Un golpe más

foto-6

 

Cuando el 4 de febrero de 1992 un hombre engañó a un montón de jovencitos llevándolos a ciegas para dar un golpe de Estado que bañó de sangre las calles de Caracas, algo cambió en la mente de muchos venezolanos. El 4 de febrero que todavía celebra el chavismo es una fecha que divide nuestra historia entre cuándo a pesar de todo podíamos vivir en paz y cuándo conocimos el rostro de los asesinos que transformarían el país en una tiranía.

Aquella Venezuela con la suficiente fortaleza institucional no sólo fue capaz de poner tras las rejas a un asesino que con mucha verborrea llena de palabras que suenan bonito (pueblo, sentido común, poder popular, lucha, patria…) sino también de destituir un presidente en pleno ejercicio de sus funciones para juzgarlo por malversación de fondos. Eran los años de una Venezuela con problemas pero con una calidad democrática tal que no podía ni en sus peores pesadillas prever un escenario como el que tenemos en estos días. Eran los años en los que para ser Fiscal General de la República era necesario poseer una dignidad e independencia demostrable, no ser el abogado defensor de los intereses de un partido político. Eran los años de un Tribunal Supremo de Justicia compuesto por verdaderos profesionales del Derecho, garantes de la Constitución, no de monigotes con la “rodilla en tierra”.

El caso es que ya no podemos hablar de lo que pudo ser y no fue, sino de lo que es. Vivimos bajo un régimen cuyos protagonistas se dieron a conocer a través de un golpe de Estado. Muchos de ellos no pagaron por sus crímenes porque las causas fueron sobreseídas (Caldera, gracias por nada) y los errores de aquella imperfecta democracia los estamos pagando con lágrimas de sangre. La corrupción que tanto nos asqueaba hace dos décadas, las medidas económicas que llevaron a la desesperación de una nación entera no fueron más que un cuento infantil al lado de la situación que estamos atravesando.

La ingenuidad de un país sin extremismos, la tranquilidad de décadas que habían sepultado la sombra de la dictadura y las ganas de dar una patada a los corruptos a los que atribuíamos todos nuestros males dieron lugar a que millones de venezolanos se dejaran encantar por un flautista que desdeñaba a la clase política y se jactaba de ser como “el pueblo”, como “la gente”. El golpista se presentó como el milagro que acabaría con la pobreza y la desigualdad, como el hombre que acabaría con la corrupción de la IV República jurando que transformaría nuestra Carta Magna para crear una más adecuada a nuestros tiempos. El resentido que condenó a los ricos porque ser rico era malo –hasta hasta que él también lo fue.

diario-el-nacional

No podemos decir que Hugo Rafael Chávez Frías no cumplió con sus promesas, a la vista está la cantidad de venezolanos que están muriendo por falta de alimentos o medicinas. Si seguimos así, dentro de poco no quedarán muchos pobres que se diga. Desigualdad hay más bien poca (cúpula del PSUV aparte, claro) pues la clase media ha desaparecido y prácticamente todo el país está pasando por las mismas dificultades para hacer (cuando se puede) tres comidas al día. La corrupción de la IV República despareció, ya que la inmensidad del desfalco que han llevado a cabo ministros, gobernadores y por supuesto el mismísimo Chávez no tiene comparación con todos los millones que se llevaron todos los corruptos juntos en los cuarenta años de democracia que llevábamos cuando ese asesino cobarde llegó al poder.

Ese que juró ante una “moribunda Constitución” fue el mismo que siete años antes había intentado matarla queriendo tomar por asalto las instituciones de nuestro país. Ese que con el cuento de una Constitución más justa quiso (y en cierta forma lo hizo) hacerse un país a la medida de lo que a él le diera la gana. Ese que en algunos casos pagó miles de millones de dólares nacionalizando empresas que ahora sólo producen  pena ajena, que despilfarró dinero regalándolo como si fuera de su bolsillo y sin contar con nuestro consentimiento. Ese que convirtió a la empresa de hidrocarburos más competitiva del mundo en un barril sin fondo que ahora debe hasta los bolígrafos con los que se firman los contratos amañados. Ese que hablaba de la importancia de lo nuestro pero se rodeaba de peseteros asesores extranjeros a los que les importaba un carajo nuestro destino, pues todavía la comisura de los labios se les sigue llenando de saliva cuando recuerdan la vida que llevaban en Miraflores.

El embaucador de Sabaneta y sus compinches, después del primer golpe de Estado y poco a poco a lo largo de estos diecisiete malditos años han ido pisoteando una y otra vez la Constitución, la misma que él se atrevió a llamar “la bicha” aunque a juzgar por sus acciones pudo perfectamente llamarla “la puta” mientras el resto de los venezolanos la vemos como “la violentada”.

Los golpistas que quisieron hacerse con el poder por las malas, que en su segundo intento incluso bombardearon Caracas, por más que se disfrazaron de ovejas nunca dejaron de ser lo que siempre han sido, manipuladores que no tienen ningún respeto por la democracia. Su único objetivo era sustituir a los corruptos de la IV por los que junto con ellos construyeron ese rancho llamado V República. Prueba de ello es el último golpe que han dado a los venezolanos: suspender el Referendo Revocatorio que sacaría a Nicolás Maduro, ese heredero descerebrado que Chávez dejó al país como guinda a su revolución saqueadora en la que se dio el lujo de morir matando. Para despejar las dudas sobre el carácter autoritario del chavismo (si alguien las tuviere) bastan las palabras de Maduro: “¿ustedes se van a calar otras elecciones donde la oligarquía tenga algún triunfo?”

