Más allá de las nubes

 

Hace días llueve sin parar y esta primavera se ha disfrazado de un largo noviembre. Lejos está nuestro querido calorcito, ese del que nos quejamos cuando estamos en el lugar donde siempre hay sol, ese que tanto extrañamos cuando el frío y el viento nos azotan. Llueve tanto que es necesario cerrar las ventanas y encerrarnos en una burbuja que no nos deja disfrutar del maravilloso olor a  tierra mojada, porque ni es la misma lluvia, ni es la misma tierra, y por supuesto, tampoco es el mismo olor. Nuestra tierra huele diferente, tiene un cálido perfume a mango, infancia, mar, a amor… Y esta que nos rodea, si acaso huele a nostalgia.

Pasan las horas y las luces se esconden mientras nos preguntamos cuánto durará esta tristeza, cuándo se abrirá el cielo y volveremos a sonreír.

Cuesta mucho acostumbrarse a esta vida gris, lleva tiempo cambiarla y pintarla de esperanza como dice la canción.  A veces parece que ese momento nunca llegará, la incertidumbre y la impaciencia nos invaden. Sin embargo, una voz nos susurra que no falta demasiado para que despertemos de pronto, el viento sople a favor, la sonrisa se apodere de nuestro rostro, el brillo reaparezca en nuestros ojos, el cielo vuelva a ser azul. Esa voz nos recuerda que más allá de las nubes y aunque la lluvia no nos deje ver, siempre hay un sol… Y una luna también…

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De aquellos polvos vienen estos lodos

 

Anoche estaba pensando en qué iba a publicar antes de que se acabara la semana. Mientras escogía un tema supe que en Venezuela se iba a anunciar algo IMPORTANTE. Me acosté como a las dos de la mañana  y a cada rato revisaba a ver si se había dicho algo ya…  Me ilusiona pensar que Henrique Capriles tuvo piedad de sus compatriotas de este lado del charco y nos dejó dormir tranquilos sabiendo que a una hora normal tendríamos acceso a la esperada comunicación. Lo de dormir tranquilos tiene una doble lectura. La primera, esa sensación que nos permite conciliar el sueño a quienes tenemos la conciencia en paz, y la segunda, esa curiosidad digna de cualquier niño que se acuesta la Nochebuena deseando que amanezca y ya sea Navidad. Así dormí, con mi conciencia tranquila y esperando un regalito.

 Hoy tuve que contener las náuseas al oír a uno de los personajes más despreciables de mi país hablar de corrupción, fusiles, sangre, conspiración, corrupción, traiciones, revoluciones, dinero, corrupción, mentiras, chismes, fraude, corrupción, manipulación, miedo, basura, corrupción, más basura, más corrupción, y más basura como si se tratara de un juego de chapitas. ¿Se acuerdan cuando de pequeños en nuestras calles se jugaba béisbol con chapitas? Pues en Venezuela el gobierno de turno se revuelca en un chiquero con mucha más facilidad que hacer un hit con una chapita.

La confusión se apodera de algunos y la certeza nos sonríe a muchos otros,  los mismos que sabíamos desde hace tiempo lo que hoy salió de esa boca. No hubo sorpresa porque nada proveniente de este lodazal que lleva años acumulando estiércol puede sorprendernos excepto la ligereza con la que se habla de la vida de muchos venezolanos que parecen ser una personificación de “El Coco” digna de recibir plomazos por salir a la calle a cacerolear. Porque al gobierno no le gusta el ruido de las cacerolas, prefiere el de los fusiles disparando.

Por primera vez no me preocupaba la “providencial” intervención de una “cadena nacional” porque estaba segura de que a los involucrados les interesaba más que al mismo pueblo saber lo que se dice cuando dan la espalda. Los amigotes de toda la vida resulta que no son tan amigotes, lo que se catalogaba de inventos de un periodista resulta ser el chivatazo de uno de la casa, las denuncias de la oposición que se han descalificado por todos los medios resulta que tienen fundamento, el fraude electoral no sólo es posible sino mucho más que evidente. Las arcas venezolanas ya no aguantan más saqueos y los enchufados ya tienen asegurado el futuro propio, el de sus hijos, nietos, mujeres y barraganas.  Por primera vez escuchaba una confesión tan asquerosa como indignante, y por primera vez tenía la sensación de que POR FIN esos venezolanos que siguen creyendo en pajaritos preñados van a abrir los ojos y a entender que no podemos seguir viviendo bajo este régimen de hambre, inseguridad, represión, corrupción, hipocresía, ineficiencia e injusticia. El chavismo se hunde en su propias heces, pero da sus últimas patadas de ahogado tirando al ejército a la calle para que “controle” el hampa que ha propiciado con su discurso de odio, su pasividad y alcahuetería.

Después de casi doscientas mil muertes violentas en catorce años en los que los cuerpos de las morgues han sido catalogados de “sensación”, después de continuar con el show cuando les ha parecido conveniente, después de  despreciar a unos muertos sobre otros porque parece que sólo los que llevan el 4F en el brazo tienen dolientes. Después de prostituir  a las Fuerzas Armadas, resulta que ahora el gobierno va a imponer la seguridad soltando a un gentío armado a la calle, ese mismo gentío que hace poco más de un mes disparaba indiscriminadamente con la certeza de no responder sobre sus actos y mucho menos sobre sus víctimas. Después de todo este berenjenal el gobierno militariza las calles, pero no se engañen, aquí la única seguridad que se protege es la del mismo gobierno para que siga generando miseria, corrupción, escoria.

