Antes de volar…

Hay gente que  cuando  está en un lugar donde sabe que habrá personal a su servicio se confunde y cree que tendrá sirvientes. Pasa en los restaurantes, tiendas, cines, y por supuesto en los aviones.

Esos maleducados que suben a bordo sin responder los “buenos días”,  sin mirar a los ojos,  parece que se ponen de acuerdo para viajar en verano y los puentes, incluso parece que deciden juntos el destino donde pasarán sus vacaciones haciendo gala de su prepotencia y descortesía desmedida. Esos que creen que tienen mayordomo con frac y todo son la muestra más evidente no sólo de que nunca han tenido uno, sino de que nunca lo tendrán. Tocan el timbre y al atenderlos no saben qué pedir, dan órdenes, gritan, te agarran por detrás, te tiran de la falda, interrumpen mientras estás atendiendo a otro, silban para llamar la atención, chasquean los dedos, en fin… Todo menos decir “señorita”, “joven”, “disculpe”.  Sueltan la maleta en el suelo porque no pueden con ella, se sientan y pretenden que se las subas tú… Cambian los pañales de los bebés en los asientos y te llaman para que vayas a recogerlos, sueltan el producto de sus mareos y quieren entregarte la bolsita… Insultan cuando se les llama la atención y pretenden quitarte autoridad con la excusa de que estás allí para aguantarlos y ponerles la Coca Cola.

Señor pasajero maleducado, no se equivoque, nosotras no somos muñequitas a las que se les puede meter mano, tampoco somos niñeras, limpiadoras ni portaequipajes. Estamos en el avión que lo transporta a sus merecidas vacaciones especialmente para salvar su vida y la del resto de los pasajeros en caso de una emergencia que esperamos nunca ocurra; lo de los refrescos es parte de nuestro trabajo, pero es secundario. Si le decimos que no suba los pies a determinados lugares, es porque no son escabeles sino elementos muy delicados que nos serán útiles para salir en tiempo récord si fuera necesario, y sería lamentable que su vida, la nuestra y la del resto de los pasajeros se viera afectada porque usted y muchos inconscientes hicieron caso omiso a nuestras explicaciones.

Si le decimos que apague el móvil, el ordenador y cuanto aparatito electrónico lo entretenga, no es porque nos divierta ver cómo lo apaga, sino porque es NECESARIO, y por apagado se entiende TOTALMENTE APAGADO, ¿no me entendió? Repito: TOTALMENTE APAGADO, no en “modo avión”, ni en “le saco la tarjeta”, ni me hago el sueco y pongo el protector de pantalla, ni me lo guardo en el bolsillo, ni la azafata es tonta y apenas se vaya lo vuelvo a encender… Si le decimos que mantenga el cinturón abrochado mientras la señal esté encendida, es por su bien y porque sabemos cómo se pulverizan los huesos ante un trancazo durante una turbulencia o un frenado repentino, pero si usted insiste en sentirse como “Harry el sucio”, suéltelo, pasee y viva la emocionante sensación de estar “al margen de la ley”, supongo que eso le disparará las endorfinas si tiene la suerte de no llevarse un golpe.  Si le decimos que no fume, no es porque nos preocupen sus pulmones (ya bastante tenemos con los propios) se lo decimos porque volamos sobre toneladas de combustible y ese cigarrillo que a usted no le importa encender en el baño puede ser la mecha que active esa bomba. ¿De verdad quiere que todos empezando por usted terminemos así? ¿De verdad tiene ganas de pasarse los próximos años trabajando para pagar una multa que ronda los cuarenta y cinco mil euros?

Si cree que tratando como esclavos a las personas (que le repito, están a su servicio pero no son sus sirvientes) hace algo divertido, créame, no es así. Piense un poquito antes de decir cualquier barbaridad. Las personas que sirven refrescos en un bar o en un avión no son precisamente ignorantes. En el caso que nos ocupa, usted está hablando con abogados, periodistas, fotógrafos, internacionalistas, politólogos, maestros, fisioterapeutas, historiadores, empresarios, artistas plásticos, artesanos, enólogos, economistas… Los que hablan menos manejan dos idiomas, otros son políglotas, y a diferencia de todos esos trabajos que se hacen por necesidad cuando uno no practica lo que estudió, éste es uno de los que se hace por vocación, porque nos gusta conocer gente, nos gusta tratarles bien, porque tenemos un hígado que genera paciencia, y cuando parece que ya no tenemos más, resulta que siempre encontramos una reserva. En resumen, no intente humillarnos porque le servimos, pues no es motivo de vergüenza, no nos trate como ignorantes,  piense que muchos hemos estudiado incluso más que usted; y aunque no lo hubiéramos hecho, eso no nos quita el derecho a ser respetados.

Nos gusta ser parte de un bonito recuerdo, ser una de esas experiencias que pueda contar cuando regrese. Hacemos lo que está en nuestras manos para que usted se sienta bien, le dejamos nuestra ensalada si usted es vegetariano y olvidó notificarlo a la compañía, le prestamos para  llenar las planillas de inmigración el único bolígrafo que tenemos aunque estemos casi seguros de que sólo una de cada veinte veces regresará a nuestras manos, le cambiamos de sitio si no le gusta el que le tocó, le escuchamos su vida y milagros si vemos que se siente solo y tiene ganas de hablar, le recomendamos el mejor regalo que puede hacer en lugar de dejarlo comprar a ciegas. Le ponemos la manta si se quedó dormido sin ella,  encendemos la lucecita para que pueda leer mejor, le ayudamos en lo que podemos, pero no abuse.  Es nuestro trabajo, es verdad, pero esas atenciones “extras” seguro marcan la diferencia entre una compañía aérea y otra… Porque no todo es dinero y eso lo sabemos todos.

Entendemos que para usted un avión sea un territorio desconocido y eso lo ponga a la defensiva, entendemos que los aeropuertos lo agobien, los despegues lo pongan nervioso, los espacios pequeños lo vuelvan agresivo. Pero eso no le da derecho a gritar, ofender, agredir, y hasta montar pataletas propias de niños malcriados. Durante las próximas horas, todos tendremos que convivir en un espacio pequeñito del que afortunada o desafortunadamente no podemos irnos cuando nos apetezca. Así que relájese y asuma las limitaciones de tiempo y espacio que tenemos.

Fíjese bien en  cómo  deja el baño cada vez que lo usa, y eso seguramente le responda porqué lo encuentra como lo encuentra. No cuestione las instrucciones  que se le dan, si tiene dudas pregunte, siempre será por su propia seguridad. Piense por un minuto que esa muchacha que está en el pasillo caminando de un lado para otro podría ser usted, su madre, su hermana, su hija… ¿De verdad las trataría así? ¿Le gustaría que alguien le hiciera fotos sin su permiso? Entienda que en los aviones, como en los supermercados, zapaterías, bibliotecas, bares y demás, trabajan seres humanos, no máquinas.  Y si es usted el educado que se encuentra con algún auxiliar de vuelo tosco o grosero (que los hay, por desgracia) quéjese, notifíquelo a otro compañero, hable con el  jefe de cabina y si es preciso, con el comandante, pero no baje de nivel, el resto de nosotros se lo agradecerá.