La Asamblea Nacional se ha pronunciado contra la suspensión del referendo cuyas firmas serían recolectadas entre el 26 y el 28 de este mes bajo unas condiciones draconianas nunca vistas. Así mismo, ha declarado la ruptura del orden constitucional. Sin embargo, el chavismo no entiende de razones, para ellos la democracia es lo que ellos digan, los votos que cuentan son los que les benefician y la opinión contraria es golpismo. En esto último son expertos, siguen celebrando uno de los golpes que perpetraron al tiempo que no paran de recrearse como víctimas del que sufrieron, pues hasta para eso aplican la ley del embudo. Según el chavismo hay golpes buenos y golpes malos. Los malos contra ellos, claro.

Venezuela está bajo un régimen asesino, torturador y corrupto al que desde el principio sin tener ni una sola cuota de poder ni tres lochas en el bolsillo no le tembló el pulso para darle plomo a quien se le opusiera en el camino. El régimen que además de rapiñar la bonanza más extraordinaria conocida por este país, insiste en calificar a sus disidentes como portadores de eso que ellos representan y siempre han fomentado: la violencia, el odio, la división… No podemos permitir más puñetazos en la cara ni seguir poniendo la otra mejilla. Hay que combatir a los tiranos que violan continuamente la Constitución, luchar hasta recuperar el país que nos pertenece. Seguir demostrando (como alguien nos recordó hace un par de días) que somos pacíficos pero no pendejos. Esta puede ser la última oportunidad que tengamos.

¡Basta de golpes!

Fotos:

La Patilla

El Nacional

Provea

Continue Reading

Un día feriado

El aroma del café la despertó de lo que parecía haber sido una noche lluviosa. Se cepilló los dientes al ritmo de las gaitas que para esa época del año servían de banda sonora a quienes pintaban rejas y muros. Dio los buenos días a todos en la cocina y durante unos minutos dejó perder su mirada en el aceite hirviendo en el que una de sus hijas freía las empanadas. Notó que algunas eran de carne mechada porque la había enseñado a hacerles un huequito en la punta para poder distinguirlas de las demás.

Mientras su hijo menor picaba aguacates en rodajas, el mayor preparaba en el patio la leña para la parrilla y sus nietos jugaban en la mesa donde luego comerían. Aprovechó para cambiar el agua y ponerles los mangos a sus loros. Era un día feriado que no daba para un puente pero sí para disfrutarlo juntos como si se tratara de un domingo extra: con tranquilidad y sin más pretensión que dormir un rato en la hamaca.

Se fue descalza al porche para regar las matas. Cuando su marido llegó con el periódico y un queso clineja de los que vendían junto al kiosco, ella lo esperaba en la mecedora tomando la segunda taza de café con leche y jugando con los perros.

empanadas-mapa

El hombre cruzó el umbral de la puerta bromeando: “—Aquí huele a empanada quemada”. Esa frase fue la señal para que todos se reunieran en la cocina donde entre risas devoraron las empanadas, el queso y el aguacate. Al terminar, la madre se sentó a leer el periódico en el porche, los hijos se quedaron en la cocina llenando de cerveza la nevera y preparando la guasacaca. El padre se quedó dormido en la hamaca y soñó que estaba cortando jugosa carne recién asada. De pronto el silencio y el calor sacudieron su descanso. Otra vez se había ido la luz aunque por suerte la del sol ya entraba por la ventana. Su mujer no estaba, le había dejado una nota avisándole que la alcanzara en la cola a eso de las ocho. Sus hijos no vivían allí, estaba solo. Abrió la nevera pero no estaba llena de cerveza (ni de comida). Encontró sólo una jarra de agua fría, un trozo de yuca hervida que hacía compañía a dos huevos y dos tomates que comerían esa tarde si otra vez no conseguían nada en el supermercado. Así que intentó engañar al hambre con un vaso de agua y se acostó de nuevo para volver soñar con su vida en 1996.

Foto:

yoyopress.com

@luiscarlos

Continue Reading

A mí no

YG

Allá por los años ochenta vivía en una casa como cualquier otra rodeada de vecinos que venían de diferentes partes del mundo. Un lateral de su patio daba con el de una familia colombiana, la esquina la compartía con una familia italiana, la pared trasera con una familia gallega, los de la esquina izquierda nunca estaban y los del lateral derecho cambiaban cada dos años más o menos porque la casa estaba alquilada.

Lo mejor de crecer rodeada de gente tan diferente era poder aprender sus costumbres, sus platos, conocer sus experiencias, saber que el mundo no se acababa en ese horizonte de Morrocoy donde parecía que bastaba un pequeño salto para llegar al cielo.

