Día 2: Flacos

 

A eso de las tres de la tarde vi una cola de unas ochenta personas, no para entrar hoy, sino guardando el puesto para comprar mañana cuando abra el supermercado. No la hice, primero necesitaba el abrazo de los míos.

Hoy vi a algunos amigos. Siempre llego sin avisar porque así es más bonito. Me aseguro de que están en casa y aparezco de pronto, en silencio para ver sus caras de sorpresa, el brillo en sus ojos y esperar a que el tembloroso giro de las llaves nos permita fundirnos en un abrazo eterno bajo el umbral de la puerta.

Esta vez la sorprendida he sido yo. Con una sonrisa intenté disimular el dolor al verlos ojerosos, enflaquecidos, con ropa que les queda grande porque la crisis en el país ha disminuido las porciones de comida diaria. Hay alegría, claro que la hay, ¿quién no se alegra al ver a un ser querido? Pero esta vez es como visitar a un enfermo en el hospital, preocupada  sin saber si va a mejorar, pero con la firme esperanza de que así sea.

No hay palabras para describir la situación, así que nos dedicamos a hablar de épocas pasadas en las que como ya es conocido por propios y extraños “éramos felices pero no lo sabíamos”. Las visitas se reducen en horario y todo va en función de una especie de ruego permanente: que no se apague el carro mientras me llevan a casa, que no se vaya la luz porque se daña la comida, que el gas alcance para que la cena no quede a medio hacer.  Todos se disculpan porque no hay mucho que ofrecer, pero un vaso de agua o medio aguacate compartido con quien te importa sabe mejor que un plato de langostinos y vino a solas frente al televisor. El problema es que esto debería ser una decisión voluntaria, no el resultado de una miseria forzada.

Llego a casa y me despido rapidito para reducir el riesgo de quien me abre la puerta y también de quien desde el carro espera que entre para poder irse tranquilo. La alegría puede ser muy amarga, mucho.

 

Me quedo dormida en el sofá recordando un poco frustrada que seguimos sin leche, y aunque la cola era “de las cortas”, hoy no era el día.

La felicidad está hecha de momentos que le robamos a las sombras. Hoy pude decir cerquita “te quiero, me has hecho mucha falta”. Fue un día de miradas llenas de luz que estos días alumbrarán mi vida como la cruz que cada diciembre corona el cerro que me vio nacer y ahora adorna una ciudad de flacos que nada tienen que ver con la vanidad.

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Gaínza

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Día 1: Café sin leche

 

Los sentimientos encontrados no me dejaron dormir mucho, estaba tan feliz de volver como triste por el panorama que tenía ante mis ojos. Mi ciudad parecía un cementerio: oscura, vacía, con cuerpos que de pronto aparecían asustándome porque no sabía bien si se trataba de muertos o, peor aún, de vivos dispuestos a matarme.

Anoche al escuchar las gaitas que daban la bienvenida en la sala de recogida de equipajes tuve la sensación de que por lo menos el inicio de esto iba a ser igual a ellas: música alegre que a punta de tambor y furruco muchas veces esconde letras tristes. Caras largas moviendo los pies al ritmo de canciones que suenan a nostalgia, a años en que los reencuentros eran más felices y la situación del país era indescriptiblemente mejor.

Mi vieja estaba contenta, por fin tenía en casa a todos sus hijos para Navidad. Pero su alegría no ocultaba esa especie de vergüenza que siente uno cuando sabe que el país es un rancho que se cae a pedazos.

En mi casa siempre hemos tenido la costumbre de tomar café y contarnos lo que soñamos la noche anterior. Esta vez el “anoche soñé” fue sustituido por un “el café es negro, no se consigue leche”. Por primera vez en casi cuarenta años debo tomar el café sin leche al que mi mamá ya casi se ha acostumbrado. ¿Qué importa el café? Yo ni siquiera bebo café, lo importante es que estamos juntas, pero en el fondo sé que ella lo extraña y hasta le da pena decir que no tiene. Ya no hay distancia que oculte las carencias y eso le empaña la mañana. La oigo decir desde la cocina que endulzará el café con papelón, pregunta si está bien y le respondo que claro, no hay problema.

Me hago la loca y me tiro al sofá a escuchar cómo cae la lluvia en el patio, los perros siguen durmiendo y yo intento hacer lo mismo para no pensar. Así que ahogo el nudo en la garganta y espero a que el olor a guayoyo me haga abrir los ojos de nuevo.

Por una parte está bien no haber hablado de los sueños. Anoche tuve una pesadilla en la que unos malandros me bajaban del carro en el que venía del aeropuerto, se robaban todo a punta de pistola y me dejaban tirada en la autopista junto al amigo que me hizo el favor de recogerme. Desperté en la parte en la que mirando un poco a sus ojos y otro tanto al arma, les pedía que no nos mataran.

Hay empanadas dominó para desayunar. Mi mamá lleva rato amasando aunque apenas son las siete de la mañana. Somos una familia afortunada: estamos vivos, sanos, todos juntos, tenemos empanadas dominó… Y aunque hoy no nos contamos los sueños entre nosotros, ya lo haremos mañana. Hoy haré lo posible por encontrar leche. Eso cuenta como soñar despierta, ¿no?

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Gaínza

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En camino

 

Llevo mucho tiempo sin hablarte, no porque esté brava contigo, sino por el dolor que me produce ver cómo estás.

Para los que siempre estamos hablando el silencio revela el tamaño del roto que se lleva en el alma. Y para los que lo notan, es la alarma que manifiesta la gravedad de lo que está sucediendo.

