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No había denuncia

Como todos los días, esta mañana Inés se fue caminando al trabajo, aunque nadie lo sospecha, anoche su marido la forzó a tener sexo porque “es su deber como esposa”. Pasó frente a la parada del autobús donde Lucía estaba sentada pensando cómo era posible que ese muchacho estupendo con el que pensaba casarse, el domingo la hubiera tirado del pelo. Pilar, que también estaba en la parada tomó el autobús para visitar a su abuela, la pobre doña Manuela que por vigésimo novena vez en sus 50 años de matrimonio se golpeó con una puerta que le dejó  un gran morado en la cara –también en la espalda y los brazos, pero eso no lo dirá–.

Al llegar a la oficina Ana saludó a María, la recepcionista nueva que tuvo que cambiar de ciudad porque su ex no paraba perseguirla e insultarla. Mientras Lucía seguía en la parada del bus la llamó Daniela, una amiga de la infancia que quería tomarse un café por la tarde. Daniela necesita entretenerse para sacarse de la cabeza la imagen de su madre encerrada en el baño preguntando si ya su padre se había quedado dormido. Ambas se tomarán el café y simularán llevar una vida feliz.

Laura, la camarera del bar donde se verán Daniela y Lucía, terminará su turno y se irá corriendo al colegio a recoger a sus hijos. Siempre va con miedo a llegar tarde y que su chica le grite delante de los niños lo mala madre que es y lo poco que su trabajo ayuda a la economía familiar.

Los gemelos de Laura estudian con la hija de Cristina, una abogada que lleva divorcios y redacta denuncias de mujeres que han ido a parar al hospital por una paliza como la que recibió delante de la niña el mes pasado, justo después de celebrar su cumpleaños con una cena en familia.

Julia es la maestra de ballet de la hija de Cristina, el sábado salió de fiesta con Claudia y David. Se puso un pantalón ajustado y unas botas para asegurarse de que nadie viera las marcas que le dejó su pareja en los tobillos cuando los apretó con fuerza para arrastrarla por toda la habitación. Esa noche bailó poco.

Claudia  llegó a casa el domingo por la mañana, y aunque los gritos de sus vecinos discutiendo le dificultaban el sueño, durmió hasta las seis de la tarde cuando le tocaba ayudar a Isabel a comprar los regalos de Navidad.

Anoche David se fue de vacaciones a una playa paradisíaca, no se llevó el teléfono, así que hasta su vuelta no sabrá que su prima Isabel ya no está, pues el novio acaba de matarla.

Imagen:

Naciones Unidas

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Discreción

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Ha ocurrido una desgracia enorme que ha impresionado al mundo, el que conocemos, pues las que ocurren en el que nos es ajeno no monopolizan las conversaciones ni los noticieros. Hablar de lo ocurrido en París, Hsakeh, Lego, Susa, Londres, Madrid,  Nueva York… no es el objeto de este escrito. Poco o nada se puede decir a quienes han perdido a sus seres queridos y se enfrentan a la dura tarea de aprender a vivir con ausencias dejando que poco a poco el tiempo cierre las heridas aunque no borre la cicatriz. El objeto de estas líneas es recordar el valor de la discreción en cualquier circunstancia, especialmente en aquellas en las que predomina el dolor.

Daba vergüenza ajena ver cómo el fin de semana pasado más de uno perdió la brújula de lo que debe ser considerado periodismo. Un periodista debería contar lo que ve, no lo que piensa,  debería describir las heridas, no meter el dedo en la llaga. Un periodista debería limitarse a hacerle saber al mundo lo que está ocurriendo, pero sin convertirse en la noticia.