Las historias de las personas que habían nacido en otros países eran siempre muy interesantes, llenas de pequeñas aventuras y sobre todo de mucha nostalgia. Para una niña que no llegaba a los diez años era difícil entender cómo alguien podía llevar sin ver a sus abuelos veinte más de los que ella llevaba en el mundo. En su cabecita la idea de una vida sin abuelos era sencillamente imposible. Tampoco sabía cómo podía la gente pasar décadas sin ver a sus hermanos o a esos que a pesar de la distancia seguían siendo sus mejores amigos. Ser inmigrante es duro, y aunque en estos tiempos muchos piensen que quien deja su país lo hace en busca de una vida fácil donde pueda aprovecharse de los demás, quien ha tenido que emprender un camino dejando atrás todo lo que le importa sabe que no hay nada más lejos de la realidad.

Cada tarde iba a la casa de su vecina gallega para aprender a tejer un pañito que quería regalarle a su mamá. Tenía apenas siete años e intentaba no equivocarse entre cadenas y puntos mientras la anciana le leía en voz alta las cartas que recibía de España y le contaba desde cuándo no veía a las personas que en ellas aparecían. Para cuando el regalo estuvo listo ya ella sabía que Celanova, Ribadavia y el resto de Orense estaban casi vacías porque la mayoría de la gente que un día embarcó hacia América no había regresado. En esos tiempos el amor viajaba vestido de papel, coloreado con tinta y tardaba semanas desde que se le ponía el sello hasta que llegaba a su destinatario. Esa era la forma de mantener vivos los lazos hace décadas. Pese a que muchos de esos amores naufragaban, otros se alimentaban de esperanza y en ocasiones especiales de una voz que decía todo lo que podía en un costosísimo minuto telefónico donde abundaban los “saludos a todos” y los “aquí todos bien”.

Oír hablar de una isla llamada Sicilia donde los tomates eran deliciosos y las playas un paraíso le sirvió para saber que otros también tenían la suerte de haber nacido en un lugar querido por el sol. Explorar el mapamundi y calcular distancias era un juego de niños que hacía daño a los adultos.

Más tarde escuchaba con curiosidad y tristeza cómo se las arregló el novio de una tía para escapar de Pinochet, el tiempo que llevaba aquel hombre sin ver a sus hermanos y cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de una tierra que ya no extraña porque años después el olfato lo llevó a ver lo que muchos tomaban como exageraciones. Aquel tío antes de tener que revivir traumas, regresó por donde había llegado y ahora vive una tranquila vejez en su Chile natal.

La ingenuidad propia de la infancia y la prepotencia de la adolescencia le hicieron creer a esa niña que ella nunca permitiría algo así, ella nunca dejaría pasar años sin ver a los seres que la colmaban de alegría y ganas de vivir. Ella nunca tendría que abandonar su país. Sin embargo, un día se dio cuenta de que llevaba casi tres años sin ver a sus hermanos, doce desde que abrazó por última vez a un amigo que vive en Canadá, que ya casi se le había olvidado cómo olía la casa de su abuela, que una de mejores amigas se había ido a Estados Unidos y llevaban meses sin hablar largo y tendido.

Las cosas habían cambiado mucho, ya ni siquiera podía mandar postales porque casi nunca llegaban, las llamadas y los mensajes son gratis pero pocos tienen tiempo para eso. Cuando se fue las cartas dieron paso a los faxes, luego a los correos electrónicos diferentes para cada uno, después con información general para todos (para no contar mil veces la misma historia) y muchos apartados al final. Todos se conocían, lo importante era que para cada uno había unas líneas.  A medida que se han multiplicado los medios el tiempo ha disminuido. Ahora se puede ver en tiempo real lo que ocurre al otro lado de la pantalla, pero nada puede sustituir el calor de un abrazo, la ternura de los besos de un niño,  el gusto de compartir una cerveza o de entenderlo todo con sólo una mirada.

El “eso no me va a pasar a mí” es una realidad para millones de personas que se vieron obligadas a tomar una decisión que cada día les recuerda que en el fondo siempre serán extraños. No importa lo bien que hablen, lo integrados que estén, lo buenos que sean… Siempre serán extranjeros porque vivirán con la esperanza de regresar a su tierra algún día aunque la vida siga dando tantas vueltas que parezca alejarlos cada vez más de ese sueño.

Cuando era niña pensaba que eso de no verse con la gente querida era falta de voluntad, pues para ver a sus amigos bastaba con salir en bicicleta, tocar timbres y pedalear muy rápido en las calles donde los perros se escapaban para correr detrás de un grupo de niños. Para ver a una abuela bastaba pedirlo y para mandar una carta eran suficientes dos pedacitos de papel (uno para escribir y el otro para hacer el sobre).  Ahora entiende a sus vecinos, a los abuelos de sus amigos, a todos los extranjeros que nutrieron su infancia. Los años le han enseñado que no todo es tan simple, que a veces la voluntad no es suficiente y, por supuesto, que la esperanza es lo último que se pierde… Por eso sigue mandando postales.