Termino de escribir esto para irme a dormir con la esperanza de que el mundo nos haga caso, con la preocupación por las consecuencias de la confesión que ha puesto en jaque al gobierno ilegítimo que pinta las calles de un verde militar dispuesto a teñirse de sangre. Me voy a soñar con el fin de esta pesadilla, con la libertad y la unión de los venezolanos… Me voy a dormir con la conciencia tranquila, no como la de quienes han convertido sus polvos en lodo…

 

 

 

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Esto NO es patria

Antes los venezolanos hacíamos cola para comprar entradas para un amanecer gaitero,  para el autobús, subir a la montaña rusa, al teleférico, entrar a una discoteca, un concierto, un juego de béisbol, el comedor de la universidad, subir al ferry, incluso cobrar la “Beca Alimentaria”… ¿Se acuerdan?

Hacíamos laaaaargas colas en Navidad porque como buenos venezolanos, todo lo dejábamos para última hora y siempre se nos olvidaban las uvas, el vino para el pernil, las pasitas para las hallacas, 5Kg más de hojas, o el par de zapatos del 31…  Hacíamos colas para cobrar el cheque de la quincena, aprovechar el 3 x 2 y hasta pelear en la CANTV.  ¿Se acuerdan?

Como siempre hemos sido un poco desordenados, muchas veces las colas no las hacíamos como las hormigas (uno detrás del otro) sino que nos amontonábamos en los mostradores sabiendo perfectamente quién llegó primero y poniendo en los palitos al que quisiera colearse. De modo que en la carnicería no había cola sino un bululú de gente que apenas dejaba a la vista el gorrito blanco del carnicero. ¿Se acuerdan?

Ahora no, ahora somos todo eso que vimos en televisión durante años y que nuestras infinitas riquezas naturales, industria alimentaria, reservas internacionales y torres en los supermercados nos aseguraban que nunca llegaría. El día llegó, pero no llegó esta semana cuando en Barquisimeto y otras ciudades del país se marcaba a la gente como ganado o prisioneros de Auschwitz para determinar quién tenía derecho a comprar 2Kg de harina de maíz. Sí señores, la Harina Pan de toda la vida que las familias numerosas compraban por bultos, ahora se vende a 2Kg por cabeza. El azúcar desapareció para dar paso al papelón, ¿Y la  leche? ¡Bien, gracias! Los alimentos en Venezuela se  han convertido en la letanía de un rosario, pollo, ruega por él, carne, ruega por ella, aceite, ruega por él, papel y toallas sanitarias, ruega por ellos, mantequilla, ruega por ella… El día llegó hace años. Venezuela es el único país del mundo donde se puede conseguir caviar pero no leche, el único país del mundo donde hay lista de espera para comprar un utilitario normal y corriente, un país donde “hay patria” pero no hay comida.

Porque para el “gobierno” lleno de vicios, corrupción, inseguridad y miseria que Chávez le heredó ilegalmente al hombre que nos ridiculiza por el mundo,  los venezolanos ahora tenemos patria. Pero, qué es la patria ¿Esa que nos hace compañía cada vez que se va la luz, esa que junto al agua ocupa toda la nevera cuando no hay mercado, es esa que todos los días sale a pasear disparando a todo lo que se mueve? ¿Esa es la patria?  ¿La que interrumpe a su antojo la vida normal de los venezolanos para soltarles gamelote, odio y mentiras en cadena nacional? ¿La que nos lleva por el camino de las cartillas de racionamiento cubanas? ¿Es patria la que se prostituye pagando petróleo a cambio de azúcar, aplausos y un poquito de carne? ¿La que ha extendido el hambre en los cuatro puntos cardinales del país?. Señores, yo lo lamento mucho, pero esto NO es patria, esto es un burdel en el que Venezuela aparte de meretriz paga la cama… Bien cara por cierto.

Le han contado al mundo que en Venezuela ha disminuido la desigualdad. Es cierto, ahora no hay muy ricos, ricos, clase media, pobreza y pobreza crítica, ahora todos somos pobres porque los ricos se han ido y los muy ricos están en el gobierno. ¿O esos maletines con dinero salieron del sueldo de los ministros?

Yo odiaba cuando escuchaba a algún aprovechado decir “yo no pido que me den, sino que me pongan donde haya”… El difunto de Sabaneta se lo tomó al pié de la letra y montó a su familia, amigos, y hasta a los yernos en su propia maquinita de hacer billetes… ¿Presuntamente?  No, evidentemente!!!

Eliminar la desigualdad no es convertirnos a todos en pobres u obligarnos a hacer una cola para mendigar harina, NO!!! Eliminar la desigualdad es enseñar a la gente a trabajar, proporcionarle seguridad para que vayan y vuelvan tranquilos a sus casas, no ponerles un cheque en blanco por cada muchacho que nazca cuando aún las madres deberían terminar la enseñanza básica, ni imponer la inamovilidad laboral para que cuanto vago exista deje de ir a cumplir con su responsabilidad cada vez que amanezca enratonao’.  Eliminar la desigualdad es equiparar los salarios a la inflación. Eliminar la desigualdad es equipar nuestros hospitales para que no sea necesario recurrir a una clínica privada. Eliminar la desigualdad es que todos los venezolanos tengan los mismos derechos y deberes sin cumplir con el requisito de afiliarse al partido de gobierno, firmar o asistir como borregos a cuanto bochinche se instale en nombre de un hombre que lo único que tuvo de supremo es el descaro, porque hay que tener claro que los muertos se respetan, pero no por estar muertos dejan de ser lo que fueron. En este caso, todos sabemos cuán supremamente mentiroso, manipulador y muchas cosas más era el que ya no está y nos dejó en este berenjenal.

