El fracaso de la razón

Somos humanos, seres llenos de defectos, pasiones, debilidades y sueños. Somos y queremos ser buenos, por eso cada día nos levantamos con la más firme intención de convertirnos en mejores personas. Nos esforzamos por actuar bien, por respetar las reglas, por no hacer nada indebido, nada por lo que puedan llevarnos a juicio, nada de lo que podamos arrepentirnos.

Nos alejamos de las tentaciones por miedo a perder el control y luego no tener la fortaleza suficiente para soltarles la mano y seguir por la “senda del bien”. Pero no siempre esa senda es como la queremos ni como la habíamos imaginado. Con los años se torna aburrida, pesada, incluso hostil. Sin embargo no la abandonamos, y no por falta de ganas, sino porque “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Y si siempre hemos sido ovejas blancas ni siquiera imaginamos las consecuencias de lo que podría causar teñir de negro nuestra lana. Ni siquiera imaginamos que a lo mejor no pasa nada.

Somos esclavos de nuestros temores hasta que un día nos cansamos de ser perfectos, de respetarlo todo, de hacer lo que debemos… Un día algo pasa por nuestra cabeza, un ángel se cruza en nuestro camino y como si se tratara del hechizo de un hada nos cegamos, o más bien abrimos realmente los ojos. Se activan nuestros sentidos, esos que sin darnos cuenta estaban aletargados por la rutina. Ampliamos nuestro campo visual, nos ponemos cuadrafónicos, se nos pone la carne de gallina, saboreamos mejor el vino y el olor a piel nos estremece. Ese es el día que decidimos vivir, vivir de verdad, vivir lo que queremos y no lo que debemos, hacer lo que se nos antoja y no lo que se espera que hagamos. Un día descubrimos que somos capaces de cosas que escapaban a nuestra imaginación. Ese día le damos un descanso a nuestro lado Beatle y dejamos libre al Rolling Stone que llevamos dentro, el mismo que llevaba tiempo dándonos patadas para que lo dejáramos salir.

Ese diablillo que llevaba meses, tal vez años empujándonos para dar ese beso que no nos atrevíamos, a comernos ese bombón que tanto nos apetecía, tocar esa seda que tanto nos atraía, oler esa orquídea cuyo perfume nos fascinaba, y subirle el volumen al disco que hará de banda sonora al recorrido que haremos pisando un poco el acelerador, pero sólo un poco porque no queremos llegar pronto a nuestro destino desconocido, ya hemos entendido que lo más divertido será el camino.

Así que  por fin nos dejamos llevar, nos abandonamos al deseo, a los sueños, a los “¿y por qué no?”,  a los “porque me da la gana”, “me lo merezco”,  “lo estoy disfrutando”,  “¡qué suerte tengo!”, a los “¿cómo he podido perder tanto tiempo?”, a los “ya estamos aquí”, “¿me voy o me quedo? me quedo!!!!”, a los “ahora o nunca”…  Dejamos de pensar en condicional y activamos el presente, el aquí y el ahora. Estamos justamente en el lugar que queremos, como queremos, con quien queremos y porque queremos. Somos felices, no hace falta nada más. ¿A quién le importa por cuánto tiempo?

Es entonces cuando le damos prioridad a lo que realmente la merece, alzamos la copa, nos mordemos los labios, y mientras nos perdemos en otra mirada brindamos por el fracaso de la razón…

Continue Reading

Aquel último Día de Reyes

 

Allá en los lejanos años 80 en cualquier familia venezolana de clase media con una madre independiente y con trabajo (ya fuera por decisión o necesidad) lo normal era que se adoptara un miembro más, ̈la nanna ̈ para los niños, la señora de servicio para los prepotentes, la señora que ayuda en casa para los respetuosos,  ̈la cachifa ̈ para los indecentes… En mi casa, la señora Delia.

La señora Delia era una mujer de 37 años de un pueblo del interior, tenía el pelo poblado de canas, una piel blanquísima que no demostraba su edad ni lo duro que había trabajado, bajita y de sonrisa permamente. Tenía tres hijos a los que había dejado en su pueblo para poder trabajar cuidando de los tres niños pequeños de otra familia… Vaya ironía, una mujer dejaba solos a sus hijos para cuidar los hijos de otra que también quería lo mejor para los suyos y se estaba dejando el lomo para conseguirlo. No era una babysitter, ella se ocupaba de todo, desde cocinar, pasando por el planchado, alcahuetearnos si recogíamos un perro recién nacido, la limpieza de la casa, cambiar pañales al más pequeño y vigilar que la oveja negra hiciera la tarea y no se matara con la oveja blanca… Sobra decir quién era cuál oveja…

La señora Delia formó parte de mi familia en todos los sentidos, fue tratada como una tía, y a la hora de ser reprendidos, como una madre. Durante las vacaciones escolares se traía a sus hijos a la casa y aquéllo se convertía en una fiesta infantil. Pasaron los años (muy pocos para la tranquilidad de mis padres y el cariño que se había ganado) cuando nos dio la “terrible noticia”. Había ahorrado suficiente dinero para montarse una bodeguita en su pueblo y poder cuidar de sus verdaderos hijos. Los años de sacrificio habían dado sus frutos y por más que a sus hijos postizos no nos gustara, era justo liberarla. Así que se fue, entre sonrisas y lágrimas, con su pelito sujeto por un ganchito de cada lado, sus canas que apenas si le cubrían la nuca, con su bolso lleno de ropa, regalos e ilusiones, y con una última promesa “volveré para visitarlos, pórtense bien”.

