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Un minuto de silencio

llama_esperanza

 

Explosiones, gritos, llanto… Eso es lo que hemos escuchado en los últimos días.

Amenazas, historias, condolencias… También muchas estupideces.

Cuando la barbarie se empeña en bombardear de dolor nuestras vidas, en sembrar el miedo y la paranoia, queda mucho más por hacer que por decir.

Que se acaben las pataletas en los aeropuertos porque hay que pasar repetidas veces el escáner, que se acaben las protestas cuando se le pide el documento de identidad a un menor. Que cesen los insultos al personal de tierra cuando se niega a facturar la maleta que un pasajero acaba de recibir de alguno que “le pide un favor” en la fila. Que se acaben los motines en un avión cuando se genera un retraso debido a que hay una maleta en bodega pero el pasajero no se presentó al embarque. Que se acaben los “esto es una estupidez, una pérdida de tiempo”.

Que se acaben los groseros que se niegan a colaborar para mantener la seguridad de todos, los que piensan que la barbarie del terrorismo les perdonará la vida si hay oportunidad. Que se acaben los políticos oportunistas e hipócritas que por un lado enaltecen asesinos mientras por el otro –y para buscar más votos– prefieren observar cómo los demás intentan hacer algo contra esta plaga.

Que se acabe tanta muerte, tanto dolor, tanto culpar a una raza o una religión como si todos fueran responsables de la despiadada acción de unos pocos.

Que la esperanza consiga colmar el agujero que se ha abierto en el alma de los dolientes.

Que se acaben los minutos de silencio.

Foto: web.

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El peligro de la costumbre

Il cielo

 

Cuando las cosas son extraordinarias parece que tienen más valor, el no encontrarlas fácilmente las hace únicas, y quien las vive o las posee –si es lo suficientemente sensible e inteligente– las atesora.

Charles Dickens dijo que el hombre es un animal de costumbres –parece que no hace falta demasiado para demostrar que tenía razón–.  Es muy sencillo acostumbrarse a las cosas buenas… Y a las malas.  Pasa en todo, por ejemplo en las relaciones algunos se habitúan a las múltiples manifestaciones de amor hasta el punto de asumirlas como “normales” y en consecuencia dejar de valorarlas por lo que realmente representan: la belleza infinita del amor, un amor que con el tiempo pasa desapercibido pero que deja un enorme vacío cuando se va. No es hasta el momento de la ausencia cuando aparece la profunda sensación de pérdida con el famoso “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” abofeteando de realidad al menosprecio por costumbre.

En los lugares hermosos se distinguen perfectamente a los locales de los visitantes porque mientras los últimos caminan hipnotizados por la magnificencia que los circunda, los primeros a través de la inercia la han interiorizado tanto que incluso se sienten parte de ella. La costumbre es muy amiga de la vanidad y ya sabemos que la vanidad no es de fiar.

Es lamentable ver cómo la rutina día a día mata la capacidad de asombro: los amores profundos e inmensos pasan a ser amores sin más, las maravillas son solamente un elemento con el cual sentirse superior al resto sin siquiera saber qué las llevo a ser tales, cómo surgieron, cómo es que siguen donde están. El beso de los buenos días pasa a ser un simple hola, una mirada, o a veces ni lo uno ni lo otro.  Se cree entonces que eso que es nuestro lo es porque sí y que no es necesario hacer nada para darle un nuevo sentido e intentar merecerlo cada mañana.

Hasta aquí esto no es más que una modesta reflexión sobre el amor verdadero y el valor que le damos o no según se haya extendido en nuestro interior el virus de la vanidad. Sin embargo, hay una parte mucho más peligrosa, mucho más preocupante y dolorosa por lo que significa para muchos. Esa parte de nuestra vida que no apreciamos porque somos incapaces de imaginar que millones de personas viven sin eso que forma parte de nuestros días.

 

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Los rebeldes también dudan

Firenze 2016 YG

 

Dicen que los pesimistas siempre tienen razón, pero los rebeldes son conocidos precisamente por llevar la contraria. Allá donde van todos es justamente donde ellos no quieren ir, eso que hacen todos es lo que los rebeldes se niegan a hacer… Se pasan la vida buscando cosas nuevas o viviendo las de siempre, pero a su manera.

