad de leche que utilizaba, ponía la necesaria y listo. Ahora casi nunca consigue para preparar el biberón a sus nietos y, cuando tiene, sabe que debe parar una vez que el agua se ve un poco blanca. Habla sobre la cantidad de personas que ha visto pasando hambre y de la impotencia por no poder ayudarles, de cómo el más simple diagnóstico médico es casi un desahucio. Dijo: “Antes ser pobre significaba tener un carrito viejo, vestir de ropa sin firma, ir de vacaciones a la playa más cercana, ahorrar para ponerle rejas a la casa o para celebrar los quince años de una hija. Hoy ser pobre es pensar con qué vamos a rellenar los tres panes que cenaremos esta noche porque no nos alcanza para harina de maíz, es escoger entre comprar un kilo de pollo o uno de caraotas. Hoy soy rica entre los pobres, pues hay gente buscando comida en la basura y para no llegar a eso una de mis hijas se va del país, se lleva a mis niños y quién sabe cuándo volveré a verlos.”

Quisiera que recuperara la sonrisa, las ganas de vivir, por eso le dije que escribiría sobre ella.

Negra: sé que no es fácil, pero aprieta los dientes. No te puedes perder el capítulo final de esta larga pesadilla. Cuando por fin termine, sé que tú también estarás en pie para celebrar y ayudar a levantar el país. Brindaremos con una taza de avena. Eso sí, la haces tú porque a mí nunca me quedará tan buena.

Fotos:

campechehoy.mx

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¿A esto lo llaman feminismo?

 

Hace un par de días vi por casualidad cómo lapidaban por las RRSS a una mujer que viviendo eso que podría llamarse “explosión de felicidad de una madre” ha expresado –de la forma más respetuosa posible–  su punto de vista sobre la maternidad y las renuncias que representa. Con una candidez casi típica en este tipo de situaciones, intentaba convencer a aquellas mujeres que pudieran encontrarse en la misma disyuntiva que ella alguna vez atravesó. Es cierto que los ejemplos utilizados no son precisamente los más dramáticos que alguien pudiera dar, pero la vida no siempre está llena de dramas y cuando alguien intenta motivar a otros es libre de utilizar lo que considere apropiado.

A la señora Astrid Klisans la han llamado machista, clasista e incluso cerda. Y no, no lo ha hecho una manada de machos alfa con ganas de aplastar a una mujer por estar en desacuerdo con lo que ellos piensan, no. Lo han hecho señoras que se supone defienden la igualdad de género, el derecho a pensar diferente, el derecho a expresarse sin temor a lo que puedan decir los demás.

Que una mujer en su vida no haya puesto pie en un spa o vaya dos veces al año a la peluquería no le da derecho a tratar mal a otra que sí se lo puede permitir.

Cómo es que las mujeres que dicen defender el potencial que muchas tenemos para ocupar puestos de dirección en grandes empresas, altos cargos públicos, etc., son las mismas que nos creen tan idiotas como para que una publicación en una revista –con un público bastante definido, de paso– nos vaya a influenciar hasta hacernos cambiar de convicciones o nos haga sentir la presión de “la sociedad”.  ¡Tremendas defensoras!   Señoras, gracias pero no, gracias.

¿A esto lo llaman feminismo? El ataque de un montón de mujeres que no tienen las mismas posibilidades que otra, en lugar de feminismo lo que parece es una gratuita demostración de envidia y resentimiento.

La señora Klisans no es ministra de Igualdad. No es suya la culpa de que exista la vergonzosa brecha salarial de género o que la conciliación familiar sea casi una utopía. Es simplemente una mujer que tiene un determinado tipo de vida y, como es legítimo, tiene el derecho de expresar lo que siente al respecto, a echar o no de menos la anterior y a sentir que en la actual lo más importante no es ella misma –signifique eso renunciar a clases de chino,  al gimnasio, a hacerse mechas o estar aterrada sobre si será capaz de ser buena madre o no. No es su culpa si otras no pueden permitirse determinados “lujos”.

Señoras, ser madre no hace a una mujer mejor que otra, pero no serlo tampoco. Ni es más digna la que madruga y suda para no perder el metro, que aquella que no tiene necesidad de hacerlo.  Cada quien tiene lo que tiene, y a quien no le guste la propia vida debe ocuparse de hacer lo posible por conseguir la que sí sin que esto signifique verter insultos hacia quienes tienen una distinta y evidentemente mejor en el aspecto económico.