Desde hace meses tus calles están en un inquietante silencio, pero observándolo todo, como esperando que la rebeldía se sacuda el polvo y decida de nuevo alzar su voz. El silencio ha sido directamente proporcional a la decepción, la impotencia, incluso al miedo a no ser capaz de salir de una situación horrible que poco a poco va dejando más muertos en el intento y más vivos que siguen aturdidos un camino infame que jamás imaginaron ser obligados a recorrer.

No hay desengaño más grande  que descubrir que el enemigo no sólo estaba al frente, sino que siempre estuvo en nuestra propia casa.  Al saberlo por fin se entiende porqué costaba tanto seguir adelante, quién era el que le metía palos a la bicicleta, lo grande y pesado que era el lastre… Las traiciones son tales porque no se esperan, por eso la rabia se apoderó de mí cuando vi a un zorro viejo burlarse de muertos, dolientes, de todos, y ofrecer nuestro futuro, sangre, sudor y lágrimas ante una ilegal Asamblea Nacional Constituyente.

Cuando se identifica una rémora, hay que soltarla y seguir sin ella. Tú rémora es parte de tu enemigo, y a los enemigos se les mira de frente, se les tiene cerca, pero no se les mete en casa.

Me acerco, no tengo ventana pero no la necesito. Cierro los ojos y veo tu verde, siento tu olor, oigo tu llanto conviviendo con tu inexplicable sonrisa en medio del caos. Sé que estás harta de gritar sin que nadie te escuche y pienso en esos tontos que pelean mientras algunos miran y, otros, acostumbrados a pescar en río revuelto, roban tanto a bravucones como a los entretenidos testigos.

No sé si al llegar te reconoceré, tampoco si tú lo harás. Supongo que sí, a un amor se le reconoce en la mirada. No sé lo que me espera los próximos días, sé lo que te pasa, pero también que voy rumbo a una brutalidad para la cual no hay palabras. Sé que voy a llorar mucho, pero ya siento moverse en mi pecho eso que se pondrá como caballo desbocado en la sabana cuando toque tu suelo y me arrope tu cielo.

Querida Venezuela, vamos a volver a vernos, por eso ahora rompo mi silencio y comienzo un diario en el que le cuento al mundo cómo estás. Será muy duro, pero así es tu realidad.

Foto: Gaínza

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En tus manos

 

En estos dieciocho años más de uno –aunque ahora lo niegue o se arrepienta– sabe que este régimen llegó al poder (y se ha mantenido) gracias a su “ayudita”. Esa ayudita consistió en votar creyendo ciegamente en las mentiras que contaron o votar a cambio de un puesto de trabajo o algún otro beneficio. Y quien no ayudó con su voto, lo hizo todos aquellos domingos que prefirió irse a la playa en lugar de al colegio electoral.

Por supuesto, hay una gran parte de los venezolanos que ni por acción ni por omisión ha contribuido al desastre que ahora nos afecta a todos. Son venezolanos que han hecho todo lo que han podido para salir de esta tragedia que se ha extendido como la gangrena en el cuerpo de un país tan hambriento y maltratado como los innumerables enfermos que intentan ganarle la batalla a la muerte en nuestros hospitales, esos ranchos que se caen a pedazos y donde cada día aumenta la desesperación mientras los médicos intentan hacer milagros incluso cuando no hay ni con qué lavar una herida.  

Los errores no han faltado en estos años, las excusas tampoco. Hemos perdido la cuenta de las veces que algunos han “saltado la talanquera” sin la menor vergüenza, nos hemos hartado de promesas que se han desvanecido como el humo de las parrillas que ahora poquitos pueden permitirse un día feriado. La decepción que sentimos es comprensible, llevamos mucho tiempo poniéndole fecha al fin de esta pesadilla: “de diciembre no pasa”, “el 23 de enero se acabó”, “febrero es un mes caliente”, “el 19 de abril es el día”… Llevamos demasiados muertos, demasiados presos, demasiado dolor, demasiado cansancio. La frustración se volvió a casa con los pulmones llenos de gas y los ojos llenos de lágrimas. Parece callada, algunos hasta creen que se ha rendido, olvidan que no hay nada más elocuente que el silencio y que este se romperá cuando haya recuperado la fuerza necesaria para gritar de nuevo, tan fuerte, que Venezuela volverá a oírse en cada rincón del mundo.

Por desgracia no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos seguir luchando para cambiar nuestro futuro. Ese monstruo de las diez cabezas llamado chavismo, se resiste, pero no por eso debemos rendirnos. No podemos permitir que el mundo crea que el país todavía lo apoya.

El grupo de narcos que ostenta el poder se las ha arreglado para que sus alcahuetas llenen de trampas un proceso electoral que saben perdido si todos votamos. Porque si estuvieran tan seguros de su triunfo no cambiarían a los electores de sus centros de votación, no retrasarían los plazos, no invalidarían candidaturas, no generarían la confusión a la que han jugado desde el principio, no gastarían tanto en campaña y, sobre todo, no se preocuparían tanto por hacer que no vayamos a votar. La sola insistencia del chavismo por aumentar la abstención debería ser una motivación para votar.

El país está cansado, mejor dicho, el país está arrecho y tiene toda la razón, pero si queremos que el mundo sepa que así es, lo mejor es ir a votar, no facilitarle las cosas a Nicolás Maduro ni a ninguno de sus compinches. Hay que votar, entre otras cosas, para que tengamos la tranquilidad de haber hecho todo lo posible para acabar con esta tiranía. Que podamos vernos al espejo sin que el remordimiento nos diga: chamo, faltó tu voto. Faltó el tuyo que estabas en el país, eras mayor de edad, estabas inscrito, no estabas preso y tampoco enfermo.

