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¿Chávez vive?

 

Dicen que “a rey muerto, rey puesto” y aunque Venezuela no sea una monarquía absoluta, el chavismo se ha empeñado en que lo parezca cada vez más. Todo el poder se concentra en una persona y la independencia de las instituciones es una fantasía constitucional.

Chávez llegó al gobierno con el cuento de la pobreza, el pueblo, la lucha contra la oligarquía y muchas patrañas más, pero cuando llegó a Miraflores se quitó la careta. Se vio en un palacio, se sintió un rey y se comportó como tal. Sus hijos han crecido como infantes cuya educación está basada en una inaceptable superioridad de la que se jactan para tratar al mundo como si por sus venas corriera sangre azul y no la de un tirano asesino. El enriquecimiento de su familia es una prueba de la más putrefacta forma de saqueo que nuestro país haya conocido. Se creyó tan rey que hasta decidió quién heredaría el trono. Y como no contaba con un tipo preparado para tal responsabilidad, en un ejercicio de vanidad decidió escoger al más idiota de todos para que nadie pudiera hacerle sombra o quitarle el “corazón del pueblo” al que llevaba años engañando y alimentando con limosnas.

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La designación de Nicolás Maduro fue eso, la coronación del hijo idiota al que el resto de los hermanos mira con envidia. Ese trono es el motivo por el que en las filas del régimen vuelan tantas puñaladas.

Como el heredero “Rey Bobo” no tiene el más mínimo vestigio de popularidad entre la nación a la que le exige que se deje gobernar como si de verdad estuviera compuesta por súbditos, recurre constantemente a la imagen del “rey padre” elevándolo como si se tratara de una deidad, exprimiendo incluso su voz para ver si con eso logra convencer a un pueblo al que el amor se le acabó el mismo día en que comenzó a pasar hambre.

¡Chávez vive! ¡Chávez vive! Es la letanía a la que recurren el heredero y todos aquellos que de alguna manera siguen sacándole rédito a la camiseta roja o a la fecha en la que el difunto rey por primera vez hizo correr la sangre por el suelo patrio como si fuera una epopeya.  No obstante, ante las amenazas y la poca afluencia de público a las diferentes convocatorias del chavismo uno se pregunta: ¿Chávez vive?

Saber que sus huesos reposan en el Cuartel de la Montaña –un forzado mausoleo para rendir honores a quien puede calificarse de todo, excepto héroe de la patria– podría ser suficiente para decir no, por supuesto que no. Sin embargo, la realidad es que sí.

Chávez vive en cada bolsa de basura que muchos venezolanos revisan para poder comer, en los montones de cadáveres que colapsan las morgues del país, en cada cartucho de balas que un GNB descarga contra un opositor. Chávez vive en cada empresa expropiada y arruinada, en cada cola para comprar comida, en cada uno de los barrotes que aprisionan a seres humanos por el simple hecho de pensar distinto. Chávez vive en cada funcionario público que viola la ley y sirve al régimen, en el abuso de los CLAP, en nuestras cifras de inflación, en la ineptitud de todos los ministros que nombró o los famliares que colocó, en el silencio del Banco Central de Venezuela.

Chávez vive en el cuerpo de los violadores de la jueza Afiuni, en el de los torturadores que controlan Ramo Verde, en las redacciones de los medios de comunicación que pretenden esconder lo evidente. Chávez vive en cada kilo de cocaína transportado con pasaporte diplomático, en cada caja de cartón que cobija a pobres inocentes, en las toneladas de alimentos podridos en Pto. Cabello, en la ruina de PDVSA, en cada contrato amañado. Chávez vive en las miles de muertes por falta de medicinas, en las ciudades a oscuras por el colapso del sistema eléctrico, en el plato vacío de millones de desempleados, en las innumerables peticiones de visado a cualquier lugar del mundo. Chávez vive en los lobos que disfrazados de corderos y aplicando la ley del embudo pretenden vender el mismo paquete allende los mares,  en el odio que sembró por donde pasaba, en la flojera de quien quiere tenerlo todo sin trabajar para conseguirlo, en los hipócritas que hablan de libertad pero han apoyado el desarrollo de esta tragedia. Chávez vive en cada uno de los indecentes que tratan de obligarnos a aceptar un régimen que no queremos. Ese es el verdadero legado del tirano de Sabaneta, por eso tenemos que recuperar el país, salir de la miseria para que no quepa duda de que está muerto, enterrado y nunca más nuestra tierra volverá a pasar por algo semejante.