Pasaron los años, demasiados para lo que la habíamos extrañado, pues desde su partida no hubo una sola persona capaz de comportarse como era debido. Perdimos la cuenta de cuántas muchachas pasaron por casa, la que no robaba, quería pegarnos, la que no nos dejaba solos para irse a pasear, bajaba a cenar en ropa interior… En fin, un hueco que quedó vacío porque su esmero, cariño, responsabilidad y decencia eran irrepetibles.

Cuando fui “au pair” de una maravillosa familia italiana supe cada minuto lo que sintió la señora Delia. Amar a esos niños y cuidarlos como propios, incluso tener debilidad por uno de ellos. Amarlos profundamente como para no querer dejarlos nunca sabiendo que un día me despediría de ellos y se me desgarraría el alma. Después de unos maravillosos años se repitió la historia, se repitió la despedida, pero yo ya no era la niña celosa que se quedaba sino la “madre” que se iba…

Llegó el Día de Reyes, un día que en Venezuela no tenía mucho de especial (aparte de estrenar el quinto cambio de ropa y zapatos) porque los regalos “potentes” los habían dejado San Nicolás y/o el Niño Jesús dos semanas antes. De repente, y como el mejor de los regalos, la señora Delia asomó sus canas en el jardín de la casa de mi abuela. Hablamos mucho, pasamos un rato agradable e inolvidable, y nos despedimos con alegría como era  justo.

Hace tres días hablamos de ella en mi casa, todos nos reímos y pregunté qué sería de su vida porque sería bonito visitarla… Mi mamá me dijo que era familia de la esposa de un conocido y que seguramente él sabría cómo ubicarla.

Ayer vi al señor e ignorando que es viudo desde hace dieciocho años le pedí ayuda. Así que después del papelón al preguntarle si podía hablar con su mujer para localizar a la señora Delia, recibí un palo. Me dijo: “Delia también se murió hace un bojote de años”… Nunca imaginé esa respuesta y como se acerca el Día de Reyes creo que lo único que puedo hacerle es este regalo, porque dondequiera que esté supongo que le alegrará saber que a pesar de los años algo de ella quedó en esta familia.

Continue Reading

Una nueva especie de venezolanas

 

Me siento afortunada por haber nacido en el país de las mujeres más bellas del mundo. No cualquiera puede darse el lujo de recibir piropos sólo por haber nacido en determinado pedacito del globo terráqueo. 

Para acentuar más este orgullo salpicado de una gran dosis de vanidad, yo nací en la ciudad de las mujeres más bellas del país de las mujeres más bellas del mundo.  A los que no me crean, que se agarren un avión, crucen el charco y se den una vueltica por Valencia.

 

Debo decir además que mi orgullo no se limita a la belleza de nuestras melenas, el ritmo de nuestras caderas, la suavidad de nuestra piel, la amplitud de nuestra sonrisa  o la delicadeza de nuestros gestos. Las venezolanas estamos hechas de una madera especial que aguanta chaparrones, colas, madrugones y trasnochos para estudiar y trabajar a la vez, y un julepe impresionante para conseguir cualquier cosa que en el “primer mundo” está a pedir de boca. Las venezolanas tenemos una paciencia infinita y un corazón grande, eso sí, no nos calamos a ningún tipo que se crea que por el simple hecho de existir ya vale más que nosotras. A esos “elementos” nos los sacudimos en cuestión de segundos y “si te he visto no me acuerdo”.

Un componente importante de esa madera es nuestra inteligencia, las venezolanas somos mujeres brillantes, llenas de ganas de trabajar, creativas, valientes, soñadoras pero no creyentes de los pajaritos preñaos. Somos lo que en nuestro país se llama “con guáramo” o “echadas pa´lante” y no nos perdemos en tonterías que abarcan usar en femenino cada palabra  que pueble nuestro diccionario porque nuestra feminidad, fortaleza, en fin, nuestra “mujerabilidad” no se ve afectada porque nos llamen “médico”, “miembro” o nos incluyan en el plural como “ciudadanos”.

 

Sin embargo, estos días de “observadora” sin olvidar mi condición de mujer criolla han sido invadidos por eso que yo llamaría una nueva especie de venezolana, y no tendré pepitas en la lengua para decir que esta nueva especie no me gusta nada, no me representa, incluso me avergüenza. Y me pregunto: ¿Qué pasó? ¿Por qué ese afán de convertirnos en objetos, por qué ese absurdo empeño de montarse en el pecho dos bolsas de 4Kg de unas tetas grotescas y de mal gusto,  por qué jugarse la vida para tener un trasero que desafíe la gravedad, por qué ponerse ropa tan apretada para mostrar unas curvas hechas en un quirófano y con las que no es difícil recordar a una “hallaquita mal amarrá”? ¿Por qué?

De pronto dirán que tantos años en Europa me han distanciado de los gustos tropicales, pero no lo creo, sigo siendo venezolana hasta la médula, lo que no he perdido es el buen gusto. Esta “nueva especie” de venezolana parece desconocer lo que significa la discreción.