Una última cosa, a pesar de que a bordo se cobran muchas cosas afortunadamente las sonrisas, los “buenos días”, “por favor” y “gracias” siguen siendo gratuitos; por eso los damos y recibimos con mucho gusto.

Bienvenido a bordo y feliz vuelo.

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Crisis

Cuando comencé a escribir este blog lo hice pensando en mi propia versión de un matrimonio y como todos los matrimonios pasan por crisis, éste no podía ser menos. Dirán que demasiado pronto, y tienen razón. ¿Pero acaso hay un período mínimo a cumplir antes de declararse en crisis? No lo creo. De pronto es que algunos no estamos hechos para cierto tipo de compromisos o simplemente saber que lo tenemos hace visible un lazo que antes era transparente. Independientemente del motivo, el resultado es el mismo… Crisis, la palabra, la situación  más repetida en los últimos dos años en diferentes puntos del globo. Crisis financiera, política, democrática, educativa, laboral, crisis de valores, crisis personal… Crisis, crisis, crisis!!!!

A veces lo que ocurre no es tan grave, es manejable y obviamente solucionable. Sin embargo, hay que priorizar entre lo urgente y lo importante. Escribir era importante, lo es y lo será, incluso es la mejor forma de salir de cualquier hueco por más profundo que sea, pero lo urgente me alejaba del teclado.

Quiero pedirles perdón por esta pausa mucho más larga de lo que habría querido. Les prometo que haré lo posible por llevar esta unión en paz. Eso sí, a partir de ahora dejaré que el lazo vuelva a ser invisible para que siga estando allí pero sin hacerme mirarlo a cada rato.

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Viajar al futuro

A pesar de la gente buena que allí vive, evito ir a Cuba a toda costa, y en los últimos años la cosa me había funcionado.  No tengo nada en contra de ese país caribeño, pero tampoco puedo esconder que su dictadura me parece vomitiva. Sin embargo, esta vez no tuve opción y volví.

La primera vez que estuve en La Habana tuve la misma sensación que la mayoría de sus visitantes… Viajar al pasado. Carros grandotes de los años cincuenta, electrodomésticos de 1900blanco y negro, casas coloniales con fachadas que se caen, silencio y miradas furtivas, desconfianza, internet intermitente y desesperadamente lento. En fin, todo eso que los curiosos admiran precisamente porque tienen la seguridad de un billete de regreso a la libertad y la fortuna de no dejar allí nada más que lo gastado bebiendo ron y comprando puros.

Porque la verdadera Cuba no es esa de las postales Varadero, tampoco la de las piscinas de los hoteles de lujo, ni ese país donde todo el mundo es feliz con una revolución absurda que los reprime, controla, encarcela, amenaza o los mata. La verdadera Cuba es la que persigue a Yoani Sánchez quien como puede describe la realidad de una forma admirable y obviamente mucho mejor que yo en estas líneas. La verdadera Cuba es esa de la que muchos huyen prefiriendo ser alimento de tiburones que permanecer en ella, la que te recibe en un aeropuerto que parece la entrada a una cárcel, con malas caras vestidas de verde que te miran dejándote claro que “calladito estás más guapo”. Esa en cuyas calles los más jóvenes se ven sometidos a vender su cuerpo al mejor postor que suele ser un viejo decrépito con suficientes fondos para darse un “homenaje” durante unos días a cambio de una lavadora o unos kilos de leche. Cuba es esa de los mercados cayéndose con la carne entera rodeada de moscas porque la gente no tiene dinero suficiente para comprarla.

Sin embargo, esta vez no sentí que viajaba al pasado, esta vez estaba viajando al futuro y eso me daba escalofrío. La Habana que vi la semana pasada es una ciudad mucho más moderna y limpia que antes. Claro, se nota la diferencia de los bolívares que han abandonado nuestros hospitales y universidades para mudarse a la cuna del “Coma-andante”, y no hablo del supremo intergaláctico, sino del de siempre.

Viajé al futuro caminando por las calles de La Habana como si se tratara de un calvario, viendo con tristeza e impotencia a las muchachitas de atractiva piel canela que terminarán siendo presa de viejos verdes con pasaporte extranjero. Sentí lástima por los seis aguacates que estaban a la venta en un tarantín del mercado y por las mujeres que deseaban que los comprara todos para venderme una bolsa por un peso.  Me acordé de Venezuela y vi a mi país en ese espejo.

Sentí rabia al recordar las carreras para comprar harina, la escasez de papel sanitario, las madres de muchos de nosotros marcadas como prisioneras de Auschwitz para comprar una bandeja de pollo o un litro de aceite. Pensé en que a mi rico, inmenso, desgraciado y despiadadamente saqueado país le espera la miseria, el racionamiento, la represión, el atraso, y la ridícula admiración de europeos resentidos a los que “la revolución” les parece el camino y una maravillosa forma de vida, pues todo lo viven desde sus casas donde beben frente a la chimenea ediciones especiales de ron, o peor aún, admiran la miseria ajena haciendo uso de una imaginación muy selectiva desde la espectacular habitación de un hotel de lujo con playa privada a lo largo de la isla.

Viajé al futuro y sentí terror de que nuestras niñas se conviertan en las nuevas jineteras del mundo, terror de tener que pagarle a un aprovechado para que le haga llegar comida, ropa o medicamentos a mi familia, terror de que estos saqueadores terminen de alcanzar su objetivo de convertir a Venezuela en una versión de Cuba, y no precisamente para acumular medallas olímpicas.

Terminé mi viaje abordando mi avión, deseando que la democracia o la muerte  (honestamente ya me da igual) terminen con el yugo que azota a los cubanos y también saquen de una vez a los que desde hace catorce años están aferrados al poder venezolano.

Mi avión despegó con mucha esperanza y poca paciencia… Destino: un  futuro diferente… La libertad.

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Mea culpa

Cuánto me gustaría escuchar de la boca de un ministro, un diputado, y por supuesto, del presidente “la culpa ha sido mía”.

Si se va la luz, la culpa es de una iguana, no de la falta de mantenimiento. Cuando la morgue se llena de víctimas del hampa, la culpa  es de nosotros que somos paranoicos y tenemos una sensación de inseguridad, no de las condiciones en las que trabaja una policía con sueldos miserables. Si el pueblo sale a la calle a exigir sus derechos, la culpa es de medios de comunicación terroristas que los impulsan a protestar, no del hambre que pasan a diario.