 

Foto: Gaínza

Continue Reading

No todo es lo que parece

Él aparenta ser…

El marido perfecto, el padre perfecto, el vecino perfecto, el empleado perfecto, el cliente perfecto, el feligrés perfecto, el visitante perfecto, el amigo perfecto, el hijo perfecto, el cocinero perfecto, el jugador perfecto. El ciudadano perfecto, el ayudante perfecto, el contribuyente perfecto, el paciente perfecto, el sobrino perfecto, el pasajero perfecto, el nieto perfecto, el conductor perfecto, el compañero perfecto, el primo perfecto,  el admirador perfecto…

En casa:

¿Adónde vas? Vistes como una puta. ¿De dónde vienes? ¿Con quién estás? ¿Para qué vas a salir? Déjame ver el tique. El cambio está incompleto. Esta no es la marca que te pedí. No haces nada bien. ¿No ves que ya eres una vieja? Cállate, sólo dices estupideces. Estás gorda. ¿Para qué vas a estudiar? ¿Vas a gastarte en universidad el dinero de los niños? ¿Vas a conducir? Pero si no eres capaz, acabarás matando a alguien. Demasiado corto. Demasiado estrecho. Demasiado color. Pareces un cadáver. Demasiado maquillada. ¿Qué haces en la calle? ¿Qué amigas son esas? ¿Por qué te arreglas tanto? ¿Qué van a pensar de mí?  Vale, monta una empresa… Pero si te va mal nos dejarás a todos en la calle. Te irá mal, no sabes hacer nada. ¿Cómo que te vas? ¡Nos casamos por la Iglesia! Eso no se hace. ¿Acaso te acuestas con otro? La niña es mayor de edad, pero al pequeño no te lo llevas. Entonces nos abandonas. Me dejas después de 20 años de matrimonio, ¡vaya ejemplo de madre! ¡Llévate lo que quieras! ¿Para qué necesitas dos platos? ¿Piensas tener invitados? ¿Dos vasos? ¿No ibas a vivir sola?

Y mientras…

El admirador perfecto,  el primo perfecto, el compañero perfecto, el conductor perfecto, el nieto perfecto, el pasajero perfecto, el sobrino perfecto, el paciente perfecto, el contribuyente perfecto, el ayudante perfecto, el ciudadano perfecto. El jugador perfecto, el cocinero perfecto, el hijo perfecto, el amigo perfecto, el visitante perfecto, el feligrés perfecto, el cliente perfecto, el empleado perfecto, el vecino perfecto, ¿el padre perfecto?

¿El marido perfecto?

Continue Reading

Otra triste despedida

maiquetia-2-e1471076349960_bn2

Ese mosaico multicolor que ha dado la vuelta al mundo como símbolo de la emigración de innumerables venezolanos era para ella una fuente de alegría. Pisarlo significaba la visita de una de sus hijos, pero ahora volvía a ser gris, tanto como el dolor que en la soledad de su casa fue testigo de sus lágrimas por una nueva partida.

De sus cuatro muchachos ahora se iba el más pequeño. Ya había pasado por la misma despedida quince años antes, pero la situación era diferente. Su hija rebelde siempre había querido viajar a Europa, ¿quién no tiene sueños a los veinte años? Así que con la certeza de tenerla de vuelta pronto, la llevó al aeropuerto con una tristeza que no hizo sombra a todas sus esperanzas. A sus muchachos les gustaba su patria, allí habían crecido felices y tenían todas sus raíces. Sin embargo, el país cada vez se fue hundiendo más junto con la confianza de ver a “la desterrada” regresar. Muchas raíces se habían roto, las calles del barrio estaban desoladas y los pocos amigos que quedan ahora están haciendo las maletas.

Desde que su otra hija estuvo de vacaciones, ella y su marido temen que ésta también se vaya antes que un eventual matrimonio y/o un nieto le dificulten tomar la decisión –como ya le ocurre al mayor. El amor de una madre comporta sacrificios, la soledad, la distancia, mirar al cielo para ahogar el llanto… Cualquier cosa se hace por el bienestar de los hijos, incluso preferir tenerlos lejos a no tenerlos. Y aunque quince años no le han cerrado la herida que le sangra en cada cumpleaños, los domingos por la tarde o el día de Navidad, hace una semana la vio crecer cuando fue al aeropuerto para acompañar a su hijo menor, el que ya no es un niño y acaba de estrenarse como padre.

Aguantó como pudo para no hacerle al joven más duro el momento que incluía despedirse de una criatura que dará sus primeros pasos y dirá sus primeras palabras mientras él observa emocionado y con un sabor agridulce desde el otro lado de la pantalla. Sus amigas le dicen que no se preocupe porque pronto va a volver, pero todas saben que probablemente lo hará para buscar a su recién fundada familia y llevársela a un lugar más seguro donde puedan vivir en paz.

El síndrome del nido vacío es duro para cualquier padre, pero en  Venezuela el trauma se profundiza, pues se traduce en el síndrome del país vacío, en éxodo de querencias, en más ausencias en la cena del 31 de diciembre y en el “quién sabe cuándo volveremos a coincidir todos”.

Cuando la llaman siempre dice que está bien, nunca cuenta si le falta alguna cosa y le sobran excusas para simular que no hace colas. Si hay agua aprovecha para regar las matas, las únicas que no se han independizado ni tienen pasaporte. Cuando la visitan sus otros dos hijos habla de cualquier cosa, pero nunca de su tristeza, nunca del humano temor a morir lejos de sus seres queridos. Dice que vivirá muchos años porque no pierde la esperanza de recuperar el país en el que parió a cuatro niños que le han dado más satisfacciones que dolores de cabeza.