Yo siempre quise un país en el que no existiera tanta desigualdad, pero parece que no manejamos el mismo concepto. De momento Venezuela tiene un presidente que llegó al poder primero a punta de dedo y luego a través de un fraude que cada vez se hace más difícil disimular, también tiene apagada la maquinaria de la industria alimentaria que a la hora de expropiar no pensó que ignoraba cómo gerenciar, cuenta con una especie de iguana radioactiva cuyo superpoder radica en comer cables del sistema eléctrico nacional sin electrocutarse;  tiene secuestrados los poderes públicos al servicio de un partido, sometidos los medios de comunicación a una regulación que sólo viola continuamente el mismo gobierno, un número de presos políticos que va in crescendo, una fuente inagotable de excusas inverosímiles y por supuesto, tiene empeñada hasta la forma de caminar.

No quiero que mi país sueñe con el pollo o la carne como sueñan los cubanos, no quiero que sueñen con una arepa como si vivieran en Estocolmo, ni con un café con leche. No quiero que a mi país se le vaya la vida haciendo cola, esquivando balas, ni encendiendo velas. Quiero que mi país vuelva a ser como antes, cuando todos festejábamos juntos, compartíamos la comida en la playa, nos prestábamos los libros, dábamos la cola, veíamos y votábamos lo que queríamos sin temor. Quiero que los ingenuos abran los ojos de una buena vez. Quiero un país que vuelva a soñar en grande.

No sé si el bozal de petrodólares nos lo va a permitir, pero hay que seguir luchando con valentía, con fuerza, sin violencia. Hay que seguir luchando para que todos tengamos comida en nuestras casas sin haber hecho una cola típica de las hambrunas africanas, pues en la medida en que nuestros estómagos estén llenos, nuestros hospitales, policía, colegios y universidades estén equipados, nuestros poderes se dediquen a sus funciones de forma independiente, y nuestra economía avance, podremos ocuparnos del resto del mundo. En Venezuela hay recursos para nosotros, para ayudar a los demás y aún sobra… Pero ojo, en ese orden, no al contrario.  Porque no se puede tener patria si no se le quiere, no se puede tener patria si se le rinde honores a otra.

Venezuela, despierta antes de que terminen de saquearte y de patria (la de verdad) quede sólo el “¿te acuerdas?”. 

 

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Un día…

Despertarás y te darás cuenta de que es demasiado tarde, que ya no importa si se te olvida mi cumpleaños, si no me pagas los estudios, si he mudado los dientes. Ya no importa que no sepas cómo se llaman mis amigos, qué quiero hacer cuando crezca, si me porto bien o no, si hago las tareas fácilmente o si la flojera me invade por las tardes.

Ya no importa que fuera la única con una sola silla reservada en los actos de fin de curso, la única con una sola familia, un solo par de abuelos. Ya no importa que no reconozcas mi voz porque dejaste de llamar por teléfono, que no sepas cómo huelo, cómo es mi letra, qué me gustaba jugar, comer, ver en televisión, cuántas veces tuve fiebre, si miraba para los dos lados antes de cruzar la calle o me arriesgaba compitiendo con el color de los semáforos.

Ya no importa que vivas postergando una y otra vez tus visitas, que inventes excusas para no estar en navidad, que me dejes vestida, peinadita y con una sonrisa marchita por la desilusión. Ya no importa que no sepa qué responder cuando alguien me pregunta por ti, que recibiera regalos que nunca mandaste, que otra persona me enseñara a andar en bicicleta…

Ya no importa que critiques la forma en que me han criado, que no te guste el deporte que practico o las canciones que canto. No importa que no hayas estado en mi primer día de colegio, cuando gané mi primer trofeo ni en mi primera derrota. Ya no importa que  no me vieras sonrojarme con mi primer novio, llegar a casa emocionada después de mi primer beso o el día en el que dejé de usar uniforme y entré en la Universidad.

Ya no importa que no me defendieras de alguna agresión, que no te trasnocharas esperando que llegara de una fiesta, que estuvieras sólo en las fotos viejas, que no me vieras llorar por mi primer amor…

Ya no es necesario, no hace falta de verdad. No te molestes en querer conocerme, no intentes llenarte la boca con halagos vacíos, no le digas al mundo quien soy, pero sobre todo no le digas a nadie quien eres; porque a pesar de todo el arrepentimiento, ya no tienes tiempo, es tarde…

Ya crecí, soy feliz, he hecho todo lo que he querido y los sueños siguen formando parte de mi vida. Te extrañé, te lloré, pero hace tiempo que no y a falta de uno tuve muchos. Me acostumbré a tu ausencia, no necesito tu cariño, no te espero, no te sueño, no me acuerdo de tu cara, de tus ojos, no recuerdo un beso, ni siquiera un “te quiero”…

Papá, todos tenían razón,  llegó el día de cargar con el peso de tus decisiones, ese que llevé por ti durante todo este tiempo… Aquí te lo dejo.