Cuando les hables a tus hijos o nietos, diles con orgullo que marchaste, hiciste huelga, firmaste, votaste, volviste a votar, volviste a firmar, marchaste otra vez, hiciste paro de nuevo, votaste, y volviste a votar…   Que cuando te vayas a dormir sientas la tranquilidad de haber hecho todo lo que pudiste para salvar el pedacito de país que estaba en tus manos. Porque si cada uno se hace cargo de su pedacito de Venezuela, muy pronto podremos juntar las piezas y armarla de nuevo.

 

 

Fotos: runrun.es

 

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El engaño del siglo XXI

 

Dijeron que ya no habría pobres ni niños de la calle, basta mirar alrededor para saber el resultado. Dijeron fortalecerían el sector industrial y atraerían la inversión,  por eso expropiaron empresas que ahora están arruinadas.  Dijeron que el sueldo alcanzaría, pero ahora se necesitan más de 18 salarios mínimos para cubrir la cesta básica. También dijeron que podrías revocarlos cuando quisieras, pero pusieron mil trampas y suspendieron el referéndum revocatorio. Dijeron que acabarían con la corrupción, ocultándola bajo mucha propaganda, claro.

Dijeron que eran un ejemplo para el mundo, prueba de ello es la oda al nepotismo y la podredumbre representada de forma extraordinaria por la Contraloría General de la República. Dijeron que gobernarían para todos, pero amenazan, encarcelan, torturan o matan si no piensas como ellos. Dijeron que no faltarían las medicinas, pero hace falta pasar días mendigando para encontrarlas. Dijeron que crearían las mejores universidades, pero de esas casas de adoctrinamiento no hay ni una que valga un medio partido por la mitad, por eso sus hijos estudian en el extranjero.

Dijeron que cuidarían nuestros recursos naturales, pero el arco minero está destrozando uno de nuestros tesoros más preciados. Dijeron que la electricidad fallaba porque no llovía y, cuando llovía, le echaban la culpa a una iguana. Dijeron que acabarían con la oligarquía, la burguesía y el capitalismo, ¿han visto quiénes son, cómo viven, qué comen, los carros tienen, cómo viajan y visten? Dijeron también que Venezuela era el país más democrático del mundo,  pero lo que no consiguieron con votos intentan alcanzarlo con las armas. Dijeron que teníamos la mejor Constitución del mundo, que dentro de ella todo y fuera de ella nada, pero la violan sistemáticamente hasta el punto de convocar sin previa consulta una Asamblea Nacional Constituyente para elaborar una nueva Carta Magna, obviamente a su medida.

Dijeron que acabarían con la inseguridad y la violencia, pero el año pasado murieron casi 28500 personas por esta lacra. Dijeron que los jubilados vivirían dignamente, le llaman dignidad a que la pensión no alcance para comer. Dijeron que el país crecía a paso de vencedores cuando lo que realmente aumentaba era el saldo de sus cuentas bancarias. Dijeron que el Guaire sería navegable y apto para bañistas, pero ahora se burlan cuando alguien tiene que meterse en sus aguas fétidas para poder salvar la vida.

Dijeron que Miraflores sería la sede de una universidad, hasta ahora en lugar de recibir estudiantes, celebran allí sus muertes. Dijeron que habría libertad de expresión, lo saben bien los medios censurados y la larga lista de periodistas vetados, amenazados, robados, perseguidos,  golpeados…

Dijeron que las empresas públicas no darían pérdidas, se referían a las que ya no producen. Dijeron que el abastecimiento estaba asegurado… Previa humillación a cambio de una caja con unos cuantos víveres, claro. Dijeron que acabarían la escasez y las colas, ¿desde cuándo no compras lo que quieres, cuando quieres y donde quieres? Dijeron que el dólar se mantendría a 6,30BsF, olvidaron decir que solamente  para los enchufados que hacen negocio con ellos. Dijeron que controlarían la inflación,  a tres cifras le llaman control.

Dijeron que repudiaban toda tipo de injerencia extranjera, aunque no consideren tal el protagonismo de cubanos o chinos, ni las conexiones con grupos terroristas. Dijeron que no había crisis hospitalaria, prefieren que la gente se muera de mengua en sus camas. Dijeron que el país sería justo y próspero, que apretarían la mano contra el narcotráfico; para demostrarlo, nombraron a un narco Vicepresidente de la República, cuentan con todo un cártel en la cúpula del gobierno y, como guinda para la torta,  los sobrinos de la primera dama arrastran la bandera nacional en una cárcel de Nueva York después de haber sacado innumerables kilos de cocaína por la rampa presidencial del principal aeropuerto del país.

Captura de pantalla (105)

Dijeron que su revolución era humanista. Por eso cada día se multiplican los presos políticos, diariamente reprimen las manifestaciones con armas de fuego que disparan a quemarropa contra quienes se atreven a recriminarles su gran teatro. Dijeron que respetarían la propiedad privada, lo demuestran entrando a las viviendas a golpear y robar a sus habitantes aunque sean menores de edad. Dijeron que eran animalistas, lo dejaron claro cuando dispararon a un pobre perro asustado durante un allanamiento ilegal.

Dijeron que  eran el “corazón del pueblo”, aunque además de utilizar la diversidad sexual como descalificación, no  la consideren parte del mismo. Dijeron que su revolución era bonita, por tal motivo cubren el rostro a los detenidos, piden rescate en moneda extranjera a cambio de no presentarlos ante tribunales militares, se divierten torturándoles con descargas eléctricas, obligándoles a comer heces, cubriéndoles la cabeza con bolsas de plástico, colgándoles de los brazos para que apenas rocen el suelo con la punta de los pies, violándoles con tubos o fusiles…

Dijeron que tendríamos patria, socialismo o muerte. Mintieron en todo, excepto en lo de la muerte.