Si en las universidades hay disturbios, la culpa es de los profesores que son imperialistas, no de la falta de recursos ni mucho menos de los pistoleros infiltrados del partido  de gobierno. Si en las cárceles hay fiestas y mafias dignas de una película, la culpa es… De nadie, eso no pasa en las cárceles, eso es puro chisme, las cárceles son paraísos, por eso los reos se amotinan y mueren calcinados sin que nadie haga nada.

Si a un inocente lo encarcelan, la culpa es suya por haber expresado su opinión y no coincidir con la que al gobierno le conviene, la culpa no es de instituciones que no conocen el significado de la palabra independencia y creen que la Constitución es un librito pequeño para llevar en el bolsillo. Si los presos políticos ven evaporarse su vida tras las rejas sin que se tomen en cuenta las mínimas medidas humanitarias en caso de enfermedad, la culpa es de ellos por faltar al gobierno, la culpa no es de los jueces que con patrañas hicieron lo que les mandaron desde arriba.

Si ocurre una desgracia, la culpa es de un rayo, un palo de agua, un saboteador, pero nunca del que tiene la responsabilidad de evitarla, lo importante es que el show continúe.  Si una madre de familia y una niña mueren acribilladas por la Guardia Nacional, la culpa es de un “error” de decenas de balas, la culpa es de la señora por haber salido a la calle y de la niña por haber nacido, pero no del asesino que les disparó, ni del cómplice que lo puso en la calle a cuidar nada.

Si no hay harina de maíz la culpa es de nosotros que comemos mucho, si falta el papel sanitario, también es nuestra porque deberíamos limpiarnos con poco, la culpa es nuestra porque nos gusta hacer quedar mal al gobierno, la culpa no es del absurdo control de cambio que arruina a la empresa privada, ni de la falta de producción de las que una vez nacionalizadas han tenido que  cerrar.

Si alguien sufre un mal incurable, la culpa es de la CIA que le inoculó la enfermedad,  no de su estilo de vida, ni de la mala suerte. Si alguien lucha por su vida y  muere en un hospital que se está cayendo, la culpa es de los presidentes de 1958 a 1998,  no del gobierno que ha vendido el barril de petróleo al precio más caro de la historia y desapareció los reales. La culpa es del paciente por estar en la Lista Tascón en lugar de ser “revolucionario” para darse el lujo de tener un cheque en blanco y pagar a los mejores médicos del mundo en La Habana.

Si millones de personas protestan por un fraude electoral, la culpa es nuestra porque no sabemos perder, no de una institución con el 4F amarrado en el brazo, ni tampoco de un sistema de verificación a medida. Si se descubren hechos de corrupción, la culpa es el MOSSAD que se ha pasado años preparando un montaje, la culpa no es de los implicados que ni siquiera se investigan.

Si un hombre armado de valentía se enfrenta al aparato del Estado compuesto de tanto descaro como de petrodólares, y deja al descubierto toda la ineficiencia, la hipocresía, la demagogia y la corrupción,  la culpa es de los judíos, los extranjeros, los homosexuales, la clase media,  del imperio, de Los Simpson… En fin,  de otros.

Si un ignorante llega al poder a punta de dedo en lugar constitucionalmente,  la culpa es nuestra porque no respetamos la última voluntad de “el supremo intergaláctico eterno”, la culpa no es de los alcahuetes de turno. Si un país deja de ser democrático para convertirse en un parapeto, la culpa es de quien denuncia, no de quienes vienen de todas partes a celebrar y a llevarse su parte. Si un periodista es amenazado, despedido, sancionado con el cierre de su medio o incluso encarcelado, la culpa es suya por no repetir lo que dice el burro, el cerdo o el pájaro, la culpa no es de la guerra sin cuartel contra la libertad de expresión.

En definitiva cuando un país navega entre heces,  la culpa es nuestra porque no terminamos de indignarnos y no nos entregamos a luchar contra esta cuerda de enchufados miserables que siguen chupándonos la sangre y el petróleo. La culpa es nuestra por todas aquellas veces que salimos a una marcha bailando como si se tratara de una comparsa, por todas aquellas veces que fuimos a la playa y no a votar, por todas aquellas veces que dejamos que un uniforme analfabeta nos quitara la quincena, por todas aquellas veces que decidimos pagar para no hacer la cola, pagar para que nos sacaran rápido el pasaporte, la licencia, el RIF, el papel del registro, de la alcaldía, pagar para que nos pegaran el cable de la luz al poste, el de la televisión,  pagarle al contador para que declarara menos. La culpa es nuestra por todas aquellas veces que nos quitaron derechos y nos acostumbramos, por todas aquéllas veces  que nos comimos una luz, adelantamos por la derecha,  ignoramos el paso de peatones, estacionamos donde nos dio la gana, tiramos la basura por la ventana, nos hicimos los locos frente a un abuso y no defendimos a nuestro vecino.

Estoy hablando en plural porque de una u otra manera todos estamos en el mismo paquete, y por desgracia el paquete incluye a los honestos y a los que no lo son, a los vivos criollos y a los pendejos,  a los flojos y a los trabajadores. A los que pagamos y a los que nunca lo hicimos. Todos estamos en el mismo barco, VENEZUELA, y con esto  quiero animar a todos a que asumamos nuestras responsabilidades, nuestras culpas, espabilemos y acabemos ya con este circo de mala muerte que tenemos por gobierno, hagamos lo que sea necesario y no nos calemos más aplaudir ni al show ni a sus payasos. Que no esperemos más que asuman ningún tipo de responsabilidad porque lo único que están dispuestos a defender (así sea a punta de fusiles) son los miles de millones que nos han saqueado. No esperemos un “mea culpa” de su parte, y sigamos sin detenernos hasta que un tribunal internacional cumpla con su deber y por fin los declare CULPABLES.

Hagámoslo ya antes de que tengamos que decirle a nuestros hijos un día que existió un gran país llamado Venezuela, pero que ya no existe por nuestra culpa.

 

 

 

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Borrón y cuenta nueva

 

Hemos perdido la cuenta de los lunes que hemos comenzado una dieta, de los gimnasios a los que hemos ido tres veces a pesar de haber pagado todo el año. Hemos cambiado casa, trabajo, restaurante favorito, look, compañía telefónica… Hemos roto relaciones y promesas de año nuevo una y otra vez.  Hemos comenzado desde cero mil veces, pero la más difícil  es esa de comenzar desde cero por dentro…

Una mudanza es un gran ejemplo; todo comienza con asumir que ya no puedes, debes o quieres seguir donde estás, buscas el lugar apropiado y te estrellas repetidamente cuando la realidad te demuestra que nada es como en la foto. Así que eso que iniciaste con la ilusión de una nueva vida en tu vida puede convertirse en un infierno que te obliga a preguntarte por qué someterte a esta tortura de andar besando sapos si ya tienes tu pequeño palacio; y es allí cuando el fantasma de la costumbre comienza a sonreírte para que vuelvas a tu zona de confort y te dejes de tonterías. Pero la fortaleza y la decisión no te abandonan y te hacen repetir el  “pa’lante es pa’allá” como un mantra. De modo que dedicas horas a leer anuncios, inspeccionar fotos, concertar citas, subir y bajar escaleras, desfilar por verdaderas mazmorras en las que no vivirías aunque te pagaran por hacerlo, o  por palacios que no puedes permitirte.

