Volver a la Ciudad de la Furia

Dicen que el primer amor nunca se olvida, y que el primer novio tampoco (no tiene que coincidir una cosa con la otra, ya lo sabemos). Y si hablo de todo lo conocido después de Valencia, mi primer amor fue Buenos Aires, fue en esa ciudad donde estrené mi flamante pasaporte de aquélla dorada República de Venezuela, el pasaporte que abría todas las puertas y mucho más si quien lo presentaba era una mujer; este es un recuerdo que guardo con la misma nostalgia que siento cuando veo que ese país ya no existe, y que por supuesto, muchas puertas se nos cierran en la cara sin siquiera preguntar.

A Buenos Aires llegué de la mano del amor que me llenó de rosas durante el rojo de un semáforo (sí, vendían impresionantes ramos de rosas en los semáforos), del que me vio bailar tango con un artista callejero en Florida, pasear por la Recoleta,  y que por nada del mundo quiso llevarme a la Bombonera para que regresara enterita a mi casa… ¿Exageraciones? ¡Boh! Ir a Buenos Aires fue unos de mis primeros sueños convertidos en realidad. Una ciudad cosmopolita, enorme, llena de todo lo que podía seducir a una jovencita.

Cuando mis amigos me preguntaron qué pensaba de la ciudad de la furia que Soda Stereo nos había incrustado en el cerebro, yo simplemente dije: “Buenos Aires es una París gigante con italianos divinos que hablan español”…  “Buenos Aires huele a nostalgia y a rock”. Porque eso fue lo que encontré, una ciudad monumental con todo hecho a lo grande, la 9 de julio con su obelisco, sus cúpulas europeas, el magnetismo en la mirada de los porteños, el orgullo de no pasar desapercibida para el mundo; la banda sonora que retumbaba en las habitaciones de muchos latinoamericanos: Fito Páez, Charlie García, Andrés Calamaro y Soda Stereo si tenías menos de cuarenta años, y los tangos del elegante Gardel si tenías más de cincuenta o abuelos muy cultos.

En mis primeros años la ingenuidad infantil me llevaba a pensar que en ese rincón remoto del mundo no vivía nadie porque todos caminaban de cabeza o se caían al espacio; luego entendí que si allí vivía Mafalda con sus amigos tenía que ser un lugar extraordinario capaz de desafiar todo, incluso a la gravedad. Esa curiosidad por conocer la que como vi ayer en la autopista hacia Ezeiza es “la ciudad de todos” se acentuó gracias a Gustavo, Zeta y Charlie… Mi hermano mayor los metió en casa escondidos en una cinta y  ya no los dejé ir… De hecho, me fui yo y  me llevé a Cerati conmigo…

La Buenos Aires que yo conocí era mucho mejor de lo que podía imaginar una muchacha que no llegaba a los veinte y vivía en un país tropical. No me decepcionó, tampoco lo hizo Mar del Plata ni sus edificios que me recordaban a Montecarlo.  Argentina era tan  grande que no cabía en toda la extensión de sus nueve letras.

Mi pasión por Buenos Aires es producto de su vino perfumado, esa carne que se disuelve en la boca y que hace pensar en ganado pastando albahaca genovesa,  es producto de la morriña gallega o italiana de los inmigrantes. Mi pasión por Buenos Aires se sonroja ante la mirada celeste de un porteño encorbatado, se deja caer en sus acogedoras librerías, o comer la oreja por ese acento de Federico Luppi o Héctor Alterio, se rebela como la niña a la que no le gusta la sopa, siente el hervor en la sangre de un hincha de fútbol,  se desgarra en el dolor de un tango, mira con nostalgia las luces del puerto, y suda en el Luna Park ante sus estrellas del rock.

Pero como dice la canción “veinte años no es nada”…  En menos de veinte años han destrozado a mi Buenos Aires Querido… La corrupción no es propiedad exclusiva de los venezolanos y las calles porteñas son prueba de ello. Menem, Cavallo y sus famosos “sobresueldos” que hasta hace poco eran una realidad lejana para los españoles que ignoraban la porquería que se escondía en el seno del Partido Popular, ya habían creado escuela en el fin del mundo; y De la Rúa huyendo en un helicóptero a falta de las pelotas que le sobraron para perpetuar el negocio que Cavallo llevaba tiempo montado como Ministro de Economía, allanaron el camino para que el populismo, la mentira y la corrupción pudieran no sólo mirar a dos lados al mismo tiempo y acaparar más, sino convertir a Argentina en la casita de muñecas o más bien la ruleta de la señora que quiere continuar forrándose como su difunto marido con el permiso de las instituciones partidistas que cree puede montarse a la medida como su otro difunto amigote que le regalaba plata. Sí, porque los “presidentes del pueblo” son así de espléndidos cuando los billetes no salen de sus bolsillos.