Fotos:

Web

@mgutierrezphoto

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Sí, sí y sí

Había escrito algo para contar un poco qué significa este domingo para Venezuela. Citaba los artículos de la Constitución que nos amparan para participar en la consulta popular que la dictadura se empeña en censurar y ya no sabe cómo impedir. Comparaba la diferencia entre este momento y cada uno de los obstáculos que hemos encontrado en nuestra lucha por salir de esta desgracia llamada “socialismo del siglo XXI”. Recordaba la cruel espera observando la baranda del CNE, la impotencia que hemos sentido cada vez que pisotean nuestros derechos, el dolor que anida en nuestras vidas desde hace casi dos décadas… Como imaginan, el texto no era nada alegre. No podía serlo porque el país está pendiendo de un hilo y cuando uno se lo está jugando todo siente muchas cosas, pero no alegría.

Decidí entonces abrir otra hoja en blanco, cerré los ojos y me imaginé mañana con mi cédula desperrugida, vencida desde hace mucho y que guardo con cariño porque el momento en el que me la saqué Venezuela era un país con problemas, pero feliz. Me imaginé frente a esa papeleta con tres preguntas y recordé todos los motivos por los que debo marcar tres veces SÍ. Sé que por ahí hay alguno que todavía duda de la utilidad de la consulta popular de mañana, por eso se me ocurrió hacer una especie de tour por las experiencias vividas por los venezolanos en estos años para que al recordarlas cada uno sepa la importancia de cada casilla diciendo SÍ.

Si usted alguna vez ha tenido que participar en una vaca para pagar el entierro o el rescate de alguien, si ha tenido que mendigar medicinas, ha hecho cola para comprar alimentos o los ha pagado muy  por encima de su precio. Si usted se ha visto obligado a hacer trueque de aceite por pañales, se ha ido quedando solo porque sus amigos o familiares tuvieron que irse del país. Si usted tiene sobrinos o nietos que no conoce, años que no abraza a sus hermanos o no le puede dar un beso a su mamá. Si usted ha pasado solo su cumpleaños, si la cena de Navidad le ha acompañado un televisor,  si ha tragado grueso o se ha secado las lágrimas para que no lo pillen con el guarapo aguado desde casa. Si le ha tocado ir a recoger a la morgue un cadáver tiroteado o ha tenido que esconderse para no ser usted ese cadáver. Si ha tenido que pedir dinero para intentar salvarle la vida a un familiar enfermo, si ha recortado del mercado para poner en un potazo. Si hace tiempo no sabe lo que es comer carne, o peor aún, si cada día se le hace más difícil comer. Si no tiene con qué comprarle zapatos a sus hijos o ha dejado de mandarlos a colegio porque no tiene ni para el desayuno. Si tuvo que guardar su título en una maleta para comenzar de nuevo en otro lugar, con suerte, lavando platos. Si le han cerrado en la cara las puertas del su consulado, si le han pedido comisión a cambio de su pasaporte. Si usted no tiene palabras para expresar su repudio por abusos como este:

Si a usted se le hace un nudo en la garganta cuando escucha un “vete para tu país”, si ha tragado gas o corrido por su vida. Si ha tenido que rendir el champú con agua o picado en trocitos el jabón. Si ha sido amenazado, le han dejado sin empleo o le han encarcelado por pensar distinto. Si usted ha sentido escalofrío cada vez que escucha acercarse una moto, si se ha bajado de la camionetica nada más que con lo puesto. Si ha dado gracias a lo que sea, incluso a un malandro que en medio de un atraco decidió dejarlo vivir. Si usted ha sufrido en una cola la inclemencia del sol, la lluvia o la GNB. Si ha visto adelgazar a sus vecinos o ya toda la ropa le queda grande. Si dentro de su nevera o la de otros solamente hay agua y luz, si tiene que levantarse a la carrera para llenar los botes antes que el líquido fétido que sale por los grifos vuelva a irse, si se han dañado sus electrodomésticos debido a los innumerables cortes de luz. Si siente una patada en el estómago cuando ve cómo la impunidad reina en cada esquina, si la vergüenza ajena se apodera de usted cada vez que un vocero de la dictadura abre la boca…  En fin, si usted es venezolano y quiere aunque sea medio poquito a Venezuela, tiene millones de motivos para marcar mañana SÍ, SÍ, SÍ.  Aproveche esta oportunidad.

Hágalo sin miedo. Que cada SÍ suyo se sume al de millones exigiendo el país que merecemos. Hágalo con seguridad y rapidito para que le dé tiempo a otro de hacer lo mismo. Deje las fotos para después.

Este 16 de julio no hay espacio para las excusas, Venezuela merece irse a dormir con el contundente SÍ de millones de venezolanos abrumando a la dictadura.

Este 16 de julio será un día largo, duro y, sobre todo, un día muy importante. Jamás una afirmación será tan contundente. Cuando sepamos el resultado, los rostros de millones de venezolanos y estas líneas serán la expresión de muchas cosas… También de alegría.

Imágenes:

@Naky

Camila de la Fuente (@konzapata @camdelafu)

 

 

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Los últimos héroes

Desde abril cuando comenzó la nueva ola de protestas en Venezuela, decenas de personas han perdido la vida como consecuencia de la violencia con la que Nicolás Maduro y sus secuaces atacan para seguir en el poder de un país que sólo les interesa por el dinero que le ordeñan.

Muchos eran jóvenes con múltiples reclamos a una dictadura que convirtió la nación en un enorme albañal cuya porquería está ahogando a millones de personas. Sus nombres se han sumado a la larga lista de víctimas del chavismo, un proyecto que se presentó como el maravilloso genio de la lámpara, pero se quedó en  humo demostrando su verdadera cara: la gran estafa que poco a poco ha ido despojando hasta de sus sueños a los venezolanos.