La búsqueda se convierte en una tarea pesada y monopoliza las conversaciones  con tus amigos, pues cada uno tiene su propia y espeluznante experiencia. Un día el destino te pone frente al anuncio justo, el cansancio te había hecho dejar de buscar y tomártelo con calma, dar paso a las vacaciones, la vida social y todas esas cosas que habías abandonado por ese proyecto de vida nueva que tenías en la cabeza… El destino, quién sino!

Antes de la búsqueda ya habías comenzado a prepararte para que al momento de encontrar tu nuevo refugio la cosa no te pillara desprevenida, cajas, cajitas y cajotas (no menos de cincuenta porque los zapatos y los libros ocupan mucho espacio).  Maletas van y vienen, rollos de plástico de bolitas que ya no recuerdas si debes poner hacia adentro o hacia afuera, camisetas que ya ni recordabas que tenías, y tonterías que no sabes por qué siguen pululando por allí… ¿Pero de dónde salen tantas cosas? ¿No se supone que tenía esto adelantado? Eso te pasa por creer que nunca se tienen suficientes libros y zapatos. Tus cajas son un purgatorio.

Las vidas nuevas son una versión de la Divina Comedia, y el purgatorio es eso que ni es chicha ni es limonada, son esas cosas que van al juicio final donde tú juegas a ser Dios y decides lo que se que se salva y lo que no… ¡Qué difícil! ¿Cómo no sentir piedad? Es mejor no pensarlo mucho…

Sellas  a los salvados con cinta de embalar, y  a los que siguen esperando, también (porque en esto del juicio final no eres del todo eficiente). Miras a tu alrededor… ¡Qué grande es esta casa! ¡Y qué bonita! ¡Cuántas veces vi amanecer, llover y nevar por esa ventana! ¡Cuántas visitas durmieron en esta cama!  ¡Cuántas risas y cuánto llanto han escuchado estas paredes!  ¡Cuánta desnudez se asomó por ese espejo! Das el paso, caminas con tus recuerdos, libros, discos, zapatos y vinos a cuestas (bien embalados a prueba de golpes) la ilusión se apodera de ti no sin antes concederle a la nostalgia un último arrebato… Cierras la puerta y te vas sin mirar atrás…

Sonríes, una nueva vida comienza… ¡El paraíso! Puedes hacer lo que quieras, eres libre, libre para todo, incluso para equivocarte una vez más si se te antoja… Sonríes, tu vida tiene una nueva vida… Otra vez, borrón y cuenta nueva… Pa’lante es pa’ allá!!!

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Hoy es tu cumpleaños…

Y seguro lo estás festejando en ese lugar que escogiste para vivir tu sueño stereo…

Hoy cumples años y mientras todo el mundo recuerda lo importante que has sido para nosotros, lo que nos enseñaste sin darte cuenta, tú sigues en ese lugar especial al que nunca podremos entrar.

Hoy Buenos Aires se ve tan susceptible como la veías hace tantos años cuando comenzaba a cambiar poco a poco, y por desgracia para peor. Hoy Buenos Aires no es la misma porque tú no sales a recorrerla.

Hoy quiero decirte que te extraño, extraño tu mirada seductora, tu sonrisa sarcástica, tu poesía, tu voz, tus rizos, tu palidez… Extraño tus ganas de vivir, de volar, de permanecer.

Este 11 de agosto quisiera que mi voz llegara hasta allí donde estás, pero que no me ignoraras. Hoy quisiera que me hicieras caso, dejaras de jugar y regresaras. Hoy quisiera ver tus ojos abiertos y llenos de esperanza como los de tu madre, hoy quisiera que volvieras y te quedaras aquí.

Yo no tengo talento para escribir cosas profundas y hermosas como lo haces tú, tampoco quiero aprovecharme más de tus palabras para componer unas nuevas porque por más que las sienta mías, no lo son.

Hoy, Gustavo Adrián Cerati Clark,  quiero desearte feliz cumpleaños y que sea el último que pases escuchándonos en silencio, sonriendo de forma traviesa para ti solo y jugando al escondite…

Hoy como todos los días quiero que vuelvas, y hasta que esto ocurra seguiré esperándote, como muchos, como todos.

Porque sé que un día volverás. Y aunque algunos piensen que será para darnos las gracias y decirnos adiós, yo prefiero que sea para contarnos qué soñaste y cómo te fue por allá…

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Venezuela no es racista

 

Yo nací en un país multicolor… Y no, no escribe ningún personaje animado, escribe una venezolana. Nací en una Venezuela con una impresionante mezcla de razas, con una incalculable cantidad de tonos de piel. Con abuelos, bisabuelos y/o padres europeos que un día se cruzaron en el camino de alguna criolla de buen corazón y ojos aguarapaos, mujeres con ritmo en las caderas, pecho discreto, pelo negro como el petróleo y labios con sabor a ese dulcito en el que se convierte nuestro cacao. Somos hijos de pieles doradas por el sol o los fogones, tenemos sangre esclava, y también de caciques de los de verdad que ya estaban aquí cuando todavía muchos pensaban que la tierra era plana. ¿Somos una raza? ¡Boh! Yo lo único que sé es que somos venezolanos.

Los venezolanos somos sobre todo gente con alegría de vivir, gente que con cualquier excusa se reúne con los amigos para compartir cuatro palos y “lo que haya” hervido en una olla con cilantro, gente capaz de sacarle el chiste hasta a las situaciones más difíciles; gente sin complejos… No sé si crueles a la hora de poner un apodo, eso es mejor preguntárselo a algún “chichón de piso” pero sí muy honestos.  Digo todo esto porque me resulta ajeno, absurdo y ridículo encontrar en algunos lugares públicos el siguiente escrito: “Toda persona tiene derecho a la protección y el respeto de su honor, dignidad, moral y reputación, sin discriminación de su origen étnico, origen nacional o rasgos del fenotipo.  Se prohíbe todo acto de discriminación racial, fascismo, endorracismo y de xenofobia, que tenga por objeto limitar o menoscabar el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos humanos y libertades de la persona o grupo de personas”.  ¿Por qué me resulta raro, absurdo y ridículo? Porque estamos hablando de una ley creada por un “Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial” en un país donde hasta que comenzó a sembrarse odio y confrontación en los discursos del gobierno, nadie pensaba en fascismo, por ejemplo… Endorracismo,  y eso con qué se come?