La Plaza de Mayo está blindada, la inquilina de la Casa Rosada dedica más tiempo a las sesiones de botox que a escuchar a los “descamisados” de lo que queda de Evita Perón revolcándose en la tumba, la 9 de julio es una cantera afeada por unos andenes que la encogen, Corrientes está sucia, Florida, Sarmiento, y Bolívar también… La miseria ya no tiene la cara de peruanos o bolivianos en busca de una vida mejor, la miseria se ha apoderado de los nacidos en la entera nación. La hipocresía reina en los discursos de la “viuda alegre de América” a quien cada vez se le hace más difícil justificar qué ha hecho con la plata de los argentinos, incluso la de los venezolanos… El peso cada vez vale menos, y si lo consigues en el mercado negro, que en Argentina se le llama “blue” porque hasta para eso son elegantes, mejor ni hablar. Los típicos asados de fin de semana comienzan a ser quincenales o mensuales porque la carne está por las nubes y cada vez es más difícil estirar el sueldo para llevar los fideos a casa. Ya no se camina por las calles bonaerenses pensando en cual será el piropo más bonito que te dirán, ahora vas con cuidado para que no te arranquen el bolso, el certero golpe de un pibe en bicicleta no te quite lo que llevas en la mano, o atenta porque esos secuestros y  muertos por armas de fuego los fines de semana son el nuevo estilo de vida importado de Venezuela, pues las telenovelas ya no son lo que eran. Si decides huir de las calles, te adentras en el subte rezando lo que te sabes (aunque no seas creyente) para no subir al tren de la muerte, no sólo por aferrarte a la vida, sino porque si la pierdes, nadie responderá por ella.

Buenos Aires se ve tan susceptible porque la veo transitar el camino que Venezuela ya ha recorrido y la ha llevado al barranco en el que vivimos, ese barranco del que parece no podemos salir porque ni terminamos de decidirnos, ni nadie nos echa un cable, pues quienes podrían o deberían hacerlo están muy ocupados contando los petrodólares con los que el chavismo les calla la boca.

Este fin de semana, una vez más pude “volver”, y como han pasado los años, sí que encontré en el espejo la frente marchita, especialmente después de correr para arriba y para abajo en los pasillos de un avión cargado de argentinos que también han decidido volver,  bien por vacaciones, o porque no encontraron en la vieja Europa la misma hospitalidad u oportunidades que el maravilloso Sur abrió a tantos barcos cuando en el otro lado del charco la cosa estaba fea.  Una vez más saboreé un vino delicioso, me comí poquito a poco un bife de chorizo que no quería que acabara nunca, desayuné medias lunas, me quité el antojo de empanada; me hice amiga de un taxista que me llevó a visitar a ese que siento como un gran amigo, sentí el frío del viento, y otra vez la nostalgia por esa ciudad de la furia  que mata a pobres corazones y que han convertido en  ciudad de la miseria y rabia contenida…

Ciudadanos del mundo, Argentina no es cuna de ladrones, contadores de milongas, estafadores del amor, futbolistas evasores, viudas calientes con afán de protagonismo, suciedad, irresponsables con aerolínea privada, corruptos con ganas de regresar a la Rosada (como si no la ocuparan ya otros de su misma calaña), militares asesinos, oportunistas y demás escoria… Todos esos cayeron allí por accidente, por desgracia.  Argentina es cuna de gente honesta, trabajadora, con ganas de laburar y disfrutar de las cosas buenas y simples de la vida; un disco, un libro, una Quilmes, un derby en la tele o el estadio, un asado con los amigos; una bella mujer a quien llamar “diosa”. Argentina es cuna de poetas de la prosa, del tango, el comic y  del rock; de genios en el arte de crear cosas buenas, y no trampas para hacerse con lo de los demás.  Más allá de quién lo haya dicho, Buenos Aires  es la ciudad de todos, porque en la ciudad de la furia cualquiera podría encontrar su lugar…

Mi Buenos Aires Querido, me verás volver, pero quisiera hacerlo a esa que conocí, a la que Jorge Luis, Gustavo, Fito, Carlos y Quino tienen talento para adorar. Quisiera profundamente volver  y que al hacerlo también pueda hacer cosas imposibles, quisiera volver y despertar a mi querido Cerati para decirle que ya ha pasado el temblor…

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Los abuelos son eternos e invisibles

Esta mañana leí un mensaje que me sacudió, lo escribió alguien con la misma suerte que ha tocado la vida de todos los que hemos tenido y disfrutado de una abuela. El mensaje decía: “Los ABUELOS no se mueren NUNCA, sólo se hacen invisibles”.  A esta maravillosa perla, una gran amiga añadió: “Los abuelos deberían ser ETERNOS”. Tengo que decir que una tiene razón, y la otra no, pero lo importante es lo que las ha llevado expresar eso que guardamos en lo más profundo de nuestros sentimientos, allí donde viven los recuerdos que nos acompañarán el  resto de nuestras vidas.

Mi abuela, era sencillamente la mujer más extraordinaria del mundo, ya sé que todos pensarán lo mismo de la propia y que todos pensarán que el resto se queda corto de la misma forma que lo hacen con las hallacas, lasañas, asados o paellas que nadie prepara mejor que nuestras madres… Y me parece perfecto, porque todos tenemos razón al decir “la mía es la mejor”. Los abuelos suelen corregir con los nietos los errores que han cometido como padres de la misma manera que somos mucho más respetuosos y cariñosos como nietos que como hijos y más estrictos como padres que como tíos. ¿Por qué? Porque la experiencia es un grado.