Mi papá decía “el cementerio está lleno de valientes”, y tenía razón. Nuestros cementerios y cárceles se están llenando de valientes que, cada día, vencen el miedo a enfrentarse a una cuerda de cobardes capaces de matar para proteger el bienestar de otros asesinos más cobardes aún que dan órdenes desde la comodidad de Miraflores o algún ministerio. Cada vez que se confirma una nueva muerte, la población termina proclamando una heroicidad que debe llenarnos de orgullo a todos. Sin embargo, me niego a que por culpa de este régimen despiadado Venezuela se convierta en una necrópolis de chamos que no llegaban a los 20 años.  Yo no quiero sentir orgullo por muchachos muertos, quiero saberlos vivos aunque nunca lleguemos a conocernos.

Yo no quiero un país lleno de calles con nombres de jóvenes baleados, quiero un país con calles llenas de muchachos respirando, suspirando. Quiero muchachos que estudien, trabajen, rían, se diviertan, se enamoren…  Quiero que se reúnan con sus amigos sin tener que esperar años, que salgan de su casa sin que sus padres teman no verlos regresar. Que trabajen en lo que les gusta, que no se vean obligados a deambular por diferentes rincones del planeta vendiendo arepas o mendigando empleo. Que no tengan miedo a caminar de noche ni que su vida social se desarrolle en funerarias y aeropuertos. Quiero que compren lo que puedan permitirse con su salario sabiendo que si desean más, la forma de obtenerlo es trabajando mucho sin vender su conciencia ni quitarle a otros lo que tienen. Quiero que se enamoren y lo celebren con sus panas, los mismos que luego servirán de muletas para seguir adelante cuando les cueste caminar por la senda del desengaño con el corazón roto. Quiero que crucen las fronteras por placer, no por necesidad. Que hagan colas solamente para los conciertos de sus artistas favoritos, que tengan la piel tostada de tanto ir a la playa o de hacer deporte al aire libre sin que eso signifique volver a casa sin zapatos. Quiero que las vacas sean para fiestas o viajes, no para  pagar rescates, tratamientos médicos ni funerales.

Quiero que se gradúen, organicen parrillas que comerán cuando terminen de pintar las rejas de sus casas cada diciembre,  que mientras pasan su primera resaca juren con una cerveza helada no volver a beber jamás, que hagan bromas con los que se han casado primero y luego con los últimos solteros, que si así lo deciden conviertan a sus padres en abuelos, vayan en patota a un juego de béisbol o aprieten los dientes viendo a la Vinotinto. Sueño con el día en el que se peinen las canas o sonrían por las calvas que alguna vez albergaron melenas bonitas cuidadas con litros de champú. Quiero que tengan la oportunidad de equivocarse y corregir sus errores, que vean salir el sol mientras bailan en una fiesta y no sientan escalofríos cuando escuchen una moto cerca. Venezuela no necesita mártires, necesita a su gente viva. No hace falta una larga lista de héroes sino que saquemos del poder al grupito de cobardes que con arma en mano se creen dueños hasta de nuestra forma de pensar.

Todos los venezolanos tenemos derecho a vivir, a disfrutar de las maravillas que ofrece la fortuna de abrir los ojos cada mañana, a eso que algunos llaman “vivir la vida”. Y esta necesidad no tiene ninguna relación con la vida idílica de un cuento de hadas donde todo es perfecto, tampoco con la repugnante opulencia y despilfarro propios de la banda de malandros que pretende perpetuarse en Miraflores a cambio de acallar con balas o una bolsa de víveres la miseria reinante en el país.  Simplemente exigimos nuestro derecho a vivir sin tener que decidir entre desayunar y pagar el autobús, entre comprar pan o un antibiótico. Nuestro derecho a envejecer sin tener que agradecerle a ningún delincuente que nos haya perdonado la vida.

Es una verdadera tragedia respirar esquivando disparos de todo tipo y que el futuro de Venezuela esté siendo exterminado ante la indolencia de gobiernos que han preferido lavarse las manos y mirar para otro lado, como si al hacerlo la sangre derramada en nuestras calles desapareciera de sus conciencias. Es una vergüenza que el país que albergó a cientos de miles de personas que huían de dictaduras atroces en otras latitudes, ahora se encuentre tan solo viendo morir a sus muchachos o escuchando el ensordecedor grito de dolor que queda cuando desaparecen entre una jauría de uniformados.

Hace unos días el gran Laureano Márquez entrevistado por César Miguel Rondón habló de innumerables venezolanos brillantes que han dejado una imborrable huella en nuestra historia. Es deber de todos hacer lo posible por evitar que la dictadura siga matando jóvenes cuyos sueños se quedaron atrapados en una nube de gas o destrozados por un disparo a quemarropa.

Es nuestra obligación que estos muchachos sean nuestros últimos héroes, que sus rostros no se borren de nuestras mentes y nos obliguen a hacer posible el país que ellos ya no podrán ver, el país que se merecían.

Una Venezuela en democracia es el tributo que le debemos a esos héroes cuyos nombres conocimos de la forma más desgraciada y a los que preferiría mil veces anónimos, pero vivos y sonrientes, celebrando triunfos.

vinotinto

Fotos:

El Comercio

Reuters

Runrun.es

Vinotinto Sub20

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La marcha del hambre

 

Los tarifados del régimen dirán que es una exageración, que en Venezuela no hay hambre y las colas en los supermercados es porque hay dinero de sobra para comprar. Ya saben, como en cualquier país del mundo donde los ricos hacen cola en los supermercados para comprarlo todo simplemente porque pueden permitírselo.