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El Universal

ABC

El Nacional

El Mercurio

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Vete para tu país

 

Desgraciadamente más de un inmigrante ha tenido que escuchar alguna vez esto, por lo general a gritos y con miradas desdeñosas.

Cuando se dejan de lado los audífonos, el teléfono, incluso el libro más vendido del momento y se mira alrededor en las calles, en el transporte público, en la terraza de alguna cafetería… pueden notarse desagradables gestos hacia personas que un buen o mal día dejaron todo lo que aman para hacer una vida a miles de kilómetros de distancia.

La ignorancia es egoísta, maleducada y sobre todo, muy cruel. Los xenófobos se creen dueños de su tierra y con el derecho a decidir quién puede vivir o no en ella. Les molestan los extranjeros excepto cuando sus equipos ganan una copa gracias a los goles de alguno que nació fuera. Les molesta que los inmigrantes hablen en su idioma, pero según el que sea. Les molesta que hablen de política o de problemas sociales, pues para los xenófobos los inmigrantes son el problema social y aunque paguen impuestos y cumplan con sus deberes no tienen derecho a opinar de política. Los miran como se mira a un delincuente in fraganti. Como si buscar una vida mejor fuera eso, un delito terrible cuyo daño –si acaso– sólo puede ser reparado con la expulsión.

Los episodios desagradables son tan variopintos como los individuos que se sienten grandes al humillar a quien parece que con su presencia les robara el aire que deben respirar.

¡Vete para tu país! ¡Aquí no pintas nada, sudaca (negro, indio…)! Y muchas más frases de odio pueden escucharse mientras algunos se unen al coro y los testigos de la escena miran para otro lado callando por vergüenza o por temor a “quedar mal”, total, los que gritan podrán ser xenófobos o groseros, pero son sus xenófobos, sus groseros. Absurda solidaridad aquella que pisotea valores que deberían ser universales.

¿Acaso creen que es divertido decir adiós? ¿Acaso piensan que es sabroso dejar familia, amigos, empleo, un hogar, una vida hecha y cruzar lo frontera con la esperanza de regresar algún día pero sin la certeza de conseguirlo? Detrás de cada pasaporte extranjero hay un drama (grande o pequeño)  con el que cada uno se enfrenta cada mañana aprendiendo a vivir con él. No hace falta escapar de una guerra para que la experiencia signifique un desgarro en el alma. A nadie le divierte dejar todo lo que tiene y comenzar desde cero, a nadie le divierte caminar de espaldas a sus colores, al perfume que desprende la hierba cuando acaba de llover, al sabor de los platos que moldearon su paladar. A nadie le divierte abrazar una almohada buscando cariño materno, a nadie le gusta recibir una mala noticia en un hospital y que fuera no haya una cara conocida esperándole. A ninguno le alegra desaparecer de las fotos de la familia porque los eventos siguen a pesar de la ausencia.  A nadie le gusta estar en casa ajena –por más grande o cómoda que ésta sea. Tampoco que califiquen su nivel de estudios por tener un empleo modesto (del que los mismos xenófobos se aprovechan pagando una miseria como si fuera un favor).

Emigrar no es un deporte ni un hobby, en absoluto es una diversión. Emigrar es una decisión durísima que cambia la vida de quien se va, pero también de quien se queda. Dejar la propia vida para construirse una nueva puede ser emocionante, pero nunca algo divertido. No hay inmigrantes de primera ni de segunda. Hay inmigrantes y punto. Gente que con diferentes talentos, motivaciones e intereses escogen un lugar para vivir intentando convertirlo en su casa, echar raíces en él y contribuir a hacerlo uno mejor para todos, vengan de donde vengan. Gente que hace grandes sacrificios, que renuncia a todo lo que tiene para salvar lo único indispensable para seguir adelante: la vida. Personas que además de vivir con el dolor de sentirse (y estar) solas y de lidiar con el desdén de algunos locales, también tienen que soportar la estupidez y la arrogancia de quienes se creen más patriotas que ellas porque no quisieron o no tuvieron la oportunidad de hacer lo mismo.

