La primera cita

La primera cita es una página en blanco que no sabe lo que se va a escribir en ella.

Cuando eres adolescente los nervios son los protagonistas y vencer la timidez es el gran reto. Cualquier gesto cariñoso se convierte en motivo de rubor, el mínimo roce nos abre la puerta a un camino que nunca hemos recorrido. Pero cuando eres adulto -especialmente cuando hace rato abandonaste la veintena- ese camino lo has recorrido varias, muchas veces, incluso es posible que ya hayas pagado peaje en iglesias, prefecturas, maternidades y juzgados.

El dejar de ser un novato no le quita el encanto a ese primer encuentro. Aunque la experiencia y la filosofía de vida te tengan sin expectativas para evitar decepciones innecesarias, es innegable que la curiosidad te ronda. Porque nuestras primeras citas no son como antes (encerronas de amigos, juego de la botellita, encuentros “casuales” en la cafetería de la Universidad, gritos en medio de conciertos, teléfonos apuntados en servilletas de barra y demás ocurrencias). Nuestras primeras citas se trabajan con tiempo, algunas con mucha antelación. Hay que hacer coincidir agendas llenas de trabajo, reuniones, asuntos legales, clases de yoga, custodias compartidas, y hasta consultas médicas… Sí, no se hagan los locos, todos sabemos que hemos dejado de ser unos chamos el día en que solitos vamos al médico y solitos nos tomamos los remedios. Ya aprendimos de ese error típico de salir por primera vez con alguien y en lugar de intentar conocerle, quedarnos callados mínimo hora y media comiendo cotufas frente a una pantalla gigante. Nosotros nos organizamos para cenar, y si la cosa va bien, la cena se prolonga a una larga sobremesa que te lleva luego de copas por la ciudad.

Si la cita es en la casa de uno de los dos, significa que por lo menos uno es o se considera bueno en los fogones y eso es material para otro post.

Muchas cosas han cambiado, otras siguen igual. Las mujeres no esperamos en casa a que vengan a recogernos, vamos conduciendo con nuestros vertiginosos tacones (a una primera cita NUNCA se va sin tacones) hasta el estacionamiento más cercano al sitio, tenemos fondos suficientes para pagar nuestra cuenta y la del “otro” en el caso que nos salga con un “lo mío es… y lo tuyo…” (Sí, esos especímenes existen). No nos hacemos problemas en tomar la iniciativa y tampoco nos rompemos la cabeza pensando “va a pensar que soy esto o lo otro”, lo que no significa que esto se haya convertido en un “ron pal que quiera, ron pa’ to’ el mundo”. No tenemos hora de llegada, nadie nos obliga a nada. Nos rebelamos contra muchas cosas, pero nos sigue gustando que nos abran la puerta, nos recojan el abrigo, abran la silla, y se levanten cuando nos levantamos. Lo de ir juntas al baño es un monstruo contra el que seguimos luchando… Paciencia…

Ellos si son listos y bien educados nunca soltarán un “lo mío es… y lo tuyo…”. Tampoco llegarán tarde, no se presentarán con la camiseta dos tallas más pequeña de la que realmente deben usar, irán con su camisa bien planchada, esa que escogieron al salir de la ducha de pájaro (5 minutos máximo) que es lo que ha permitido una larga jornada laboral, y preferirán la muerte antes que los zapatos sucios. No improvisarán lugares desconocidos sino que habrán reservado cuidadosamente respetando lo poco que saben que gusta a la invitada, o por lo menos se quitarán preocupaciones visitando un lugar de confianza para no quedar mal. Nada de cosas raras, la sencillez es lo mejor.  Deben ser ellos los que impresionen, no los platos. Beberán lo “normal” para acompañar la comida, no abusarán del digestivo, e independientemente de si van manejando o no tampoco se excederán con las copas de después porque tienen claro que no salieron a caerse a palos con los amigos, están en una primera cita y la nota es otra.

Es ahí, en el “después” cuando comienza la parte difícil, ya han entrado en confianza -el arma de doble filo de la que depende que la cita se prolongue, se repita o muera al nacer-. El éxito está garantizado si se presentan tal y como son, sin agresividad, sin invadir, sin chantajear, sin interrogatorios, sin milongas, sin promesas, sin planes que incluyen hijos y jubilación, sin dar nada por hecho, en fin, sin meter la pata. Recuerda que la primera impresión es la que cuenta, no lo eches a perder.

Mantén la calma, es la primera cita, estamos entre adultos, no sueltes todos los perros al ataque, demuestra interés sin perder los papeles, sigue el ritmo que te marcan. Entiende que a nadie le gusta sentirse invadido,  que no te juegas la vida, sólo una segunda ocasión. Un paso y luego otro, así se camina. ¿Quién sabe si esta es una noche de la que te vas a acordar siempre con una sonrisa? En serio, deja que todo fluya y no lo eches a perder.

Ya es otro día, estás en tu casa, y como te dije ya, esto no es un “ron pa’ to’ el mundo” por lo tanto, es probable que cada uno haya dormido solo… O no… En todo caso, tú hombre inteligente, no olvides reportarte, esa es la guinda de la torta (si no la pusiste, claro). Si tu caso es el segundo, entonces discúlpate, discúlpate bien, con una señora disculpa, pero no te sorprendas si te reciben con un portazo.

La primera cita ha pasado (si no están desayunando juntos, digo). ¿Salió bien? Ánimo. Si murió al nacer, gira la página y sin drama mira la flamante hoja en blanco que tienes al frente… Esta tampoco sabe lo que le espera…

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Hoy puede ser un gran día…

Sigue cantando el maestro Serrat, y aunque un poco tarde, hoy me he puesto a pensar en lo que mañana seguirá estando allí, y especialmente en lo que no.