¿De verdad necesitamos en Venezuela una ley que contemple cosas que están ya en  nuestra recontraviolada Constitución? ¿Tenemos un problema de racismo en Venezuela? ¿Este problema es tan grave que ha sido necesario crear un instituto para solucionarlo y una ley para regularlo? ¡No!

En la Venezuela en la que nací y crecí, no vivían “afrodescencientes” “majunches” pitiyankies”  “fascistas” “imperialistas” “escuálidos” “drogadictos” “sifrinitos” “maricones” “patas en el suelo” “oligarcas” “criminales” “imbéciles” “desgraciados” “enfermos”, en fin,  vocabulario común del chavismo para referirse a los que no son de su agrado o creerse políticamente correctos, sí, ellos políticamente correctos (no se rían).  La Venezuela en la que nací y crecí  estaba llena de negros, catiras, gallegos, portus, musiús, chinos, chamos, panas, gringos, goajiros, llaneros, orientales, maracuchos, gochos,  corianos con “i” porque son de Coro, no de Corea, etc. No recuerdo nunca que alguien haya usado ninguno de estos términos para discriminar a nadie, pero sí para identificarlos; y recuerdo al musiú (que podía ser de cualquier parte del mundo) orgulloso de que le llamaran así, sigo llamando “chaval” al único amigo que seguía teniendo acento gallego aunque llevara toda su vida en Valencia,  sigo llamando “negra” a no sé cuántas amigas que tienen la piel de ébano o canela, y ninguna se ha sentido ofendida nunca, obviamente porque nunca he querido hacerlo. No recuerdo a ningún goajiro ofendido porque el mercado donde vendían se llamara “mercado de los goajiros”, nunca escuché ante un “hola chino” que el chino dijera que no le gustaba que lo llamaran así. No recuerdo al portu de la panadería hacerse el loco ante un “epa portu,  un conleche, por favor”. El gocho que vendía helados estaba atento al grito de “gochoooooo” porque sabía que eso significaba un montón de chamitos locos por comprar.  El árabe daba igual si era sirio o libanés, sabías de sobra que era ese chamo bello de pestañas largas y sonrisa cautivadora que vendía cosas en el centro, y entre todos los árabes y todos los negocios, siempre se sabía a cual te estabas refiriendo… El señor del abasto cuando ibas a comprar algo y eran casi las 6pm, te pedía que le dijeras a su hijo que estaba jugando  en la cancha que regresara a casa.  “Dile al peruano que se venga”…

Cuando llegaban las cortas tardes navideñas decías en tu casa que ibas a estar con el chino, el negro, la catira, el chileno y el gocho en la casa del portu, en la del maracucho que hizo sancocho,  en la del nonno de Leonardo que había hecho una spaghettata, o donde el gallego porque su mamá nos había invitado a comer paella.

Nadie era insultado por el origen, el acento, el color de piel, tampoco por el partido en el que militaba, el equipo de béisbol que seguía, el color de la franela que usaba, ni la religión que profesaba. Nunca necesitamos una ley especial que nos protegiera de la discriminación en ningún sentido ni en ninguna parte, porque hasta los porteros de discoteca dejaban de serlo cuando se ponían necios y la gente dejaba de ir en lugar de “jalar mecate” para entrar.  Estúpidos e ignorantes que se creyeran más que los demás siempre hubo, hay y por desgracia siempre habrán en cualquier parte del mundo; pero en esa Venezuela donde yo nací nadie se atrevía a insultar a otro con argumentos racistas o xenófobos, ni siquiera homófobos porque él único que quedaba mal es el que insultaba. Es cierto que sigue siendo un país donde no todo el mundo ha aprendido que cada uno es libre de meterse en la cama con quien quiera sin importar si el sexo es opuesto o no, es cierto que como en muchas otras partes del mundo, muchas personas extraordinariamente inteligentes y talentosas siguen viviendo encerrados en armarios por temor a la persecución, y aunque el problema no es como para crear un instituto, sí que es cierto que en esta ley se intenta proteger contra discriminaciones que no existían y no contra las reales.

Para mí todo esto se resume a que desde 1999 Venezuela ha sido dinamitada con un discurso violento, de odio y confrontación que ha sido tierra fértil para que surgiera la terrible semilla del racismo, la xenofobia, la homofobia; la persecución absurda y despiadada contra el “diferente”, contra todo aquél que el gobierno ha señalado como apátrida, en fin, contra cualquier disidente.

Yo la única discriminación que desgraciadamente tengo que ver ahora en mi país, es la facilidad con la que los hijos del difunto de Sabaneta se mueven por el mundo con dinero que ha salido de nuestras riquezas y por supuesto, abanicos de dólares sin preparar ni una carpetica de CADIVI. Veo cómo  cuando llega al país un venezolano conocido por su oposición al gobierno, es maltratado y humillado incluso en el mismo aeropuerto; veo cómo todo el mundo hace su cola, pero ésta no vale nada si llega el enchufado de turno con su camiseta roja, su gorra del 4F y pasa de largo porque a él no le toca hacerla.  Veo discriminación cuando en un proceso electoral se echan de los centros de votación  a punta de fusil a los testigos de otros partidos políticos. Veo discriminación cuando se me cierra el canal de televisión que veo porque al gobierno no le gusta. También veo discriminación cuando el único argumento para conseguir votos es que el candidato opositor es judío, burgués y homosexual.  Veo discriminación contra todo el que aparece en la Lista Tascón, cuando a un funcionario se le amenaza con despedirlo o directamente se le despide por haber votado por una opción política diferente a la que ahora fraudulentamente preside Venezuela. Veo discriminación cuando los médicos venezolanos son ninguneados ante profesionales con menos preparación,  importados sin necesidad y ganando sueldos más altos.

Hay discriminación en Venezuela cuando al pueblo se le dice que no importa si no tiene comida porque tiene patria, mientras los ministros revolucionarios se encierran en los restaurantes más caros del país y del extranjero para ponerse morados a punta de whisky y caviar… Discriminación hay cuando un enfermo de cáncer se permite los mejores médicos del mundo pagados por nosotros para intentar salvar su vida, mientras sus presos políticos mueren poco a poco encerrados, padeciendo un acoso a veces hasta más despiadado que la misma enfermedad.