Sueña con despertar un día no muy lejano en una Venezuela donde comer no sea un lujo y vivir no sea delito. No se va, no quiere, no puede. Se queda esperando ver a sus cuatro muchachos juntos de nuevo, canosos y amontonados en un sofá viendo una película cuando como siempre, dos se reirán del par que se ha quedado dormido.

 

Foto: @jcsantamans

Continue Reading

¿Por qué ustedes sí?

La multitudinaria manifestación que se vivió en Caracas el primero de septiembre de este año pasará a la historia. Ha levantado ampollas no sólo en las filas del régimen que pone todo tipo de obstáculos para impedir el referéndum revocatorio al que tenemos derecho los venezolanos, sino que traspasó las fronteras hasta esos países donde debido a la cantidad de dinero público que les ha engordado los bolsillos, más de uno se cree con la potestad de decidir quién tiene derecho a qué en nuestra tierra.

Los tarifados españoles (y algún que otro rezagado por ahí) además de manipular con publicaciones igual que Diosdado Cabello –un elemento que no tiene tamaño para la vileza que alberga dentro de sí– se han permitido calificar de golpismo una manifestación pacífica de ciudadanos que exigen el cumplimiento de un derecho constitucional.

Y claro, aquí es donde comienzan las preguntas:

¿Por qué cuando ustedes rodean el Congreso de los Diputados son ciudadanos indignados y cuando los venezolanos marchamos por las calles de Caracas somos golpistas?

¿Por qué cuando ustedes protestan contra el gobierno se trata de “gente normal haciendo política” pero si lo hacemos nosotros se trata de “hostigar al presidente”?

¿Por qué son presos políticos los que durante medio siglo asesinaron a más de ochocientas personas y Leopoldo López que encabezó una manifestación sin haber tenido armas en la mano sí es terrorista?

¿Por qué cuando ustedes crean desde las entrañas de una universidad pública un partido para cambiar “la casta” que hasta entonces constituía la vida política española son regeneración y nosotros por querer cambiar la casta narcomilitar que pudre nuestras instituciones somos fascistas?

¿Por qué cuando ustedes hablan de los índices de pobreza, desigualdad y la tasa de paro en España son “la gente” harta de la crisis, pero nosotros cuando protestamos por la escasez de alimentos y medicinas somos manipuladores de la derecha?

¿Por qué cuando ustedes hacían campaña electoral en los actos de Tsipras era por solidaridad con el pueblo griego y cuando  un candidato a la presidencia del gobierno de España va a Venezuela (por electoralismo o no, me da igual en este momento) a mostrar al mundo la miseria en la que está sumida mi país es injerencia?

¿Por qué cuando hablan de la cantidad de personas que dependen de las ayudas sociales o de las instituciones caritativas son demócratas, pero cuando nosotros hablamos de la gente que se está muriendo en los hospitales por falta de comida o medicinas somos golpistas que queremos desvirtuar los logros de la revolución?

“En Venezuela un 72% de los ciudadanos dice que en los últimos 12 meses le ha faltado la comida, lo que se sitúa 31 puntos porcentuales por sobre el segundo país de la región que tiene esta dificultad (República Dominicana con el 41%”

¿Por qué en España es “represión brutal” que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado garanticen que las manifestaciones no degeneren en violencia, pero en Venezuela el uso de gas pimienta es “intervención del equipo de resolución de conflictos del Ministerio del Interior”?

¿Por qué cuando salen los antidisturbios con pelotas de goma a la calle son catalogados de matones al servicio de los ricos, pero cuando la Guardia Nacional Bolivariana dispara CON BALAS DE VERDAD a la cabeza de los manifestantes no?

¿Por qué en España llevarse detenidos a algunos asistentes a manifestaciones y someterlos a un juicio con todas las garantías que proporciona el Estado de Derecho es dictadura, pero cuando los venezolanos son secuestrados o detenidos, torturados, hacinados a 15m bajo tierra y sometidos a juicio sin las más mínimas garantías sí es democracia?

¿Por qué los jueces que aplican las leyes en España son corruptos, pero los que violan la Constitución en Venezuela no?

¿Por qué los españoles que emigran lo hacen para buscar las oportunidades que su país no les ofrece, pero los venezolanos lo hacen porque son ricos y quieren disfrutar de su dinero en el extranjero?

¿Por qué ustedes sí se creen con derecho a abrir la bocota cada vez que los venezolanos levantamos la voz contra el régimen de Chávez en su momento y ahora de Nicolás Maduro, pero nosotros no podemos criticar en España la cantidad de dinero público que han cobrado ayudando a crear la debacle que arruinó  a uno de los países más ricos del planeta?

¿Por qué nos piden dialogar con quien no nos gusta en el poder mientras ustedes en lugar de hacer lo mismo, fuerzan elecciones una y otra vez con la esperanza de que algún día engañen al número de incautos necesarios para hacerse con la Presidencia del Gobierno?

¿Por qué ustedes sí y nosotros no?

Yo se los voy a decir:  ustedes sí y nosotros no, porque a fin de cuentas con ir, aplaudir un rato, cobrar (en moneda extranjera, claro) y luego lamer pies con el Atlántico en medio es un gran negocio. Ustedes sí y nosotros no, porque ustedes y sus familias viven tranquilamente bajo el manto seguro que les proporciona la imperfecta pero democrática España. Ustedes sí y nosotros no, porque quienes tienen que verse las caras todos los días con la violencia, el hambre, los hospitales destrozados, la amenaza y la manipulación constante son los venezolanos.