¿Qué tiene de malo que una mujer piense que ser madre o ver la sonrisa de satisfacción de unos abuelos es lo más bonito que hay? ¿Vivir bien es motivo para que una mujer sea calificada de clasista o cerda? ¿Por qué es “mierda de la buena” que una mujer diga que con la maternidad ya no puede dedicarse a ella como antes? ¿Qué importancia tiene si dedicarse a sí mismas era ir a un spa, viajar, fumarse un porro, hacer botellón, ir a la peluquería o pasarse el día en Twitter? ¿La culpa de que millones de mujeres no tengan recursos para llegar a fin de mes sin angustias o ir a la peluquería semanalmente es de la señora Klisans? ¿De verdad tener la piel de porcelana es suficiente motivo para ser insultada?

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Una mujer tiene todo el derecho del mundo a ser feliz llevando las axilas sin depilar o a echar de menos ir de copas con su pareja porque no tiene presupuesto, tiempo o con quien dejar a sus hijos (si los tiene) y no por eso es una cerda. Tampoco lo es si decide no ser madre o si prefiere vender libros. ¿Por qué otra no puede sentirse feliz de ser mamá?

Muchas de las limitaciones son autoimpuestas y hay quien no tiene vida propia aunque no esté cuidando muchachitos. Tener hijos, ir a un spa, retocarse las raíces, hacerse la manicura, ir en tacones, casarse, ir de compras, al gimnasio, leer una novela, viajar (o no) es totalmente compatible con hacerse respetar, luchar por los derechos propios y de los demás. Ya basta de anónimas creyéndose una autoridad suprema con la facultad de determinar qué es machismo y qué no. Basta de ir gritando “en el nombre de las mujeres” un feminismo que no es tal, sino una bochornosa forma de odio, envidia y resentimiento. Pues entre las cosas más machistas del mundo también se encuentran esos grupos de chismosas que se juntan para despellejar a una mujer que no les simpatiza porque vive o viste mejor.

Cada quien toma sus decisiones considerando las consecuencias que éstas comportan. Si no es el caso, entonces lo que toca es madurar, no lapidar a una extraña que publica en una revista que abunda precisamente en esas peluquerías a las que dicen no poder ir las de piedra en mano.  Evidentemente un hijo no está para cubrir eventuales vacíos que alguien pueda sentir en su vida. Sin embargo, cada una sabe qué le llena y porqué quiere ser madre (o no).

A juzgar por los comentarios, no parece que les moleste que una señora se haya tomado la libertad de contar una experiencia personal, sino que esa señora sea guapa, vista bien y pueda permitirse cosas a las que dudo renunciarían muchas de las que la han atacado. ¿Realmente pretenden hacerle creer al mundo que si tuvieran las mismas posibilidades renunciarían a cualquiera de esas cosas que les gustaría hacer o tener y que ahora no pueden permitirse?

Señoras, eso no es feminismo, es hipocresía, discriminación y, sobre todo, envidia. El feminismo no debería ser ordinariez ni una forma de venganza para aplicar la ley del embudo que durante años se ha aplicado a las mujeres. El feminismo es otra cosa, pero fundamentalmente es mucho más que una marca comercial que vende feminismo.

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¿Chávez vive?

 

Dicen que “a rey muerto, rey puesto” y aunque Venezuela no sea una monarquía absoluta, el chavismo se ha empeñado en que lo parezca cada vez más. Todo el poder se concentra en una persona y la independencia de las instituciones es una fantasía constitucional.

Chávez llegó al gobierno con el cuento de la pobreza, el pueblo, la lucha contra la oligarquía y muchas patrañas más, pero cuando llegó a Miraflores se quitó la careta. Se vio en un palacio, se sintió un rey y se comportó como tal. Sus hijos han crecido como infantes cuya educación está basada en una inaceptable superioridad de la que se jactan para tratar al mundo como si por sus venas corriera sangre azul y no la de un tirano asesino. El enriquecimiento de su familia es una prueba de la más putrefacta forma de saqueo que nuestro país haya conocido. Se creyó tan rey que hasta decidió quién heredaría el trono. Y como no contaba con un tipo preparado para tal responsabilidad, en un ejercicio de vanidad decidió escoger al más idiota de todos para que nadie pudiera hacerle sombra o quitarle el “corazón del pueblo” al que llevaba años engañando y alimentando con limosnas.