Tener una abuela es lo mejor que puede pasarte en la vida, es la versión mejorada de nuestras madres. Desde la que te enseña a hacer papagayos, cómo se injertan rosas o cruzar la calle,  pasando por la que te espera a la salida del colegio, te dice el secreto del guiso perfecto, te prepara la ensaladita de la dieta, está en primera fila en tus desfiles, te deja dormir hasta tarde, se ríe de tus gustos musicales porque rock era lo que ella escuchaba y no esas pendejadas que ponen en la radio, te mira de reojito para que ni se te ocurra soltarle la mentira que estás pensando, te da las mejores clases de historia contemporánea, te deja saquear su armario  en busca de trapos fabulosos o te da sus joyas,  hasta la que pone en los palitos a sus hijos porque ser abuela le ha reafirmado su autoridad como madre…

Una en mil facetas o mil facetas en una,  una abuela es un regalo que no nos cansamos de disfrutar y una relación así de especial no se rompe nunca. Por eso mi amiga se equivoca cuando dice que los abuelos deberían ser eternos, y es afortunada al equivocarse, porque sólo después de la desgarradora pérdida de una abuela puedes saber que definitivamente lo son… Se quedan allí, en tus venas, en mucho de lo que sabes, en tu carácter, en todo el amor que rediriges a tu madre, en tu forma de amarrarte los zapatos o picar los aliñitos. Los abuelos en su condición de superhéroes se vuelven invisibles, pero sólo eso, porque puedes sentir su presencia en la brisa que te acaricia la cara, en el asiento de copiloto, detrás cuando te miras en el espejo, y si eres sumamente afortunado a veces incluso sientes su perfume…

Somos egoístas y cuesta mucho evitarlo por eso cuando una abuela se va, hasta te enojas con ella por haberse permitido dejar el pelero así sin más, sin despedidas, sin un último beso o abrazo; y si la vida te da la oportunidad de hacerlo, no nos engañemos, tampoco es suficiente. Queda el consuelo del olor a café que cada mañana servía de despertador,  la suavidad del pelo con el que jugaste tantas veces, las canas que intentabas contar, las manos que con una caricia te quitaban cualquier dolor, la alegría de encontrártela en el hotel de Margarita cuando creías que se había quedado en casa, la tranquilidad de que eres lo que ella habría querido, y la esperanza de encontrarla de vez cuando en tus sueños.   A veces sientes ganas de que venga a buscarte y te lleve con ella, pero enseguida imaginas el trancazo que te habría dado por semejante tontería y todo vuelve a su lugar. Porque es innegable el temor a que la abuela nos soltara un “coquito” aunque nunca nos lo haya dado.

A ti mi querida y eternamente invisible…

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A los valientes:

Ser estudiante en Venezuela no es como serlo en cualquier otra parte del mundo. Para ser estudiante en Venezuela, además de voluntad, hace falta suerte y partirse el lomo.

Para estudiar en Venezuela no hay que pagar un realero en inscripción como ocurre en otras partes del mundo, pero  hay que empeñar un riñón para comprar libros porque las bibliotecas están peladas, las fotocopias se pagan, al transporte hay que montarle cacería para poder subir sin que te maldigan porque pagas menos pasaje o directamente no pagas.

En Venezuela un estudiante no se queja porque no haya papel sanitario en el baño, porque lo normal es que cargue una caleta en la mochila, no se queja porque no haya agua, se sorprende cuando hay, no se queja de que no hayan pupitres para zurdos, se alegra si consigue uno que no esté roto. Un estudiante en Venezuela no se queja del calor, se aguanta, y cuando llueve se aparta para seguir viendo clase sin que las goteras  le mojen los apuntes.  Un estudiante venezolano no lucha contra el sistema, lucha contra la corrupción, los delincuentes que se caen a plomo dentro de la facultad, los vagos que no paran de quemar todo lo que se les antoje, los enchufados que amenazan cuando hay elecciones en los centros de estudiantes, los sueldos miserables de profesores de verdad, no de tarifados piratas que hablan y hablan a ver si aumentan las ventas de sus libros.

Allá donde nació el Bolívar que desde años los patriotas de pacotilla no han hecho más que arrastrar, los estudiantes no aspiran a becas con una nota que supera el “aprobado”,  se queman las pestañas por la máxima a ver si le dan una aunque sea para sacar fotocopias.

En las universidades públicas venezolanas falta agua, pintura en las paredes, iluminación en los pasillos y alrededores, ascensores en funcionamiento, libros en las bibliotecas, presupuesto para cubrir sueldos decentes, instrumental en los laboratorios,  seguridad, y una larga lista de cosas que en el resto del mundo son imperceptibles.  Pero lo que no falta en esas universidades es valentía, buena voluntad, ganas de estudiar, talento, profesores y alumnos brillantes, horas de sacrificio, gente con un pie dentro y otro fuera del autobús para no llegar tarde a clase, vendedores de rifas para pagarse la toga y el birrete, una enorme necesidad de democracia de la de verdad, no de la que amenaza, manda pistoleros o hace trampa. En las universidades venezolanas sobran los malandros, los encapuchados, los piratas que previo pago llegan de todas partes del mundo a engordar el currículum hablando bien del gobierno. Sobran los “revolucionarios” que secuestran, amenazan y destruyen lo poco que queda.  Sobran los parásitos que se están criando para llegar a ministerios con un título que no vale más que las estampillas que pagaron para obtenerlo.

El alma máter venezolana es esa que ayer recorrió sin miedo las calles de Caracas y otras ciudades. Los estudiantes y profesores de verdad son esos que no quieren una huelga pero deben recurrir a ella para defender la UNIVERSIDAD, para recuperar la libertad. Y todo lo demás, ministros incapaces, jueces mediocres, miembros de asociaciones de enchufados, medios de comunicación prostituidos y otros alcahuetes SOBRAN.

Muchachos, desde un sistema educativo que sufre las consecuencias de las malas decisiones de otros, desde la nostalgia que añora profesores universitarios de los que enseñan sin querer imponer sus ideas y estudiantes que vayan más allá de escribir bobadas en las paredes, los apoyo orgullosa de lo que han hecho y deseando que muy pronto todos salgamos de este hueco.