A nadie le importa si un periodista estuvo en la Champs-Élysées, si ha comido crêpes, ni si ha bebido champagne. Tampoco le importan a nadie las veces que un político ha hecho una escapada romántica  a la ciudad de la luz, festejado su cumpleaños, o soltado maldiciones por alguna huelga aeroportuaria. En serio, a nadie le importa una Torre Eiffel pintada en unos abdominales –tonificados o no–. Importan las víctimas. Sí señores egoístas, por más increíble que les parezca, importan las víctimas, esas personas que sin quererlo se han convertido en protagonistas de trágicas noticias. Importan sus familiares, sus amigos y todos aquellos que les rinden tributo desde el respeto, desde la discreción. Importan las víctimas, no ustedes.

No recuerdo haber visto nunca en la puerta de una funeraria a gente tomándose fotos para publicarlas en sus redes sociales. No recuerdo haber visto funerales con gente preguntado a los familiares de un difunto qué sienten por lo ocurrido. A lo mejor he vivido en otro mundo, a lo mejor he estado en otro tipo de funerales.

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¿A eso le llamas victoria?

¿Con trampa, con mentiras, con excusas?

¿Sabe acaso a un chapuzón en el mar una mañana de verano?

¿Sabe a una copa de vino de esos que perfuman los sentidos?

¿Huele a un atardecer mirando el cielo desde un campo de lavanda?

¿A qué sabe la revancha que no cura la derrota?

¿Qué se siente al ganar sin sudor, sin esfuerzo?

¿Qué se siente ante el desprecio del decente?

¿De qué tamaño es el nudo en la garganta cuando se mira a los ojos callando la verdad?

¿A qué sabe caminar con la frente en alto ocultando una mentira que saluda cada mañana en el espejo?

¿Duerme bien en cualquier cama aquel a quien la espuria tranquilidad de su conciencia no le da ni para calentar un sofá?

¿Cómo es eso de sentirse triunfador ante el mundo y creerle a los aduladores?

¿A qué sabe la victoria sin árbitro, sin reglas, o irrespetando las que no convienen? ¿Al coco que sabe mucho mejor precisamente por lo que cuesta romperlo, tal vez?

¿Es posible sentir felicidad por aquellos que ignoran la verdad?

¿A qué sabe una victoria regalada, comprada, robada, pero no realmente ganada?

¿Sabe al champagne que te baña, al dinero que te abanica? ¿Quizás a la saliva de quienes te lamen los pies?

¿Cuántas lágrimas has derramado por este triunfo? ¿Cuántas son producto de la desesperación que te hizo dar la espalda a la honestidad y darle más valor al “como sea”? ¿Cuántas son por la angustia de pensar que tarde o temprano todo se sabrá?

 Cocotero2

Hacer trampa siempre termina pagándose, de paso, con intereses de usura. En la mayoría de los casos las letras comienzan a hacerse efectivas cuando el tramposo descansa plácidamente bajo la sombra del cocotero de la falsedad. Los cocos no caen menos fuerte ni a menor velocidad si la mentira fue contada sólo hasta la mitad. No hay nada más contundente que el peso de la verdad, y tarde o temprano el trofeo se convierte en una cruz cuyo peso es inversamente proporcional a la ingravidez que se experimenta al ser adorado por aquellos que sabiéndolo o no, creen en una victoria que inevitablemente se desvanecerá como el humo.  

Hacer trampa en el deporte, en los negocios, en el amor, en política, en la vida… nunca sale gratis. Parece que sí, pero no hay que fiarse, esas deudas siempre se pagan.

Fotos:

jardineriaon.com

quiencorrehoy.com

 

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Cómplice

No

 

Durante los últimos días no he podido evitar las náuseas ante la noticia de que una mujer denunciaba a un político por ofrecerle un puesto de trabajo a cambio de sexo. No es raro que la repulsión y la indignación se apoderen de quien lee algo así, lo que me molesta es haber sentido casi lo mismo por el acosador que por la “víctima”.  Como mujer he intentado ser lo más empática posible, pero he comprobado que la empatía, igual que la paciencia, tiene un límite. A lo mejor la mía es muy limitada, no lo sé. Lo cierto es que en este caso la vergüenza de género no me permite disculpar la actitud de la denunciante, es por esto que le diré algunas cosas:

No señora, usted no es una víctima como la niña que hace más de dos décadas perdió un año escolar en un colegio religioso por denunciar al profesor que pedía felaciones a las alumnas vírgenes a cambio de aprobar Física.  Usted no es una víctima como la señora que pasaba las noches limpiando y vendiendo cigarrillos o chucherías en el baño de una discoteca para poder alimentar a sus hijos. Usted no es una víctima como la mujer que haciendo arepas y jalea de mango ganaba para dar de comer a su familia. Tampoco es como esas señoras que pasan largas jornadas planchando ajeno y semanas comiendo pasta con sardinas porque no pueden permitirse más. Todas ellas tuvieron la misma oportunidad que usted: venderse al primer buitre que les ofrecía el camino fácil a cambio de prostituirse, o apretar los dientes y no tener nunca en la conciencia que lo alcanzado fuera producto de sudar sábanas en algún hotel –da igual si caro o de mala muerte–.

Usted pudo decir que no, pero prefirió hacer un trato con un delincuente, confiar en alguien que no tiene en cuenta la cualificación de los candidatos a un puesto de trabajo, sino la capacidad para darle placer sexual a su ruin y ofensiva existencia.  ¿Y por qué lo sabemos? Porque el roñoso rompió el trato, la dejó esperando como a novia de pueblo, no cumplió. Así que sea honesta por lo menos esta vez, usted no está denunciando el acoso sexual al que accedió, usted está denunciando que no le pagaron la tarifa correspondiente. Porque de haber sido contratada en el lugar que le ofrecieron, la denuncia jamás habría llegado a ninguna fiscalía. Usted denunció a su cómplice porque la dejó sin su parte del botín, no por la vergonzosa propuesta que le hizo. Y por mujeres como usted, dispuestas a venderse por un contrato de trabajo, un ascenso, una matrícula de honor, un cargo político o cualquier otra cosa con la que crean poder darse por bien pagadas, es que cerdos como el que usted ha denunciado siguen haciendo de las suyas dondequiera que van.

Las que aceptan y callan, las que denuncian por no haber sido compensadas, las que no ceden pero tampoco denuncian, todas son cómplices de seres nauseabundos que no se limitan a un solo ámbito de la sociedad. A estos aborrecibles seres se les puede ver en alguna universidad pidiendo a las alumnas que le acompañen a casa para encontrar un trabajo traspapelado que saben haber evaluado como “aprobado” pero –qué casualidad– no recuerdan con cuánto. También se les puede ver en las entrevistas de trabajo que pretenden hacer en reservados comiendo marisco y bebiendo espumante, en bromas de mal gusto que no esconden la verdadera intención, y un sinfín de escenarios más.

Desgraciadamente nunca vamos a saber cuánta gente como usted ha sido cómplice de un acto tan bajo como este. Pero lo más preocupante es que nunca vamos a saber el número exacto de mujeres –y de hombres–  que son acosados con la promesa de obtener algo de su interés o necesidad. Cada vez parece más complicado descubrir el nivel de presión al que se ven sometidas millones de personas por parte de indecentes que aprovechan su posición de poder para intentar beneficiarse sexualmente. Y cada vez vemos que por gente como usted se ve perjudicada la credibilidad de personas honestas que deciden denunciar estos hechos y luchar contra todo lo que se interponga para demostrar la corrupción de abusadores y de quienes les protegen haciendo la vista gorda.

Comprendo perfectamente que se sienta estafada, me parece estupendo que haya denunciado, y considerando que pretendía conseguir trabajo por un tipo de capacidades que no se ponen en un currículum, entiendo que usted no haya tenido la inteligencia suficiente para darse cuenta de que le estaban tomando el pelo. Da mucha lástima que se tenga tan poca estima como para creer que el sexo es el mejor medio que puede utilizar para firmar un contrato de trabajo, pero háganos un favor al resto de las mujeres: no se haga la víctima, porque aunque lo sea, usted sobre todo es cómplice.