¿Por qué no se van para su país? En la mayoría de los casos sencillamente porque NO PUEDEN. Porque saben que les espera la cárcel, el hambre, la muerte. Por eso, cada vez que a alguien en esta Europa en crisis se le ocurra ser maleducado hasta llegar a la indecencia con alguna persona que no nació aquí, debería cerrar los ojos por cinco segundos y recordar los grandes barcos que durante décadas zarparon de estas costas repletos de personas que doblaron su vida en una maleta e hicieron exactamente lo mismo para tener en otra tierra la que creían merecer. El éxodo de jóvenes europeos preparados que no encuentran empleo solamente se diferencia del resto de los inmigrantes en una cosa: no abandonan un país hecho pedazos, pero igual se van porque en alguna parte del mundo creen que hay algo mejor y nadie tiene derecho a mandarlos de vuelta a casa.

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Un día feriado

El aroma del café la despertó de lo que parecía haber sido una noche lluviosa. Se cepilló los dientes al ritmo de las gaitas que para esa época del año servían de banda sonora a quienes pintaban rejas y muros. Dio los buenos días a todos en la cocina y durante unos minutos dejó perder su mirada en el aceite hirviendo en el que una de sus hijas freía las empanadas. Notó que algunas eran de carne mechada porque la había enseñado a hacerles un huequito en la punta para poder distinguirlas de las demás.

Mientras su hijo menor picaba aguacates en rodajas, el mayor preparaba en el patio la leña para la parrilla y sus nietos jugaban en la mesa donde luego comerían. Aprovechó para cambiar el agua y ponerles los mangos a sus loros. Era un día feriado que no daba para un puente pero sí para disfrutarlo juntos como si se tratara de un domingo extra: con tranquilidad y sin más pretensión que dormir un rato en la hamaca.

Se fue descalza al porche para regar las matas. Cuando su marido llegó con el periódico y un queso clineja de los que vendían junto al kiosco, ella lo esperaba en la mecedora tomando la segunda taza de café con leche y jugando con los perros.

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El hombre cruzó el umbral de la puerta bromeando: “—Aquí huele a empanada quemada”. Esa frase fue la señal para que todos se reunieran en la cocina donde entre risas devoraron las empanadas, el queso y el aguacate. Al terminar, la madre se sentó a leer el periódico en el porche, los hijos se quedaron en la cocina llenando de cerveza la nevera y preparando la guasacaca. El padre se quedó dormido en la hamaca y soñó que estaba cortando jugosa carne recién asada. De pronto el silencio y el calor sacudieron su descanso. Otra vez se había ido la luz aunque por suerte la del sol ya entraba por la ventana. Su mujer no estaba, le había dejado una nota avisándole que la alcanzara en la cola a eso de las ocho. Sus hijos no vivían allí, estaba solo. Abrió la nevera pero no estaba llena de cerveza (ni de comida). Encontró sólo una jarra de agua fría, un trozo de yuca hervida que hacía compañía a dos huevos y dos tomates que comerían esa tarde si otra vez no conseguían nada en el supermercado. Así que intentó engañar al hambre con un vaso de agua y se acostó de nuevo para volver soñar con su vida en 1996.

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yoyopress.com

@luiscarlos

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A mí no

YG

Allá por los años ochenta vivía en una casa como cualquier otra rodeada de vecinos que venían de diferentes partes del mundo. Un lateral de su patio daba con el de una familia colombiana, la esquina la compartía con una familia italiana, la pared trasera con una familia gallega, los de la esquina izquierda nunca estaban y los del lateral derecho cambiaban cada dos años más o menos porque la casa estaba alquilada.

Lo mejor de crecer rodeada de gente tan diferente era poder aprender sus costumbres, sus platos, conocer sus experiencias, saber que el mundo no se acababa en ese horizonte de Morrocoy donde parecía que bastaba un pequeño salto para llegar al cielo.

Las historias de las personas que habían nacido en otros países eran siempre muy interesantes, llenas de pequeñas aventuras y sobre todo de mucha nostalgia. Para una niña que no llegaba a los diez años era difícil entender cómo alguien podía llevar sin ver a sus abuelos veinte más de los que ella llevaba en el mundo. En su cabecita la idea de una vida sin abuelos era sencillamente imposible. Tampoco sabía cómo podía la gente pasar décadas sin ver a sus hermanos o a esos que a pesar de la distancia seguían siendo sus mejores amigos. Ser inmigrante es duro, y aunque en estos tiempos muchos piensen que quien deja su país lo hace en busca de una vida fácil donde pueda aprovecharse de los demás, quien ha tenido que emprender un camino dejando atrás todo lo que le importa sabe que no hay nada más lejos de la realidad.