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Por si acaso…

Creo que decidí ser aeromoza cuando todavía no había comenzado la escuela primaria… La culpa de todo la tuvo Viasa y su maravillosa publicidad…

Desde hace años cuando llega el momento, me levanto, me arreglo sin olvidarme de la crema hidratante, de revisar una y otra vez que no haya arrugas en el uniforme, que los zapatos estén brillantes, el moño en su sitio, y que llevo en el bolso el pasaporte, la licencia y la máscara de pestañas.

Desde hace años cada vez que me pongo mi uniforme, siento que de verdad tengo alas, porque de verdad las tengo aunque sean de acero…

Pienso en la cantidad de personas que me cruzaré por el camino, llenos de ilusión por volver a su tierra, disfrutar con sus amigos, comenzar una nueva vida, despedirse de lo que ya no quieren, e incluso encontrar el amor… Porque muchos se suben a un avión sabiendo que será la primera o deseando que sea la última vez.

Saco mi mejor sonrisa incluso a esos maleducados que no saben decir “buenos días”, “por favor”, y mucho menos “gracias”. Camino por las pasarelas de ese tubo que surca los cielos  y soy feliz…

Antes de despegar me repito una y otra vez todo lo que debo hacer, decir y llevarme en caso de tener que pegar la carrera al tiempo que deseo profundamente que nunca tenga que hacerlo. No es algo que me perturbe, pero cuando lo piensas bien te vienen muchas cosas a la cabeza, las mismas cosas que ninguno de nosotros piensa cuando salimos de casa, o más bien no quiere pensar: Y si no vuelvo???

Hoy mientras me arreglaba ilusionada con volver al cielo, quise escribir esto… Por si acaso…

Si no volviera (que volveré) ya le he dicho a todas las personas importantes cuánto los quiero, he ido mucho más lejos de donde habría podido imaginar, he cumplido muchos de mis sueños, he tenido una familia fantásticamente imperfecta (como la de todos), amigos maravillosos, he dormido en los brazos del amor de mi vida (aunque todas las noches del mundo no serán suficientes) he llorado de tanto reír, he reído por no llorar… He hecho lo posible por convertir en realidad los sueños de otros, y hacerlo ha sido parte de los míos. He luchado por mi país, por lo que quiero. He dado lo mejor de mí sin dejarme nada en el tintero.

He sentido la hierba acariciar mis pies al caminar y he bailado sobre vertiginosos tacones.

He conocido la amargura de la traición. He comenzado de nuevo una y otra vez, y seguiré haciéndolo cuantas veces sea necesario.

En resumen, a pesar de los momentos duros he tenido muchísima suerte y he aprendido muchísimo. Aún tengo muchísimas cosas pendientes, me quedan muchos besos por dar, pero hoy estuve pensando en esto y necesitaba decirlo … Por si acaso…

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Más allá de las nubes

 

Hace días llueve sin parar y esta primavera se ha disfrazado de un largo noviembre. Lejos está nuestro querido calorcito, ese del que nos quejamos cuando estamos en el lugar donde siempre hay sol, ese que tanto extrañamos cuando el frío y el viento nos azotan. Llueve tanto que es necesario cerrar las ventanas y encerrarnos en una burbuja que no nos deja disfrutar del maravilloso olor a  tierra mojada, porque ni es la misma lluvia, ni es la misma tierra, y por supuesto, tampoco es el mismo olor. Nuestra tierra huele diferente, tiene un cálido perfume a mango, infancia, mar, a amor… Y esta que nos rodea, si acaso huele a nostalgia.

Pasan las horas y las luces se esconden mientras nos preguntamos cuánto durará esta tristeza, cuándo se abrirá el cielo y volveremos a sonreír.

Cuesta mucho acostumbrarse a esta vida gris, lleva tiempo cambiarla y pintarla de esperanza como dice la canción.  A veces parece que ese momento nunca llegará, la incertidumbre y la impaciencia nos invaden. Sin embargo, una voz nos susurra que no falta demasiado para que despertemos de pronto, el viento sople a favor, la sonrisa se apodere de nuestro rostro, el brillo reaparezca en nuestros ojos, el cielo vuelva a ser azul. Esa voz nos recuerda que más allá de las nubes y aunque la lluvia no nos deje ver, siempre hay un sol… Y una luna también…

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De aquellos polvos vienen estos lodos

 

Anoche estaba pensando en qué iba a publicar antes de que se acabara la semana. Mientras escogía un tema supe que en Venezuela se iba a anunciar algo IMPORTANTE. Me acosté como a las dos de la mañana  y a cada rato revisaba a ver si se había dicho algo ya…  Me ilusiona pensar que Henrique Capriles tuvo piedad de sus compatriotas de este lado del charco y nos dejó dormir tranquilos sabiendo que a una hora normal tendríamos acceso a la esperada comunicación. Lo de dormir tranquilos tiene una doble lectura. La primera, esa sensación que nos permite conciliar el sueño a quienes tenemos la conciencia en paz, y la segunda, esa curiosidad digna de cualquier niño que se acuesta la Nochebuena deseando que amanezca y ya sea Navidad. Así dormí, con mi conciencia tranquila y esperando un regalito.

 Hoy tuve que contener las náuseas al oír a uno de los personajes más despreciables de mi país hablar de corrupción, fusiles, sangre, conspiración, corrupción, traiciones, revoluciones, dinero, corrupción, mentiras, chismes, fraude, corrupción, manipulación, miedo, basura, corrupción, más basura, más corrupción, y más basura como si se tratara de un juego de chapitas. ¿Se acuerdan cuando de pequeños en nuestras calles se jugaba béisbol con chapitas? Pues en Venezuela el gobierno de turno se revuelca en un chiquero con mucha más facilidad que hacer un hit con una chapita.