                                                                                                                                      Para Gala (de adulta).

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Caja mágica.

A pesar de todo lo que ocurre, hoy no tengo ganas de hablar de lo mismo. Hoy tengo ganas de cosas bonitas y entre las cosas bonitas de la vida de muchos está la radio.

Recuerdo que la radio siempre estaba encendida, mi abuela preparaba el desayuno con el noticiero de fondo y luego la casa se subía a un Satélite que llenaba de humor y música cada rincón. Era la época del uno por uno, es decir, una canción de un artista nacional por cada extranjero. Ese proteccionismo musical trajo la época dorada de la canción venezolana, Franco De Vita, Guillermo Dávila, Yordano, Carlos Mata, Karina, Melissa, Daiquirí, Guillermo Carrasco, Frank Quintero, Aditus, y muchos más. Era también la época de esas voces imponentes que en la mayoría de los casos proyectaban a una especie de James Dean con audífonos que en realidad era más feo que un carro por debajo. ¿Hay algo  mejor para soñar que la imaginación?

La televisión también me atraía, supongo que era normal en una niña de cuatro o cinco años. Me pegaba a la pantalla intentando ver a dónde iban los actores cuando desaparecían de la misma, prefería ver las comiquitas en blanco y negro en un televisor con patas cuyas pulgadas superaban notablemente a las del moderno a todo color.  Sin embargo,  no me atrapaba, no tenía misterios…  La radio era mi objetivo.

Me asomaba por la parte de atrás del aparato y veía perolitos de colores ordenados como si se tratara de una ciudad en miniatura. Pensaba que los cantantes eran más pequeños que mis dedos y aunque no lo veía me imaginaba a Guillermo Dávila en su moto yendo de una estación a otra para cantar. Creía que todo era en vivo y que los discos eran para que los escucháramos en casa porque los cantantes eran de otro mundo, de ese mundo pequeñito. Allí comenzó la magia, porque la radio es principalmente magia. Aunque ha evolucionado, ahora se deja ver la cara, han desaparecido los grandes estudios con su parafernalia y muy pocos la escuchan desde un aparato con antena retráctil,  no ha perdido su encanto.

Gracias a esas dosis de música, noticias y publicidad que acompañaron mi infancia junto con la curiosidad que me caracteriza, un día me decidí, me acerqué, toqué a su puerta y la radio me abrió… Aprendí muchísimas cosas, hice grandes amigos, consumí música como nunca, me llené de canciones incluso mientras dormía… Y fui feliz. Sólo quien ha vivido esa experiencia sabe que la radio alimenta, enriquece y hace crecer.

He ido a muchísimos lugares y una de las primeras cosas que hago es pasearme por el dial buscando una emisora que me dé nota; que me haga subir el volumen y cantar como si no hubiera un mañana. Pero no, nada que ver. Bueno, debo hacer un par de excepciones en Italia y Argentina donde encontré lo más parecido a la que me gusta en estilo, sentido del humor, y por supuesto música.

La ventaja de esta era es poder escuchar desde cualquier parte del mundo la radio que te gusta, la desventaja es que con la diferencia de husos cuesta mantener el vínculo con esa voz que antes conocías tan bien que considerabas tu amiga; no porque ya no lo sea, sino porque terminas viviendo vidas paralelas, estás pero no estás… Como ya no aguanto ciertos trotes intento no volverme loca y aunque la sigo desde lejos, no hay nada como llegar a Venezuela, encender la radio y darme el gusto de escucharla a la hora que es y en el mismo lugar.

Este es mi humilde homenaje a todas y cada una de esas voces que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas, nos han hecho reír tanto que fuimos objeto de miradas raras, han servido para montar un bochinche, cantar jonrones,  soportar una cola, hacernos menos amarga la tristeza o gritar contentos “felizaaaaaañoooo”.

A ti querida radio que has sobrevivido a multas, acoso, cadenas, obligaciones absurdas y abusivas, a ti y a todos los que valientemente siguen aferrados a tus micrófonos para acompañarnos en medio de tanta confusión e injusticia, gracias, muchísimas gracias y que sigan emitiendo… Ojalá en libertad.

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Balas para todos

Oswaldo era un joven y talentoso estilista, de pelo envidiable, mirada expresiva color miel, ocurrente sentido del humor y muchas ganas de vivir… Encontró la muerte el 13 de febrero del 2000 cuando durante un atraco el terror le hizo huir para intentar salvar una vida que cegaron las balas al alcanzar su espalda.

Orlandito era un chamo humilde cuyo padre nunca se ocupó de él ni de su hermana. Dejó de estudiar para trabajar y ayudar a su madre para que los tres salieran adelante. Una tarde un policía le disparó por la espalda. Tuvieron que salir los vecinos del barrio a defender el honor del muchacho porque para justificar el crimen el asesino quiso acusarlo de delincuente.

Miguel es uno de esos hombres que por donde camina deja una estela de paz, tranquilidad y armonía con el universo. Su concepto de la libertad y modesto sueldo de profesor universitario le impedían poner rejas a su casa. Todo iba bien hasta que un día unos tipos entraron sometiéndolo junto a su mujer haciéndole sentir cada minuto que sería el último y que su hija lo encontraría en el suelo del baño amarrado y rodeado de un charco de sangre. Se lo llevaron todo y después de unos minutos de silencio Miguel dio gracias por no estar rodeado del charco de sangre que se imaginaba… Tardó dos días en poner rejas.