Yo me arreglo para mí, me monto en tacones de 12 cm porque me da la gana, me maquillo para mí. Para salir a hacer ejercicios lucho contra la suavidad de mis sábanas, mi torre de almohadas, el frío del invierno o los brazos que me estrechan y me piden que siga en la cama… Como soy una floja, no me hace falta mucho ruego para rendirme porque si no voy, no pasa nada, no me remuerde la conciencia y sigo durmiendo…

Lo que veo en muchas cajeras de tiendas, empresarias, chamitas que hasta hace poco usaban camisa blanca y señoras que cuando yo iba a la Universidad ya peinaban canas, es un exacerbado culto al plástico, a la exageración, al “miren lo buena que estoy”, un empeño en que todos sepamos de qué color son las areolas de sus pezones o cuántas tallas menos de ropa interior son capaces de aguantar sin romperse en las dimensiones de sus nuevas nalgas.  Veo a los hombres idiotizados ante tanta “abundancia” pagada de contado, a crédito, o a costillas de algún pendejo… Y es que me parece que estas mujeres no son las mismas que pararían el tráfico de la Champs-Elysées si les diera por cruzarla cuando no les toca.

Estas mujeres distan mucho del “my name is Panamá” de Bárbara Palacios, de la elegancia de Susana Duijm, la inteligencia de Irene Sáez, el carisma de nuestra querida Eva forever o el esplendor de Dayana Mendoza.  Estas mujeres de mentira que ahora abundan en las calles de nuestro país no son de esas venezolanas que al caminar sabemos que nos miran y admiran, no son de esas venezolanas que hemos leído mucho más que “Cincuenta sombras de Grey”, no son de esas venezolanas que sabemos que valemos por lo que tenemos en el cerebro (eso que por desgracia no pueden operarse). 

Como mujer no critico que nadie haga lo que crea necesario para sentirse mejor consigo misma. No he pasado por las manos de un cirujano pero muchas de mis amigas lo han hecho y respeto a quienes han tomado esa decisión sin perder la clase.  No creo que todas las que se tratan con botox, silicona o solución salina sean unas ignorantes, pero sí creo firmemente que esto se nos está yendo de las manos. ¡Señoras, las sagradas proporciones! ¿Adónde vas con ese pecho de 500cc? Si es tan evidente que las tienes grandes, para qué necesitas que las veamos al detalle? ¿Qué haces con ese cuerpazo a los setenta años y vestida como actriz porno de segunda? Aquí parece que la discreción es inversamente proporcional a las medidas de sujetador, y no tiene que ser así, no debe ser así.

 

Tenemos que volver a ser las mismas de siempre aprovechando los beneficios que la ciencia ofrece para mejorar pero no para convertirnos en monstruos, en muñecas en serie, ni mucho menos en objeto de morbo de cuanto baboso nos mire. Tenemos que volver a ser las mujeres más bellas del mundo, con medidas normales, con gustos normales, con maniquíes normales. Y por normal no quiero decir corriente, quiero decir saludable, estético, discreto, refinado.

 

En el país de las mujeres más bellas del mundo tiene que acabarse el “todo vale”, la exageración y la ordinariez. Tenemos madera de sobra con qué levantar todo lo que se mueve y lo que no también sin necesidad de cargar a cuestas las pesadas bolsas de silicona y despropósito que todo lo vulgarizan. En el país de las mujeres más bellas del mundo tenemos que recuperar eso de que nos hablen mirándonos a los ojos, porque todas tenemos nuestra propia versión de “una noche tan linda como esta” y lo sabemos. 

Continue Reading

El fantasma de tu ex

En estas fiestas tan señaladas (como diría uno que conocemos) la nostalgia se apodera de muchos y la soledad se hace presente para cenar con más de uno. Casi sin darnos cuenta nos ponemos a hacer un balance de lo que hemos conseguido y perdido en los últimos doce meses, y si tienes alguna cuentica pendiente con la vida es posible que la conciencia también te pase su factura. Este es el momento de abrir los ojos, de estar alertas. Es en estos días cuando los fantasmas salen de sus escondites, así que es importante que estés preparado para combatirlos. 

Ex que se respeta se reporta en Navidad… Y dependiendo de lo bien o lo mal que haya ido, de lo mucho o lo poco que se hayan amado, y de lo madura o no de la ruptura, se disparan los niveles de peligro de recaída.

Que yo recuerde sólo ¨El Padrino¨ tuvo una segunda parte que valió la pena . Así que piénsalo bien, no te dejes llevar por la nostalgia, por los condicionales, por el miedo, la tristeza,  ni mucho menos por la vanidad. 

La soledad es mala consejera y las borracheras traicioneras. Evita todo aquello de lo que sabes que vas a arrepentirte cuando el alcohol haya desaparecido de tus venas y haga que los churros se te atraganten.

Quien no vive en paz con su conciencia tiene un problema que resolver, pero el problema es suyo y no es justo que comiences un nuevo año metiendo la pata… Otra vez…

Pasa la página, sigue tu camino, come, bebe, disfruta, abre la puertas de tu vida a todo lo bueno que el mundo tiene para ti, te aseguro que por más que el volumen no te deje escucharme, NO ES TU EX!!!

Si eres una de esas presas de las películas de domingo de diciembre por la tarde, crees en los milagros de Navidad y esa persona al otro lado de tu puerta o del teléfono es todo lo que has estado deseando, si has valorado pros y contras y crees sinceramente que vale la pena, que se merece una segunda oportunidad, entonces hazlo, que no te preocupe el ¨qué dirán¨. Pero por favor,  hazlo cubierto por el sagrado manto de la sobriedad, la serenidad y la sensatez, hazlo a la luz del día y no de los fuegos artificiales.   Piénsalo bien, piénsalo muy bien y hazte estas preguntas: ¿Ese fantasma ha aparecido porque tiene las cosas claras como yo, o es una víctima más del frío invierno, las gaitas, villancicos, las reuniones familiares y el alcohol? ¿Por qué ahora y no un 7 de abril o 23 de septiembreRespóndete con sinceridad y decide lo que realmente quieres, dormir acurrucado el 1º de enero y los días sucesivos, atar el fantasma al calendario de este año y desecharlo como corresponde con todo lo que debe quedarse en el pasado, o jugártela a tropezar con la misma piedra.