Algunos se enamoran a cada rato, otros pocas pero de verdad, una verdad que hace verlo todo bonito, que va más allá de lo que sus ojos pueden alcanzar. Esa que les hace caminar con una sonrisa porque solamente ellos saben lo que están sintiendo, la que los despierta a medianoche con un nombre en sus pensamientos, la que no sabe decir adiós cuando se va.

Pero llega un momento en el que se posa sobre los rebeldes una nube gris grande como la incertidumbre a la que intentan no dar importancia mientras caminan ignorando el estruendo de los truenos y demostrándole a los relámpagos que el miedo no es un obstáculo. Allí comienza la lucha, la nube descarga sobre los rebeldes toda su fuerza al tiempo que ellos continúan caminando sin quejarse de las llagas que sangran en sus pies por más que el dolor les recuerde que allí están. Aguantan uno, dos, tres, cuatro inclementes aguaceros de los que inundan hasta el alma empapando los sueños y las ganas de vivir. Hasta los más fuertes se resienten, se detienen entonces y se preguntan si vale la pena rebelarse, si vale la pena luchar contra el invierno y otras adversidades para seguir un camino cuyo final a lo mejor se borró haciendo su destino inalcanzable a pesar de lo cerca que parecieran estar de él. Dejan caer los brazos, miran hacia atrás todo el recorrido, hacen un repaso por los años de trabajo para llegar hasta donde están ahora, buscan en la banda sonora de su vida alguna canción que les haga sentir un poco de optimismo, pero los truenos abruman, los relámpagos ciegan y la rendición acecha esperando que la belleza de un lugar único pierda valor. De nada sirven las palabras de ánimo que dándole más o menos trascendencia al cansancio tratan de evitar que la frustración se haga con el poder y los rebeldes vuelvan al mundo de los que se rinden, de los que terminan dejándose llevar por la corriente.

Santa Croce YG 2016

Después de exprimir la ropa, sacudir las botas, curar las heridas… Apareció la canción y poco a poco dejó de llover. De pronto las nubes oscuras dieron paso a un cielo más amable y dulcemente todo empezó a mejorar. Salió un espléndido y maravilloso sol que dejaba casi sin efecto al invierno que paulatinamente va desapareciendo. Todo vuelve a su lugar, los rebeldes se extienden ante el astro rey y se dejan besar por él recuperando la energía necesaria para abrirse camino ante una multitud de resignados, porque los males no son eternos y ningún invierno es lo suficientemente largo ni frío como para impedir que nazcan las flores, las mismas que agradecen la lluvia para poder vivir y llenar al mundo de optimismo… El perfume de la vida.

 

 

Fotos: Gaínza

 

 

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Gracias, queridos olvidados

 

Hoy es uno de esos días en los que mucha gente pasa desapercibida.

Mientras las tiendas colapsan ante las compras de último minuto, las peluquerías dan número como si se fuera a comprar pescado y los hornos trabajan a todo tren, parece que todo fuera diferente. Y aunque para muchos lo es, para otros pasa como si se tratara de un día más. La diferencia está en que muy pocos lo notan.

Detrás de la algarabía, los zapatos, los regalos, las uvas, el brindis, la moneda de la suerte, la maleta lista, la nostalgia, los buenos propósitos, la cena, el alcohol, los cohetes, las sonrisas y las lágrimas, hay millones de personas trabajando para que otros puedan disfrutar de la llegada de un nuevo año.

Operadores del teléfono de emergencias, auxiliares de vuelo, pilotos, agentes de facturación, maleteros, controladores aéreos, policías, bomberos, médicos, enfermeros, camilleros, paramédicos, conductores de autobús y metro, camareros, obreros, farmaceutas, vigilantes, recepcionistas, botones, taxistas, cocineros, ayudantes de todo tipo, camarógrafos, barrenderos, agentes de peaje, animadores… Algunos le sonríen a la radio que resuena en una caseta de vigilancia, otros comparten el momento con compañeros de trabajo, y otros están tan ocupados que ni siquiera notan el repicar de las campanas. A pesar de todo, alrededor del mundo millones de hombres y mujeres en lugar de inventarse excusas para faltar estarán lejos de sus casas cumpliendo con la responsabilidad de hacer su trabajo lo mejor posible para que el resto del mundo pueda festejar.

