Decepción

Foto zocalo

Hace tiempo alguien me escribió diciéndome que el infierno que leía sobre Venezuela no era tan malo, pues allí hay felicidades y tristezas como en cualquier parte de este planeta. Dijo que la militancia política le harta, que dicho hartazgo venía de tanta gente en la misma onda de hablar de los mismos asuntos en una quejadera que se hace infinita y que no le agrega nada positivo al acaecer. Para él, «existe un país con un día a día cada vez más tapado por el discurso politiquero de dos bandos que torpemente han asumido una realidad dividida. Unos empeñados en hacernos creer que hay un sistema justo y otros del bando que les molesta la felicidad que tenemos que construir sin salir del país. Y en medio de los simplistas y escamoteadores discursos en los que unos apuestan a que todo está bien y otros lo contrario, viven los que se cansaron de ambas apuestas».

No le gusta leer sobre  lo que considera «el manido tema de la pobre Venezuela».  Para él es una decepción, pues «hablar del gobierno del país es un tiro al piso, demasiado fácil sobre todo desde fuera».

Al principio quise aclararle que contar lo que pasa en el país no es militancia política, simplemente es decir la verdad. Supongo que cada quien cuenta la historia según le va y, no cabe duda que quien esté enchufado a las filas del chavismo tiene una versión idílica de la situación venezolana, pero para mí y para casi todas las personas que conozco dentro y más allá de nuestras fronteras es sencillamente un infierno, así, sin atenuantes: un infierno. Cuando alguna vez sus palabras vuelven a mi mente intento entenderlas, pero no he podido.

No hace falta explicar que en Venezuela no hay dos bandos enfrentados, sino un régimen asesino que hostiga a un país que no lo quiere porque está harto de tanta sangre y miseria. Ya no hace falta, salta a la vista cada vez que los uniformados o los paramilitares chavistas atacan a la población civil. Sin embargo, es necesario que cada uno de nosotros le muestre al mundo eso que callan los medios de comunicación controlados por el chavismo. Además de denunciar a los protagonistas de esta dictadura, tenemos que dejar al descubierto a cada uno de los sinvergüenzas que van por el mundo haciendo propaganda sobre el régimen que les paga muy bien a costillas del dinero que nunca se invirtió en medicinas (por citar un solo ejemplo).

Quien exige a los venezolanos «una sorpresa con algo fresco y más personal, más del alma y sus laberintos», parece olvidar que no hay nada más personal que luchar por la libertad, no hay nada más del alma que escoger el camino que se quiere recorrer. ¿Acaso es poco laberinto el que transitan diariamente millones de personas buscando un lugar donde haya comida, medicamentos o un sitio dónde resguardarse de las balas y las bombas –caducadas o no– que les dispara a quemarropa un régimen asesino que cada día los acorrala más?

Ignorar lo que pasa en Venezuela, callar como si nada estuviera pasando, pretender que las personas se acostumbren a vivir bajo un régimen que los quiere obedientes, dependientes, incluso indolentes, es pedirle a seres humanos que vayan contra su propia naturaleza, esa que nos lleva a jugarnos la vida por ser libres.

Es probable que más de uno se sienta defraudado al leer a cualquier venezolano que expresa el dolor que genera la situación del país y la repugnancia que produce el régimen que instauró Hugo Chávez y Nicolás Maduro intenta perpetuar “como sea”. Seguramente resultemos profundamente fastidiosos, necios y quién sabe cuántas cosas más para quien pretende que actuemos “con normalidad”. Si ese es el caso, si están hartos de escucharnos o leernos, entonces ayúdennos a salir del chavismo, ayúdennos a volver a vivir en democracia, a que nadie nos imponga qué, cómo y cuándo podemos hablar o comer. Ayúdennos a que la felicidad no sea haber conseguido medio kilo de pasta después de seis horas de espera bajo el sol. Ayúdennos a tener un mundo de cosas bonitas para contar. Si no, entonces ármense de paciencia porque todos vamos a seguir haciendo ruido hasta que el mundo entero nos escuche y nadie tenga excusas para justificar su negligencia.

Lo importante no es lo mucho o lo poco que defraudemos a los demás, sino hacer lo correcto y no defraudarnos a nosotros mismos.

Vivir una mentira, eso sí que es decepcionante.

 

 

Fotos:

Reuters

@LuisCarlos

Miguel Gutiérrez

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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