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La designación de Nicolás Maduro fue eso, la coronación del hijo idiota al que el resto de los hermanos mira con envidia. Ese trono es el motivo por el que en las filas del régimen vuelan tantas puñaladas.

Como el heredero “Rey Bobo” no tiene el más mínimo vestigio de popularidad entre la nación a la que le exige que se deje gobernar como si de verdad estuviera compuesta por súbditos, recurre constantemente a la imagen del “rey padre” elevándolo como si se tratara de una deidad, exprimiendo incluso su voz para ver si con eso logra convencer a un pueblo al que el amor se le acabó el mismo día en que comenzó a pasar hambre.

¡Chávez vive! ¡Chávez vive! Es la letanía a la que recurren el heredero y todos aquellos que de alguna manera siguen sacándole rédito a la camiseta roja o a la fecha en la que el difunto rey por primera vez hizo correr la sangre por el suelo patrio como si fuera una epopeya.  No obstante, ante las amenazas y la poca afluencia de público a las diferentes convocatorias del chavismo uno se pregunta: ¿Chávez vive?

Saber que sus huesos reposan en el Cuartel de la Montaña –un forzado mausoleo para rendir honores a quien puede calificarse de todo, excepto héroe de la patria– podría ser suficiente para decir no, por supuesto que no. Sin embargo, la realidad es que sí.

Chávez vive en cada bolsa de basura que muchos venezolanos revisan para poder comer, en los montones de cadáveres que colapsan las morgues del país, en cada cartucho de balas que un GNB descarga contra un opositor. Chávez vive en cada empresa expropiada y arruinada, en cada cola para comprar comida, en cada uno de los barrotes que aprisionan a seres humanos por el simple hecho de pensar distinto. Chávez vive en cada funcionario público que viola la ley y sirve al régimen, en el abuso de los CLAP, en nuestras cifras de inflación, en la ineptitud de todos los ministros que nombró o los famliares que colocó, en el silencio del Banco Central de Venezuela.

Chávez vive en el cuerpo de los violadores de la jueza Afiuni, en el de los torturadores que controlan Ramo Verde, en las redacciones de los medios de comunicación que pretenden esconder lo evidente. Chávez vive en cada kilo de cocaína transportado con pasaporte diplomático, en cada caja de cartón que cobija a pobres inocentes, en las toneladas de alimentos podridos en Pto. Cabello, en la ruina de PDVSA, en cada contrato amañado. Chávez vive en las miles de muertes por falta de medicinas, en las ciudades a oscuras por el colapso del sistema eléctrico, en el plato vacío de millones de desempleados, en las innumerables peticiones de visado a cualquier lugar del mundo. Chávez vive en los lobos que disfrazados de corderos y aplicando la ley del embudo pretenden vender el mismo paquete allende los mares,  en el odio que sembró por donde pasaba, en la flojera de quien quiere tenerlo todo sin trabajar para conseguirlo, en los hipócritas que hablan de libertad pero han apoyado el desarrollo de esta tragedia. Chávez vive en cada uno de los indecentes que tratan de obligarnos a aceptar un régimen que no queremos. Ese es el verdadero legado del tirano de Sabaneta, por eso tenemos que recuperar el país, salir de la miseria para que no quepa duda de que está muerto, enterrado y nunca más nuestra tierra volverá a pasar por algo semejante.

Fotos:

Web

El Universal

ABC

El Nacional

El Mercurio

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Vete para tu país

 

Desgraciadamente más de un inmigrante ha tenido que escuchar alguna vez esto, por lo general a gritos y con miradas desdeñosas.

Cuando se dejan de lado los audífonos, el teléfono, incluso el libro más vendido del momento y se mira alrededor en las calles, en el transporte público, en la terraza de alguna cafetería… pueden notarse desagradables gestos hacia personas que un buen o mal día dejaron todo lo que aman para hacer una vida a miles de kilómetros de distancia.

La ignorancia es egoísta, maleducada y sobre todo, muy cruel. Los xenófobos se creen dueños de su tierra y con el derecho a decidir quién puede vivir o no en ella. Les molestan los extranjeros excepto cuando sus equipos ganan una copa gracias a los goles de alguno que nació fuera. Les molesta que los inmigrantes hablen en su idioma, pero según el que sea. Les molesta que hablen de política o de problemas sociales, pues para los xenófobos los inmigrantes son el problema social y aunque paguen impuestos y cumplan con sus deberes no tienen derecho a opinar de política. Los miran como se mira a un delincuente in fraganti. Como si buscar una vida mejor fuera eso, un delito terrible cuyo daño –si acaso– sólo puede ser reparado con la expulsión.