Juanito es un niño que a los 7 años junto a su hermanita de 3 se colaba en la cama de sus padres. Ambos tuvieron que ver cómo una madrugada sus padres que intentaban cerrar la puerta de la habitación se rindieron ante una mano que se asomaba empuñando una 9mm. Vio el hueco en el techo por donde entraron  los ladrones y cómo destrozaban su casa mientras a él le apuntaban en la cabeza. Pasado el ataque ayudó a sus padres a desatarse… Ya tiene 8 años y cada vez que escucha un ruido se tapa los oídos y sale corriendo a esconderse.

Mary es una mujer joven, bella y felizmente casada con un gran hombre. Hace mes y medio cuando por la tardecita regresaban a su casa, unos tipos los interceptaron en la entrada del garaje, los “acompañaron” hasta adentro y se llevaron todo lo que tenían encima. De nada sirvió andar en un carro blindado y manteniendo un “perfil bajo”. Mary y su marido están buscando casa fuera del país.

Anaís es una joven médico a la que no le gusta que le pongan el título en femenino. Tiene una atractiva piel morena y una fortaleza envidiable. En agosto del 2011, cuatro semanas antes de graduarse perdió a una compañera de promoción en un ataque a tiros a los residentes que acababan de terminar la guardia en el Hospital Carabobo. Anaís siempre lleva dos mochilas cuando va a trabajar, una con comida y la otra con medicinas y material médico, pues más de una vez ha tenido que suturar heridas de bala mientras le apuntan en la cabeza para que lo haga bien aunque no tenga recursos.

Rosa es una profesora de Historia del Arte extraordinariamente generosa que durante toda su vida ha sembrado bondad y dulzura. Hace años enviudó y casi todos sus hijos (los de sangre y sus ex alumnos) emigraron. Vive sin lujos, lo poco que tiene lo da, probablemente por eso nunca le falta nada. Un día llegó del colegio y la habían mudado. Rosa alberga tristezas en su mirada, una de ellas es haber ido al funeral de un ex alumno al que con 20 años mataron por resistirse a un atraco no muy lejos de donde meses antes moría Oswaldo el peluquero.

Patricia era una mujer valiente, trabajadora con una familia muy unida, tenía 39 años y tres hijos. Fue enterrada hace pocos días, le dieron un tiro en la cabeza y otros 15 en el resto del cuerpo mientras estaba estacionando su carro frente al lugar donde llevaba años viviendo. La amiga que la acompañaba y también sufrió heridas de bala (una de ellas en la cara) ahora se juega la vida en la UCI.

Según un artículo publicado el 3 de junio del 2012 en el diario venezolano El Universal, en Venezuela se habían producido 155788 asesinatos desde 1999, si a eso le sumamos los del resto del año y los más de 3400 muertos del primer trimestre del 2013 no es de extrañar que me quede corta señalando sólo algunas historias de gente que conozco y/o conocí. Aquí no están todos los difuntos de los pésames que he tenido que dar, ni todas las horas de angustia durante secuestros. Tampoco los atracos en los semáforos, centros comerciales, autopistas; etc. Esto es simplemente una pincelada de lo que cada venezolano tiene que contar. Porque detrás de cada asesinato por parte del hampa que es quien verdaderamente manda en el país, hay hijos, nietos, padres, hermanos, maridos, mujeres, tíos, sobrinos, primos y amigos…  Las balas no preguntan dónde vives ni por quién votas y son muy pocos los venezolanos que pueden decir que no han sido tocados por la sombra de la muerte o el olor a pólvora que dejan. En Venezuela hay para todos…

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ARRECHERA…

Da igual lo educado que seas, lo bien que hables, el idioma que domines. En la vida de todo venezolano tarde o temprano llega el momento de soltar una palabrota, sencillamente porque no hay otra con la cual expresar ese cóctel de sentimientos que es tan nuestro. La palabrota todos la conocemos, pero voy a referirme al sentimiento que nos hace soltarla. Porque para nosotros, más allá de la ira, impotencia, tristeza, frustración, rabia, furia, amargura, agobio, existe la arrechera, una mezcla de todo lo anterior, con arena blanca, frío andino, sencillez llanera y olor a café.

Cuando te roban, sientes arrechera. Cuando te ponen un arma en la cabeza, regresas a donde dejaste el carro estacionado y ya no está, haces la cola para comprar pollo, el chofer de la camionetica pasa de largo las paradas donde hay estudiantes, se va la luz, sientes arrechera. Cuando no tienes que comer, aparte de hambre sientes arrechera. Cuando te matan a un familiar o un amigo, aparte de dolor sientes arrechera. Cuando después de estudiar te toca jugarte la vida siendo taxista, vas a clase y tienes que tirarte al suelo para esquivar las balas, sientes miedo… Y arrechera. Cuando no tienes dinero con qué pagarte una clínica y sabes que no hay medios para tratar tu enfermedad en un hospital, sientes arrechera. Cuando tienes que abandonar todo lo que quieres para buscar una vida mejor, estás fuera y escuchas a otros hablar maravillas del gobierno de tu país pero no se van para allá, sientes arrechera.