Rayma

La marcha de las ollas vacías o marcha del hambre no es solamente la de familiares de niños desnutridos internados en esas barracas en las que se han convertido nuestros hospitales, tampoco la de las personas que se han visto obligadas a buscar entre la basura algo para comer. Es la marcha de aquellos que ven cómo el salario no les alcanza para cubrir dos baldas de la nevera, la de los que tienen que recurrir al trueque para conseguir alimentos básicos en cualquier hogar, la de los que deben recorrer decenas de supermercados o cientos de kilómetros para comprar la comida que no consiguen en su barrio, la de quienes han visto disminuir las porciones en su plato, las de quienes saltan una o más comidas al día, la de los que dan de desayuno a sus hijos un vaso de agua con azúcar o los mandan a la escuela con un mango para la merienda. La de quienes escuchan a sus tripas protestar con el mismo murmullo que hacen las ollas cuando ya no queda nada en el fondo.

Es también la marcha de quienes no pueden seguir la dieta especial necesaria para determinadas enfermedades, la de quienes ya no tienen ni sobras con qué alimentar a sus mascotas, la de aquellos que han sufrido una drástica bajada de peso mientras la cúpula del régimen exhibe sin vergüenza una barriga reflejo de la asquerosa abundancia a expensas de millones de personas.

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Marchan quienes tienen que conformarse con comerse una viuda porque ni siquiera es posible salpicarle un poco de mantequilla, los que esperan que la corrupta GNB no se quede con los envíos hechos por familiares en el extranjero, también aquellos que con toda la impotencia del mundo alguna vez han tenido que acudir a un bachaquero y pagarle diez veces o más lo que cuesta realmente un producto de primera necesidad. Es la marcha de quienes han tenido que cerrar sus negocios porque no pueden hacer frente a los continuos aumentos de sueldo que decreta Maduro al tiempo que congela los precios.

La marcha del hambre es la de los que tienen la mitad de sus ollas llenas de agua porque no saben cuándo les cortarán el servicio, y mucho menos cuándo se lo restablecerán, la de quienes hacen lo que está a su alcance para ayudar a los demás. La de los que han aprendido a picar la mitad de la mitad de la mitad.

Esta marcha debería ser también la  de esos que disparan a quemarropa para defender un régimen al que no le importa que salgan a la calle apenas con desayuno ni que duerman en el suelo reventados por el cansancio. Debería ser la marcha que abra los ojos a los uniformados que reprimen sin piedad a personas que pasan las mismas penurias que ellos. Debería ser el momento de dejar de cometer crímenes creyendo que podrán evadir su responsabilidad.

La de hoy es la manifestación de quienes no saben cuándo por fin podrán trabajar para algo más que medio comer, la de los que sueñan con entrar a un supermercado sin hacer cola, sin carnet de partido, sin cartilla de racionamiento y encontrar estantes llenos de todo tipo de víveres asequibles sin la vigilancia de ningún militar corrupto.  Es la marcha de todos los que saben que si el régimen chavista sigue en el poder, llegará el día en el que las calles pasarán de ser el escenario de la lucha por la libertad a una gran fosa común en la que irán cayendo uno a uno venezolanos extenuados de tener la barriga pegada al espinazo.

La marcha del hambre es la de todos los venezolanos hambrientos de libertad, justicia, seguridad, medicinas…  Y también de pan. Porque de este circo macabro protagonizado por asesinos con su decadente función desde 1998 ya estamos hartos.

Fotos:

Reuters

La Patilla

Reuters

 

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Venezuela no está sola

Este domingo en Madrid se llevó a cabo una vez más una manifestación de venezolanos que rechazamos la dictadura que azota nuestro país. Como en otros lugares del mundo, la diáspora se pone en acción para que nuestros vecinos escuchen y se unan a nosotros en un reclamo que debería ser común para todos: la defensa de la libertad, de los derechos humanos, el repudio a la tiranía, la corrupción, la violencia y el narcotráfico.

Llegué temprano y me senté en un banquito de la Plaza de España a observar a la gente que iba llegando, a estudiarme el texto que había redactado fundiendo las ideas de la organización, las mías y las de uno de tantos venezolanos que cada día se levanta con la firme convicción de no ponerle a la dictadura el país en bandeja.

La marcha  salió de la mencionada plaza subiendo por la emblemática Gran Vía. Luego giró en la calle Alcalá hasta llegar a la Puerta del Sol, el lugar donde millones de personas alguna vez han derramado lágrimas de alegría o tristeza bajo las agujas del reloj que cada primero de enero indica que un nuevo año ha comenzado. Una marcha pacífica como todas las que se hacen en Venezuela, pero con una abismal diferencia, aquí marchamos sabiendo que la policía está para protegernos, no para reprimirnos tirando a matar.

Lo que sigue son las palabras que leí minutos antes de comenzar a caminar.

Cuando me preguntaron si podía leer hoy un manifiesto, la organización me dio un texto con sus ideas y propuse las mías, pero sentí que hacía falta algo más, que debía hablar para los venezolanos que estamos hoy aquí, pero también para los que están llevando gas y plomo en nuestras calles, por eso me puse en contacto con uno de ellos. Muchos de ustedes lo conocen, se llama Luis Carlos Díaz , a él le pregunté qué es lo que necesitan de nosotros.

Para el mundo no es un secreto que la “revolución bolivariana” ha sido un fracaso absoluto, una de las mentiras más grandes que llevó a un país entero a un precipicio de miseria, violencia y corrupción que parece no tener fondo. Por ese barranco hemos rodado todos, por eso la lucha de los venezolanos no es de derecha ni de izquierda, tampoco de ricos contra pobres. Quienes están manifestándose en las calles de nuestro país no son golpistas. Esto no es un golpe de Estado, al contrario, es una lucha pacífica de ciudadanos contra una dictadura.