Cada tarde iba a la casa de su vecina gallega para aprender a tejer un pañito que quería regalarle a su mamá. Tenía apenas siete años e intentaba no equivocarse entre cadenas y puntos mientras la anciana le leía en voz alta las cartas que recibía de España y le contaba desde cuándo no veía a las personas que en ellas aparecían. Para cuando el regalo estuvo listo ya ella sabía que Celanova, Ribadavia y el resto de Orense estaban casi vacías porque la mayoría de la gente que un día embarcó hacia América no había regresado. En esos tiempos el amor viajaba vestido de papel, coloreado con tinta y tardaba semanas desde que se le ponía el sello hasta que llegaba a su destinatario. Esa era la forma de mantener vivos los lazos hace décadas. Pese a que muchos de esos amores naufragaban, otros se alimentaban de esperanza y en ocasiones especiales de una voz que decía todo lo que podía en un costosísimo minuto telefónico donde abundaban los “saludos a todos” y los “aquí todos bien”.

Oír hablar de una isla llamada Sicilia donde los tomates eran deliciosos y las playas un paraíso le sirvió para saber que otros también tenían la suerte de haber nacido en un lugar querido por el sol. Explorar el mapamundi y calcular distancias era un juego de niños que hacía daño a los adultos.

Más tarde escuchaba con curiosidad y tristeza cómo se las arregló el novio de una tía para escapar de Pinochet, el tiempo que llevaba aquel hombre sin ver a sus hermanos y cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de una tierra que ya no extraña porque años después el olfato lo llevó a ver lo que muchos tomaban como exageraciones. Aquel tío antes de tener que revivir traumas, regresó por donde había llegado y ahora vive una tranquila vejez en su Chile natal.

La ingenuidad propia de la infancia y la prepotencia de la adolescencia le hicieron creer a esa niña que ella nunca permitiría algo así, ella nunca dejaría pasar años sin ver a los seres que la colmaban de alegría y ganas de vivir. Ella nunca tendría que abandonar su país. Sin embargo, un día se dio cuenta de que llevaba casi tres años sin ver a sus hermanos, doce desde que abrazó por última vez a un amigo que vive en Canadá, que ya casi se le había olvidado cómo olía la casa de su abuela, que una de mejores amigas se había ido a Estados Unidos y llevaban meses sin hablar largo y tendido.

Las cosas habían cambiado mucho, ya ni siquiera podía mandar postales porque casi nunca llegaban, las llamadas y los mensajes son gratis pero pocos tienen tiempo para eso. Cuando se fue las cartas dieron paso a los faxes, luego a los correos electrónicos diferentes para cada uno, después con información general para todos (para no contar mil veces la misma historia) y muchos apartados al final. Todos se conocían, lo importante era que para cada uno había unas líneas.  A medida que se han multiplicado los medios el tiempo ha disminuido. Ahora se puede ver en tiempo real lo que ocurre al otro lado de la pantalla, pero nada puede sustituir el calor de un abrazo, la ternura de los besos de un niño,  el gusto de compartir una cerveza o de entenderlo todo con sólo una mirada.

El “eso no me va a pasar a mí” es una realidad para millones de personas que se vieron obligadas a tomar una decisión que cada día les recuerda que en el fondo siempre serán extraños. No importa lo bien que hablen, lo integrados que estén, lo buenos que sean… Siempre serán extranjeros porque vivirán con la esperanza de regresar a su tierra algún día aunque la vida siga dando tantas vueltas que parezca alejarlos cada vez más de ese sueño.

Cuando era niña pensaba que eso de no verse con la gente querida era falta de voluntad, pues para ver a sus amigos bastaba con salir en bicicleta, tocar timbres y pedalear muy rápido en las calles donde los perros se escapaban para correr detrás de un grupo de niños. Para ver a una abuela bastaba pedirlo y para mandar una carta eran suficientes dos pedacitos de papel (uno para escribir y el otro para hacer el sobre).  Ahora entiende a sus vecinos, a los abuelos de sus amigos, a todos los extranjeros que nutrieron su infancia. Los años le han enseñado que no todo es tan simple, que a veces la voluntad no es suficiente y, por supuesto, que la esperanza es lo último que se pierde… Por eso sigue mandando postales.