Cuando violan tus derechos, sales arregladito y un carro acelera sobre el charco de agua para bañarte, no pasa el aseo,  roban en el autobús el día que cobraste la quincena, ves que tienes la suerte de haber nacido en un país rico y esa riqueza se la regalan a otros, te insultan, alguien se te colea, tu empleo depende de tu presencia en una marcha,  te quieren cambiar la historia, un funcionario público te pide dinero como “una ayudaíta ahí”, se te daña la lavadora, tus hijos no tienen clase por otra huelga más, casi te matas por una autopista sin luz en la que tiran bloques, juegas buscaminas evitando los huecos o caes en uno del tamaño de un tractor sientes arrechera. Cuando pierde tu equipo de béisbol, se cuadra un juego para hacer taquilla, te roban el teléfono, ves una bandera enorme de otro país ondeando más alto como si fuese a comerse la tuya sientes arrechera. Cuando expresas tus sentimientos y aparece el vivo del día a publicarlo con su firma, sientes arrechera.  Cuando hasta los malandros tienen fiestas en las cárceles y tu no puedes salir de casa para evitar que te maten, vas al aeropuerto a llevar a otro pedacito de ti al que a lo mejor no volverás a ver, un motorizado te vuelve a arrancar el retrovisor, tu país se desmorona porque no hay separación de poderes sino un servilismo a un hombre sin el mínimo respeto a los ciudadanos, ves el cinismo repetirse como un loro en cadena nacional, el nombre del Libertador convertirse en monigote y comodín, te amenazan, vas a poner una denuncia y te la toma el mismo que te atracó, sientes arrechera.

Cuando ya ni siquiera puedes ver lo que te gusta porque  cierran un canal de televisión que a lo mejor ni veías, pero eso lo decidías tú, caminas apuradito porque el sol se está yendo y la parte más despiadada del hampa llegando, primero escampa afuera que dentro de tu casa, se vuelve a ir la luz, cambian tus símbolos patrios, ves a un niño vendiendo mangos en una autopista para poder sobrevivir, sientes arrechera. Cuando necesitas hasta seis horas para hacer un trayecto de menos de 200 Km., pedirle permiso a otro para utilizar el dinero que con sacrificio has estado ahorrando, te mandan un sms al teléfono para que votes por un candidato al que ni siquiera le has dado el número, tu voz no se escucha, tu voto no cuenta, te etiquetan de fascista por pensar diferente, necesitas una casa pero no puedes acceder a ella porque no tienes carnet del partido de gobierno, te secuestran, arriesgas tu vida en cada semáforo, te invaden el terrenito que dejaron los abuelos de los abuelos de tus abuelos, te quedas sin empleo porque expropiaron la empresa donde llevabas años trabajando, o te quedas sin empresa porque te la expropiaron sientes arrechera.

Cuando con el mismo dinero compras la cuarta parte del mercado que antes llevabas a tu casa, te recorres la ciudad buscando papel sanitario, leche para tus hijos o harina para las arepas del desayuno. Cuando ya ni los cacerolazos se consideran la voz del pueblo, responsabilizan a una iguana del  reiterado fallo en un servicio básico, el representante de tu país hace el ridículo cada vez que abre la bocota, te acosan, los militares te caen a tiros o gritan consignas políticas, todo el que está en el gobierno hace lo que le viene en gana, cuando la Constitución ya conoce todas las maneras de ser violada, cuando tu querida Venezuela retrocede más de medio siglo y se convierte en víctima de una dictadura, sientes una SOBERANA ARRECHERA.

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No somos traidores

Somos muchos los que por diferentes motivos un día decidimos dejar nuestra casa, familia, amigos y amores para irnos a otra tierra a empezar de nuevo. Sin ventajas, sin enchufes, sin apoyo, sólo con la maleta llena de trapos inadecuados para el invierno, ilusiones, un título enrolladito (que sigue enrolladito y sin homologar) un paquete de Toronto y una lata de pirulín para aguantar hasta que el primer valiente se uniera o viniera a visitarnos. Un bolsillo lleno del  dinero reunido durante el proceso de indecisión,  y por si acaso con las groserías bien aprendidas en todos los idiomas posibles, para por lo menos saber cuándo nos estaban insultando.

Muchos quisimos tirar la toalla más de una vez y mandar a donde se merecía al ignorante de turno,  agarrar el primer avión cuando no teníamos cerca a nadie que nos hiciera un caldo para pasar la gripe. Muchos gastamos todo lo que nos sobraba del sueldo en tarjetas, facturas, cibercafés, estampillas, y cuanto medio nos permitiera seguir en contacto con los que se quedaron en casa o con los otros que estaban desparramados por el mundo. Muchos tuvimos que autocantarnos cumpleaños, cenar solos en Navidad, trabajar en Año Nuevo para que el trago fuera menos amargo. Muchos nos perdimos los momentos importantes en la vida de nuestros seres queridos, no sólo la cotidianidad, sino esos memorables. Somos los eternos ausentes en las bodas, nacimientos, graduaciones, incluso de los funerales. Nos hemos convertido en facebooktwitterskypewhatsappviberfacetimedependientes, y eso después de haber superado la era de la icqmessengerpostalelectrónicafaxdependencia.