La confusión se apodera de algunos y la certeza nos sonríe a muchos otros,  los mismos que sabíamos desde hace tiempo lo que hoy salió de esa boca. No hubo sorpresa porque nada proveniente de este lodazal que lleva años acumulando estiércol puede sorprendernos excepto la ligereza con la que se habla de la vida de muchos venezolanos que parecen ser una personificación de “El Coco” digna de recibir plomazos por salir a la calle a cacerolear. Porque al gobierno no le gusta el ruido de las cacerolas, prefiere el de los fusiles disparando.

Por primera vez no me preocupaba la “providencial” intervención de una “cadena nacional” porque estaba segura de que a los involucrados les interesaba más que al mismo pueblo saber lo que se dice cuando dan la espalda. Los amigotes de toda la vida resulta que no son tan amigotes, lo que se catalogaba de inventos de un periodista resulta ser el chivatazo de uno de la casa, las denuncias de la oposición que se han descalificado por todos los medios resulta que tienen fundamento, el fraude electoral no sólo es posible sino mucho más que evidente. Las arcas venezolanas ya no aguantan más saqueos y los enchufados ya tienen asegurado el futuro propio, el de sus hijos, nietos, mujeres y barraganas.  Por primera vez escuchaba una confesión tan asquerosa como indignante, y por primera vez tenía la sensación de que POR FIN esos venezolanos que siguen creyendo en pajaritos preñados van a abrir los ojos y a entender que no podemos seguir viviendo bajo este régimen de hambre, inseguridad, represión, corrupción, hipocresía, ineficiencia e injusticia. El chavismo se hunde en su propias heces, pero da sus últimas patadas de ahogado tirando al ejército a la calle para que “controle” el hampa que ha propiciado con su discurso de odio, su pasividad y alcahuetería.

Después de casi doscientas mil muertes violentas en catorce años en los que los cuerpos de las morgues han sido catalogados de “sensación”, después de continuar con el show cuando les ha parecido conveniente, después de  despreciar a unos muertos sobre otros porque parece que sólo los que llevan el 4F en el brazo tienen dolientes. Después de prostituir  a las Fuerzas Armadas, resulta que ahora el gobierno va a imponer la seguridad soltando a un gentío armado a la calle, ese mismo gentío que hace poco más de un mes disparaba indiscriminadamente con la certeza de no responder sobre sus actos y mucho menos sobre sus víctimas. Después de todo este berenjenal el gobierno militariza las calles, pero no se engañen, aquí la única seguridad que se protege es la del mismo gobierno para que siga generando miseria, corrupción, escoria.

Termino de escribir esto para irme a dormir con la esperanza de que el mundo nos haga caso, con la preocupación por las consecuencias de la confesión que ha puesto en jaque al gobierno ilegítimo que pinta las calles de un verde militar dispuesto a teñirse de sangre. Me voy a soñar con el fin de esta pesadilla, con la libertad y la unión de los venezolanos… Me voy a dormir con la conciencia tranquila, no como la de quienes han convertido sus polvos en lodo…

 

 

 

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Esto NO es patria

Antes los venezolanos hacíamos cola para comprar entradas para un amanecer gaitero,  para el autobús, subir a la montaña rusa, al teleférico, entrar a una discoteca, un concierto, un juego de béisbol, el comedor de la universidad, subir al ferry, incluso cobrar la “Beca Alimentaria”… ¿Se acuerdan?

Hacíamos laaaaargas colas en Navidad porque como buenos venezolanos, todo lo dejábamos para última hora y siempre se nos olvidaban las uvas, el vino para el pernil, las pasitas para las hallacas, 5Kg más de hojas, o el par de zapatos del 31…  Hacíamos colas para cobrar el cheque de la quincena, aprovechar el 3 x 2 y hasta pelear en la CANTV.  ¿Se acuerdan?

Como siempre hemos sido un poco desordenados, muchas veces las colas no las hacíamos como las hormigas (uno detrás del otro) sino que nos amontonábamos en los mostradores sabiendo perfectamente quién llegó primero y poniendo en los palitos al que quisiera colearse. De modo que en la carnicería no había cola sino un bululú de gente que apenas dejaba a la vista el gorrito blanco del carnicero. ¿Se acuerdan?

Ahora no, ahora somos todo eso que vimos en televisión durante años y que nuestras infinitas riquezas naturales, industria alimentaria, reservas internacionales y torres en los supermercados nos aseguraban que nunca llegaría. El día llegó, pero no llegó esta semana cuando en Barquisimeto y otras ciudades del país se marcaba a la gente como ganado o prisioneros de Auschwitz para determinar quién tenía derecho a comprar 2Kg de harina de maíz. Sí señores, la Harina Pan de toda la vida que las familias numerosas compraban por bultos, ahora se vende a 2Kg por cabeza. El azúcar desapareció para dar paso al papelón, ¿Y la  leche? ¡Bien, gracias! Los alimentos en Venezuela se  han convertido en la letanía de un rosario, pollo, ruega por él, carne, ruega por ella, aceite, ruega por él, papel y toallas sanitarias, ruega por ellos, mantequilla, ruega por ella… El día llegó hace años. Venezuela es el único país del mundo donde se puede conseguir caviar pero no leche, el único país del mundo donde hay lista de espera para comprar un utilitario normal y corriente, un país donde “hay patria” pero no hay comida.