Los episodios desagradables son tan variopintos como los individuos que se sienten grandes al humillar a quien parece que con su presencia les robara el aire que deben respirar.

¡Vete para tu país! ¡Aquí no pintas nada, sudaca (negro, indio…)! Y muchas más frases de odio pueden escucharse mientras algunos se unen al coro y los testigos de la escena miran para otro lado callando por vergüenza o por temor a “quedar mal”, total, los que gritan podrán ser xenófobos o groseros, pero son sus xenófobos, sus groseros. Absurda solidaridad aquella que pisotea valores que deberían ser universales.

¿Acaso creen que es divertido decir adiós? ¿Acaso piensan que es sabroso dejar familia, amigos, empleo, un hogar, una vida hecha y cruzar lo frontera con la esperanza de regresar algún día pero sin la certeza de conseguirlo? Detrás de cada pasaporte extranjero hay un drama (grande o pequeño)  con el que cada uno se enfrenta cada mañana aprendiendo a vivir con él. No hace falta escapar de una guerra para que la experiencia signifique un desgarro en el alma. A nadie le divierte dejar todo lo que tiene y comenzar desde cero, a nadie le divierte caminar de espaldas a sus colores, al perfume que desprende la hierba cuando acaba de llover, al sabor de los platos que moldearon su paladar. A nadie le divierte abrazar una almohada buscando cariño materno, a nadie le gusta recibir una mala noticia en un hospital y que fuera no haya una cara conocida esperándole. A ninguno le alegra desaparecer de las fotos de la familia porque los eventos siguen a pesar de la ausencia.  A nadie le gusta estar en casa ajena –por más grande o cómoda que ésta sea. Tampoco que califiquen su nivel de estudios por tener un empleo modesto (del que los mismos xenófobos se aprovechan pagando una miseria como si fuera un favor).

Emigrar no es un deporte ni un hobby, en absoluto es una diversión. Emigrar es una decisión durísima que cambia la vida de quien se va, pero también de quien se queda. Dejar la propia vida para construirse una nueva puede ser emocionante, pero nunca algo divertido. No hay inmigrantes de primera ni de segunda. Hay inmigrantes y punto. Gente que con diferentes talentos, motivaciones e intereses escogen un lugar para vivir intentando convertirlo en su casa, echar raíces en él y contribuir a hacerlo uno mejor para todos, vengan de donde vengan. Gente que hace grandes sacrificios, que renuncia a todo lo que tiene para salvar lo único indispensable para seguir adelante: la vida. Personas que además de vivir con el dolor de sentirse (y estar) solas y de lidiar con el desdén de algunos locales, también tienen que soportar la estupidez y la arrogancia de quienes se creen más patriotas que ellas porque no quisieron o no tuvieron la oportunidad de hacer lo mismo.

¿Por qué no se van para su país? En la mayoría de los casos sencillamente porque NO PUEDEN. Porque saben que les espera la cárcel, el hambre, la muerte. Por eso, cada vez que a alguien en esta Europa en crisis se le ocurra ser maleducado hasta llegar a la indecencia con alguna persona que no nació aquí, debería cerrar los ojos por cinco segundos y recordar los grandes barcos que durante décadas zarparon de estas costas repletos de personas que doblaron su vida en una maleta e hicieron exactamente lo mismo para tener en otra tierra la que creían merecer. El éxodo de jóvenes europeos preparados que no encuentran empleo solamente se diferencia del resto de los inmigrantes en una cosa: no abandonan un país hecho pedazos, pero igual se van porque en alguna parte del mundo creen que hay algo mejor y nadie tiene derecho a mandarlos de vuelta a casa.

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Un golpe más

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Cuando el 4 de febrero de 1992 un hombre engañó a un montón de jovencitos llevándolos a ciegas para dar un golpe de Estado que bañó de sangre las calles de Caracas, algo cambió en la mente de muchos venezolanos. El 4 de febrero que todavía celebra el chavismo es una fecha que divide nuestra historia entre cuándo a pesar de todo podíamos vivir en paz y cuándo conocimos el rostro de los asesinos que transformarían el país en una tiranía.