Hoy puede ser un gran día porque hoy le ponemos freno a la soga que nos ahorca como país desde hace más de quince años.  Hay que moverse. La playa y los amigos seguirán estando allí mañana y muchas cosas se van a acabar…

Hoy puede ser el día en el que hagas tu última cola, y aunque no será de la noche a la mañana, eso, precisamente las colas desaparecerán llevándose consigo tanta división, corrupción, frustración, mediocridad, desidia, irresponsabilidad, hipocresía, y mil lacras más con las que nos tropezamos cada vez que salimos de nuestras casas, o incluso dentro cuando la luz se va y no vemos por donde caminamos.

¿Se imaginan volver al supermercado sin tener que mendigar un poco más de harina, leche, carne o pollo porque sólo nuestro bolsillo será el que nos diga hasta cuánto podemos llevarnos a casa? ¿Se imaginan que nuestras pobres madres ya no tengan que ser marcadas como ganado ni humilladas por animales con uniforme cada vez que quieran prepararnos el almuerzo?

Volver  a casa sin tener que resetear los cerebros de nuestros niños contándoles lo que de verdad ha pasado a lo largo de nuestra historia, tener más de una opción de jugo, leche, o aceite y que todos sean de buena calidad, recibir lo justo por el trabajo que realizamos y pagar en consecuencia, no tener que pedir permiso para salir, estudiar, o simplemente hacer con nuestras cuatro lochas lo que nos dé la gana. Cambiar de canal de televisión sin tener que ver la misma desagradable cara soltando sin parar estupideces, mentiras y odas a la ignorancia. Abrir un negocio sin miedo al matraqueo ni a los saqueos. Que nuestros hospitales vuelvan a tener algodón, alcohol, anestesia,  camas, sillas de ruedas, médicos bien pagados y ya luego si sobra, darle al vecino que lo necesite.  Que se acabe la regaladera en un país que no es capaz de pasar una noche entera sin que en ningún lugar del mismo iguanas intergalácticas lo dejen sin electricidad. Que en las cárceles haya delincuentes y no gente inocente cuyo único “delito” haya sido cumplir con su deber. Que nuestros periodistas puedan contarnos la verdad libremente sin que eso implique quedarse sin trabajo o sacar a sus hijos del país. Volver a ponerse un vestido o una camiseta roja sin que se nos revuelvan las tripas. ¿Se imaginan que nuestra bandera vuelva a ser la de todos, nuestros colores los de todos, nuestros recursos de TODOS?

A que te gusta lo que ves… Seguro que sonríes y te gusta lo que ves, seguro no se te ha olvidado cómo es de verdad este país, cómo somos de verdad. Seguro que no eres ninguno de esos a los que les gusta estar todo el día “echando carro” y esperar a que le regalen las cosas. Seguro que eres uno de esos millones que se para tempranito para ir a trabajar aunque sea colgando en una camionetica, seguro eres uno de tantos que con esfuerzo cumple con su familia y sería incapaz de poner a sus hijos a pasar hambre para quedar como ídolo llevando lomito a los hijos del vecino. Seguro que eres uno de los millones de venezolanos que odia las colas y la sola idea de saber que después de ésta no habrán más ya te da la energía necesaria para salir. No es tarde, hazlo.

Muévete, sal a hacer tu última cola, defiende tu voto. Venezuela, haz como dice Serrat, “date una oportunidad”.  Echa el resto HOY, ejerce tu derecho HOY, porque si no lo haces, es posible que ya nunca puedas ver de cerca una papeleta electoral con más de un partido político o más de un candidato.  Deja la cervecita en la nevera y te la bebes más tarde. Si te quedas echado bebiendo a escondidas es probable que ya nunca vuelvas a comprarte una cajita sin hacer una cola, que ya nunca vuelvas a saber lo que es un sancocho, que las parrillas las veas en las películas viejas (si tienes luz, claro). Échate un bañito y sal “pulio” a votar, porque si no lo haces, a lo mejor ya no vuelves a saber lo que es una pastilla de jabón y el perfumito te lo echarás cada quince y último cuando vayas a recoger lo que cabe en tu tarjetica de racionamiento. Sal a votar, firma el cuaderno, mójate el dedo y defiende tu libertad, la de tus hijos, la de tus viejos.

Hoy puede ser un gran día, hoy podríamos irnos a dormir sabiendo que el país abandona la carretera oscura y llena de huecos que lo lleva a un barranco del que nadie nos va a sacar, hoy podríamos regresar al camino del progreso…

Venezuela, hoy puede ser un gran día… Y mañana también.

 

 

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La vida que te mereces

Mujer, hoy cuando te quites la ropa y vayas a ducharte, detente un momento frente al espejo; mírate, mírate bien, suéltate el pelo, gírate y detalla tu espalda, baja por tus piernas, mírate los pies y camina con sus puntas… Sube la mirada, recorre tu cuerpo y detente en cada una de tus curvas, tócate el vientre, el ombligo, admira tu pecho, tus pecas, esos lunares que pocos saben cuántos son…

Siente tu pelo entre los dedos, sonríe, muérdete los labios como si saborearas una jugosísima fresa, mueve la nariz, arquea tus cejas como cuando algo te sorprende pero no terminas de creer que sea verdad…

Mírate bien, y gústate, fíjate en lo hermosa que eres, en la unicidad de tu cuerpo, siente el perfume de tu piel sudada…

Porque más allá del ancho de tus caderas, de la firmeza de tus piernas, la lozanía de tu piel, el color de tus pezones, la altura de tu pecho, las cicatrices de tus partos, las estrías de las dietas interminables, e incluso de ese punto donde la celulitis decidió instalarse para siempre, eres bella.