Porque para el “gobierno” lleno de vicios, corrupción, inseguridad y miseria que Chávez le heredó ilegalmente al hombre que nos ridiculiza por el mundo,  los venezolanos ahora tenemos patria. Pero, qué es la patria ¿Esa que nos hace compañía cada vez que se va la luz, esa que junto al agua ocupa toda la nevera cuando no hay mercado, es esa que todos los días sale a pasear disparando a todo lo que se mueve? ¿Esa es la patria?  ¿La que interrumpe a su antojo la vida normal de los venezolanos para soltarles gamelote, odio y mentiras en cadena nacional? ¿La que nos lleva por el camino de las cartillas de racionamiento cubanas? ¿Es patria la que se prostituye pagando petróleo a cambio de azúcar, aplausos y un poquito de carne? ¿La que ha extendido el hambre en los cuatro puntos cardinales del país?. Señores, yo lo lamento mucho, pero esto NO es patria, esto es un burdel en el que Venezuela aparte de meretriz paga la cama… Bien cara por cierto.

Le han contado al mundo que en Venezuela ha disminuido la desigualdad. Es cierto, ahora no hay muy ricos, ricos, clase media, pobreza y pobreza crítica, ahora todos somos pobres porque los ricos se han ido y los muy ricos están en el gobierno. ¿O esos maletines con dinero salieron del sueldo de los ministros?

Yo odiaba cuando escuchaba a algún aprovechado decir “yo no pido que me den, sino que me pongan donde haya”… El difunto de Sabaneta se lo tomó al pié de la letra y montó a su familia, amigos, y hasta a los yernos en su propia maquinita de hacer billetes… ¿Presuntamente?  No, evidentemente!!!

Eliminar la desigualdad no es convertirnos a todos en pobres u obligarnos a hacer una cola para mendigar harina, NO!!! Eliminar la desigualdad es enseñar a la gente a trabajar, proporcionarle seguridad para que vayan y vuelvan tranquilos a sus casas, no ponerles un cheque en blanco por cada muchacho que nazca cuando aún las madres deberían terminar la enseñanza básica, ni imponer la inamovilidad laboral para que cuanto vago exista deje de ir a cumplir con su responsabilidad cada vez que amanezca enratonao’.  Eliminar la desigualdad es equiparar los salarios a la inflación. Eliminar la desigualdad es equipar nuestros hospitales para que no sea necesario recurrir a una clínica privada. Eliminar la desigualdad es que todos los venezolanos tengan los mismos derechos y deberes sin cumplir con el requisito de afiliarse al partido de gobierno, firmar o asistir como borregos a cuanto bochinche se instale en nombre de un hombre que lo único que tuvo de supremo es el descaro, porque hay que tener claro que los muertos se respetan, pero no por estar muertos dejan de ser lo que fueron. En este caso, todos sabemos cuán supremamente mentiroso, manipulador y muchas cosas más era el que ya no está y nos dejó en este berenjenal.

Yo siempre quise un país en el que no existiera tanta desigualdad, pero parece que no manejamos el mismo concepto. De momento Venezuela tiene un presidente que llegó al poder primero a punta de dedo y luego a través de un fraude que cada vez se hace más difícil disimular, también tiene apagada la maquinaria de la industria alimentaria que a la hora de expropiar no pensó que ignoraba cómo gerenciar, cuenta con una especie de iguana radioactiva cuyo superpoder radica en comer cables del sistema eléctrico nacional sin electrocutarse;  tiene secuestrados los poderes públicos al servicio de un partido, sometidos los medios de comunicación a una regulación que sólo viola continuamente el mismo gobierno, un número de presos políticos que va in crescendo, una fuente inagotable de excusas inverosímiles y por supuesto, tiene empeñada hasta la forma de caminar.

No quiero que mi país sueñe con el pollo o la carne como sueñan los cubanos, no quiero que sueñen con una arepa como si vivieran en Estocolmo, ni con un café con leche. No quiero que a mi país se le vaya la vida haciendo cola, esquivando balas, ni encendiendo velas. Quiero que mi país vuelva a ser como antes, cuando todos festejábamos juntos, compartíamos la comida en la playa, nos prestábamos los libros, dábamos la cola, veíamos y votábamos lo que queríamos sin temor. Quiero que los ingenuos abran los ojos de una buena vez. Quiero un país que vuelva a soñar en grande.

No sé si el bozal de petrodólares nos lo va a permitir, pero hay que seguir luchando con valentía, con fuerza, sin violencia. Hay que seguir luchando para que todos tengamos comida en nuestras casas sin haber hecho una cola típica de las hambrunas africanas, pues en la medida en que nuestros estómagos estén llenos, nuestros hospitales, policía, colegios y universidades estén equipados, nuestros poderes se dediquen a sus funciones de forma independiente, y nuestra economía avance, podremos ocuparnos del resto del mundo. En Venezuela hay recursos para nosotros, para ayudar a los demás y aún sobra… Pero ojo, en ese orden, no al contrario.  Porque no se puede tener patria si no se le quiere, no se puede tener patria si se le rinde honores a otra.

Venezuela, despierta antes de que terminen de saquearte y de patria (la de verdad) quede sólo el “¿te acuerdas?”. 

 

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Un día…

Despertarás y te darás cuenta de que es demasiado tarde, que ya no importa si se te olvida mi cumpleaños, si no me pagas los estudios, si he mudado los dientes. Ya no importa que no sepas cómo se llaman mis amigos, qué quiero hacer cuando crezca, si me porto bien o no, si hago las tareas fácilmente o si la flojera me invade por las tardes.