Si lo que es bueno para el pavo también lo es para la pava, ¿qué les hace creerse superiores para con una mano reclamar a su propio gobierno eso a lo que creen que tienen derecho y con la otra calificar de fascistas, golpistas, terroristas, y un lamentable etcétera a los ciudadanos que en otras latitudes reclaman lo que ustedes –SÍ, USTEDES– ayudaron a arrebatarles?

Todo perro pelea para que no le quiten el hueso, es normal que les asuste  el fin de un régimen que ha dilapidado el dinero de los venezolanos manteniendo a sanguijuelas que tienen diferentes conceptos de democracia tan oportunistas como el cálculo de sus cuentas personales y el rédito electoral  les consiente.

Los venezolanos que sufrimos lo que pasa en nuestra tierra y pagamos impuestos en España (los que corresponden y cuando toca, no cuando están a punto de echarnos el guante) o cualquier otro lugar, tenemos derecho a interpelar a cuanto sinvergüenza se haya lucrado con nuestro dinero.  Y si no les gusta, con no haber ido a nuestro país a asesorar a los expoliadores era suficiente.  Así que aguanten su chaparrón en silencio y vayan buscando otros pendejos a quien venderles el humo. En Venezuela el 1º de septiembre de 2016 una gran cantidad de venezolanos que cree en la democracia de verdad cada vez está más cerca de cortarle el grifo a los corruptos que nos gobiernan y a los que se han enchufado a lo largo de estos años.

Ustedes sí porque mienten, nosotros no porque les quitamos la careta.

Foto:

Ingrid Arriechi

Reuters

Continue Reading

No me vengan con cuentos

Uno de mis amigos acaba de llegar a Venezuela. Me avisó que iría por trabajo y me ofreció su maleta para que la aprovechara dejándole solamente espacio para una muda de ropa, unas chanclas y un traje de baño.

Gracias a ese vasco al que vamos a llamar “Patxi” le mandé cosas a mi familia, pero no lo que muchos piensan. No envié jamón ibérico, aceite de oliva, salchichón ni queso de oveja. Tampoco perlas mallorquinas, pulpo gallego, mejillones en escabeche ni chorizos asturianos. En la maleta no había botellas de Rueda, Ribera del Duero, Rioja ni Cava. No metí turrones alicantinos, mazapanes manchegos ni ensaimada rellena de crema. No mandé olivas manzanilla, berberechos, horchata ni cecina. ¡NO! Tuve que empaquetar azúcar, lentejas, caraotas negras, café, leche, arroz, champú, acondicionador, toallas sanitarias, jabón, toallitas húmedas –el papel higiénico ocupa mucho espacio– pasta dental, desodorante, medicinas (para mi madre, mis amigos, para los casi desconocidos) zapatos, ropa para los niños… Eso es lo que conseguí hacer llegar a casa gracias a que alguien me hizo un favor y a la que en este caso llamaremos “suerte”, algo que no tiene todo el mundo.

¿Alguien puede decirme con qué se pasa un trago así? ¿Cuál es el imbécil que desde el bar viendo el partido del día con una caña en la mano y una tapa en la otra me va a decir que en España están peor? Peor un carajo. Peor estaban en Europa del Este mientras miles de tarados aplaudían a Lenin, a Stalin o a cuando hijo de poca madre tuviera a la gente pasando hambre. Peor estaban en los campos de exterminio nazi. Peor ya ni siquiera están en Cuba donde innumerables cubanos durante décadas han paseado las calles de La Habana mendigando a los turistas o haciendo felaciones a cambio de cuatro monedas que permitieran llevar a casa algo más de lo que cabe en una cartilla de racionamiento y sin temer que en el camino un malandro les quite a punta de plomo lo ganado.

Peor estaba España en plena guerra civil. Sí, esa que se acabó hace casi ochenta años y de la que cada uno se acuerda cuando le conviene. Peor estaban en cuanto país pobre la tierra parió, pero no en Venezuela. Así no se puede vivir en pleno siglo XXI. Así no se vivía ni cuando mi abuela conspiraba contra el asesino Pérez Jiménez, ni cuando mi bisabuela madrugaba para ir a sembrar maíz al campo. Ni siquiera se vivía así cuando mi papá estudiaba un año y trabajaba el siguiente para ayudar a criar a sus hermanos. La pobreza que había antes no es ni lejanamente comparable con el hambre que hay ahora.

Hacer colas desde la noche anterior para comprar comida, eso no lo había vivido nadie en ese país rico que diecisiete años de “revolución bonita” han dejado en harapos.

¡Maldita la hora!

¿Quién puede defender esto? ¿Los mismos que se molestan cuando ven que se habla de Venezuela en los medios de comunicación españoles? ¿Los mismos que consideran preso político a un terrorista y terrorista a un preso político? ¿Los mismos que se quejan de la falta de democracia española pero aplauden que no exista en Cuba? ¿Los mismos que se autodenominan defensores de los derechos humanos pero se hacen los tontos ante las purgas y las torturas que lleva a cabo el régimen de Maduro? ¿Los mismos que nunca han visto a sus madres haciendo trueque? ¿Los mismos que hablan de ecología pero dejan como un chiquero el lugar donde se reúnen para “arreglar el mundo”?