Juega con tu pelo, sedúcete a ti misma, disfruta de lo que ves, date cuenta de que lo tienes todo para comerte al mundo. Sonríe, aunque sea entre sollozos, sonríe, hoy es el último día que estarás en ese infierno, hoy te vas, te liberas de los gritos, de las humillaciones, de los golpes y los insultos.

Hoy se acaba, porque tu pelo es para acariciarlo no para tirar de él. Tus labios rotos deben estarlo de tanto besar. En tus ojos lo que mejor queda es la marca de las ojeras producto de una larga noche de pasión, no el recuerdo del puño de un animal.  Mírate en el espejo y date cuenta de que esos moretones sobran en tu vida, que tus lágrimas no tienen que ser de amargura, frustración ni de impotencia…

Hoy se acaba y NUNCA volverá a repetirse, porque NO es tu culpa, NO eres la causante, NO te arrepentirás, NO tienes que aguantarte, NO le debes nada, NO le tienes miedo, NO le crees más, y sobre todo, hoy se acaba porque has entendido que NO es amor.

Entra a la ducha, siente el agua recorrer tu maravilloso cuerpo, observa cómo tus dudas, tu paciencia, tu dolor y hasta tu perdón se van por el sumidero…  Siente cómo te llenas de vida por dentro y emanas esperanza con sólo parpadear. Tienes todo lo que necesitas, se acabó.

Hoy comienza tu nueva vida, esa que te demostrará que el amor es respeto, caricias, besos, susurros, admiración, libertad, muchas y maravillosas cosas que ahora podrás descubrir. Porque sin importar los años, los padres, los hijos, los nietos, el dinero, ni el qué dirán, aún estás a tiempo de vivir la vida que te mereces. ¡Vete y vívela!

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¿Felicidad suprema?

Crear un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo es la falta de respeto más grande que se le puede manifestar a un país que semana tras semana va menguando a punta de balas y miseria.

Mi sensibilidad estomacal se ve comprometida ante la repugnancia que me produce el cinismo de lo único “supremo” que tiene el gobierno venezolano, y es la SUPREMA IGNORANCIA de Nicolás Maduro. Y como parece que muchos han olvidado lo que es la felicidad (la simple, y la suprema) al tiempo que creen que pueden encontrarla a precio de saldo o todavía peor, saqueando una tienda de electrodomésticos, les voy a recordar queridos venezolanos lo que es la felicidad suprema, la de verdad.

La felicidad es esa que sientes cuando te levantas temprano por la mañana y mientras te haces una arepa para desayunar ves cómo el sol se asoma por tu ventana. Felicidad es salir de tu casa con tus chamos y dejarlos en un colegio donde sabes que van a aprender Historia de verdad en lugar de ser adoctrinados. Felicidad es  caminar por las calles de tu ciudad sin temor a que una bala te detenga en el camino. Llegar por la noche a casa y saber que todos tus seres queridos llegaron bien, sin ser atracados, matraqueados, amenazados, secuestrados, insultados ni discriminados, es felicidad. Enfermarse y saber que te pueden atender en un hospital con recursos suficientes, encontrar medicinas en la farmacia, comprar la leche que te gusta, la pasta, el queso, la carne, el pollo que te gusta, beber el jugo que te gusta, usar el papel sanitario que te gusta, es felicidad… Ya sé que suena tonto, pero ante tanta escasez, muchos hemos sentido “felicidad” al poder llevar a nuestras casas algo tan simple como una pastilla de jabón.

Porque la felicidad  para un venezolano ahora se basa en poder sobrevivir y las cosas bonitas de la vida ocupan un segundo plano, no porque no queramos ser felices, sino porque estamos demasiado ocupados intentando ganarle la batalla al hampa y a esta dictadura disfrazada. La felicidad del venezolano es comer lo que consigue, salir ileso del transporte público, que la cola para cualquier cosa sea lo más corta posible, no caerle mal a ningún uniformado de verde o de rojo, ir por la autopista sin que un bloque o un hueco pongan fin a su ruta, no perder lo que guarda en la nevera por una falla eléctrica, no decir nada que no le guste al gobierno, y especialmente no tener que ir nuevamente a una morgue a reconocer el cadáver  de un ser querido.

Atrás quedaron los años en los que para nosotros, los “hermanos de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol” – como dice el “Alma llanera” – vivíamos (a pesar de los problemas) la verdadera felicidad…

Que levante la mano quien nunca haya jugado béisbol en su calle con chapitas y el palo de una pala, quien no se haya ido caminando al colegio o al trabajo esquivando entre risas el sol o la lluvia, que me digan los aprovechados si son más felices ahora con una tele de plasma de lo que lo fueron cuando no la necesitaban porque se podían pasar la tarde jugando baloncesto en la cancha del mismo barrio en el que siguen viviendo y todo el mundo a las 6 de la tarde ya está bajo llave.

Salir en bicicleta y compartirla con el que no tenía (un ratico tú y otro yo) o sentarse durante el recreo a tomar el “vaso de leche escolar” con un  paquete de Sorbeticos era felicidad y lo demás es cuento.

¿Quién no sintió felicidad cuando consiguió su primer trabajo por lo que sabía y no por el color de la franela que llevaba puesta?  ¿Quién no fue feliz al saber que todos sus amigos estaban  “a pata e’ mingo”?