Ya no importa que fuera la única con una sola silla reservada en los actos de fin de curso, la única con una sola familia, un solo par de abuelos. Ya no importa que no reconozcas mi voz porque dejaste de llamar por teléfono, que no sepas cómo huelo, cómo es mi letra, qué me gustaba jugar, comer, ver en televisión, cuántas veces tuve fiebre, si miraba para los dos lados antes de cruzar la calle o me arriesgaba compitiendo con el color de los semáforos.

Ya no importa que vivas postergando una y otra vez tus visitas, que inventes excusas para no estar en navidad, que me dejes vestida, peinadita y con una sonrisa marchita por la desilusión. Ya no importa que no sepa qué responder cuando alguien me pregunta por ti, que recibiera regalos que nunca mandaste, que otra persona me enseñara a andar en bicicleta…

Ya no importa que critiques la forma en que me han criado, que no te guste el deporte que practico o las canciones que canto. No importa que no hayas estado en mi primer día de colegio, cuando gané mi primer trofeo ni en mi primera derrota. Ya no importa que  no me vieras sonrojarme con mi primer novio, llegar a casa emocionada después de mi primer beso o el día en el que dejé de usar uniforme y entré en la Universidad.

Ya no importa que no me defendieras de alguna agresión, que no te trasnocharas esperando que llegara de una fiesta, que estuvieras sólo en las fotos viejas, que no me vieras llorar por mi primer amor…

Ya no es necesario, no hace falta de verdad. No te molestes en querer conocerme, no intentes llenarte la boca con halagos vacíos, no le digas al mundo quien soy, pero sobre todo no le digas a nadie quien eres; porque a pesar de todo el arrepentimiento, ya no tienes tiempo, es tarde…

Ya crecí, soy feliz, he hecho todo lo que he querido y los sueños siguen formando parte de mi vida. Te extrañé, te lloré, pero hace tiempo que no y a falta de uno tuve muchos. Me acostumbré a tu ausencia, no necesito tu cariño, no te espero, no te sueño, no me acuerdo de tu cara, de tus ojos, no recuerdo un beso, ni siquiera un “te quiero”…

Papá, todos tenían razón,  llegó el día de cargar con el peso de tus decisiones, ese que llevé por ti durante todo este tiempo… Aquí te lo dejo.

                                                                                                                                      Para Gala (de adulta).

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Caja mágica.

A pesar de todo lo que ocurre, hoy no tengo ganas de hablar de lo mismo. Hoy tengo ganas de cosas bonitas y entre las cosas bonitas de la vida de muchos está la radio.

Recuerdo que la radio siempre estaba encendida, mi abuela preparaba el desayuno con el noticiero de fondo y luego la casa se subía a un Satélite que llenaba de humor y música cada rincón. Era la época del uno por uno, es decir, una canción de un artista nacional por cada extranjero. Ese proteccionismo musical trajo la época dorada de la canción venezolana, Franco De Vita, Guillermo Dávila, Yordano, Carlos Mata, Karina, Melissa, Daiquirí, Guillermo Carrasco, Frank Quintero, Aditus, y muchos más. Era también la época de esas voces imponentes que en la mayoría de los casos proyectaban a una especie de James Dean con audífonos que en realidad era más feo que un carro por debajo. ¿Hay algo  mejor para soñar que la imaginación?

La televisión también me atraía, supongo que era normal en una niña de cuatro o cinco años. Me pegaba a la pantalla intentando ver a dónde iban los actores cuando desaparecían de la misma, prefería ver las comiquitas en blanco y negro en un televisor con patas cuyas pulgadas superaban notablemente a las del moderno a todo color.  Sin embargo,  no me atrapaba, no tenía misterios…  La radio era mi objetivo.

Me asomaba por la parte de atrás del aparato y veía perolitos de colores ordenados como si se tratara de una ciudad en miniatura. Pensaba que los cantantes eran más pequeños que mis dedos y aunque no lo veía me imaginaba a Guillermo Dávila en su moto yendo de una estación a otra para cantar. Creía que todo era en vivo y que los discos eran para que los escucháramos en casa porque los cantantes eran de otro mundo, de ese mundo pequeñito. Allí comenzó la magia, porque la radio es principalmente magia. Aunque ha evolucionado, ahora se deja ver la cara, han desaparecido los grandes estudios con su parafernalia y muy pocos la escuchan desde un aparato con antena retráctil,  no ha perdido su encanto.

Gracias a esas dosis de música, noticias y publicidad que acompañaron mi infancia junto con la curiosidad que me caracteriza, un día me decidí, me acerqué, toqué a su puerta y la radio me abrió… Aprendí muchísimas cosas, hice grandes amigos, consumí música como nunca, me llené de canciones incluso mientras dormía… Y fui feliz. Sólo quien ha vivido esa experiencia sabe que la radio alimenta, enriquece y hace crecer.

He ido a muchísimos lugares y una de las primeras cosas que hago es pasearme por el dial buscando una emisora que me dé nota; que me haga subir el volumen y cantar como si no hubiera un mañana. Pero no, nada que ver. Bueno, debo hacer un par de excepciones en Italia y Argentina donde encontré lo más parecido a la que me gusta en estilo, sentido del humor, y por supuesto música.

La ventaja de esta era es poder escuchar desde cualquier parte del mundo la radio que te gusta, la desventaja es que con la diferencia de husos cuesta mantener el vínculo con esa voz que antes conocías tan bien que considerabas tu amiga; no porque ya no lo sea, sino porque terminas viviendo vidas paralelas, estás pero no estás… Como ya no aguanto ciertos trotes intento no volverme loca y aunque la sigo desde lejos, no hay nada como llegar a Venezuela, encender la radio y darme el gusto de escucharla a la hora que es y en el mismo lugar.