 

Recuerda que chivo que se devuelve se esnuca… Feliz Navidad!

Continue Reading

Manhattan vs Ciudad Gótica

La culpa de todo la tiene ella…

Manhattan llegó a mi vida en forma de dos miniaturas doradas que reposaban en un rincón de la casa de mi abuela. Un Empire State y una Estatua de la Libertad que no superaban los 5cm de altura pero que llamaban mi atención como si se tratara de los reales. Obviamente el amor infinito que me despertaba esa fascinante mujer demasiado cosmopolita, demasiado independiente y demasiado valiente para su tiempo me marcó para siempre, y uno de sus sellos no es mi debilidad por las perlas, sino Manhattan.

Nueva York no, Manhattan es el centro del mundo, lo intuyes, lo sueñas, lo sabes aunque no lo dices, lo sientes cuando estás aterrizando en el JFK,  lo crees cuando desde la ventanilla de tu taxi amarillo te estremeces viendo esos rascacielos que ya conoces, y lo vives intensamente cuando por fin pones pie en ella.

Da igual que haga un frío polar, el viento sople fuerte, el calor asfixie, o la lluvia ataque… Nada te detiene cuando estás en Manhattan. Estás en La Gran Manzana y cualquier estación es buena para disfrutarla… La frescura de la primavera, los colores del otoño, la desnudez del verano y las nevadas de invierno. Todo siempre tiene su encanto porque como decía mi vieja sabia, “a esa manzana no se le puede dar un mordisco, hay que comérsela entera”.

Y es que yo he tenido antojo de La Gran Manzana desde que era niña, y uno de esos antojos era ir vestida de aeromoza. Probablemente porque ambos sueños me acompañaban desde entonces.

La primera vez (como todas) nunca se olvida… Y quién podría olvidar su primera vez en Manhattan cuando como siempre, le ocurre algo especial. ¿Quién podría olvidar una ciudad que tiene bajo la piel? Aun intentándolo, Woody o Frankie no lo permitirían. ¿Quién podría mirar al cielo sin esperar que una luz amarillenta llame a Batman?

IMG_0456

Mi primera vez se resume en un viaje desastroso que incluye pérdida de maleta, horas de espera y el encierro (uniformada y todo) en una jaulita de cristal donde fui interrogada casi hasta sobre los aliños que le pongo a las lentejas. Un caos que concluyó maravillosamente gracias a la infinita paciencia de una amiga y al milagroso encuentro con un fan de la buena mesa que decidió compensarme con chuletón y vino en el Smith & Wollensky.

Las demás han incluido billetes de 100$ en la acera, 39º de fiebre, perlas, paseos infinitos, recuerdos de cuando no he estado allí, maletas que no cierran, tarjetas de crédito exprimidas  y cajas de Fruti Lupis (Froot Loops). Pero la más extraordinaria ha sido la de hace unos días cuando en medio de una agitada mañana de compras por fin viví mi propia película…

Éramos cuatro y dos nos quedamos en la sucursal de un banco a desbloquear la tarjeta de crédito y cambiar dinero, pues eran las once de la mañana y ya nos habíamos fundido el efectivo y el palo a la VISA había disparado las alarmas. Las otras dos cruzaron la calle para seguir las compras (no se puede perder tiempo). Mientras mi amiga desbloqueaba su tarjeta, yo me senté en un confortable banco cerca de la puerta. De pronto, un hombre de unos 50 años, bastante aporreado por la vida y con una pinta de no querer hacer amigos entró con un trolley y muy mala cara. Nuestras miradas se cruzaron, pero no porque hubo flechazo sino porque su actitud agresiva me hizo pensar en esos locos que entran a un lugar a caerle a plomo a todo el mundo, esos que lamentablemente vemos en las noticias. Cuando comenzó a ponerse los guantes algo me dijo “pega la carrera”.  Me hice la sueca y entré a la oficina donde mi amiga daba los datos del día en el que conoció a su novio y demás preguntas que la identificaban para desbloquear la tarjeta. No le dije nada y me dediqué a calcular si ambas cabíamos debajo del escritorio (por si acaso).

Pasaron pocos minutos, no volví a mirar atrás y simplemente esperé a ver lo que encontraríamos al salir… Silencio y soledad… No había nadie en las oficinas adyacentes, nadie en las taquillas, sólo estaba un chico como pajarito en grama y nosotras.  El loco de la maleta ya no estaba, había asaltado el banco en tiempo récord y nosotras ni nos dimos cuenta. De pronto, el caos, el nerviosismo, y el encierro.  Siempre decimos que los gringos son unos exagerados y nos reímos de los despliegues policiales en las películas, pero cuando estás en una situación como esa te das cuenta de que no es montaje de Hollywood, en verdad es así. Tres patrullas, un furgón, casi una docena de policías, detectives pintorescos como el Teniente Columbo, con corbatas que hacen sangrar los ojos, libretita de notas y frases lapidarias como “si no eres testigo, eres cómplice”…  Más de hora y media encerradas sin poder hablar con nadie. Era todo tan surrealista que sólo esperaba que apareciera Batman en todo el esplendor de su 1.90m de estatura. Porque Batman mide 1.90m, no? Si es más bajito, entonces me vale el Joker.