A mí me parece estupendo que a muchos españoles no les parezca cierto lo que ocurre en Venezuela ni les importe si lo es, pero por favor, no me vengan con cuentos, no busquen excusas y menos si son baratas. Los problemas de un país no son excusa para poner en duda lo que ocurre en otro.

Mientras miles de hipócritas desde la comodidad de sus casas siguen pintando a Venezuela como un paraíso, muchos venezolanos piden desesperadamente que les saquen de allí,  pero claro, Venezuela no es Siria y parece que  habrá que esperar a ver los cadáveres flotando en el Caribe para que por fin alguien haga algo. Y hasta que llegue ese momento, los que estamos en cualquier lugar del mundo debemos hacer lo posible por dar cuenta de lo que pasa y encontrar la manera de ayudar aunque sea con una simple pastilla de jabón a nuestros seres queridos.

Gracias a todos los “Patxi” que van a supermercados, preparan envíos, recorren farmacias o cruzan fronteras para ayudar a mi país.

Fotos:

S.A

Web

Continue Reading

Había pasado un año

 

 

Nadie lo había notado, nadie se dio cuenta pero hacía un año de aquella pesadilla.  El sol había salido y vuelto a ocultarse 366 veces desde aquella vez en que mientras en algún rincón del mundo el hombre de su vida celebraba su cumpleaños, ella estaba a merced de otro recibiendo una paliza como si se tratara de una piñata.  Como en muchos casos no tuvo marcas en la cara, esas que delatan enseguida al maltratador y que son difíciles de explicar a quien las nota.

Pasó una semana encerrada en su habitación, comía de vez en cuando alguna manzana y aprovechaba para ir al baño cuando el agresor estaba fuera de casa. No tenía adonde ir ni tenía familia cerca, todos sus amigos estaban de vacaciones fuera de la ciudad. Tampoco tenía ahorros ni trabajo. Se tomó fotos de las lesiones pero no se atrevió a ir al hospital ni a la policía. Le daba vergüenza que ella, una mujer joven, lista, guapa, tuviera que pasar por semejante humillación. Pensaba que al verla no la iban a acoger en ningún centro y que una vez allí su vida se hundiría cada vez más. Pensaba en todas las mujeres que después de dar el paso igual habían terminado en el cementerio. Pensó que era mejor guardar silencio y no ser una de ellas.

Habló con tres hombres por teléfono, los tres le dijeron lo mismo: “sal de allí inmediatamente”, pero poco más pudieron hacer. Todos vivían a muchos kilómetros de distancia, dos de ellos la escucharon desahogarse y otro le pidió que no le contara más si no denunciaba. Los tres entendían que la situación era difícil para ella. Sin embargo, a pesar de tener un millón de motivos para denunciar la que no era la primera paliza, ella no lo hizo. Se echó a llorar, le dolía todo el cuerpo, sentía el eco del dolor en el cuero cabelludo. Le costaba caminar y al hacerlo recordaba cómo el animal la había tirado por los tobillos y luego le había apretado tan fuerte los pulgares de los pies que perdió las uñas. Esas cosas no se ven, nadie las ve.

Poco a poco todo volvió a la “normalidad”, ella seguía soñando con que en alguna parte del mundo sonreía el hombre que nunca le levantaría la mano, el que aún conociéndola probablemente no sospechaba que ella hubiera pasado por algo así.

Continue Reading

Los que quedaban

 

 

Con el resultado de las elecciones presidenciales de 1998 muchos decidieron hacer sus maletas, y aunque ninguno pensó que el destierro cumpliría la mayoría de edad,  lo cierto es que cada vez ese lamentable aniversario está más cerca.

Al principio los que partieron pensaban que volverían en unos años, no se les ocurrió que terminarían formando una familia fuera, casándose con un banco firmando una hipoteca, ni hablando tan raro que les costaría que les creyeran dónde habían nacido.

 

Salieron deseando que todo volviera a la normalidad en poco tiempo, intentando aprender lo máximo posible para obtener un empleo mejor al regresar, sabiendo que dejaban familia y amigos pero que cada diciembre que fueran de visita encontrarían a todos los que se quedaron. Sin embargo, la situación fue empeorando cada vez más y cada año que pasaba el inventario de emigrados aumentaba de manera espeluznante.

Los primeros en irse sabían que dejarlo todo no era un paseo en un arcoíris, al contrario, era y sigue siendo duro, por lo que el deseo por la mejora del país no sólo era por la posibilidad de volver, sino por evitar que sus amigos se desparramaran por el mundo padeciendo los mismos momentos desagradables.

Desgraciadamente ninguna de las dos cosas se ha cumplido y los desterrados ahora ven cómo se van los pocos que quedaban. Hermanos, amigos, cada uno a un rincón diferente del mundo, el que ofrezca más oportunidades, el que permita dar un futuro mejor a los hijos, uno en el que no haya que buscar excusas porque no hay suficiente comida en la nevera. Lo que les espera es duro, mucho, pero no hay imposibles para quien ha sobrevivido al chavismo.