 

Foto: Gaínza

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No todo es lo que parece

Él aparenta ser…

El marido perfecto, el padre perfecto, el vecino perfecto, el empleado perfecto, el cliente perfecto, el feligrés perfecto, el visitante perfecto, el amigo perfecto, el hijo perfecto, el cocinero perfecto, el jugador perfecto. El ciudadano perfecto, el ayudante perfecto, el contribuyente perfecto, el paciente perfecto, el sobrino perfecto, el pasajero perfecto, el nieto perfecto, el conductor perfecto, el compañero perfecto, el primo perfecto,  el admirador perfecto…

En casa:

¿Adónde vas? Vistes como una puta. ¿De dónde vienes? ¿Con quién estás? ¿Para qué vas a salir? Déjame ver el tique. El cambio está incompleto. Esta no es la marca que te pedí. No haces nada bien. ¿No ves que ya eres una vieja? Cállate, sólo dices estupideces. Estás gorda. ¿Para qué vas a estudiar? ¿Vas a gastarte en universidad el dinero de los niños? ¿Vas a conducir? Pero si no eres capaz, acabarás matando a alguien. Demasiado corto. Demasiado estrecho. Demasiado color. Pareces un cadáver. Demasiado maquillada. ¿Qué haces en la calle? ¿Qué amigas son esas? ¿Por qué te arreglas tanto? ¿Qué van a pensar de mí?  Vale, monta una empresa… Pero si te va mal nos dejarás a todos en la calle. Te irá mal, no sabes hacer nada. ¿Cómo que te vas? ¡Nos casamos por la Iglesia! Eso no se hace. ¿Acaso te acuestas con otro? La niña es mayor de edad, pero al pequeño no te lo llevas. Entonces nos abandonas. Me dejas después de 20 años de matrimonio, ¡vaya ejemplo de madre! ¡Llévate lo que quieras! ¿Para qué necesitas dos platos? ¿Piensas tener invitados? ¿Dos vasos? ¿No ibas a vivir sola?

Y mientras…

El admirador perfecto,  el primo perfecto, el compañero perfecto, el conductor perfecto, el nieto perfecto, el pasajero perfecto, el sobrino perfecto, el paciente perfecto, el contribuyente perfecto, el ayudante perfecto, el ciudadano perfecto. El jugador perfecto, el cocinero perfecto, el hijo perfecto, el amigo perfecto, el visitante perfecto, el feligrés perfecto, el cliente perfecto, el empleado perfecto, el vecino perfecto, ¿el padre perfecto?

¿El marido perfecto?

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¿Por qué ustedes sí?

La multitudinaria manifestación que se vivió en Caracas el primero de septiembre de este año pasará a la historia. Ha levantado ampollas no sólo en las filas del régimen que pone todo tipo de obstáculos para impedir el referéndum revocatorio al que tenemos derecho los venezolanos, sino que traspasó las fronteras hasta esos países donde debido a la cantidad de dinero público que les ha engordado los bolsillos, más de uno se cree con la potestad de decidir quién tiene derecho a qué en nuestra tierra.

Los tarifados españoles (y algún que otro rezagado por ahí) además de manipular con publicaciones igual que Diosdado Cabello –un elemento que no tiene tamaño para la vileza que alberga dentro de sí– se han permitido calificar de golpismo una manifestación pacífica de ciudadanos que exigen el cumplimiento de un derecho constitucional.

Y claro, aquí es donde comienzan las preguntas:

¿Por qué cuando ustedes rodean el Congreso de los Diputados son ciudadanos indignados y cuando los venezolanos marchamos por las calles de Caracas somos golpistas?

¿Por qué cuando ustedes protestan contra el gobierno se trata de “gente normal haciendo política” pero si lo hacemos nosotros se trata de “hostigar al presidente”?

¿Por qué son presos políticos los que durante medio siglo asesinaron a más de ochocientas personas y Leopoldo López que encabezó una manifestación sin haber tenido armas en la mano sí es terrorista?