Los manifestantes que están en Venezuela necesitan que les demostremos que no están solos, que estamos con ellos, que somos ellos. Pero que seamos ellos de verdad, no un ratico ni nada más por Instagram. Necesitan que seamos ellos todo el tiempo.

Nuestra obligación como venezolanos es rescatar la democracia en nuestro país, luchar hasta conseguir que vuelva a ser un Estado de Derecho, es decir, un país donde se respeten las leyes, las instituciones, donde los funcionarios públicos estén al servicio de los ciudadanos, no de ningún partido político ni de quien ocupe Miraflores. Un país donde los medios de comunicación públicos sean eso, públicos, de todos, no de un grupito dominante, y donde los medios privados o públicos, al igual que todos los ciudadanos gocen de un elemento fundamental de la democracia: la “libertad de expresión”, un derecho tan pisoteado en los últimos tiempos que el periodismo se ha convertido en una profesión de alto riesgo. Bueno, vivir en Venezuela es ya correr un alto riesgo. Caminar por las calles de nuestro país, buscar comida, intentar hacer lo que cualquier persona alrededor del mundo considera una vida normal, para los venezolanos es retar a la muerte.

Tenemos que rescatar el país para todos, especialmente para los jóvenes que cada día se enfrentan a la tiranía de Nicolás Maduro y sus cómplices. Tenemos que rescatar el país porque se lo debemos a todos esos muchachos que buscando un futuro mejor, perdieron la vida a manos de asesinos con y sin uniforme. Por los presos políticos, por aquellos que han sido torturados y/o amenazados, por quienes están siendo juzgados en cortes marciales, por quienes están pasando hambre o se ven obligados a mendigar medicinas, por los millones de familias separadas en los diecinueve años que lleva esta pesadilla, y también por nosotros, por quienes tuvimos que hacer las maletas un día y cruzar la frontera con el alma dobladita entre ropa inadecuada para otros climas y cajitas de Toronto para aguantar la nostalgia.

Nosotros somos ellos en el mundo y ellos son nosotros en Venezuela. Esto significa que debemos hablar de nuestro país, ser pacientes cuando nos pregunten qué es lo que pasa y explicarlo aportando datos, ayudar a difundir la información sobre lo que está ocurriendo día tras día (ojo, INFORMACIÓN, no cadenitas con notas de voz del primo del tío de una ex compañera de clase que trabaja en X). Debemos desenmascarar al aparato de propaganda chavista, buscar ayuda, mantener el contacto con quienes están allá, no abandonar a nuestra familia y amigos. Llamarles aunque sea para que se desahoguen contándonos cómo se sienten. Dejar de buscar excusas para asistir a una concentración como ésta. No vale decir que está lejos, en Venezuela nuestra gente camina kilómetros porque le cierran el metro o le bloquean las autopistas. No vale excusarse en el calor ni en la lluvia, en Venezuela protestan incluso cuando llueven bombas y se hace cola en el supermercado aunque esté cayendo el diluvio universal.

Nosotros somos ellos aquí, ellos son nosotros allá. Tenemos que ser ciudadanos ejemplares, responsables, cumplir con nuestras obligaciones, ser los mejores en cualquier cosa que hagamos. Debemos tener claro que por donde caminamos somos un tricolor con siete estrellas y aunque no la llevemos puesta, todo lo que hagamos afectará esa bandera. Huir de la sombra de la viveza criolla que tanto daño le ha hecho a nuestra tierra. Debemos ser generosos en la medida de nuestras posibilidades y  también humildes para reconocer cuando necesitamos ayuda. Tenemos que echarle pichón y prepararnos para acompañar a nuestros compatriotas en los tiempos que vendrán, porque duele decirlo, pero vienen tiempos peores y necesitarán toda nuestra ayuda.

No están solos, no estamos solos. Los venezolanos estamos desparramados por el mundo, pero unidos luchando contra una dictadura. Nosotros somos ellos aquí, ellos son nosotros allá.

 

 

 

 

Gracias a Manuel Rodríguez por ofrecerme la oportunidad de hablarle a mis paisanos y a @LuisCarlos por sus palabras y paciencia.

 

Fotos:

TGM

Agencia EFE

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No habrá paz para los enchufados

NO HABRÁ CARTEL

Una de las grandes frustraciones de la diáspora venezolana es no poder estar en las calles de nuestro país protestando junto a todos los demás. Es inexplicable el dolor que se siente al ver cómo esta dictadura intenta diezmar a la población a través de formas tan perversas como: dispararle bombas a quemarropa, obligarle a tirarse a la cloaca más grande del país para no morir tiroteada, negarse a abrir un canal humanitario para mitigar la escasez de comida y medicinas, atacar hospitales y viviendas, juzgar civiles en tribunales militares, utilizar las tanquetas como aplanadoras… En fin, una sanguinaria pesadilla.

Es aterrador estar en medio de semejante situación. También es tremendo vivir en cualquier lugar del mundo con la angustia de perder a un ser querido a manos del hampa, o lo que es lo mismo, de la dictadura. Es una tortura no poder tomar el primer vuelo con destino a Caracas para enfrentar allí las feroces cargas de gas, balas y metras con las que violando el derecho internacional, uniformados y paramilitares atacan sin piedad a un pueblo hambriento de alimentos, justicia y democracia.