Después de contarlo todo, rellenar papeles, hacer declaraciones, y pestañearle al detective “Jefe del Equipo de Negociación con Rehenes” para que me dejara ir, mi viaje continuó, mi VISA volvió a ver cómo se quedaba sin plumas, hice una nueva amiga y regresé a casa con el delicioso sabor de una jugosa manzana que pronto volveré a comerme… Aunque no me acompañe Batman…

 

batsignal

Imagen Chrysler Building: Yedzenia Gaínza.

Imagen Batseñal: Web.

Continue Reading

La primera cita

La primera cita es una página en blanco que no sabe lo que se va a escribir en ella.

Cuando eres adolescente los nervios son los protagonistas y vencer la timidez es el gran reto. Cualquier gesto cariñoso se convierte en motivo de rubor, el mínimo roce nos abre la puerta a un camino que nunca hemos recorrido. Pero cuando eres adulto -especialmente cuando hace rato abandonaste la veintena- ese camino lo has recorrido varias, muchas veces, incluso es posible que ya hayas pagado peaje en iglesias, prefecturas, maternidades y juzgados.

El dejar de ser un novato no le quita el encanto a ese primer encuentro. Aunque la experiencia y la filosofía de vida te tengan sin expectativas para evitar decepciones innecesarias, es innegable que la curiosidad te ronda. Porque nuestras primeras citas no son como antes (encerronas de amigos, juego de la botellita, encuentros “casuales” en la cafetería de la Universidad, gritos en medio de conciertos, teléfonos apuntados en servilletas de barra y demás ocurrencias). Nuestras primeras citas se trabajan con tiempo, algunas con mucha antelación. Hay que hacer coincidir agendas llenas de trabajo, reuniones, asuntos legales, clases de yoga, custodias compartidas, y hasta consultas médicas… Sí, no se hagan los locos, todos sabemos que hemos dejado de ser unos chamos el día en que solitos vamos al médico y solitos nos tomamos los remedios. Ya aprendimos de ese error típico de salir por primera vez con alguien y en lugar de intentar conocerle, quedarnos callados mínimo hora y media comiendo cotufas frente a una pantalla gigante. Nosotros nos organizamos para cenar, y si la cosa va bien, la cena se prolonga a una larga sobremesa que te lleva luego de copas por la ciudad.

Si la cita es en la casa de uno de los dos, significa que por lo menos uno es o se considera bueno en los fogones y eso es material para otro post.

Muchas cosas han cambiado, otras siguen igual. Las mujeres no esperamos en casa a que vengan a recogernos, vamos conduciendo con nuestros vertiginosos tacones (a una primera cita NUNCA se va sin tacones) hasta el estacionamiento más cercano al sitio, tenemos fondos suficientes para pagar nuestra cuenta y la del “otro” en el caso que nos salga con un “lo mío es… y lo tuyo…” (Sí, esos especímenes existen). No nos hacemos problemas en tomar la iniciativa y tampoco nos rompemos la cabeza pensando “va a pensar que soy esto o lo otro”, lo que no significa que esto se haya convertido en un “ron pal que quiera, ron pa’ to’ el mundo”. No tenemos hora de llegada, nadie nos obliga a nada. Nos rebelamos contra muchas cosas, pero nos sigue gustando que nos abran la puerta, nos recojan el abrigo, abran la silla, y se levanten cuando nos levantamos. Lo de ir juntas al baño es un monstruo contra el que seguimos luchando… Paciencia…

Ellos si son listos y bien educados nunca soltarán un “lo mío es… y lo tuyo…”. Tampoco llegarán tarde, no se presentarán con la camiseta dos tallas más pequeña de la que realmente deben usar, irán con su camisa bien planchada, esa que escogieron al salir de la ducha de pájaro (5 minutos máximo) que es lo que ha permitido una larga jornada laboral, y preferirán la muerte antes que los zapatos sucios. No improvisarán lugares desconocidos sino que habrán reservado cuidadosamente respetando lo poco que saben que gusta a la invitada, o por lo menos se quitarán preocupaciones visitando un lugar de confianza para no quedar mal. Nada de cosas raras, la sencillez es lo mejor.  Deben ser ellos los que impresionen, no los platos. Beberán lo “normal” para acompañar la comida, no abusarán del digestivo, e independientemente de si van manejando o no tampoco se excederán con las copas de después porque tienen claro que no salieron a caerse a palos con los amigos, están en una primera cita y la nota es otra.

Es ahí, en el “después” cuando comienza la parte difícil, ya han entrado en confianza -el arma de doble filo de la que depende que la cita se prolongue, se repita o muera al nacer-. El éxito está garantizado si se presentan tal y como son, sin agresividad, sin invadir, sin chantajear, sin interrogatorios, sin milongas, sin promesas, sin planes que incluyen hijos y jubilación, sin dar nada por hecho, en fin, sin meter la pata. Recuerda que la primera impresión es la que cuenta, no lo eches a perder.

Mantén la calma, es la primera cita, estamos entre adultos, no sueltes todos los perros al ataque, demuestra interés sin perder los papeles, sigue el ritmo que te marcan. Entiende que a nadie le gusta sentirse invadido,  que no te juegas la vida, sólo una segunda ocasión. Un paso y luego otro, así se camina. ¿Quién sabe si esta es una noche de la que te vas a acordar siempre con una sonrisa? En serio, deja que todo fluya y no lo eches a perder.