Señores, FELICIDAD suprema, infinita e inexplicable es esa que sientes cuando el amor de tu vida te besa mientras sujeta tu  rostro entre sus manos; esa que te recibe con el brillo en los ojos y un juguete en la mano cuando llegas a casa; esa que te echa la bendición antes de acostarse.

La suprema felicidad  no necesita de plasma, tabletas, Wi-Fi, ni milongas revolucionarias. Y por si no se han dado cuenta tampoco de lo que es una milonga revolucionaria, pues sepan que es esa cantaleta absurda y contradictoria como el socialismo del siglo XXI, el mismo que odia al imperio pero tiene twitter, le vende petróleo, le compra aparatos high tech, sale de viaje en aviones privados, autoriza al pueblo a robar adelantando la Navidad para que luego esté muy ocupado intentando poner en funcionamiento el nuevo perol con cables, los mismos cables que terminarán masticando cuando no haya comida que comprar o robar, ni empresarios dispuestos a seguirle el juego a este supremo arroz con mango en el que estamos metidos.

Yo quiero volver a tener un país que me garantice seguridad, libertad, educación, justicia, sanidad, empleo, estabilidad, y ya de mi felicidad simple, suprema, fugaz o permanente me encargo yo… Porque no quiero que me regalen nada, y espejismos mucho menos.

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Lo que no te llevaste…

 

Aprovechaste un día en el que esa gran mujer dejó su casa para ir a ver a sus hijos y arrasaste con todo. Cualquiera diría que eso quedó “pelao”, pero eso es lo que crees tú, si tú, grandísimo miserable que ignoras lo que dejaste.

Te lo voy a decir yo para que tomes conciencia de lo que nunca tendrás. Porque más allá del televisor, del equipo de sonido, los discos, los muebles,  la ropa, del tostiarepa y todo lo que sacaste de esa casa sin que te temblara el pulso. Más allá de todo lo que conseguiste por la flojera de no salir a trabajar y quedarte tirado como la piltrafa que eres viendo pasar la vida que nunca tendrás, más allá de lo que te van a durar las cuatro lochas que te den por enseres robados hay una historia de la que nunca serás parte, ni siquiera podrás tener una lejanamente parecida, hay mucho que no te llevaste.

No te llevaste la alegría de cada domingo por la mañana cuando una sonrisa estaba en la cocina esperándote con un café, no te llevaste los bailes de esa pareja de enamorados eternos cada vez que un disco les hacía menearse un poquito, tampoco te llevaste la ternura que invadía el alma de quien leía cada mensaje escrito con esa caligrafía perfecta y única que decoraba las paredes. No te llevaste la certeza de poder ir a cualquier hora porque la puerta siempre estuviera abierta para recibirte y la pasta siempre lista para que con un golpe de horno pudieras alimentarte. No te llevaste las navidades que te limitaste a escuchar desde la envidia, tampoco te llevaste las canciones que cantamos, las noches en las que el sueño nunca llegaba porque había muchas historias que contar, las risas de cada uno de los seres que dormimos bajo ese modesto pero maravilloso techo, el abrazo de amor verdadero que nunca conocerás, las melodías que salieron del piano que no sabes tocar tampoco te cabían entre las manos. No te llevaste ni uno sólo de los buenos deseos que cientos tenemos para esa “rosa” que a todos nos ha llenado de dulzura.  No te llevaste el verde de las matas.

No te llevaste la unión de una gran familia, la bondad infinita de una pareja inseparable, no te llevaste ni siquiera el dolor que se siente cuando un ser insustituible se va del mundo pero sigue llenándote por dentro. No te llevaste el placer de una vocación que no era un simple trabajo, ni los besos de ese amor apasionado que ha generado buenos hijos y nietos. Dejaste la sabiduría y muchos, muchos consejos. Por dejar, dejaste hasta las resacas de fin de año con gaitas y todo.

Tú miserable, te llevaste eso que se puede llevar cualquiera, eso que seguro ya te gastaste en aguardiente, pero lo más importante, lo verdadero, lo grande que había en cada rincón de esa casa, eso no nos lo podrás quitar nunca. Porque aunque el miedo a que tus balas llenen de pólvora el perfume de nuestra rosa nos obligue a irnos, todo lo que realmente vale lo llevamos dentro de cada uno de nosotros, sí, nosotros los afortunados que no necesitamos de un televisor para ser felices.

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Antes de volar…

Hay gente que  cuando  está en un lugar donde sabe que habrá personal a su servicio se confunde y cree que tendrá sirvientes. Pasa en los restaurantes, tiendas, cines, y por supuesto en los aviones.

Esos maleducados que suben a bordo sin responder los “buenos días”,  sin mirar a los ojos,  parece que se ponen de acuerdo para viajar en verano y los puentes, incluso parece que deciden juntos el destino donde pasarán sus vacaciones haciendo gala de su prepotencia y descortesía desmedida. Esos que creen que tienen mayordomo con frac y todo son la muestra más evidente no sólo de que nunca han tenido uno, sino de que nunca lo tendrán. Tocan el timbre y al atenderlos no saben qué pedir, dan órdenes, gritan, te agarran por detrás, te tiran de la falda, interrumpen mientras estás atendiendo a otro, silban para llamar la atención, chasquean los dedos, en fin… Todo menos decir “señorita”, “joven”, “disculpe”.  Sueltan la maleta en el suelo porque no pueden con ella, se sientan y pretenden que se las subas tú… Cambian los pañales de los bebés en los asientos y te llaman para que vayas a recogerlos, sueltan el producto de sus mareos y quieren entregarte la bolsita… Insultan cuando se les llama la atención y pretenden quitarte autoridad con la excusa de que estás allí para aguantarlos y ponerles la Coca Cola.