Así que esta noche o mañana cuando cada uno se dirija al lugar que ha escogido para recibir el año nuevo, que no olvide agradecer por lo menos con una sonrisa a cualquiera de esas personas que están trabajando para que esta noche sea una fiesta. Y si cada uno recuerda hacerlo con todos cada día, mejor.

¡Feliz Año!

Imagen:

Ivory Escapes

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Operación Alegría

Desde que era niña Margarita sabía que la Navidad se acercaba cuando comenzaban a sonar las gaitas, cada año había una nueva. Más o menos a mitad de octubre llegaba la gaita de moda: la que sonaba en todas las radios aunque tuviera que convivir con las de siempre y con el ineludible disco de la Billo´s Caracas Boys que alegraba una casa y las de todos los vecinos.

A medida que avanzaban los días se notaba cómo cada familia llevaba a cabo su propia versión de “Operación Alegría”: tiraban los peroles viejos, pintaban fachadas, podaban los árboles, y dejaban el espacio listo para poner arbolitos y pesebres. Los muchachos del barrio se ponían de acuerdo con sus amigos, y como si se tratara de los siete enanos se dedicaban cada fin de semana a una casa diferente: pintaban rejas, paredes, y hasta tejas bajo un rayo de sol inclemente que nada tenía que hacer frente a la cervezas bien frías y la gran taza de sancocho que ofrecían las agradecidas dueñas.

Para Margarita la Navidad no era tal hasta que el 24 de diciembre plantaba en la mesa un pan de jamón caliente y una botella de Ponche Crema. Desde que ganó su primer sueldo se prometió que nunca le faltaría a su madre por lo menos eso, un pan de jamón. Afortunadamente su trabajo y sus innumerables sacrificios dieron para panes, perniles, hallacas y dulces de lechosa en la casa de su madre, en la suya, y en la de todo aquel al que ha podido ayudar.

 

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Las sorpresas tienen precio

2015

 

Le gustaba dar sorpresas. Lo que sintió cuando le dieron una a los siete años hizo irresistible regalar un momento como ese a las personas que le importaban.

A veces planeaba con tiempo una fiesta, otras simplemente se detenía al ver algo que se le parecía a… y lo guardaba en un cajón hasta que el deseo de ver el brillo especial en los ojos del agasajado burlara al calendario o aguardara la llegada de una fecha señalada. Pero desde que vivía fuera la sorpresa que más le gustaba era la de volver a casa en Navidad.

Tenía un trabajo que le permitía moverse con facilidad, era la clase de trabajo que incluye estar ocupada mientras el resto del mundo festeja. De modo que su familia nunca contaba con su presencia en la mesa. Fue entonces cuando se le ocurrió crear la tradicional sorpresa de Navidad que consistía en hacerle creer a todos que no podría estar en casa para las fiestas. Algunas veces contaba con la complicidad de algún amigo que la recogía en el aeropuerto, otras contaba con la discreción de todos, otras no se lo contaba a ninguno. Lo cierto es que la sorpresa llegaba a su punto culminante cuando su mirada se encontraba con la de su madre.

Pasaba las fiestas riéndose de las excusas que había inventado para no ser descubierta, apareciendo en las casas de sus amigos, repartiendo abrazos mientras las sonrisas inundaban cocinas, garajes y cualquier rincón donde el reencuentro paralizara la cotidianidad. Su tradición entusiasmaba cada vez a más personas que querían formar parte de esos momentos que regalaba atravesando la ciudad en un coche prestado.

 

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Feliz

“Como paraulata que deja su canto en la sabana.” Así ando hoy. Tengo tantas cosas galopando en el pecho, que no sé cómo expresarlas. Pensé que lo mejor era ponerme a escribir a ver si ante el teclado sería capaz de dejar fluir este salto de sentimientos que tanto me recuerda a La Llovizna.