¿Por qué cuando ustedes crean desde las entrañas de una universidad pública un partido para cambiar “la casta” que hasta entonces constituía la vida política española son regeneración y nosotros por querer cambiar la casta narcomilitar que pudre nuestras instituciones somos fascistas?

¿Por qué cuando ustedes hablan de los índices de pobreza, desigualdad y la tasa de paro en España son “la gente” harta de la crisis, pero nosotros cuando protestamos por la escasez de alimentos y medicinas somos manipuladores de la derecha?

¿Por qué cuando ustedes hacían campaña electoral en los actos de Tsipras era por solidaridad con el pueblo griego y cuando  un candidato a la presidencia del gobierno de España va a Venezuela (por electoralismo o no, me da igual en este momento) a mostrar al mundo la miseria en la que está sumida mi país es injerencia?

¿Por qué cuando hablan de la cantidad de personas que dependen de las ayudas sociales o de las instituciones caritativas son demócratas, pero cuando nosotros hablamos de la gente que se está muriendo en los hospitales por falta de comida o medicinas somos golpistas que queremos desvirtuar los logros de la revolución?

“En Venezuela un 72% de los ciudadanos dice que en los últimos 12 meses le ha faltado la comida, lo que se sitúa 31 puntos porcentuales por sobre el segundo país de la región que tiene esta dificultad (República Dominicana con el 41%”

¿Por qué en España es “represión brutal” que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado garanticen que las manifestaciones no degeneren en violencia, pero en Venezuela el uso de gas pimienta es “intervención del equipo de resolución de conflictos del Ministerio del Interior”?

¿Por qué cuando salen los antidisturbios con pelotas de goma a la calle son catalogados de matones al servicio de los ricos, pero cuando la Guardia Nacional Bolivariana dispara CON BALAS DE VERDAD a la cabeza de los manifestantes no?

¿Por qué en España llevarse detenidos a algunos asistentes a manifestaciones y someterlos a un juicio con todas las garantías que proporciona el Estado de Derecho es dictadura, pero cuando los venezolanos son secuestrados o detenidos, torturados, hacinados a 15m bajo tierra y sometidos a juicio sin las más mínimas garantías sí es democracia?

¿Por qué los jueces que aplican las leyes en España son corruptos, pero los que violan la Constitución en Venezuela no?

¿Por qué los españoles que emigran lo hacen para buscar las oportunidades que su país no les ofrece, pero los venezolanos lo hacen porque son ricos y quieren disfrutar de su dinero en el extranjero?

¿Por qué ustedes sí se creen con derecho a abrir la bocota cada vez que los venezolanos levantamos la voz contra el régimen de Chávez en su momento y ahora de Nicolás Maduro, pero nosotros no podemos criticar en España la cantidad de dinero público que han cobrado ayudando a crear la debacle que arruinó  a uno de los países más ricos del planeta?

¿Por qué nos piden dialogar con quien no nos gusta en el poder mientras ustedes en lugar de hacer lo mismo, fuerzan elecciones una y otra vez con la esperanza de que algún día engañen al número de incautos necesarios para hacerse con la Presidencia del Gobierno?

¿Por qué ustedes sí y nosotros no?

Yo se los voy a decir:  ustedes sí y nosotros no, porque a fin de cuentas con ir, aplaudir un rato, cobrar (en moneda extranjera, claro) y luego lamer pies con el Atlántico en medio es un gran negocio. Ustedes sí y nosotros no, porque ustedes y sus familias viven tranquilamente bajo el manto seguro que les proporciona la imperfecta pero democrática España. Ustedes sí y nosotros no, porque quienes tienen que verse las caras todos los días con la violencia, el hambre, los hospitales destrozados, la amenaza y la manipulación constante son los venezolanos.

Si lo que es bueno para el pavo también lo es para la pava, ¿qué les hace creerse superiores para con una mano reclamar a su propio gobierno eso a lo que creen que tienen derecho y con la otra calificar de fascistas, golpistas, terroristas, y un lamentable etcétera a los ciudadanos que en otras latitudes reclaman lo que ustedes –SÍ, USTEDES– ayudaron a arrebatarles?