Señor pasajero maleducado, no se equivoque, nosotras no somos muñequitas a las que se les puede meter mano, tampoco somos niñeras, limpiadoras ni portaequipajes. Estamos en el avión que lo transporta a sus merecidas vacaciones especialmente para salvar su vida y la del resto de los pasajeros en caso de una emergencia que esperamos nunca ocurra; lo de los refrescos es parte de nuestro trabajo, pero es secundario. Si le decimos que no suba los pies a determinados lugares, es porque no son escabeles sino elementos muy delicados que nos serán útiles para salir en tiempo récord si fuera necesario, y sería lamentable que su vida, la nuestra y la del resto de los pasajeros se viera afectada porque usted y muchos inconscientes hicieron caso omiso a nuestras explicaciones.

Si le decimos que apague el móvil, el ordenador y cuanto aparatito electrónico lo entretenga, no es porque nos divierta ver cómo lo apaga, sino porque es NECESARIO, y por apagado se entiende TOTALMENTE APAGADO, ¿no me entendió? Repito: TOTALMENTE APAGADO, no en “modo avión”, ni en “le saco la tarjeta”, ni me hago el sueco y pongo el protector de pantalla, ni me lo guardo en el bolsillo, ni la azafata es tonta y apenas se vaya lo vuelvo a encender… Si le decimos que mantenga el cinturón abrochado mientras la señal esté encendida, es por su bien y porque sabemos cómo se pulverizan los huesos ante un trancazo durante una turbulencia o un frenado repentino, pero si usted insiste en sentirse como “Harry el sucio”, suéltelo, pasee y viva la emocionante sensación de estar “al margen de la ley”, supongo que eso le disparará las endorfinas si tiene la suerte de no llevarse un golpe.  Si le decimos que no fume, no es porque nos preocupen sus pulmones (ya bastante tenemos con los propios) se lo decimos porque volamos sobre toneladas de combustible y ese cigarrillo que a usted no le importa encender en el baño puede ser la mecha que active esa bomba. ¿De verdad quiere que todos empezando por usted terminemos así? ¿De verdad tiene ganas de pasarse los próximos años trabajando para pagar una multa que ronda los cuarenta y cinco mil euros?

Si cree que tratando como esclavos a las personas (que le repito, están a su servicio pero no son sus sirvientes) hace algo divertido, créame, no es así. Piense un poquito antes de decir cualquier barbaridad. Las personas que sirven refrescos en un bar o en un avión no son precisamente ignorantes. En el caso que nos ocupa, usted está hablando con abogados, periodistas, fotógrafos, internacionalistas, politólogos, maestros, fisioterapeutas, historiadores, empresarios, artistas plásticos, artesanos, enólogos, economistas… Los que hablan menos manejan dos idiomas, otros son políglotas, y a diferencia de todos esos trabajos que se hacen por necesidad cuando uno no practica lo que estudió, éste es uno de los que se hace por vocación, porque nos gusta conocer gente, nos gusta tratarles bien, porque tenemos un hígado que genera paciencia, y cuando parece que ya no tenemos más, resulta que siempre encontramos una reserva. En resumen, no intente humillarnos porque le servimos, pues no es motivo de vergüenza, no nos trate como ignorantes,  piense que muchos hemos estudiado incluso más que usted; y aunque no lo hubiéramos hecho, eso no nos quita el derecho a ser respetados.

Nos gusta ser parte de un bonito recuerdo, ser una de esas experiencias que pueda contar cuando regrese. Hacemos lo que está en nuestras manos para que usted se sienta bien, le dejamos nuestra ensalada si usted es vegetariano y olvidó notificarlo a la compañía, le prestamos para  llenar las planillas de inmigración el único bolígrafo que tenemos aunque estemos casi seguros de que sólo una de cada veinte veces regresará a nuestras manos, le cambiamos de sitio si no le gusta el que le tocó, le escuchamos su vida y milagros si vemos que se siente solo y tiene ganas de hablar, le recomendamos el mejor regalo que puede hacer en lugar de dejarlo comprar a ciegas. Le ponemos la manta si se quedó dormido sin ella,  encendemos la lucecita para que pueda leer mejor, le ayudamos en lo que podemos, pero no abuse.  Es nuestro trabajo, es verdad, pero esas atenciones “extras” seguro marcan la diferencia entre una compañía aérea y otra… Porque no todo es dinero y eso lo sabemos todos.

Entendemos que para usted un avión sea un territorio desconocido y eso lo ponga a la defensiva, entendemos que los aeropuertos lo agobien, los despegues lo pongan nervioso, los espacios pequeños lo vuelvan agresivo. Pero eso no le da derecho a gritar, ofender, agredir, y hasta montar pataletas propias de niños malcriados. Durante las próximas horas, todos tendremos que convivir en un espacio pequeñito del que afortunada o desafortunadamente no podemos irnos cuando nos apetezca. Así que relájese y asuma las limitaciones de tiempo y espacio que tenemos.

Fíjese bien en  cómo  deja el baño cada vez que lo usa, y eso seguramente le responda porqué lo encuentra como lo encuentra. No cuestione las instrucciones  que se le dan, si tiene dudas pregunte, siempre será por su propia seguridad. Piense por un minuto que esa muchacha que está en el pasillo caminando de un lado para otro podría ser usted, su madre, su hermana, su hija… ¿De verdad las trataría así? ¿Le gustaría que alguien le hiciera fotos sin su permiso? Entienda que en los aviones, como en los supermercados, zapaterías, bibliotecas, bares y demás, trabajan seres humanos, no máquinas.  Y si es usted el educado que se encuentra con algún auxiliar de vuelo tosco o grosero (que los hay, por desgracia) quéjese, notifíquelo a otro compañero, hable con el  jefe de cabina y si es preciso, con el comandante, pero no baje de nivel, el resto de nosotros se lo agradecerá.

