Día 25: Como traficantes

Los días sin publicar se deben entre otras cosas a las batallas que aquí se libran a diario y a la falta de electricidad, internet o tiempo para sentarme frente al teclado a contar lo vivido durante la jornada.

Muchas veces me veo escribiendo a las tres, cuatro o cinco de la mañana, lo cual significa que en Europa muchos ya van por el segundo o tercer café mientras a mí me queda el tiempo justo para una siesta que me permita seguir con el correcorre, porque en este país todo es una carrera contrarreloj, todo se hace intentando rasguñarle un poco de ventaja al tiempo.

Dicen que nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo hace. Y lo cierto es que cuando una persona querida está en peligro, podemos terminar haciendo cosas que jamás imaginamos, podemos vernos envueltos en desagradables situaciones mientras hacemos lo que está en nuestras manos para salvar una vida sin que luego tengamos que avergonzarnos contándolo al beneficiado. Así ha transcurrido la mayor parte de estos días.

Además de las armas de fuego, la falta de comida y medicinas son las responsables de las muertes de este país. El empeño del régimen por impedir el acceso a medicinas dificulta a cualquiera llevar una vida tan normal que a la hora de una gripe se pueda encontrar sin problemas un analgésico. Si a eso le sumamos un serio y repentino problema de salud, las posibilidades de supervivencia se reducen a niveles que los creyentes califican como milagro. Tener a un ser querido en la unidad de cuidados intensivos de un centro de salud otorga la forzosa acreditación para convertirse en una especie de traficante. Debes llamar al conocido del amigo del amigo de un amigo que te cita a una determinada hora en un lugar que parece cualquier cosa menos una droguería donde, si tienes suerte y el dinero necesario, la ampolla de la que depende la vida en peligro está a tu alcance. Debes intercambiar una serie de mensajes en los que la insistencia y la gravedad del asunto logren despertar un vestigio de humanidad en tu interlocutor que a su vez consultará con el bachaquero especialista para que lo autorice a darte su teléfono. Después de esa primera gestión hay que pasar la lista de los medicamentos que urgen mientras recibes otra con el precio de cada unidad. Toca luego transferir el dinero y estacionar en un lugar en el que el “vendedor” te hará entrega de ampollas (generalmente de uso hospitalario), cápsulas, tabletas o cualquier presentación de esa medicina que no se encuentra en ninguna parte, salvo en el uniforme de enfermeras infames que por ofrecerlas a menos precio que un traficante piensan que son mejores seres humanos y merecedoras de una estatua en la plaza Bolívar, no importa si para ello algún paciente murió sin saber que la dosis de su medicina estaba en la mochila de algún médico importado por la dictadura o guardada en el bolsillo de esa maldita mujer vestida de blanco con mejores planes que dejarlo vivir.

La ventaja de la gasolina barata permite pasar horas dando vueltas por la ciudad enseñando un desvencijado informe médico que en las farmacias miran con lástima porque temen el destino del paciente al que no pueden venderle lo que desde hace años no tienen.  Se improvisa un centro de operaciones en cualquier lugar donde a varias bandas se mantienen tanto conversaciones con traficantes de distintas ciudades, como con amigos en el extranjero que intentan explicar a los farmaceutas del país donde se encuentran que se trata de un caso de vida o muerte y que el médico firmante no está colegiado allí porque por desgracia para él (y por suerte para los pacientes), sigue trabajando en un país donde cada día es más difícil seguir vivo. Si se consigue fuera, hay que gestionar un sistema lo suficientemente seguro y discreto como para que los delincuentes que cuidan nuestras fronteras no conviertan el esfuerzo en sal y agua. Si se consigue en otra ciudad, toca pedir ayuda a una persona de máxima confianza para que asuma la responsabilidad de bajarse en una panadería, por ejemplo, esperar a ciegas a ser abordada por un desconocido (del que apenas sabe el color de la camisa) que le entregue un paquetico envuelto en papel de aluminio y retirarse del lugar sin revisar y sintiéndose compradora de cocaína.

En estos días, al igual que cientos de miles de personas en este país, he tenido que lidiar con gente de la peor calaña para poder conseguir medicinas. Tuve buena suerte, cuando llegó el momento no hice nada de lo que deba avergonzarme, las circunstancias no me obligaron a comprar medicamentos donados a terceros o robados a alguien ingresado en un hospital público. Conseguimos todo lo que necesitábamos obviamente gracias al esfuerzo de amigos, familiares, incluso de desconocidos que desinteresadamente aportaron lo que tenían aunque estuviese caducado. Tuvimos que comportarnos como traficantes en un país donde los narcos son los que gobiernan y se recrean viendo la miseria que crearon en nombre de una falsa revolución mientras millones de ciudadanos decentes se juegan a diario el pellejo para sobrevivir a tanta porquería. No fue necesario hacer algo indigno, pero no me atrevería a juzgar a quien ante la desesperación termine llenando de dinero el bolsillo de una enfermera despreciable que, por desgracia, no es la excepción.

Querida amiga, ¡lo conseguimos! Le ganamos a la muerte, le ganamos a la podredumbre y a la desvergüenza. Pronto también le ganaremos a la dictadura. Lo mejor de todo es que estarás aquí para verlo y no tenemos ningún motivo para agachar la cabeza.

Foto:

El Universal

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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