El alma se cae al suelo y el alivio por la salvación de uno, y otro, y otro… navega en el llanto por estas partidas. Los nuevos inmigrantes avisan en secreto a sus mejores amigos y piden consejo a los que ya dieron ese paso. Nadie debe saber hasta que falte poco y las maletas estén hechas. Es así como hijos recién nacidos dirán su primera palabra en medio de la ausencia de su padre, abuelos ahogarán su llanto en la esperanza de saber que sus nietos viven mejor y madres aliviarán su dolor sabiendo que sus muchachos  se las arreglarán para estar juntos por lo menos en Navidad.

El país se está quedando vacío, las casas desiertas. Se han ido hasta los que creímos que nunca se irían. La necesidad ha llevado a la desesperación que ya ha hecho zarpar a los primeros balseros venezolanos. Ni la imaginación más pesimista pudo imaginar algo así. Es indescriptible la punzada que se siente al ver en qué se ha convertido nuestra casa, es por eso que fantasear extrañando un país que ya no existe a veces la hace más llevadera.

Cada vez son menos los padres que esperan emocionados un reencuentro en la sala de llegadas de Maiquetía al tiempo que se multiplican los que sienten el desgarro de la despedida en la puerta de salidas. Los que se fueron primero saben perfectamente el grosor de ese nudo en la garganta y nada les habría gustado más que ahorrárselo a sus seres queridos, pero no han podido.

Muchos de los que quedaban también se van, queda la esperanza de volver a verlos algún día, tal vez un domingo cualquiera en Morrocoy, con una bolsita de empanadas recién hechas y la alegría de haber despertado de esta pesadilla.

IMG_3140

Venezuela on the Brink

 

Fotos:

Juan Santamans @jcsantamans

Samuel Hidalgo Futrillé

Gaínza

Caricatura:

Roberto Weil @WEIL_caricatura

Continue Reading

La necesidad tiene cara de perro

Un dicho que hace pensar en un perro vagabundo, sarnoso, flaco, sucio, lleno pulgas. Es difícil imaginar algo más triste, una sensación más fea. ¿Qué puede dar más lástima que un pobre perro indefenso y lleno de desgracias? Ya, un niño, pero la imagen es insoportable, por eso preferimos poner un cachorro de protagonista. Aunque también podría tratarse de un perro furioso listo para atacar, con una mirada tan agresiva que obliga a hacer cosas que no se querrían hacer.

Esa necesidad está llevando a mucha gente a jugarse la vida comiendo veneno. Cuando el hambre aprieta, cualquier cosa es buena para calmar los gritos de una barriga vacía implorando aunque sea agua sucia.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-36914422

La situación del país está obligando a que cada vez más personas renuncien a comer. No se trata de renunciar a la merienda a media mañana o media tarde como en otros lugares del mundo, eso es vivir en el lujo. Se trata de saltarse una, dos, o todas las comidas principales. De engañar al estómago con un mango, un mamón, arroz, cáscara de plátano sancochado, yuca… Y luego dormir para no sentir más hambre y poder soñar con una mesa bonita adornada con unos aguacates grandes, arepas recién hechas, una fuente llena de carne mechada, perico humeante con su poquito de cilantro, un pote de mantequilla cremosa lista para derretirse lentamente, un plato con queso de mano picado en triángulos cuyas puntas se salgan por los lados, caraotas refritas, tajadas maduras, el aroma a café con leche llenando de alegría la casa y una jarra de jugo de parchita brillando como el sol. El sueño de un desayuno que cada vez parece más inalcanzable.

En esas casas reina el silencio que sólo es interrumpido por el lamento de las tripas y la mirada de los niños que en su ingenuidad intentar sacar leche de unas tetas en las que no hay ni esperanza.

http://www.el-nacional.com/sucesos/ninos-murieron-consumir-yuca-amarga_0_896310494.html

Las exigencias culinarias son inversamente proporcionales al hambre, el “no me gusta” no existe. Se come lo que hay. No importa si es lo mismo de todos los días anteriores, si le falta sal, si está muy duro, si recuerda a la basura de la que se sacó o si es tan amargo como el trago que toca vivir y que ni un vaso de agua ayuda a pasar con facilidad. Se come y ya está, sin dejar sobras porque no se sabe cuándo tocará de nuevo un poco de lo que sea.

Mientras muchos tildan de exageradas las historias que se cuentan sobre lo que ocurre en Venezuela, hay millones de venezolanos que cada vez comen menos, o peor aún, no comen nada. Hay venezolanos muriendo de hambre o envenenados porque la necesidad los llevó a comprar o cortar una raíz que se convirtió en su último bocado. Mientras sinvergüenzas ignorantes siguen enseñando en televisión plantas venenosas como curativas, hay gente pasando hambre de verdad.  Mientras el presidente afirma comer arepas todos los días, hay gente que hace meses no sabe lo que es comerse una, ni siquiera vieja, ni siquiera sola.

Ojalá tanta necesidad con cara de perro no se convierta en una jauría iracunda que termine por saltar al cuello de sus maltratadores clavándole los colmillos hasta que dejen de respirar. Que esta pesadilla no la gane el hambre, que la gane Venezuela, que las arepas no sean un sueño, que no haya que escribir un día “muerto el perro, se acabó la rabia”.

Foto: dogguie.net

 

 

Continue Reading