Hemos hecho nuevos amigos, formado una familia o hemos sido adoptados por la de otros. Nos hemos acostumbrado al frío, al trasporte público porque por estos lares nadie da la cola, a caminar sin aferrar la cartera como si se tratara de la vida, a usar los hospitales públicos, a no dejar la luz encendida, a abrir las ventanas antes que encender el aire acondicionado, a dejar las frutas tropicales para los momentos especiales y atiborrarnos de fresas grandotas que sólo comíamos en la Colonia Tovar. Hemos aprendido a cruzar por donde se debe, conducir como se debe, bajar y subir donde se debe, a sentarnos en el autobús o ir apretados pero nunca colgando en la puerta, al silencio, a los parques con los columpios puestos, a la basura en las basureros, a la radio maaaaaaala y sin humor, al acento de Los Simpson, a cargar muchas moneditas en el bolsillo y reírnos solos pensando que rompimos el cochinito. Hemos aprendido a explicar a un carnicero cuál es el pedazo de carne que queremos para hacernos una carne mechada, y a que nos mire raro si le encargamos un pernil. Hemos llorado amargamente cuando al caminar por una calle lejana un artista callejero toca “Moliendo café”. Hemos sido hormiguitas ahorradoras para organizarnos una vacaciones en nuestra casa.

Nosotros no somos millonarios porque ganemos en dólares, euros o libras, no somos extranjeros porque tengamos doble nacionalidad, no somos sudacas, ni canarios.   Somos un montón de gente que le ha echado pichón, tanto como en nuestro propio país, pero con las oportunidades que allí no nos deparaban estos catorce años. Nosotros somos testigos del cambio porque para poder ver la totalidad de las cosas, hay que tomar distancia. Somos unos nostálgicos permanentes que añoramos el lugar donde nacimos y crecimos, pero ese, incluso como era cuando nos fuimos, no el que ya no reconocemos.

Nosotros criticamos al gobierno de nuestro país, pero también al del que nos acoge. Nos quejamos de lo que va mal allí y aquí. Buscamos soluciones para los dos lados, queremos mejoras en los dos lados porque tenemos derecho a ellas. En el primero porque aunque estemos lejos nunca hemos dejado de ser venezolanos, y en el segundo porque somos ciudadanos pagadores de impuestos y eso nos da derecho a exigir.  Nosotros somos los que con las tripas revueltas le reclamamos a los que ni siquiera saben cómo se hace un papelón con limón que ponga de ejemplo lo indefendible. Sí, porque por aquí abundan los que ponen a Venezuela como modelo de no sé qué, pero ni a palo se desprenden de sus beneficios y se van con sus macundales a vivir todo aquello de lo que nosotros salimos huyendo.

Nosotros somos esos con amigos en todo el mundo que siempre tenemos visita en casa, que cargamos y pedimos encargos, esos mismos que sufrimos paranoias nocturnas preguntándonos si nuestros seres queridos están en casa sanos y salvos, que aunque estemos pasando el peor trago de nuestras vidas siempre le decimos a nuestras madres que “estamos finos”. Nosotros somos los que hacemos reír a nuestros nuevos amigos, los que les decimos que tienen que conocer el mejor país del mundo, pero que no vayan solos. Nosotros somos los que dejamos “el pelero”, sí, es verdad, pero somos venezolanos, amamos a nuestra patria, la extrañamos y siempre pensamos que aunque sea viejitos vamos a regresar.  Nosotros somos los que aguantamos el chaparrón  solos y desde lejos, nos fuimos y merecemos el mismo respeto que los que se quedaron, pero mucho cuidado, no se equivoquen,  estamos lejos pero no somos traidores!!!

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Intoxicación

Según la RAE, intoxicación es la acción y efecto de intoxicar.  E intoxicar es:

  1. Infectar con tóxico, envenenar.
  2. Imbuir, infundir en el ánimo de alguien algo moralmente nocivo.
  3. Dar un exceso de información manipulada con el fin de crear un estado de opinión propicio a ciertos fines.

Teniendo en cuenta el significado, voy a explicar lo que significa para los venezolanos vacunarse contra una intoxicación.

El pasado 05 de marzo me encontraba como un día más lidiando contra el tráfico, el calor, la inseguridad y la escasez que reina en cada rincón de Venezuela, cuando de pronto comenzó el caos. Este caos no era otra cosa que la aceptación pública de lo que todos los venezolanos sabíamos desde hacía meses: Hugo Chávez estaba muerto. Aunque claro, se supone que tenemos que tragarnos la fecha del 05 de marzo como oficial hasta que la historia y la sensatez den paso a la verdad.

Se desencadenó algo inexplicable, todo el mundo se echó a la calle, y la verdad es que no recuerdo haber visto a nadie llorando, pero sí rostros de miedo y mucha prisa por alcanzar las cajas de los supermercados con la mayor cantidad de comestibles que el racionamiento y la devaluación permitían. No vi a nadie celebrando, pero sí ese brillo que hay la mirada de los que comenzábamos a ver una pequeña luz iluminando el hueco en el que el país se hunde.