Una última cosa, a pesar de que a bordo se cobran muchas cosas afortunadamente las sonrisas, los “buenos días”, “por favor” y “gracias” siguen siendo gratuitos; por eso los damos y recibimos con mucho gusto.

Bienvenido a bordo y feliz vuelo.

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Crisis

Cuando comencé a escribir este blog lo hice pensando en mi propia versión de un matrimonio y como todos los matrimonios pasan por crisis, éste no podía ser menos. Dirán que demasiado pronto, y tienen razón. ¿Pero acaso hay un período mínimo a cumplir antes de declararse en crisis? No lo creo. De pronto es que algunos no estamos hechos para cierto tipo de compromisos o simplemente saber que lo tenemos hace visible un lazo que antes era transparente. Independientemente del motivo, el resultado es el mismo… Crisis, la palabra, la situación  más repetida en los últimos dos años en diferentes puntos del globo. Crisis financiera, política, democrática, educativa, laboral, crisis de valores, crisis personal… Crisis, crisis, crisis!!!!

A veces lo que ocurre no es tan grave, es manejable y obviamente solucionable. Sin embargo, hay que priorizar entre lo urgente y lo importante. Escribir era importante, lo es y lo será, incluso es la mejor forma de salir de cualquier hueco por más profundo que sea, pero lo urgente me alejaba del teclado.

Quiero pedirles perdón por esta pausa mucho más larga de lo que habría querido. Les prometo que haré lo posible por llevar esta unión en paz. Eso sí, a partir de ahora dejaré que el lazo vuelva a ser invisible para que siga estando allí pero sin hacerme mirarlo a cada rato.

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Viajar al futuro

A pesar de la gente buena que allí vive, evito ir a Cuba a toda costa, y en los últimos años la cosa me había funcionado.  No tengo nada en contra de ese país caribeño, pero tampoco puedo esconder que su dictadura me parece vomitiva. Sin embargo, esta vez no tuve opción y volví.

La primera vez que estuve en La Habana tuve la misma sensación que la mayoría de sus visitantes… Viajar al pasado. Carros grandotes de los años cincuenta, electrodomésticos de 1900blanco y negro, casas coloniales con fachadas que se caen, silencio y miradas furtivas, desconfianza, internet intermitente y desesperadamente lento. En fin, todo eso que los curiosos admiran precisamente porque tienen la seguridad de un billete de regreso a la libertad y la fortuna de no dejar allí nada más que lo gastado bebiendo ron y comprando puros.

Porque la verdadera Cuba no es esa de las postales Varadero, tampoco la de las piscinas de los hoteles de lujo, ni ese país donde todo el mundo es feliz con una revolución absurda que los reprime, controla, encarcela, amenaza o los mata. La verdadera Cuba es la que persigue a Yoani Sánchez quien como puede describe la realidad de una forma admirable y obviamente mucho mejor que yo en estas líneas. La verdadera Cuba es esa de la que muchos huyen prefiriendo ser alimento de tiburones que permanecer en ella, la que te recibe en un aeropuerto que parece la entrada a una cárcel, con malas caras vestidas de verde que te miran dejándote claro que “calladito estás más guapo”. Esa en cuyas calles los más jóvenes se ven sometidos a vender su cuerpo al mejor postor que suele ser un viejo decrépito con suficientes fondos para darse un “homenaje” durante unos días a cambio de una lavadora o unos kilos de leche. Cuba es esa de los mercados cayéndose con la carne entera rodeada de moscas porque la gente no tiene dinero suficiente para comprarla.

Sin embargo, esta vez no sentí que viajaba al pasado, esta vez estaba viajando al futuro y eso me daba escalofrío. La Habana que vi la semana pasada es una ciudad mucho más moderna y limpia que antes. Claro, se nota la diferencia de los bolívares que han abandonado nuestros hospitales y universidades para mudarse a la cuna del “Coma-andante”, y no hablo del supremo intergaláctico, sino del de siempre.

Viajé al futuro caminando por las calles de La Habana como si se tratara de un calvario, viendo con tristeza e impotencia a las muchachitas de atractiva piel canela que terminarán siendo presa de viejos verdes con pasaporte extranjero. Sentí lástima por los seis aguacates que estaban a la venta en un tarantín del mercado y por las mujeres que deseaban que los comprara todos para venderme una bolsa por un peso.  Me acordé de Venezuela y vi a mi país en ese espejo.

Sentí rabia al recordar las carreras para comprar harina, la escasez de papel sanitario, las madres de muchos de nosotros marcadas como prisioneras de Auschwitz para comprar una bandeja de pollo o un litro de aceite. Pensé en que a mi rico, inmenso, desgraciado y despiadadamente saqueado país le espera la miseria, el racionamiento, la represión, el atraso, y la ridícula admiración de europeos resentidos a los que “la revolución” les parece el camino y una maravillosa forma de vida, pues todo lo viven desde sus casas donde beben frente a la chimenea ediciones especiales de ron, o peor aún, admiran la miseria ajena haciendo uso de una imaginación muy selectiva desde la espectacular habitación de un hotel de lujo con playa privada a lo largo de la isla.