Este es mi humilde homenaje a todas y cada una de esas voces que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas, nos han hecho reír tanto que fuimos objeto de miradas raras, han servido para montar un bochinche, cantar jonrones,  soportar una cola, hacernos menos amarga la tristeza o gritar contentos “felizaaaaaañoooo”.

A ti querida radio que has sobrevivido a multas, acoso, cadenas, obligaciones absurdas y abusivas, a ti y a todos los que valientemente siguen aferrados a tus micrófonos para acompañarnos en medio de tanta confusión e injusticia, gracias, muchísimas gracias y que sigan emitiendo… Ojalá en libertad.

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Balas para todos

Oswaldo era un joven y talentoso estilista, de pelo envidiable, mirada expresiva color miel, ocurrente sentido del humor y muchas ganas de vivir… Encontró la muerte el 13 de febrero del 2000 cuando durante un atraco el terror le hizo huir para intentar salvar una vida que cegaron las balas al alcanzar su espalda.

Orlandito era un chamo humilde cuyo padre nunca se ocupó de él ni de su hermana. Dejó de estudiar para trabajar y ayudar a su madre para que los tres salieran adelante. Una tarde un policía le disparó por la espalda. Tuvieron que salir los vecinos del barrio a defender el honor del muchacho porque para justificar el crimen el asesino quiso acusarlo de delincuente.

Miguel es uno de esos hombres que por donde camina deja una estela de paz, tranquilidad y armonía con el universo. Su concepto de la libertad y modesto sueldo de profesor universitario le impedían poner rejas a su casa. Todo iba bien hasta que un día unos tipos entraron sometiéndolo junto a su mujer haciéndole sentir cada minuto que sería el último y que su hija lo encontraría en el suelo del baño amarrado y rodeado de un charco de sangre. Se lo llevaron todo y después de unos minutos de silencio Miguel dio gracias por no estar rodeado del charco de sangre que se imaginaba… Tardó dos días en poner rejas.

Juanito es un niño que a los 7 años junto a su hermanita de 3 se colaba en la cama de sus padres. Ambos tuvieron que ver cómo una madrugada sus padres que intentaban cerrar la puerta de la habitación se rindieron ante una mano que se asomaba empuñando una 9mm. Vio el hueco en el techo por donde entraron  los ladrones y cómo destrozaban su casa mientras a él le apuntaban en la cabeza. Pasado el ataque ayudó a sus padres a desatarse… Ya tiene 8 años y cada vez que escucha un ruido se tapa los oídos y sale corriendo a esconderse.

Mary es una mujer joven, bella y felizmente casada con un gran hombre. Hace mes y medio cuando por la tardecita regresaban a su casa, unos tipos los interceptaron en la entrada del garaje, los “acompañaron” hasta adentro y se llevaron todo lo que tenían encima. De nada sirvió andar en un carro blindado y manteniendo un “perfil bajo”. Mary y su marido están buscando casa fuera del país.

Anaís es una joven médico a la que no le gusta que le pongan el título en femenino. Tiene una atractiva piel morena y una fortaleza envidiable. En agosto del 2011, cuatro semanas antes de graduarse perdió a una compañera de promoción en un ataque a tiros a los residentes que acababan de terminar la guardia en el Hospital Carabobo. Anaís siempre lleva dos mochilas cuando va a trabajar, una con comida y la otra con medicinas y material médico, pues más de una vez ha tenido que suturar heridas de bala mientras le apuntan en la cabeza para que lo haga bien aunque no tenga recursos.

Rosa es una profesora de Historia del Arte extraordinariamente generosa que durante toda su vida ha sembrado bondad y dulzura. Hace años enviudó y casi todos sus hijos (los de sangre y sus ex alumnos) emigraron. Vive sin lujos, lo poco que tiene lo da, probablemente por eso nunca le falta nada. Un día llegó del colegio y la habían mudado. Rosa alberga tristezas en su mirada, una de ellas es haber ido al funeral de un ex alumno al que con 20 años mataron por resistirse a un atraco no muy lejos de donde meses antes moría Oswaldo el peluquero.

Patricia era una mujer valiente, trabajadora con una familia muy unida, tenía 39 años y tres hijos. Fue enterrada hace pocos días, le dieron un tiro en la cabeza y otros 15 en el resto del cuerpo mientras estaba estacionando su carro frente al lugar donde llevaba años viviendo. La amiga que la acompañaba y también sufrió heridas de bala (una de ellas en la cara) ahora se juega la vida en la UCI.

Según un artículo publicado el 3 de junio del 2012 en el diario venezolano El Universal, en Venezuela se habían producido 155788 asesinatos desde 1999, si a eso le sumamos los del resto del año y los más de 3400 muertos del primer trimestre del 2013 no es de extrañar que me quede corta señalando sólo algunas historias de gente que conozco y/o conocí. Aquí no están todos los difuntos de los pésames que he tenido que dar, ni todas las horas de angustia durante secuestros. Tampoco los atracos en los semáforos, centros comerciales, autopistas; etc. Esto es simplemente una pincelada de lo que cada venezolano tiene que contar. Porque detrás de cada asesinato por parte del hampa que es quien verdaderamente manda en el país, hay hijos, nietos, padres, hermanos, maridos, mujeres, tíos, sobrinos, primos y amigos…  Las balas no preguntan dónde vives ni por quién votas y son muy pocos los venezolanos que pueden decir que no han sido tocados por la sombra de la muerte o el olor a pólvora que dejan. En Venezuela hay para todos…

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