Se sucedieron las desproporciones, las expresiones de “dolor”, las lágrimas de cocodrilo, las demostraciones de disputas internas dentro de un monstruo que se quedaba sin cabeza, el “socialismo” del siglo XXI. Ese “socialismo” que expolia a un pueblo para repartir sus riquezas por el mundo, ese que viaja en aviones privados, viste trajes de seda, zapatos italianos, relojes suizos, y maletines repletos de dólares. Ese que llama burgueses y oligarcas a los que viven en el este, tienen apellidos extranjeros, hacen huelga, tienen un negocio, se dedican a la venta ambulante, tienen carro, el pelo liso, la piel más clara, fueron a la universidad, en fin, a todo aquél que no se crea sus mentiras, sepa ver más allá, y no esté de acuerdo con sus ideas absurdas.

Ese 05 de marzo, me sentía como zombie deambulando por las calles de una  Venezuela lejana a esa en la que nací y crecí. Y mientras las calles eran un arroz con mango y el bombardeo de información atascaba los medios, me fui de viaje a esa Venezuela “de antes”. Sí, de antes,  porque antes no se hablaba, ni siquiera se diferenciaba entre “la derecha” y “la izquierda”, porque nadie era rojo o escuálido, socialista u oligarca, afrodescendiente o pitiyankie, bueno o malo. Antes, todos éramos catires, negros, “caféconleche”, portus, gallegos, maquediches, musiús, maracuchos, gochos, magallaneros, caraquistas, de parrilla, sancocho, de whisky, cerveza, de empanadas, areperos, de El Universal o el Nacional, El Carabobeño, Notitarde,de Meridiano, Panchita y Meridianito, salseros, merengueros, puyúos, de RCTV, de Venevisión, de pepito o hamburguesa, de Cuyagua,  Choroní, Morrocoy, Punto Fijo y Playa seca… Antes éramos de Prebo, La Isabelica, San Vicente, el Castaño, Petare, La Urbina, Catia, Prados del Este, el Chaparral o Campo Norte, la UCV, UCAB, la Metro, UC, IUNP, la UBA, de “ando pedaleao” y “traquilo, te doy la cola”, de hallacas, bollos, Coca-Cola, Frescolita, Toddy, Taco, CADA, Central Madeirense, “no tengo teléfono” y “te caemos en tu casa”, de mangos, fresas, mamones, duraznos, lechoza, melón, chicha, cocada, trabajo de día y estudio de noche, estudio de día y trabajo de noche, Satélite, La Mega,  adecos, copeyanos, ni pendiente,  Miss Venezuela, atún, sardinas, pasticho, paella, EFE, Tío Rico, bambinos, tetas, tinitas, barquillas, cafés, calles del hambre…  Aunque parezcan muchas, no hay opciones suficientes para describir esa Venezuela, porque ese era un país en el que cada uno era feliz en la medida de sus posibilidades, cada uno buscaba mejorar lo que no le gustaba de la propia vida sin que eso significara perjudicar al resto, cada uno quería una casa mejor, pero no le pasaba por la cabeza apropiarse de una ajena. Cada uno vivía en paz, en armonía, sin complejos, sin envidia, sin odio, sin resentimientos. Cada uno respetaba las opciones del otro, sin que eso lo convirtiera en despreciable, en objeto de insultos, odio, en exclusión… Porque TODOS por encima de cualquier cosas éramos VENEZOLANOS.

Esta es la vacuna que les dejo no contra  la intoxicación, sino el envenenamiento de quienes pretender seguir haciendo de Venezuela un país donde aparte del hampa, reine la confrontación. Porque lo único que está claro es que la escasez, los apagones y sobre todo la inseguridad afectan a todos por igual. Porque lo que llenan las morgues son cuerpos baleados de VENEZOLANOS, porque en los hospitales se mueren VENEZOLANOS, porque la ceguera de unos afecta a todos los VENEZOLANOS, y porque esa Venezuela de “antes” no era perfecta, pero en ella todos éramos felices, juntos, como siempre hicimos los VENEZOLANOS.

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Para muestra un botón…

¨Je suis diplomatique, je suis diplomatique!!!!!! ¨ gritaba groseramente en un francés que daba más vergüenza que lástima y viceversa, un hombre con una prepotencia típica de aquél que se cree el ombligo del mundo, con aires de Primera Clase, pero que viaja bien arrinconado en Turista…

Así comenzaba una tarde más en el Aeropuerto de Barajas, donde un vuelo con destino a la cosmopolita, fascinante y tristemente peligrosa Caracas, estaba por despegar…

Todo el mundo aguardaba su turno y seguía las instrucciones de los empleados de la línea aérea que paciente, educada y justamente, pusieron en su sitio al grosero que ventilaba su carnet de funcionario consular… ¨Espere su turno, seguimos un orden y la profesión no es una prioridad¨.

El lamentable espectáculo causaba estupor entre los pasajeros que no sólo se sentían ofendidos por el ¨vivo de turno¨, sino también por saber que ese ¨vivo¨es quien nos representa desempeñando quién sabe qué labor diplomática, obviamente de la misma vergonzosa, corrupta y ridícula manera que se hacía notar entre el resto…

Esos venezolanos que pagan impuestos, hacen sus carpeticas para pedir permiso al gobierno venezolano para gastar su propio dinero, y aguantan infinitas colas para comprar harina de maíz, pollo, leche, azúcar… Esos venezolanos afortunados que se pueden permitir darle uso al pasaporte, aunque sientan ganas de esconderlo cuando personajes de tercera arrastran el gentilicio de una manera tan deprimente, esos mismos personajes que van por la vida ventilando ¨la chapa¨ mientras viven a costillas de todos…

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