Ya es otro día, estás en tu casa, y como te dije ya, esto no es un “ron pa’ to’ el mundo” por lo tanto, es probable que cada uno haya dormido solo… O no… En todo caso, tú hombre inteligente, no olvides reportarte, esa es la guinda de la torta (si no la pusiste, claro). Si tu caso es el segundo, entonces discúlpate, discúlpate bien, con una señora disculpa, pero no te sorprendas si te reciben con un portazo.

La primera cita ha pasado (si no están desayunando juntos, digo). ¿Salió bien? Ánimo. Si murió al nacer, gira la página y sin drama mira la flamante hoja en blanco que tienes al frente… Esta tampoco sabe lo que le espera…

Continue Reading

Hoy puede ser un gran día…

Sigue cantando el maestro Serrat, y aunque un poco tarde, hoy me he puesto a pensar en lo que mañana seguirá estando allí, y especialmente en lo que no.

Hoy puede ser un gran día porque hoy le ponemos freno a la soga que nos ahorca como país desde hace más de quince años.  Hay que moverse. La playa y los amigos seguirán estando allí mañana y muchas cosas se van a acabar…

Hoy puede ser el día en el que hagas tu última cola, y aunque no será de la noche a la mañana, eso, precisamente las colas desaparecerán llevándose consigo tanta división, corrupción, frustración, mediocridad, desidia, irresponsabilidad, hipocresía, y mil lacras más con las que nos tropezamos cada vez que salimos de nuestras casas, o incluso dentro cuando la luz se va y no vemos por donde caminamos.

¿Se imaginan volver al supermercado sin tener que mendigar un poco más de harina, leche, carne o pollo porque sólo nuestro bolsillo será el que nos diga hasta cuánto podemos llevarnos a casa? ¿Se imaginan que nuestras pobres madres ya no tengan que ser marcadas como ganado ni humilladas por animales con uniforme cada vez que quieran prepararnos el almuerzo?

Volver  a casa sin tener que resetear los cerebros de nuestros niños contándoles lo que de verdad ha pasado a lo largo de nuestra historia, tener más de una opción de jugo, leche, o aceite y que todos sean de buena calidad, recibir lo justo por el trabajo que realizamos y pagar en consecuencia, no tener que pedir permiso para salir, estudiar, o simplemente hacer con nuestras cuatro lochas lo que nos dé la gana. Cambiar de canal de televisión sin tener que ver la misma desagradable cara soltando sin parar estupideces, mentiras y odas a la ignorancia. Abrir un negocio sin miedo al matraqueo ni a los saqueos. Que nuestros hospitales vuelvan a tener algodón, alcohol, anestesia,  camas, sillas de ruedas, médicos bien pagados y ya luego si sobra, darle al vecino que lo necesite.  Que se acabe la regaladera en un país que no es capaz de pasar una noche entera sin que en ningún lugar del mismo iguanas intergalácticas lo dejen sin electricidad. Que en las cárceles haya delincuentes y no gente inocente cuyo único “delito” haya sido cumplir con su deber. Que nuestros periodistas puedan contarnos la verdad libremente sin que eso implique quedarse sin trabajo o sacar a sus hijos del país. Volver a ponerse un vestido o una camiseta roja sin que se nos revuelvan las tripas. ¿Se imaginan que nuestra bandera vuelva a ser la de todos, nuestros colores los de todos, nuestros recursos de TODOS?

A que te gusta lo que ves… Seguro que sonríes y te gusta lo que ves, seguro no se te ha olvidado cómo es de verdad este país, cómo somos de verdad. Seguro que no eres ninguno de esos a los que les gusta estar todo el día “echando carro” y esperar a que le regalen las cosas. Seguro que eres uno de esos millones que se para tempranito para ir a trabajar aunque sea colgando en una camionetica, seguro eres uno de tantos que con esfuerzo cumple con su familia y sería incapaz de poner a sus hijos a pasar hambre para quedar como ídolo llevando lomito a los hijos del vecino. Seguro que eres uno de los millones de venezolanos que odia las colas y la sola idea de saber que después de ésta no habrán más ya te da la energía necesaria para salir. No es tarde, hazlo.

Muévete, sal a hacer tu última cola, defiende tu voto. Venezuela, haz como dice Serrat, “date una oportunidad”.  Echa el resto HOY, ejerce tu derecho HOY, porque si no lo haces, es posible que ya nunca puedas ver de cerca una papeleta electoral con más de un partido político o más de un candidato.  Deja la cervecita en la nevera y te la bebes más tarde. Si te quedas echado bebiendo a escondidas es probable que ya nunca vuelvas a comprarte una cajita sin hacer una cola, que ya nunca vuelvas a saber lo que es un sancocho, que las parrillas las veas en las películas viejas (si tienes luz, claro). Échate un bañito y sal “pulio” a votar, porque si no lo haces, a lo mejor ya no vuelves a saber lo que es una pastilla de jabón y el perfumito te lo echarás cada quince y último cuando vayas a recoger lo que cabe en tu tarjetica de racionamiento. Sal a votar, firma el cuaderno, mójate el dedo y defiende tu libertad, la de tus hijos, la de tus viejos.

Hoy puede ser un gran día, hoy podríamos irnos a dormir sabiendo que el país abandona la carretera oscura y llena de huecos que lo lleva a un barranco del que nadie nos va a sacar, hoy podríamos regresar al camino del progreso…

Venezuela, hoy puede ser un gran día… Y mañana también.