Aunque no éramos capaces de imaginar tanto sadismo, las acciones de Nicolás Maduro y demás represores han dejado de sorprendernos. Pero como no estamos en los años treinta, tampoco al otro lado del Muro de Berlín (por más que lo parezca), ni mucho menos en la época en la que los petrodólares compraban amigos alrededor del globo, ya no es tan fácil tapar el sol con un dedo. Una de las ventajas de vivir en el siglo XXI es el poder de Internet, la herramienta que rompió la barrera espacio temporal y nos permite saber en tiempo real lo que de verdad está pasando en Venezuela, convirtiendo en insuficiente todo el inútil sistema de medios de comunicación al servicio del tirano.

La propaganda que habla de un gobierno extraordinario, con un sistema de salud envidiable, tan preocupado por la alimentación de sus ciudadanos que les hace llegar cajas de comida a sus casas, un sistema educativo que como churros produce egresados en lo que sea, y que enarbola la bandera de un patriotismo exacerbado en pie de lucha contra un montón de guerras imaginarias declaradas por un imperio que casualmente no ataca a ningún otro país de la región, es la misma que con patriotismo y todo se va al carajo cuando los grandes defensores del chavismo son sorprendidos haciendo la compra en supermercados de Oranjestad o Miami, cuando pasean alegremente por las calles de Madrid, París, Ginebra o Nueva York. Porque las virtudes del chavismo deben vivirlas obligatoriamente millones de venezolanos, especialmente aquellos que hurgan en la basura para engañar al estómago, pero no los hijos de Hugo Chávez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y un sinfín de sinvergüenzas que, salvo el desfalco hecho al tesoro nacional, jamás podrían mantener con guardaespaldas y todo a su prole en países capitalistas tan caros y distantes de la “revolución bonita”.

Demostrando su prepotencia (además de una gran falta de inteligencia) los voceros de la dictadura se permiten dar charlas sobre derechos humanos en lugares tan remotos como Aranjuez, mientras en diferentes regiones del país asesinan uno tras otro a jóvenes manifestantes.  Sabemos que las misiones diplomáticas de Venezuela no son más que sucursales del chavismo destinadas a la propaganda que con ayuda de muchos interesados pagados durante años con dinero público, intentan esconder lo que realmente ocurre en nuestro país. Son innumerables los pasaportes diplomáticos que con el sagrado nombre de nuestra Venezuela han sido utilizados para privilegiar a personas cuyo único “mérito” es ser familiar o amigo de algún miembro del régimen,  y hasta el peluquero de la hija de Hugo Chávez. Tan evidente ha sido la corrupción durante las dos últimas décadas, que los únicos que justificadamente se encuentran en el extranjero, son los dos sobrinos de Nicolás Maduro que están en una cárcel de Nueva York por planificar el traslado de 800Kg de cocaína (sí, ochocientos kilos) en un viaje que, por supuesto, no hicieron en burro.

Es cierto que los hijos no son responsables de los crímenes que cometen sus padres, pero si hacen la vista gorda sabiendo que con el salario de un funcionario público venezolano no se puede pagar una vida de opulencia y despilfarro, dejan de ser inocentes para convertirse en cómplices. Son tantos los “revolucionarios” que gozan de una vida maravillosa en el extranjero mientras los verdaderos dueños del dinero hacen largas colas para poder comer, que es imposible pasar desapercibidos, y más aún cuando no hacen otra cosa que vanagloriarse de los lujos que gozan gracias a los litros de sangre vertida a lo largo y ancho del país. Es por eso que cada día en diferentes puntos del mundo los enchufados son increpados por venezolanos que tuvieron que salir del país que destruyó esa mafia llamada chavismo. Es por eso que suizos, australianos, belgas, etc., se sorprenden al ver en sus tranquilas calles a personas gritando de dolor exigiendo explicaciones a una cuerda de parásitos que sin la menor vergüenza ríen mientras los hogares venezolanos están de luto.

De Venezuela hemos salido alrededor de dos millones de personas, muchos médicos están trabajando de repartidores, ingenieros de taxistas, contadoras como servicio doméstico. Muchos trabajan durante largas jornadas para poder sobrevivir y tener aunque sea 50 dólares con qué comprar comida a la familia que dejaron en Venezuela. Muchos otros tienen empleos mejores y se pueden permitir una vida menos dura, pero eso no calma el dolor de haberlo dejado todo en la tierra que nos vio nacer y donde a pesar de sus imperfecciones éramos felices hasta que un grupo de delincuentes la llevó a la ruina. Precisamente esa gran diáspora generada por el chavismo seguirá gritándole a todos los enchufados lo que son. Seguirá avergonzándolos en cualquier parte del planeta para que sus nuevos vecinos y amigos sepan cómo llegaron a vivir como viven, cuánta sangre se ha derramado para mantenerlos, de dónde sale el dinero para guardaespaldas, vacaciones y compras. Y lo haremos no solamente en perfecto castellano, sino en inglés, italiano, francés, alemán, árabe o cualquier otro idioma del país donde ustedes viven por capricho y los demás por necesidad. Los increparemos hasta que el aire que respiren les huela al gas con el que atacan las protestas, que lo que coman les sepa al agua del Guaire, la imagen de los cadáveres o el eco de las balas invadan sus sueños, hasta que bajen la cabeza por haber parrandeado a costa del sufrimiento de millones de personas y sientan náuseas por llevar en sus venas sangre de asesinos.

Asuman que este es el impuesto por disfrutar de dinero mal habido, que no encontrarán rincón del mundo donde esconderse de la justicia, que no habrá día en el que caminen sin temor a ser repentinamente perseguidos por un venezolano gritándoles lo que son. Sepan que no habrá paz para los enchufados.

Videos y fotos:

@RCTVenlinea

@ReporteYA

@CaterinaV

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