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Ni te quiere ni le gustas

 

Hace unos días Merritt Smith, una mujer indignada se dio a conocer por dirigir unas palabras al hombre que en un hospital le dijo a su pequeña de cuatro años  –que acudía allí por una paliza que un niño le había dado en la escuela– : “apuesto a que le gustas”.

La indignación de la madre fue tal que no pudo callarse, pues dice que en ese momento se dio cuenta de que allí empezaba todo, y tiene toda la razón. Desde pequeñas muchas niñas pasan la jornada escolar lidiando con verdaderos salvajes que suben faldas, tocan traseros, tiran del pelo, y un subestimado largo etcétera.

Esta manía de buscarle justificación al maltrato es la semilla que germina en muchísimas mujeres que luego no saben cómo interpretar los insultos o los golpes que en no pocos casos las llevan a la tumba.

Ya basta de esa nauseabunda estupidez de “quien te hace llorar es quien te ama” o “me duele a mí más que a ti”. NO, NO y NO. Esas son las excusas bajo las que se escudan los maltratadores. Y esas excusas no son solamente utilizadas por los familiares de los agresores, sino aceptadas entre risas por los referentes adultos de quienes padecen en medio de una confusión que huele a muerte.

El maltrato no solamente es el que ejecuta la pareja o esa peligrosa categoría que insiste en serlo sin considerar la voluntad ajena. El maltrato es también la mirada que recibe una mujer cuando por fin un día suelta todo eso que la oprime y la hace vivir con miedo a terminar en los titulares de un noticiero. Al maltrato se suma el “¿por qué?” que la mayoría de los hombres pregunta antes de un “¿estás bien?” como si hubiera un motivo para justificar una bofetada. El maltrato además es conocer la situación y no llamar a la policía porque “si no lo hace ella por algo será”.  También es preferir no saber para luego no tener que alojarla en tu casa –con los niños, si tiene– ni convertirse en parte del blanco. Maltrato es pensar “ellos se entienden así” sin tener en cuenta que ella no ve salida a su situación. En pocas palabras, el maltrato no se queda en lo que hace la bestia que agrede a una persona, sino que abarca el silencio, la indolencia o el veredicto de quienes le rodean.

 

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No more likes

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La muchacha de los zapatos azules de pronto notó que no sabía lo que ocurría a su alrededor, que no veía rostros sino letras, que se le escapaban los detalles de la ciudad en la que vivía. Notó también que no era la única, pues al levantar la mirada vio que todos estaban cabizbajos absortos en un mundo que no era real.

Recordó que ella era de las que escribía cartas muy largas para sus hermanos, amigos y el hombre que le aceleraba el pulso haciéndole sentir a los veinte años ya había encontrado al amor de su vida. No le interesaban los ordenadores, se resistía a eso llamado “curso de computación”. Aunque a veces se aferraba a las caras y fugaces llamadas telefónicas que con el paso del tiempo comenzaron a parecerle cada vez más exorbitantes y más efímeras, no quería que nada rompiera la magia de un trozo de papel manuscrito ni la ilusión de una postal que cruzaba mares para llegar a su destino. Sin embargo, un día dejó de serle suficiente el mes que le tomaba al sistema de correos dejar apretado en el buzón un sobre gordo de palabras de amor que a pesar de haber hecho miles de kilómetros conservaban el perfume de la piel que tanto extrañaba. Fue así como con la ayuda de un amigo accedió a abrirse la primera cuenta de correo electrónico –que aún conserva– para intentar reducir las esperas.

Tanta tecnología era abrumadora, pero pronto se acostumbró  a que una dirección de correo electrónico fuera la llave para abrir muchas puertas en un laberinto que comenzó a recorrer un poco en penumbra sin saber que un día se sentiría prisionera de tanto clic.

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Allí donde no estás

 

Hace un año y no quiero recordarlo. Llevo días intentando por todos los medios entretenerme para no afrontar la realidad e ignorar este aniversario imaginándome que todo sigue igual, pensando que soy una ingrata que no te va a visitar y que no tengo tu nuevo disco porque soy una tacaña.