 

 

Continue Reading

La vida que te mereces

Mujer, hoy cuando te quites la ropa y vayas a ducharte, detente un momento frente al espejo; mírate, mírate bien, suéltate el pelo, gírate y detalla tu espalda, baja por tus piernas, mírate los pies y camina con sus puntas… Sube la mirada, recorre tu cuerpo y detente en cada una de tus curvas, tócate el vientre, el ombligo, admira tu pecho, tus pecas, esos lunares que pocos saben cuántos son…

Siente tu pelo entre los dedos, sonríe, muérdete los labios como si saborearas una jugosísima fresa, mueve la nariz, arquea tus cejas como cuando algo te sorprende pero no terminas de creer que sea verdad…

Mírate bien, y gústate, fíjate en lo hermosa que eres, en la unicidad de tu cuerpo, siente el perfume de tu piel sudada…

Porque más allá del ancho de tus caderas, de la firmeza de tus piernas, la lozanía de tu piel, el color de tus pezones, la altura de tu pecho, las cicatrices de tus partos, las estrías de las dietas interminables, e incluso de ese punto donde la celulitis decidió instalarse para siempre, eres bella.

Juega con tu pelo, sedúcete a ti misma, disfruta de lo que ves, date cuenta de que lo tienes todo para comerte al mundo. Sonríe, aunque sea entre sollozos, sonríe, hoy es el último día que estarás en ese infierno, hoy te vas, te liberas de los gritos, de las humillaciones, de los golpes y los insultos.

Hoy se acaba, porque tu pelo es para acariciarlo no para tirar de él. Tus labios rotos deben estarlo de tanto besar. En tus ojos lo que mejor queda es la marca de las ojeras producto de una larga noche de pasión, no el recuerdo del puño de un animal.  Mírate en el espejo y date cuenta de que esos moretones sobran en tu vida, que tus lágrimas no tienen que ser de amargura, frustración ni de impotencia…

Hoy se acaba y NUNCA volverá a repetirse, porque NO es tu culpa, NO eres la causante, NO te arrepentirás, NO tienes que aguantarte, NO le debes nada, NO le tienes miedo, NO le crees más, y sobre todo, hoy se acaba porque has entendido que NO es amor.

Entra a la ducha, siente el agua recorrer tu maravilloso cuerpo, observa cómo tus dudas, tu paciencia, tu dolor y hasta tu perdón se van por el sumidero…  Siente cómo te llenas de vida por dentro y emanas esperanza con sólo parpadear. Tienes todo lo que necesitas, se acabó.

Hoy comienza tu nueva vida, esa que te demostrará que el amor es respeto, caricias, besos, susurros, admiración, libertad, muchas y maravillosas cosas que ahora podrás descubrir. Porque sin importar los años, los padres, los hijos, los nietos, el dinero, ni el qué dirán, aún estás a tiempo de vivir la vida que te mereces. ¡Vete y vívela!

Continue Reading

¿Felicidad suprema?

Crear un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo es la falta de respeto más grande que se le puede manifestar a un país que semana tras semana va menguando a punta de balas y miseria.

Mi sensibilidad estomacal se ve comprometida ante la repugnancia que me produce el cinismo de lo único “supremo” que tiene el gobierno venezolano, y es la SUPREMA IGNORANCIA de Nicolás Maduro. Y como parece que muchos han olvidado lo que es la felicidad (la simple, y la suprema) al tiempo que creen que pueden encontrarla a precio de saldo o todavía peor, saqueando una tienda de electrodomésticos, les voy a recordar queridos venezolanos lo que es la felicidad suprema, la de verdad.

La felicidad es esa que sientes cuando te levantas temprano por la mañana y mientras te haces una arepa para desayunar ves cómo el sol se asoma por tu ventana. Felicidad es salir de tu casa con tus chamos y dejarlos en un colegio donde sabes que van a aprender Historia de verdad en lugar de ser adoctrinados. Felicidad es  caminar por las calles de tu ciudad sin temor a que una bala te detenga en el camino. Llegar por la noche a casa y saber que todos tus seres queridos llegaron bien, sin ser atracados, matraqueados, amenazados, secuestrados, insultados ni discriminados, es felicidad. Enfermarse y saber que te pueden atender en un hospital con recursos suficientes, encontrar medicinas en la farmacia, comprar la leche que te gusta, la pasta, el queso, la carne, el pollo que te gusta, beber el jugo que te gusta, usar el papel sanitario que te gusta, es felicidad… Ya sé que suena tonto, pero ante tanta escasez, muchos hemos sentido “felicidad” al poder llevar a nuestras casas algo tan simple como una pastilla de jabón.

Porque la felicidad  para un venezolano ahora se basa en poder sobrevivir y las cosas bonitas de la vida ocupan un segundo plano, no porque no queramos ser felices, sino porque estamos demasiado ocupados intentando ganarle la batalla al hampa y a esta dictadura disfrazada. La felicidad del venezolano es comer lo que consigue, salir ileso del transporte público, que la cola para cualquier cosa sea lo más corta posible, no caerle mal a ningún uniformado de verde o de rojo, ir por la autopista sin que un bloque o un hueco pongan fin a su ruta, no perder lo que guarda en la nevera por una falla eléctrica, no decir nada que no le guste al gobierno, y especialmente no tener que ir nuevamente a una morgue a reconocer el cadáver  de un ser querido.