Todo perro pelea para que no le quiten el hueso, es normal que les asuste  el fin de un régimen que ha dilapidado el dinero de los venezolanos manteniendo a sanguijuelas que tienen diferentes conceptos de democracia tan oportunistas como el cálculo de sus cuentas personales y el rédito electoral  les consiente.

Los venezolanos que sufrimos lo que pasa en nuestra tierra y pagamos impuestos en España (los que corresponden y cuando toca, no cuando están a punto de echarnos el guante) o cualquier otro lugar, tenemos derecho a interpelar a cuanto sinvergüenza se haya lucrado con nuestro dinero.  Y si no les gusta, con no haber ido a nuestro país a asesorar a los expoliadores era suficiente.  Así que aguanten su chaparrón en silencio y vayan buscando otros pendejos a quien venderles el humo. En Venezuela el 1º de septiembre de 2016 una gran cantidad de venezolanos que cree en la democracia de verdad cada vez está más cerca de cortarle el grifo a los corruptos que nos gobiernan y a los que se han enchufado a lo largo de estos años.

Ustedes sí porque mienten, nosotros no porque les quitamos la careta.

Foto:

Ingrid Arriechi

Reuters

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Había pasado un año

 

 

Nadie lo había notado, nadie se dio cuenta pero hacía un año de aquella pesadilla.  El sol había salido y vuelto a ocultarse 366 veces desde aquella vez en que mientras en algún rincón del mundo el hombre de su vida celebraba su cumpleaños, ella estaba a merced de otro recibiendo una paliza como si se tratara de una piñata.  Como en muchos casos no tuvo marcas en la cara, esas que delatan enseguida al maltratador y que son difíciles de explicar a quien las nota.

Pasó una semana encerrada en su habitación, comía de vez en cuando alguna manzana y aprovechaba para ir al baño cuando el agresor estaba fuera de casa. No tenía adonde ir ni tenía familia cerca, todos sus amigos estaban de vacaciones fuera de la ciudad. Tampoco tenía ahorros ni trabajo. Se tomó fotos de las lesiones pero no se atrevió a ir al hospital ni a la policía. Le daba vergüenza que ella, una mujer joven, lista, guapa, tuviera que pasar por semejante humillación. Pensaba que al verla no la iban a acoger en ningún centro y que una vez allí su vida se hundiría cada vez más. Pensaba en todas las mujeres que después de dar el paso igual habían terminado en el cementerio. Pensó que era mejor guardar silencio y no ser una de ellas.

Habló con tres hombres por teléfono, los tres le dijeron lo mismo: “sal de allí inmediatamente”, pero poco más pudieron hacer. Todos vivían a muchos kilómetros de distancia, dos de ellos la escucharon desahogarse y otro le pidió que no le contara más si no denunciaba. Los tres entendían que la situación era difícil para ella. Sin embargo, a pesar de tener un millón de motivos para denunciar la que no era la primera paliza, ella no lo hizo. Se echó a llorar, le dolía todo el cuerpo, sentía el eco del dolor en el cuero cabelludo. Le costaba caminar y al hacerlo recordaba cómo el animal la había tirado por los tobillos y luego le había apretado tan fuerte los pulgares de los pies que perdió las uñas. Esas cosas no se ven, nadie las ve.

Poco a poco todo volvió a la “normalidad”, ella seguía soñando con que en alguna parte del mundo sonreía el hombre que nunca le levantaría la mano, el que aún conociéndola probablemente no sospechaba que ella hubiera pasado por algo así.

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Un minuto de silencio

llama_esperanza

 

Explosiones, gritos, llanto… Eso es lo que hemos escuchado en los últimos días.

Amenazas, historias, condolencias… También muchas estupideces.

Cuando la barbarie se empeña en bombardear de dolor nuestras vidas, en sembrar el miedo y la paranoia, queda mucho más por hacer que por decir.

Que se acaben las pataletas en los aeropuertos porque hay que pasar repetidas veces el escáner, que se acaben las protestas cuando se le pide el documento de identidad a un menor. Que cesen los insultos al personal de tierra cuando se niega a facturar la maleta que un pasajero acaba de recibir de alguno que “le pide un favor” en la fila. Que se acaben los motines en un avión cuando se genera un retraso debido a que hay una maleta en bodega pero el pasajero no se presentó al embarque. Que se acaben los “esto es una estupidez, una pérdida de tiempo”.