Discriminación es que los profesores universitarios reciban un sueldo miserable mientras hay tarifados por el mundo dando clases con argumentos como “hasta que llegó Chávez a la presidencia, en la Universidad Central de Venezuela no estudiaba gente de color” (no se lleven las manos a la cabeza, eso dicen algunos). Discriminación es que se paralicen las calles de Caracas porque hay que encunetarse si es necesario para que pase un carro oficial con sus respectivos enchufados. Discriminación es que no existan voces opositoras en los medios de comunicación del Estado.

Yo no quiero decirle a mis amigos “epa afrodescendiente, cuándo vienes pa´que nos comamos unas cachapas?”. Yo quiero seguir diciéndoles, negros, catires,  panas; y que nadie pretenda hacerme pagar una multa porque considere que estoy insultando a un tercero que ni conoce.

Señores, estamos hablando de Venezuela, la tierra de la gente amable y hospitalaria que siempre ofrece lo mejor de lo poco que tiene. No estamos hablando de esa parte de España que hasta que conoció la crisis maltrataba  a los “sudacas” recriminándoles que no se quedaran en sus países. Nosotros no somos nazis, no tenemos que perseguir judíos; no somos del Ku Klux Klan para andar maltratando a nuestros hermanos, no somos nadie para maltratar a los demás; y tampoco podemos seguir permitiendo que nos maltraten a nosotros o nos laven el cerebro con argumentos que nos son ajenos y lejanos para seguir dividiéndonos como nunca lo estuvimos.

Estoy convencida de que el Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial  y la Ley Orgánica de la que he hablado son una fuente más para que enchufados inútiles sigan chupando dinero e inventando excusas para justificar el sueldo. Y si no es así, quiero ver cuántas multas se han impuesto a Chávez, Maduro, Cabello, Varela, Silva y demás personajes de este macabro gobierno que desde que llegó al poder no ha parado de insultar, ofender, perseguir, sembrar odio y discriminar a todo el mundo.

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Si Simón volviera a nacer…

Si Simón volviera a nacer como hace 230 años sería igual un “oligarca” de familia rica, sangre extranjera, piel blanca y profesor particular. Tendría el mismo sentido de la justicia que aprendió leyendo a Voltaire y a Rousseau, pero  igual habría una señora trabajando en su casa, limpiando y haciendo la comida para cuando volviera de cada batalla. Seguiría pensando que tenemos la obligación de ser libres e iguales, sin llegar al ridículo de llamar “afrodescendiente” al Negro Primero. Hablaría varios idiomas, y bien, no machucaos ni para mofarse, sino como parte de su riqueza intelectual. Seguiría luchando por convertir América en la Gran Colombia, no sin antes haber sacado del poder a cuanto traidor, corrupto, ladrón, maleducado, desagradecido e ignorante estuviera señalando, persiguiendo y matando de hambre a los ciudadanos que no estuvieran de acuerdo con ellos.

Simón sería (según el vocabulario chavista) un “pitiyankie” pues, un “majunche”, un “escuálido”… Simón sería objeto de persecución, crítica, difamación y trampas del gobierno actual. Simón sería interrumpido con cadenas nacionales, pero se las arreglaría para hacernos llegar sus mensajes a través de internet. Simón habría sido encarcelado con cualquier excusa; se le criticaría por tener familia en el extranjero o por viajar, aunque el dinero de esos viajes saliera de su bolsillo y no de las arcas del Estado.  Simón sería amenazado constantemente y se le haría el favor de arreglarle una celdita en cualquier cárcel del país a ver si con eso se calla la boca.  Como Simón no creía en ningún Dios, excepto el de sus padres, ninguna religión sería perseguida ni juzgada.

O a lo mejor no, a lo mejor Simón no sería tan pacífico y se rebelaría dando planazos a cuanto indecente osó profanar su tumba con la excusa de descubrir cualquier pendejada para seguir cambiando los libros de historia. A lo mejor desenvainaría su sable para poner en su sitio a cuanto ladrón vivo o muerto haya usado su nombre para hacer lo que nunca un bravo pueblo debió permitir. A lo mejor agarraría su caballo y lo pondría a mirar a donde le diera la gana después de haber pateado bastante cada Hummer en la que pasean los ministros del “poder popular”. Simón agarraría por los testículos a cada militar venezolano que todavía los tenga para recordarles cual es su patria y a cual se deben, y sacaría a punta de machete a todos los intrusos que se mueven en las entrañas de nuestras instituciones.  Simón tendría al día su cédula de identidad y una partida de nacimiento bien grande que dijera que nació en Caracas.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad no se rodearía de malandros, ni les tendería la mano, los encerraría a toditos en cárceles donde se jugaría fútbol con balones y no con cabezas de reclusos. Simón acabaría con ese rancherío que rodea Caracas, pero no a cambio de que le firmen la asistencia en una marcha ni que sean militantes de su partido. Simón se vestiría de todos los colores, no andaría ataviado de lujosas marcas mientras le dice al pueblo que el imperio o ser rico es malo. Simón sería lo suficientemente digno para aceptar una derrota sin trampear maquinitas ni esconder cuadernitos. Simón no permitiría que el Campo de Carabobo se convirtiera en un circo de mala muerte con prostitutas y todo…  Simón nos pondría a todos en los palitos, a los de dentro y a los de fuera.  Simón se comunicaría con su pueblo aunque fuera por cartas y de herencia nos dejaría sus enseñanzas, no su odio, su resentimiento, ni sus complejos, porque no los habría tenido; tampoco habría dejado cuentas millonarias en Suiza para parásitos que anduvieran por el mundo jactándose de ser sus hijos y poco más.

Si este 24 de julio Simón volviera a nacer, se moriría de nuevo, pero de tristeza, de decepción, de rabia al ver qué han hecho con su Caracas, qué han hecho con su Venezuela, qué han hecho con su ya no tan bravo pueblo que haciendo gala de su bondad se acostumbró a que lo sometan, se acostumbró a pensar en el puente, a hacer cola para comprar comida y a recibir limosnas porque le expropiaron su fortuna.  Si Simón volviera a nacer hoy no reconocería a esta Venezuela gobernada ilegítima y fraudulentamente, no reconocería los retazos que quedan de nuestra Constitución, y arrancaría de un tirón la fajita tricolor del brazo de los militares. Si Simón volviera a nacer se moriría de la vergüenza al ver que tanta ruina se ha hecho bajo su santo nombre, y que toda esta miseria y porquería se llama Revolución Bolivariana.

Querido Simón, mejor quédate allí donde estás, mejor sigue revolcándote en tu profanada tumba, mejor no abras los ojos para ver lo que nos están haciendo y nos estamos dejando…

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¿Qué haré?

Mi mamá se fue de viaje a explorar el centro del mundo con mi hermano y mi cuñada…
Como somos una familia estrictamente desorganizada, no tengo los datos del hotel, apenas sé cuándo vuelan y la aerolínea por la que lo hacen.