Atrás quedaron los años en los que para nosotros, los “hermanos de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol” – como dice el “Alma llanera” – vivíamos (a pesar de los problemas) la verdadera felicidad…

Que levante la mano quien nunca haya jugado béisbol en su calle con chapitas y el palo de una pala, quien no se haya ido caminando al colegio o al trabajo esquivando entre risas el sol o la lluvia, que me digan los aprovechados si son más felices ahora con una tele de plasma de lo que lo fueron cuando no la necesitaban porque se podían pasar la tarde jugando baloncesto en la cancha del mismo barrio en el que siguen viviendo y todo el mundo a las 6 de la tarde ya está bajo llave.

Salir en bicicleta y compartirla con el que no tenía (un ratico tú y otro yo) o sentarse durante el recreo a tomar el “vaso de leche escolar” con un  paquete de Sorbeticos era felicidad y lo demás es cuento.

¿Quién no sintió felicidad cuando consiguió su primer trabajo por lo que sabía y no por el color de la franela que llevaba puesta?  ¿Quién no fue feliz al saber que todos sus amigos estaban  “a pata e’ mingo”?

Señores, FELICIDAD suprema, infinita e inexplicable es esa que sientes cuando el amor de tu vida te besa mientras sujeta tu  rostro entre sus manos; esa que te recibe con el brillo en los ojos y un juguete en la mano cuando llegas a casa; esa que te echa la bendición antes de acostarse.

La suprema felicidad  no necesita de plasma, tabletas, Wi-Fi, ni milongas revolucionarias. Y por si no se han dado cuenta tampoco de lo que es una milonga revolucionaria, pues sepan que es esa cantaleta absurda y contradictoria como el socialismo del siglo XXI, el mismo que odia al imperio pero tiene twitter, le vende petróleo, le compra aparatos high tech, sale de viaje en aviones privados, autoriza al pueblo a robar adelantando la Navidad para que luego esté muy ocupado intentando poner en funcionamiento el nuevo perol con cables, los mismos cables que terminarán masticando cuando no haya comida que comprar o robar, ni empresarios dispuestos a seguirle el juego a este supremo arroz con mango en el que estamos metidos.

Yo quiero volver a tener un país que me garantice seguridad, libertad, educación, justicia, sanidad, empleo, estabilidad, y ya de mi felicidad simple, suprema, fugaz o permanente me encargo yo… Porque no quiero que me regalen nada, y espejismos mucho menos.

Continue Reading

Lo que no te llevaste…

 

Aprovechaste un día en el que esa gran mujer dejó su casa para ir a ver a sus hijos y arrasaste con todo. Cualquiera diría que eso quedó “pelao”, pero eso es lo que crees tú, si tú, grandísimo miserable que ignoras lo que dejaste.

Te lo voy a decir yo para que tomes conciencia de lo que nunca tendrás. Porque más allá del televisor, del equipo de sonido, los discos, los muebles,  la ropa, del tostiarepa y todo lo que sacaste de esa casa sin que te temblara el pulso. Más allá de todo lo que conseguiste por la flojera de no salir a trabajar y quedarte tirado como la piltrafa que eres viendo pasar la vida que nunca tendrás, más allá de lo que te van a durar las cuatro lochas que te den por enseres robados hay una historia de la que nunca serás parte, ni siquiera podrás tener una lejanamente parecida, hay mucho que no te llevaste.

No te llevaste la alegría de cada domingo por la mañana cuando una sonrisa estaba en la cocina esperándote con un café, no te llevaste los bailes de esa pareja de enamorados eternos cada vez que un disco les hacía menearse un poquito, tampoco te llevaste la ternura que invadía el alma de quien leía cada mensaje escrito con esa caligrafía perfecta y única que decoraba las paredes. No te llevaste la certeza de poder ir a cualquier hora porque la puerta siempre estuviera abierta para recibirte y la pasta siempre lista para que con un golpe de horno pudieras alimentarte. No te llevaste las navidades que te limitaste a escuchar desde la envidia, tampoco te llevaste las canciones que cantamos, las noches en las que el sueño nunca llegaba porque había muchas historias que contar, las risas de cada uno de los seres que dormimos bajo ese modesto pero maravilloso techo, el abrazo de amor verdadero que nunca conocerás, las melodías que salieron del piano que no sabes tocar tampoco te cabían entre las manos. No te llevaste ni uno sólo de los buenos deseos que cientos tenemos para esa “rosa” que a todos nos ha llenado de dulzura.  No te llevaste el verde de las matas.

No te llevaste la unión de una gran familia, la bondad infinita de una pareja inseparable, no te llevaste ni siquiera el dolor que se siente cuando un ser insustituible se va del mundo pero sigue llenándote por dentro. No te llevaste el placer de una vocación que no era un simple trabajo, ni los besos de ese amor apasionado que ha generado buenos hijos y nietos. Dejaste la sabiduría y muchos, muchos consejos. Por dejar, dejaste hasta las resacas de fin de año con gaitas y todo.

Tú miserable, te llevaste eso que se puede llevar cualquiera, eso que seguro ya te gastaste en aguardiente, pero lo más importante, lo verdadero, lo grande que había en cada rincón de esa casa, eso no nos lo podrás quitar nunca. Porque aunque el miedo a que tus balas llenen de pólvora el perfume de nuestra rosa nos obligue a irnos, todo lo que realmente vale lo llevamos dentro de cada uno de nosotros, sí, nosotros los afortunados que no necesitamos de un televisor para ser felices.

Continue Reading