Desde que abrí los ojos a las 8 de la mañana del domingo 6 de diciembre no he vuelto a dormir. Y no me importa, a pesar del cansancio tampoco habría podido. Me convertí en una especie de pulpo cuadrafónico para poder seguir cada minuto de una nueva jornada en la que mi tierra se jugaba su futuro. Vi cómo una y otra vez la impunidad y la corrupción hacían de las suyas, pero este domingo algo era diferente: la gente, mi gente estaba convencida de que juntos podíamos conseguirlo. No había un solo gesto de desánimo ni de miedo. Al contrario, todos demostraban estar dispuestos a defender lo nuestro, quizás como nunca lo habíamos defendido.

Cada vez que aparecía un escuadrón de motorizados queriendo intimidar a los votantes, recordaba eso de “ellos serán muy machos, pero nosotros somos muchos”, y notaba cómo ese pensamiento también formaba parte de todas esas personas que no se movieron de su sitio. No detallaré más abusos porque el peso de la evidencia le estuvo hablando al mundo durante toda la jornada electoral.

Venezuela estaba bella, con un cielo hermosísimo, el que en estos diecisiete sombríos años nos ha visto sufrir de mil maneras diferentes. El mismo que se abrió paso en la ventana de cada venezolano que con el alma hecha pedazos dejaba a lo lejos su pizca de mundo para buscar una vida mejor. El sol brillaba con un tono incomparable, y las calles olían a una esperanza que miraba de reojo a la incertidumbre durante las horas eternas que estuvimos esperando la primera declaración oficial de los escrutinios. Números iban y venían, y aunque las sensaciones eran totalmente distintas, ya habíamos pasado por esto en muchas ocasiones, por eso preferimos no cantar una victoria que luego pudiera convertirse de forma inverosímil en un nudo difícil de tragar.

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Ya no…

Ya no te mira a los ojos porque teme perderse en ellos. No te dirige la palabra para evitar que se le escape un “te quiero”. Tampoco permite que te le acerques porque no sabe si podrá resistirse al calor de tus brazos.

Ya no te llama por teléfono porque al igual que en las partituras los silencios son tan importantes como las notas. Ha dejado de contarte sus sueños con la esperanza de que se cumplan. Los caballos salvajes que corrían en su pecho al escuchar tu voz, ahora pasan los días pastando. Ya no se levanta cada mañana pensando en el beso que te dará y brinda en soledad por la nostalgia y la amnesia.

En las despedidas disimula la sonrisa, y cuando te alejas ata sus pensamientos para que no se vayan contigo. Tu recuerdo no llena sus sábanas impidiéndole pasar las noches en vela, y las flores que recogió una vez han perdido el color esperando que vuelva la primavera.

Ya no duerme imaginando que tus manos acarician su pelo, ni abre la puerta deseando que seas tú para cambiarte el “hola” por un sinfín de caricias. Ha dejado de escribirte porque ya no espera que le respondas.

Ya no dejas la luz de ilusión que se mantenía encendida hasta que volviera a verte.

No se lo has preguntado y tampoco te lo dirá. Ninguno de los dos sabe y tampoco parecen querer saber si tanta frialdad se debe a que ya no te quiere o a que no te quiere querer. Total, ¿cuál sería la diferencia?

 

 

Foto: web

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No había denuncia

Como todos los días, esta mañana Inés se fue caminando al trabajo, aunque nadie lo sospecha, anoche su marido la forzó a tener sexo porque “es su deber como esposa”. Pasó frente a la parada del autobús donde Lucía estaba sentada pensando cómo era posible que ese muchacho estupendo con el que pensaba casarse, el domingo la hubiera tirado del pelo. Pilar, que también estaba en la parada tomó el autobús para visitar a su abuela, la pobre doña Manuela que por vigésimo novena vez en sus 50 años de matrimonio se golpeó con una puerta que le dejó  un gran morado en la cara –también en la espalda y los brazos, pero eso no lo dirá–.