Viajé al futuro y sentí terror de que nuestras niñas se conviertan en las nuevas jineteras del mundo, terror de tener que pagarle a un aprovechado para que le haga llegar comida, ropa o medicamentos a mi familia, terror de que estos saqueadores terminen de alcanzar su objetivo de convertir a Venezuela en una versión de Cuba, y no precisamente para acumular medallas olímpicas.

Terminé mi viaje abordando mi avión, deseando que la democracia o la muerte  (honestamente ya me da igual) terminen con el yugo que azota a los cubanos y también saquen de una vez a los que desde hace catorce años están aferrados al poder venezolano.

Mi avión despegó con mucha esperanza y poca paciencia… Destino: un  futuro diferente… La libertad.

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Mea culpa

Cuánto me gustaría escuchar de la boca de un ministro, un diputado, y por supuesto, del presidente “la culpa ha sido mía”.

Si se va la luz, la culpa es de una iguana, no de la falta de mantenimiento. Cuando la morgue se llena de víctimas del hampa, la culpa  es de nosotros que somos paranoicos y tenemos una sensación de inseguridad, no de las condiciones en las que trabaja una policía con sueldos miserables. Si el pueblo sale a la calle a exigir sus derechos, la culpa es de medios de comunicación terroristas que los impulsan a protestar, no del hambre que pasan a diario.

Si en las universidades hay disturbios, la culpa es de los profesores que son imperialistas, no de la falta de recursos ni mucho menos de los pistoleros infiltrados del partido  de gobierno. Si en las cárceles hay fiestas y mafias dignas de una película, la culpa es… De nadie, eso no pasa en las cárceles, eso es puro chisme, las cárceles son paraísos, por eso los reos se amotinan y mueren calcinados sin que nadie haga nada.

Si a un inocente lo encarcelan, la culpa es suya por haber expresado su opinión y no coincidir con la que al gobierno le conviene, la culpa no es de instituciones que no conocen el significado de la palabra independencia y creen que la Constitución es un librito pequeño para llevar en el bolsillo. Si los presos políticos ven evaporarse su vida tras las rejas sin que se tomen en cuenta las mínimas medidas humanitarias en caso de enfermedad, la culpa es de ellos por faltar al gobierno, la culpa no es de los jueces que con patrañas hicieron lo que les mandaron desde arriba.

Si ocurre una desgracia, la culpa es de un rayo, un palo de agua, un saboteador, pero nunca del que tiene la responsabilidad de evitarla, lo importante es que el show continúe.  Si una madre de familia y una niña mueren acribilladas por la Guardia Nacional, la culpa es de un “error” de decenas de balas, la culpa es de la señora por haber salido a la calle y de la niña por haber nacido, pero no del asesino que les disparó, ni del cómplice que lo puso en la calle a cuidar nada.

Si no hay harina de maíz la culpa es de nosotros que comemos mucho, si falta el papel sanitario, también es nuestra porque deberíamos limpiarnos con poco, la culpa es nuestra porque nos gusta hacer quedar mal al gobierno, la culpa no es del absurdo control de cambio que arruina a la empresa privada, ni de la falta de producción de las que una vez nacionalizadas han tenido que  cerrar.

Si alguien sufre un mal incurable, la culpa es de la CIA que le inoculó la enfermedad,  no de su estilo de vida, ni de la mala suerte. Si alguien lucha por su vida y  muere en un hospital que se está cayendo, la culpa es de los presidentes de 1958 a 1998,  no del gobierno que ha vendido el barril de petróleo al precio más caro de la historia y desapareció los reales. La culpa es del paciente por estar en la Lista Tascón en lugar de ser “revolucionario” para darse el lujo de tener un cheque en blanco y pagar a los mejores médicos del mundo en La Habana.

Si millones de personas protestan por un fraude electoral, la culpa es nuestra porque no sabemos perder, no de una institución con el 4F amarrado en el brazo, ni tampoco de un sistema de verificación a medida. Si se descubren hechos de corrupción, la culpa es el MOSSAD que se ha pasado años preparando un montaje, la culpa no es de los implicados que ni siquiera se investigan.

Si un hombre armado de valentía se enfrenta al aparato del Estado compuesto de tanto descaro como de petrodólares, y deja al descubierto toda la ineficiencia, la hipocresía, la demagogia y la corrupción,  la culpa es de los judíos, los extranjeros, los homosexuales, la clase media,  del imperio, de Los Simpson… En fin,  de otros.

Si un ignorante llega al poder a punta de dedo en lugar constitucionalmente,  la culpa es nuestra porque no respetamos la última voluntad de “el supremo intergaláctico eterno”, la culpa no es de los alcahuetes de turno. Si un país deja de ser democrático para convertirse en un parapeto, la culpa es de quien denuncia, no de quienes vienen de todas partes a celebrar y a llevarse su parte. Si un periodista es amenazado, despedido, sancionado con el cierre de su medio o incluso encarcelado, la culpa es suya por no repetir lo que dice el burro, el cerdo o el pájaro, la culpa no es de la guerra sin cuartel contra la libertad de expresión.

En definitiva cuando un país navega entre heces,  la culpa es nuestra porque no terminamos de indignarnos y no nos entregamos a luchar contra esta cuerda de enchufados miserables que siguen chupándonos la sangre y el petróleo. La culpa es nuestra por todas aquellas veces que salimos a una marcha bailando como si se tratara de una comparsa, por todas aquellas veces que fuimos a la playa y no a votar, por todas aquellas veces que dejamos que un uniforme analfabeta nos quitara la quincena, por todas aquellas veces que decidimos pagar para no hacer la cola, pagar para que nos sacaran rápido el pasaporte, la licencia, el RIF, el papel del registro, de la alcaldía, pagar para que nos pegaran el cable de la luz al poste, el de la televisión,  pagarle al contador para que declarara menos. La culpa es nuestra por todas aquellas veces que nos quitaron derechos y nos acostumbramos, por todas aquéllas veces  que nos comimos una luz, adelantamos por la derecha,  ignoramos el paso de peatones, estacionamos donde nos dio la gana, tiramos la basura por la ventana, nos hicimos los locos frente a un abuso y no defendimos a nuestro vecino.