Nunca he sufrido de “mamitis”, pero está claro que la distancia potencia las necesidades de atención y cariño que todos los hijos tenemos.

Desde esta mañana quiero hablar con mi mamá, tengo algo que contarle y una duda para aclarar, pero no la encuentro, no tiene activado el roaming y no ha conectado su teléfono a internet; no sé en cuál hotel de esa gran ciudad estará descansando o admirando los muebles que le gustaría poner en casa.

No puedo hablar con mi mamá y siento un hueco en el estómago, me siento perdida… Acaba de venirme una fea sensación al cuerpo… ¿Qué haré cuando ya no reciba correos electrónicos sin texto porque todo me lo pone en el “asunto”? ¿Qué haré cuando algo me preocupe y ella no pueda decirme aunque sea por teléfono que todo va a salir bien? ¿Qué haré cuando vaya a Caracas y no la vea? ¿Qué haré cuando salga a la calle y quiera comprar algo pensando en ella? ¿Qué haré cuando ya mi teléfono no suene a las 3AM porque se le olvide la diferencia horaria? ¿Qué haré cuando esté conduciendo y no la vea sujetarse como un gato a todas las asas del carro porque crea que a 80Km/h estoy desafiando a la muerte?
¿Qué haré cuando ya no tenga que disimular el llanto o la gripe para que no sepa lo que me está pasando? ¿Qué haré cuando ya no me cuente la rabia que pasó en el supermercado porque pasó esto o lo otro? ¿Qué haré cuando ya no reciba llamadas sorpresa con la participación de primos o vecinos que no veo desde el año de la pera? ¿Qué haré cuando ante mi “Dios no existe” nadie me indique lo contrario? ¿Qué haré cuando ya no tenga que sentirme miserable por esconderle la caja de bombones para evitar que se coma uno por minuto? Sí, uno por minuto!!!

¿Qué haré cuando ya no tenga quien con una sola frase precedida por mi nombre completo me ponga en mi sitio? ¿Qué haré cuando ya no tenga que poner la calefacción a toda mecha para que su humanidad tropical aguante el invierno europeo? ¿Qué haré cuando ya aunque sea de forma subliminal nadie me diga lo mucho que le gustaría que me casara o jugar con mis hijos? ¿Qué haré cuando ya nadie me cuelgue el teléfono porque se ha enojado conmigo? ¿Qué haré cuando ya nadie me pida que le planche la ropa? ¿Qué haré cuando haya helado de vainilla y no un hueco que separe al de fresa del de chocolate? ¿Qué haré cuando a la hora de un problema burocrático ya no encuentre la solución firmada, sellada, registrada, legalizada y apostillada en la mesa? ¿Qué haré cada cumpleaños cuando ya nadie vuelva a contarme a las 5:30AM cómo vine al mundo y las 12 horas anteriores? ¿Qué haré cuando ya no tenga que explicarle a nadie cómo usar un aparato “moderno”?

¿Qué haré cuando haya llegado el famoso “cuando yo me muera”? ¿Qué voy a hacer cuando no tenga la certeza de su regreso como la tengo hoy? ¿Qué voy a hacer cuando de verdad mi vieja no esté?

¿Cómo se vive cuando te cortan de raíz? ¿Cómo se camina con semejante vacío por dentro? ¿Qué haré, qué haré, qué haré?!!!

A pesar de haber experimentado otras muy dolorosas, creo que nunca estaré preparada para “la pérdida”, da igual cuántos años tenga y las circunstancias en las que se dé; no estaré lista y punto. Sólo sé que ese día seguro me van a pesar aún más todos los cumpleaños por teléfono, los días de las madres, las navidades y años nuevos, todos los domingos, todas las consultas médicas a las que no la acompañé, todas las lágrimas que habrá derramado por tenerme lejos, todas las veces que algún malagradecido se ha aprovechado de su infinita bondad sin que yo pudiera defenderla. Ese día me pesará mucho más haber dejado mi casa, mi país para irme a un lugar tan lejano como la profundidad del hueco que le cavé en el alma. Incluso me pesará aún más no haber tenido más peleas tontas…


Acabo de hablar con mi mamá, no le dije la pesadilla que acabo de escribir y que por más que no quiera me tocará vivir en un futuro muy lejano en el que no quiero volver a pensar, no le hablé de mis temores, ni siquiera le dije que estaba escribiendo. Simplemente hablamos como cualquier otro día y una vez más le di las gracias por ayudarme tanto, por estar allí… Y le dije que la quiero…

¿Regresas en agosto, tanto? ¡Hasta mañana mami!

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Volver a la Ciudad de la Furia

Dicen que el primer amor nunca se olvida, y que el primer novio tampoco (no tiene que coincidir una cosa con la otra, ya lo sabemos). Y si hablo de todo lo conocido después de Valencia, mi primer amor fue Buenos Aires, fue en esa ciudad donde estrené mi flamante pasaporte de aquélla dorada República de Venezuela, el pasaporte que abría todas las puertas y mucho más si quien lo presentaba era una mujer; este es un recuerdo que guardo con la misma nostalgia que siento cuando veo que ese país ya no existe, y que por supuesto, muchas puertas se nos cierran en la cara sin siquiera preguntar.

A Buenos Aires llegué de la mano del amor que me llenó de rosas durante el rojo de un semáforo (sí, vendían impresionantes ramos de rosas en los semáforos), del que me vio bailar tango con un artista callejero en Florida, pasear por la Recoleta,  y que por nada del mundo quiso llevarme a la Bombonera para que regresara enterita a mi casa… ¿Exageraciones? ¡Boh! Ir a Buenos Aires fue unos de mis primeros sueños convertidos en realidad. Una ciudad cosmopolita, enorme, llena de todo lo que podía seducir a una jovencita.

Cuando mis amigos me preguntaron qué pensaba de la ciudad de la furia que Soda Stereo nos había incrustado en el cerebro, yo simplemente dije: “Buenos Aires es una París gigante con italianos divinos que hablan español”…  “Buenos Aires huele a nostalgia y a rock”. Porque eso fue lo que encontré, una ciudad monumental con todo hecho a lo grande, la 9 de julio con su obelisco, sus cúpulas europeas, el magnetismo en la mirada de los porteños, el orgullo de no pasar desapercibida para el mundo; la banda sonora que retumbaba en las habitaciones de muchos latinoamericanos: Fito Páez, Charlie García, Andrés Calamaro y Soda Stereo si tenías menos de cuarenta años, y los tangos del elegante Gardel si tenías más de cincuenta o abuelos muy cultos.