Aquella Venezuela con la suficiente fortaleza institucional no sólo fue capaz de poner tras las rejas a un asesino que con mucha verborrea llena de palabras que suenan bonito (pueblo, sentido común, poder popular, lucha, patria…) sino también de destituir un presidente en pleno ejercicio de sus funciones para juzgarlo por malversación de fondos. Eran los años de una Venezuela con problemas pero con una calidad democrática tal que no podía ni en sus peores pesadillas prever un escenario como el que tenemos en estos días. Eran los años en los que para ser Fiscal General de la República era necesario poseer una dignidad e independencia demostrable, no ser el abogado defensor de los intereses de un partido político. Eran los años de un Tribunal Supremo de Justicia compuesto por verdaderos profesionales del Derecho, garantes de la Constitución, no de monigotes con la “rodilla en tierra”.

El caso es que ya no podemos hablar de lo que pudo ser y no fue, sino de lo que es. Vivimos bajo un régimen cuyos protagonistas se dieron a conocer a través de un golpe de Estado. Muchos de ellos no pagaron por sus crímenes porque las causas fueron sobreseídas (Caldera, gracias por nada) y los errores de aquella imperfecta democracia los estamos pagando con lágrimas de sangre. La corrupción que tanto nos asqueaba hace dos décadas, las medidas económicas que llevaron a la desesperación de una nación entera no fueron más que un cuento infantil al lado de la situación que estamos atravesando.

La ingenuidad de un país sin extremismos, la tranquilidad de décadas que habían sepultado la sombra de la dictadura y las ganas de dar una patada a los corruptos a los que atribuíamos todos nuestros males dieron lugar a que millones de venezolanos se dejaran encantar por un flautista que desdeñaba a la clase política y se jactaba de ser como “el pueblo”, como “la gente”. El golpista se presentó como el milagro que acabaría con la pobreza y la desigualdad, como el hombre que acabaría con la corrupción de la IV República jurando que transformaría nuestra Carta Magna para crear una más adecuada a nuestros tiempos. El resentido que condenó a los ricos porque ser rico era malo –hasta hasta que él también lo fue.

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No podemos decir que Hugo Rafael Chávez Frías no cumplió con sus promesas, a la vista está la cantidad de venezolanos que están muriendo por falta de alimentos o medicinas. Si seguimos así, dentro de poco no quedarán muchos pobres que se diga. Desigualdad hay más bien poca (cúpula del PSUV aparte, claro) pues la clase media ha desaparecido y prácticamente todo el país está pasando por las mismas dificultades para hacer (cuando se puede) tres comidas al día. La corrupción de la IV República despareció, ya que la inmensidad del desfalco que han llevado a cabo ministros, gobernadores y por supuesto el mismísimo Chávez no tiene comparación con todos los millones que se llevaron todos los corruptos juntos en los cuarenta años de democracia que llevábamos cuando ese asesino cobarde llegó al poder.

Ese que juró ante una “moribunda Constitución” fue el mismo que siete años antes había intentado matarla queriendo tomar por asalto las instituciones de nuestro país. Ese que con el cuento de una Constitución más justa quiso (y en cierta forma lo hizo) hacerse un país a la medida de lo que a él le diera la gana. Ese que en algunos casos pagó miles de millones de dólares nacionalizando empresas que ahora sólo producen  pena ajena, que despilfarró dinero regalándolo como si fuera de su bolsillo y sin contar con nuestro consentimiento. Ese que convirtió a la empresa de hidrocarburos más competitiva del mundo en un barril sin fondo que ahora debe hasta los bolígrafos con los que se firman los contratos amañados. Ese que hablaba de la importancia de lo nuestro pero se rodeaba de peseteros asesores extranjeros a los que les importaba un carajo nuestro destino, pues todavía la comisura de los labios se les sigue llenando de saliva cuando recuerdan la vida que llevaban en Miraflores.

El embaucador de Sabaneta y sus compinches, después del primer golpe de Estado y poco a poco a lo largo de estos diecisiete malditos años han ido pisoteando una y otra vez la Constitución, la misma que él se atrevió a llamar “la bicha” aunque a juzgar por sus acciones pudo perfectamente llamarla “la puta” mientras el resto de los venezolanos la vemos como “la violentada”.