Al llegar a la oficina Ana saludó a María, la recepcionista nueva que tuvo que cambiar de ciudad porque su ex no paraba perseguirla e insultarla. Mientras Lucía seguía en la parada del bus la llamó Daniela, una amiga de la infancia que quería tomarse un café por la tarde. Daniela necesita entretenerse para sacarse de la cabeza la imagen de su madre encerrada en el baño preguntando si ya su padre se había quedado dormido. Ambas se tomarán el café y simularán llevar una vida feliz.

Laura, la camarera del bar donde se verán Daniela y Lucía, terminará su turno y se irá corriendo al colegio a recoger a sus hijos. Siempre va con miedo a llegar tarde y que su chica le grite delante de los niños lo mala madre que es y lo poco que su trabajo ayuda a la economía familiar.

Los gemelos de Laura estudian con la hija de Cristina, una abogada que lleva divorcios y redacta denuncias de mujeres que han ido a parar al hospital por una paliza como la que recibió delante de la niña el mes pasado, justo después de celebrar su cumpleaños con una cena en familia.

Julia es la maestra de ballet de la hija de Cristina, el sábado salió de fiesta con Claudia y David. Se puso un pantalón ajustado y unas botas para asegurarse de que nadie viera las marcas que le dejó su pareja en los tobillos cuando los apretó con fuerza para arrastrarla por toda la habitación. Esa noche bailó poco.

Claudia  llegó a casa el domingo por la mañana, y aunque los gritos de sus vecinos discutiendo le dificultaban el sueño, durmió hasta las seis de la tarde cuando le tocaba ayudar a Isabel a comprar los regalos de Navidad.

Anoche David se fue de vacaciones a una playa paradisíaca, no se llevó el teléfono, así que hasta su vuelta no sabrá que su prima Isabel ya no está, pues el novio acaba de matarla.

Imagen:

Naciones Unidas

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Discreción

la foto (53)

 

Ha ocurrido una desgracia enorme que ha impresionado al mundo, el que conocemos, pues las que ocurren en el que nos es ajeno no monopolizan las conversaciones ni los noticieros. Hablar de lo ocurrido en París, Hsakeh, Lego, Susa, Londres, Madrid,  Nueva York… no es el objeto de este escrito. Poco o nada se puede decir a quienes han perdido a sus seres queridos y se enfrentan a la dura tarea de aprender a vivir con ausencias dejando que poco a poco el tiempo cierre las heridas aunque no borre la cicatriz. El objeto de estas líneas es recordar el valor de la discreción en cualquier circunstancia, especialmente en aquellas en las que predomina el dolor.

Daba vergüenza ajena ver cómo el fin de semana pasado más de uno perdió la brújula de lo que debe ser considerado periodismo. Un periodista debería contar lo que ve, no lo que piensa,  debería describir las heridas, no meter el dedo en la llaga. Un periodista debería limitarse a hacerle saber al mundo lo que está ocurriendo, pero sin convertirse en la noticia.

A nadie le importa si un periodista estuvo en la Champs-Élysées, si ha comido crêpes, ni si ha bebido champagne. Tampoco le importan a nadie las veces que un político ha hecho una escapada romántica  a la ciudad de la luz, festejado su cumpleaños, o soltado maldiciones por alguna huelga aeroportuaria. En serio, a nadie le importa una Torre Eiffel pintada en unos abdominales –tonificados o no–. Importan las víctimas. Sí señores egoístas, por más increíble que les parezca, importan las víctimas, esas personas que sin quererlo se han convertido en protagonistas de trágicas noticias. Importan sus familiares, sus amigos y todos aquellos que les rinden tributo desde el respeto, desde la discreción. Importan las víctimas, no ustedes.

No recuerdo haber visto nunca en la puerta de una funeraria a gente tomándose fotos para publicarlas en sus redes sociales. No recuerdo haber visto funerales con gente preguntado a los familiares de un difunto qué sienten por lo ocurrido. A lo mejor he vivido en otro mundo, a lo mejor he estado en otro tipo de funerales.

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