En mis primeros años la ingenuidad infantil me llevaba a pensar que en ese rincón remoto del mundo no vivía nadie porque todos caminaban de cabeza o se caían al espacio; luego entendí que si allí vivía Mafalda con sus amigos tenía que ser un lugar extraordinario capaz de desafiar todo, incluso a la gravedad. Esa curiosidad por conocer la que como vi ayer en la autopista hacia Ezeiza es “la ciudad de todos” se acentuó gracias a Gustavo, Zeta y Charlie… Mi hermano mayor los metió en casa escondidos en una cinta y  ya no los dejé ir… De hecho, me fui yo y  me llevé a Cerati conmigo…

La Buenos Aires que yo conocí era mucho mejor de lo que podía imaginar una muchacha que no llegaba a los veinte y vivía en un país tropical. No me decepcionó, tampoco lo hizo Mar del Plata ni sus edificios que me recordaban a Montecarlo.  Argentina era tan  grande que no cabía en toda la extensión de sus nueve letras.

Mi pasión por Buenos Aires es producto de su vino perfumado, esa carne que se disuelve en la boca y que hace pensar en ganado pastando albahaca genovesa,  es producto de la morriña gallega o italiana de los inmigrantes. Mi pasión por Buenos Aires se sonroja ante la mirada celeste de un porteño encorbatado, se deja caer en sus acogedoras librerías, o comer la oreja por ese acento de Federico Luppi o Héctor Alterio, se rebela como la niña a la que no le gusta la sopa, siente el hervor en la sangre de un hincha de fútbol,  se desgarra en el dolor de un tango, mira con nostalgia las luces del puerto, y suda en el Luna Park ante sus estrellas del rock.

Pero como dice la canción “veinte años no es nada”…  En menos de veinte años han destrozado a mi Buenos Aires Querido… La corrupción no es propiedad exclusiva de los venezolanos y las calles porteñas son prueba de ello. Menem, Cavallo y sus famosos “sobresueldos” que hasta hace poco eran una realidad lejana para los españoles que ignoraban la porquería que se escondía en el seno del Partido Popular, ya habían creado escuela en el fin del mundo; y De la Rúa huyendo en un helicóptero a falta de las pelotas que le sobraron para perpetuar el negocio que Cavallo llevaba tiempo montado como Ministro de Economía, allanaron el camino para que el populismo, la mentira y la corrupción pudieran no sólo mirar a dos lados al mismo tiempo y acaparar más, sino convertir a Argentina en la casita de muñecas o más bien la ruleta de la señora que quiere continuar forrándose como su difunto marido con el permiso de las instituciones partidistas que cree puede montarse a la medida como su otro difunto amigote que le regalaba plata. Sí, porque los “presidentes del pueblo” son así de espléndidos cuando los billetes no salen de sus bolsillos.

La Plaza de Mayo está blindada, la inquilina de la Casa Rosada dedica más tiempo a las sesiones de botox que a escuchar a los “descamisados” de lo que queda de Evita Perón revolcándose en la tumba, la 9 de julio es una cantera afeada por unos andenes que la encogen, Corrientes está sucia, Florida, Sarmiento, y Bolívar también… La miseria ya no tiene la cara de peruanos o bolivianos en busca de una vida mejor, la miseria se ha apoderado de los nacidos en la entera nación. La hipocresía reina en los discursos de la “viuda alegre de América” a quien cada vez se le hace más difícil justificar qué ha hecho con la plata de los argentinos, incluso la de los venezolanos… El peso cada vez vale menos, y si lo consigues en el mercado negro, que en Argentina se le llama “blue” porque hasta para eso son elegantes, mejor ni hablar. Los típicos asados de fin de semana comienzan a ser quincenales o mensuales porque la carne está por las nubes y cada vez es más difícil estirar el sueldo para llevar los fideos a casa. Ya no se camina por las calles bonaerenses pensando en cual será el piropo más bonito que te dirán, ahora vas con cuidado para que no te arranquen el bolso, el certero golpe de un pibe en bicicleta no te quite lo que llevas en la mano, o atenta porque esos secuestros y  muertos por armas de fuego los fines de semana son el nuevo estilo de vida importado de Venezuela, pues las telenovelas ya no son lo que eran. Si decides huir de las calles, te adentras en el subte rezando lo que te sabes (aunque no seas creyente) para no subir al tren de la muerte, no sólo por aferrarte a la vida, sino porque si la pierdes, nadie responderá por ella.

Buenos Aires se ve tan susceptible porque la veo transitar el camino que Venezuela ya ha recorrido y la ha llevado al barranco en el que vivimos, ese barranco del que parece no podemos salir porque ni terminamos de decidirnos, ni nadie nos echa un cable, pues quienes podrían o deberían hacerlo están muy ocupados contando los petrodólares con los que el chavismo les calla la boca.

Este fin de semana, una vez más pude “volver”, y como han pasado los años, sí que encontré en el espejo la frente marchita, especialmente después de correr para arriba y para abajo en los pasillos de un avión cargado de argentinos que también han decidido volver,  bien por vacaciones, o porque no encontraron en la vieja Europa la misma hospitalidad u oportunidades que el maravilloso Sur abrió a tantos barcos cuando en el otro lado del charco la cosa estaba fea.  Una vez más saboreé un vino delicioso, me comí poquito a poco un bife de chorizo que no quería que acabara nunca, desayuné medias lunas, me quité el antojo de empanada; me hice amiga de un taxista que me llevó a visitar a ese que siento como un gran amigo, sentí el frío del viento, y otra vez la nostalgia por esa ciudad de la furia  que mata a pobres corazones y que han convertido en  ciudad de la miseria y rabia contenida…

Ciudadanos del mundo, Argentina no es cuna de ladrones, contadores de milongas, estafadores del amor, futbolistas evasores, viudas calientes con afán de protagonismo, suciedad, irresponsables con aerolínea privada, corruptos con ganas de regresar a la Rosada (como si no la ocuparan ya otros de su misma calaña), militares asesinos, oportunistas y demás escoria… Todos esos cayeron allí por accidente, por desgracia.  Argentina es cuna de gente honesta, trabajadora, con ganas de laburar y disfrutar de las cosas buenas y simples de la vida; un disco, un libro, una Quilmes, un derby en la tele o el estadio, un asado con los amigos; una bella mujer a quien llamar “diosa”. Argentina es cuna de poetas de la prosa, del tango, el comic y  del rock; de genios en el arte de crear cosas buenas, y no trampas para hacerse con lo de los demás.  Más allá de quién lo haya dicho, Buenos Aires  es la ciudad de todos, porque en la ciudad de la furia cualquiera podría encontrar su lugar…

Mi Buenos Aires Querido, me verás volver, pero quisiera hacerlo a esa que conocí, a la que Jorge Luis, Gustavo, Fito, Carlos y Quino tienen talento para adorar. Quisiera profundamente volver  y que al hacerlo también pueda hacer cosas imposibles, quisiera volver y despertar a mi querido Cerati para decirle que ya ha pasado el temblor…

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