Sigo confusa, no sé lo que es ni lo que no es. Solamente sé lo que quisiera que fuera, y allí me encierro, en la fantasía de los sueños, donde no hay límites, ni tristezas, ni desgracias. Los sueños, ese refugio fantástico del que no nos gusta salir. Si pudiera me habría pasado el día durmiendo para seguir soñándote, tenerte cerca y escuchar tu voz susurrando alguna palabra de esas que conmueven incluso al corazón más duro. Si pudiera, rebobinaría el tiempo como si fuera un viejo casete y lo haría sonar de nuevo, pero hasta la mitad. Así evitaría a toda costa el réquiem que acompañó tu partida.

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Il dolce far niente

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Despertar con el cantar de los pájaros, sin prisa, sin mirar el reloj, sin una larga lista de cosas por hacer. Estirarse con calma, hacer la cama y dejarla tan acogedora que sea inevitable querer volver –con o sin compañía–. Asomarse a la ventana, respirar profundamente, disfrutar de la vista, del perfume a tierra mojada, del suave balanceo de las hojas acariciadas por la brisa mañanera, o del susurro de las olas coqueteando con la arena. Preparar el desayuno para el mejor de los huéspedes: ese que te sonreía en el espejo mientras te lavabas los dientes. Saborear el jugo de naranja y dejar que pasee por tu boca como ocurría cuando en la infancia jugabas a pescar gotas de lluvia. Sentir cómo el aroma del café se apodera de la casa, poner la mesa y desayunar haciendo solamente eso, desayunar. Todo lo demás puede esperar.

Los placeres de la vida no se llevan bien con la premura, y todos los días es esta última la que rige nuestras vidas. Es por eso que cada vez se hace más necesario desconectar, y cada vez es más importante que esa desconexión dure más tiempo, el esencial para vivir con tranquilidad, para reactivar los sentidos que el tráfico, la rutina y los problemas tienen hipnotizados en un vaivén de actividades. El tiempo para dar un paseo, leer un libro, cerrar los ojos y escuchar un disco, el tiempo para hacer solamente una cosa a la vez –salvo que se trate de querer y dejarse querer–.

El placer de no hacer nada es simplemente eso, el no romperse la cabeza con preocupaciones, el tener un día para uno mismo y disfrutarlo plenamente en su sencillez.  No es una cuestión de holgazanería, se trata de oxigenarse la vida, esa que cada día debería tener menos momentos de estrés y más de la dulzura de vivirla como es.

Il dolce far niente… Voglio vivere così…

 

 

 

Foto: Reza Botana/Gaínza

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Volverá

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Llevaba días callado, taciturno, hasta alguna lágrima se le había escapado en la soledad de la carretera.

Había llegado a ese punto de su vida que soñó de pie en el autobús que tomaba todos los días para ir a trabajar. Quería una casa grande, bonita, con un patio donde hacer parrillas para festejar cada cumpleaños de sus nietos. Quería viajar con sus hijos, ver un partido de fútbol saboreando un escocés en las rocas. Quería envejecer viendo crecer a su familia, compartir las navidades en una mesa donde no faltara nada ni nadie. Y lo había conseguido, podía sentirse orgulloso de su trayectoria profesional, del trabajo duro del que cosechaba los frutos, y por supuesto, de los adultos de provecho que lo hacían sentir un buen padre.

Había enseñado su oficio a mucha gente que a lo largo de estos años había cruzado las fronteras. Lo lamentaba, alguna vez intentó ponerse en los zapatos de los padres de esos muchachos, pero nunca imaginó que algún día él sentiría ese nudo en la garganta. Ni una sola de las miles de noches en las que le dio un beso antes de dormir pudo sospechar que un día esa habitación se quedaría vacía porque su hijo, cansado de la situación del país se iría lejos, muy lejos… Nueva Zelanda, un país donde no hay Panelas de San Joaquín.