Los golpistas que quisieron hacerse con el poder por las malas, que en su segundo intento incluso bombardearon Caracas, por más que se disfrazaron de ovejas nunca dejaron de ser lo que siempre han sido, manipuladores que no tienen ningún respeto por la democracia. Su único objetivo era sustituir a los corruptos de la IV por los que junto con ellos construyeron ese rancho llamado V República. Prueba de ello es el último golpe que han dado a los venezolanos: suspender el Referendo Revocatorio que sacaría a Nicolás Maduro, ese heredero descerebrado que Chávez dejó al país como guinda a su revolución saqueadora en la que se dio el lujo de morir matando. Para despejar las dudas sobre el carácter autoritario del chavismo (si alguien las tuviere) bastan las palabras de Maduro: “¿ustedes se van a calar otras elecciones donde la oligarquía tenga algún triunfo?”

La Asamblea Nacional se ha pronunciado contra la suspensión del referendo cuyas firmas serían recolectadas entre el 26 y el 28 de este mes bajo unas condiciones draconianas nunca vistas. Así mismo, ha declarado la ruptura del orden constitucional. Sin embargo, el chavismo no entiende de razones, para ellos la democracia es lo que ellos digan, los votos que cuentan son los que les benefician y la opinión contraria es golpismo. En esto último son expertos, siguen celebrando uno de los golpes que perpetraron al tiempo que no paran de recrearse como víctimas del que sufrieron, pues hasta para eso aplican la ley del embudo. Según el chavismo hay golpes buenos y golpes malos. Los malos contra ellos, claro.

Venezuela está bajo un régimen asesino, torturador y corrupto al que desde el principio sin tener ni una sola cuota de poder ni tres lochas en el bolsillo no le tembló el pulso para darle plomo a quien se le opusiera en el camino. El régimen que además de rapiñar la bonanza más extraordinaria conocida por este país, insiste en calificar a sus disidentes como portadores de eso que ellos representan y siempre han fomentado: la violencia, el odio, la división… No podemos permitir más puñetazos en la cara ni seguir poniendo la otra mejilla. Hay que combatir a los tiranos que violan continuamente la Constitución, luchar hasta recuperar el país que nos pertenece. Seguir demostrando (como alguien nos recordó hace un par de días) que somos pacíficos pero no pendejos. Esta puede ser la última oportunidad que tengamos.

¡Basta de golpes!

Fotos:

La Patilla

El Nacional

Provea

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Un día feriado

El aroma del café la despertó de lo que parecía haber sido una noche lluviosa. Se cepilló los dientes al ritmo de las gaitas que para esa época del año servían de banda sonora a quienes pintaban rejas y muros. Dio los buenos días a todos en la cocina y durante unos minutos dejó perder su mirada en el aceite hirviendo en el que una de sus hijas freía las empanadas. Notó que algunas eran de carne mechada porque la había enseñado a hacerles un huequito en la punta para poder distinguirlas de las demás.

Mientras su hijo menor picaba aguacates en rodajas, el mayor preparaba en el patio la leña para la parrilla y sus nietos jugaban en la mesa donde luego comerían. Aprovechó para cambiar el agua y ponerles los mangos a sus loros. Era un día feriado que no daba para un puente pero sí para disfrutarlo juntos como si se tratara de un domingo extra: con tranquilidad y sin más pretensión que dormir un rato en la hamaca.

Se fue descalza al porche para regar las matas. Cuando su marido llegó con el periódico y un queso clineja de los que vendían junto al kiosco, ella lo esperaba en la mecedora tomando la segunda taza de café con leche y jugando con los perros.

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El hombre cruzó el umbral de la puerta bromeando: “—Aquí huele a empanada quemada”. Esa frase fue la señal para que todos se reunieran en la cocina donde entre risas devoraron las empanadas, el queso y el aguacate. Al terminar, la madre se sentó a leer el periódico en el porche, los hijos se quedaron en la cocina llenando de cerveza la nevera y preparando la guasacaca. El padre se quedó dormido en la hamaca y soñó que estaba cortando jugosa carne recién asada. De pronto el silencio y el calor sacudieron su descanso. Otra vez se había ido la luz aunque por suerte la del sol ya entraba por la ventana. Su mujer no estaba, le había dejado una nota avisándole que la alcanzara en la cola a eso de las ocho. Sus hijos no vivían allí, estaba solo. Abrió la nevera pero no estaba llena de cerveza (ni de comida). Encontró sólo una jarra de agua fría, un trozo de yuca hervida que hacía compañía a dos huevos y dos tomates que comerían esa tarde si otra vez no conseguían nada en el supermercado. Así que intentó engañar al hambre con un vaso de agua y se acostó de nuevo para volver soñar con su vida en 1996.

Foto:

yoyopress.com

@luiscarlos

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