Estoy hablando en plural porque de una u otra manera todos estamos en el mismo paquete, y por desgracia el paquete incluye a los honestos y a los que no lo son, a los vivos criollos y a los pendejos,  a los flojos y a los trabajadores. A los que pagamos y a los que nunca lo hicimos. Todos estamos en el mismo barco, VENEZUELA, y con esto  quiero animar a todos a que asumamos nuestras responsabilidades, nuestras culpas, espabilemos y acabemos ya con este circo de mala muerte que tenemos por gobierno, hagamos lo que sea necesario y no nos calemos más aplaudir ni al show ni a sus payasos. Que no esperemos más que asuman ningún tipo de responsabilidad porque lo único que están dispuestos a defender (así sea a punta de fusiles) son los miles de millones que nos han saqueado. No esperemos un “mea culpa” de su parte, y sigamos sin detenernos hasta que un tribunal internacional cumpla con su deber y por fin los declare CULPABLES.

Hagámoslo ya antes de que tengamos que decirle a nuestros hijos un día que existió un gran país llamado Venezuela, pero que ya no existe por nuestra culpa.

 

 

 

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Borrón y cuenta nueva

 

Hemos perdido la cuenta de los lunes que hemos comenzado una dieta, de los gimnasios a los que hemos ido tres veces a pesar de haber pagado todo el año. Hemos cambiado casa, trabajo, restaurante favorito, look, compañía telefónica… Hemos roto relaciones y promesas de año nuevo una y otra vez.  Hemos comenzado desde cero mil veces, pero la más difícil  es esa de comenzar desde cero por dentro…

Una mudanza es un gran ejemplo; todo comienza con asumir que ya no puedes, debes o quieres seguir donde estás, buscas el lugar apropiado y te estrellas repetidamente cuando la realidad te demuestra que nada es como en la foto. Así que eso que iniciaste con la ilusión de una nueva vida en tu vida puede convertirse en un infierno que te obliga a preguntarte por qué someterte a esta tortura de andar besando sapos si ya tienes tu pequeño palacio; y es allí cuando el fantasma de la costumbre comienza a sonreírte para que vuelvas a tu zona de confort y te dejes de tonterías. Pero la fortaleza y la decisión no te abandonan y te hacen repetir el  “pa’lante es pa’allá” como un mantra. De modo que dedicas horas a leer anuncios, inspeccionar fotos, concertar citas, subir y bajar escaleras, desfilar por verdaderas mazmorras en las que no vivirías aunque te pagaran por hacerlo, o  por palacios que no puedes permitirte.

La búsqueda se convierte en una tarea pesada y monopoliza las conversaciones  con tus amigos, pues cada uno tiene su propia y espeluznante experiencia. Un día el destino te pone frente al anuncio justo, el cansancio te había hecho dejar de buscar y tomártelo con calma, dar paso a las vacaciones, la vida social y todas esas cosas que habías abandonado por ese proyecto de vida nueva que tenías en la cabeza… El destino, quién sino!

Antes de la búsqueda ya habías comenzado a prepararte para que al momento de encontrar tu nuevo refugio la cosa no te pillara desprevenida, cajas, cajitas y cajotas (no menos de cincuenta porque los zapatos y los libros ocupan mucho espacio).  Maletas van y vienen, rollos de plástico de bolitas que ya no recuerdas si debes poner hacia adentro o hacia afuera, camisetas que ya ni recordabas que tenías, y tonterías que no sabes por qué siguen pululando por allí… ¿Pero de dónde salen tantas cosas? ¿No se supone que tenía esto adelantado? Eso te pasa por creer que nunca se tienen suficientes libros y zapatos. Tus cajas son un purgatorio.

Las vidas nuevas son una versión de la Divina Comedia, y el purgatorio es eso que ni es chicha ni es limonada, son esas cosas que van al juicio final donde tú juegas a ser Dios y decides lo que se que se salva y lo que no… ¡Qué difícil! ¿Cómo no sentir piedad? Es mejor no pensarlo mucho…

Sellas  a los salvados con cinta de embalar, y  a los que siguen esperando, también (porque en esto del juicio final no eres del todo eficiente). Miras a tu alrededor… ¡Qué grande es esta casa! ¡Y qué bonita! ¡Cuántas veces vi amanecer, llover y nevar por esa ventana! ¡Cuántas visitas durmieron en esta cama!  ¡Cuántas risas y cuánto llanto han escuchado estas paredes!  ¡Cuánta desnudez se asomó por ese espejo! Das el paso, caminas con tus recuerdos, libros, discos, zapatos y vinos a cuestas (bien embalados a prueba de golpes) la ilusión se apodera de ti no sin antes concederle a la nostalgia un último arrebato… Cierras la puerta y te vas sin mirar atrás…

Sonríes, una nueva vida comienza… ¡El paraíso! Puedes hacer lo que quieras, eres libre, libre para todo, incluso para equivocarte una vez más si se te antoja… Sonríes, tu vida tiene una nueva vida… Otra vez, borrón y cuenta nueva… Pa’lante es pa’ allá!!!

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