Ver partir a su hijo fue especialmente doloroso. Sintió cómo sin la más mínima dosis de anestesia le arrancaban un pedazo de vida. Así que se refugió en el silencio de los recuerdos, y en la esperanza de que allá tan lejos su mayor preocupación ya no sería que la violencia del socialismo del siglo XXI diera un balazo a los sueños de su muchacho. Cambiaba la angustia por el deseo de que todo saliera bien y la joven criatura llena de proyectos triunfara sintiendo la menor nostalgia y soledad posibles. Experimentaba un alivio agridulce, pero alivio al fin.

Fue entonces cuando encontró una vieja carta de alguien que se había ido, en ella además de explicar un poco lo que siente el que se va, también encontró consejos para el que se queda:

 

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Las más…

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Últimamente las listas ocupan la atención de todo el mundo. Diarios, revistas y redes sociales se llenan de listas de todo tipo y para todos los gustos:

Los 25 bares más feos de la ciudad, las 20 cosas que odian las azafatas, 15 pistas de que no debiste dejar a tu ex, las 1001 películas que hay que ver antes de morir, 25 señales que indican que estás con el amor de tu vida, las 15 profesiones donde hay más infidelidades, 20 frases de amor que todo romántico quisiera escuchar… Parece que las más seguidas son las del 10: las 10 mejores playas que no puedes dejar de visitar, 10 cosas que todos hacen en casa cuando están solos, 10 detalles indiscutibles que demuestran que has envejecido más de lo que piensas, los 10 motivos para encontrar el coraje de viajar por el mundo, 10 cosas sobre las que los padres siempre mienten, las 10 frases que se pueden decir a la pareja en lugar de “te amo”, las 10 posiciones sexuales favoritas de los hombres… En fin, todo es una lista, da igual el número, 5, 8, 43…  Lo que sí es importante saber es ¿Qué está pasando? ¿Qué dirige las vidas de los habitantes de este mundo? ¿Desde cuándo tu pareja te ama si te dice una de las cosas que alguien apuntó en un papel, o ya no porque no te ha propuesto matrimonio en uno de los x lugares más paradisíacos del mundo?

¿Desde cuándo la propia vida tiene que seguir el camino que otro ha calificado como el mejor? ¿Por qué tu bar favorito ya no puede serlo si no está en el TOP 25? ¿Qué decálogo garantiza alcanzar el nirvana entre las sábanas? ¿Por qué no haber leído el libro más vendido en los últimos años impedirá que tu vida sea maravillosa? ¿Quién desde una redacción te conoce tan bien como para decidir lo que indica que estás con el amor de tu vida o no?

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Basta de listas, basta de perder el tiempo buscando guías para ser felices. Ya basta de romperse la cabeza pensando que no se es lo suficientemente atractivo, exitoso, sexy, inteligente, joven o feliz, simplemente porque una publicación lo dice.

Cada uno conoce sus capacidades, limitaciones, gustos, miedos, sueños… Cada uno sabe lo que le acelera el pulso, lo que le roba las sonrisas, lo que le hace escapar una lágrima. Y quien aún no lo sepa, debe descubrirlo por sí mismo, explorarse dentro e iluminar con la linterna de la honestidad y la autoestima aquello que se esconde y que una chuleta barata sacada de internet no puede enfocar. Es innecesaria una relación hecha para ocupar espacio en alguna publicación, tampoco es necesario que ningún experto decida por el resto cuáles son las emociones, los sentimientos, las croquetas, o las palabras que sí valen la pena.

Aunque no encaje en ninguna lista, no ser como los demás, no expresarse como la mayoría, o no seguir las modas es también una forma de vivir. Cada uno es el arquitecto de un destino donde la propia vida es el proyecto más importante, y si para construirla tiene que cambiar la forma de utilizar el compás, la escuadra o los lápices, adelante, ¡Bienvenidos sean al mundo real los genios que no caben en un elenco!

 

 

Fotos: Paco Yánez

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