Que se acaben los groseros que se niegan a colaborar para mantener la seguridad de todos, los que piensan que la barbarie del terrorismo les perdonará la vida si hay oportunidad. Que se acaben los políticos oportunistas e hipócritas que por un lado enaltecen asesinos mientras por el otro –y para buscar más votos– prefieren observar cómo los demás intentan hacer algo contra esta plaga.

Que se acabe tanta muerte, tanto dolor, tanto culpar a una raza o una religión como si todos fueran responsables de la despiadada acción de unos pocos.

Que la esperanza consiga colmar el agujero que se ha abierto en el alma de los dolientes.

Que se acaben los minutos de silencio.

Foto: web.

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El peligro de la costumbre

Il cielo

 

Cuando las cosas son extraordinarias parece que tienen más valor, el no encontrarlas fácilmente las hace únicas, y quien las vive o las posee –si es lo suficientemente sensible e inteligente– las atesora.

Charles Dickens dijo que el hombre es un animal de costumbres –parece que no hace falta demasiado para demostrar que tenía razón–.  Es muy sencillo acostumbrarse a las cosas buenas… Y a las malas.  Pasa en todo, por ejemplo en las relaciones algunos se habitúan a las múltiples manifestaciones de amor hasta el punto de asumirlas como “normales” y en consecuencia dejar de valorarlas por lo que realmente representan: la belleza infinita del amor, un amor que con el tiempo pasa desapercibido pero que deja un enorme vacío cuando se va. No es hasta el momento de la ausencia cuando aparece la profunda sensación de pérdida con el famoso “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” abofeteando de realidad al menosprecio por costumbre.

En los lugares hermosos se distinguen perfectamente a los locales de los visitantes porque mientras los últimos caminan hipnotizados por la magnificencia que los circunda, los primeros a través de la inercia la han interiorizado tanto que incluso se sienten parte de ella. La costumbre es muy amiga de la vanidad y ya sabemos que la vanidad no es de fiar.

Es lamentable ver cómo la rutina día a día mata la capacidad de asombro: los amores profundos e inmensos pasan a ser amores sin más, las maravillas son solamente un elemento con el cual sentirse superior al resto sin siquiera saber qué las llevo a ser tales, cómo surgieron, cómo es que siguen donde están. El beso de los buenos días pasa a ser un simple hola, una mirada, o a veces ni lo uno ni lo otro.  Se cree entonces que eso que es nuestro lo es porque sí y que no es necesario hacer nada para darle un nuevo sentido e intentar merecerlo cada mañana.

Hasta aquí esto no es más que una modesta reflexión sobre el amor verdadero y el valor que le damos o no según se haya extendido en nuestro interior el virus de la vanidad. Sin embargo, hay una parte mucho más peligrosa, mucho más preocupante y dolorosa por lo que significa para muchos. Esa parte de nuestra vida que no apreciamos porque somos incapaces de imaginar que millones de personas viven sin eso que forma parte de nuestros días.

 

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Los rebeldes también dudan

Firenze 2016 YG

 

Dicen que los pesimistas siempre tienen razón, pero los rebeldes son conocidos precisamente por llevar la contraria. Allá donde van todos es justamente donde ellos no quieren ir, eso que hacen todos es lo que los rebeldes se niegan a hacer… Se pasan la vida buscando cosas nuevas o viviendo las de siempre, pero a su manera.

Algunos se enamoran a cada rato, otros pocas pero de verdad, una verdad que hace verlo todo bonito, que va más allá de lo que sus ojos pueden alcanzar. Esa que les hace caminar con una sonrisa porque solamente ellos saben lo que están sintiendo, la que los despierta a medianoche con un nombre en sus pensamientos, la que no sabe decir adiós cuando se va.

Pero llega un momento en el que se posa sobre los rebeldes una nube gris grande como la incertidumbre a la que intentan no dar importancia mientras caminan ignorando el estruendo de los truenos y demostrándole a los relámpagos que el miedo no es un obstáculo. Allí comienza la lucha, la nube descarga sobre los rebeldes toda su fuerza al tiempo que ellos continúan caminando sin quejarse de las llagas que sangran en sus pies por más que el dolor les recuerde que allí están. Aguantan uno, dos, tres, cuatro inclementes aguaceros de los que inundan hasta el alma empapando los sueños y las ganas de vivir. Hasta los más fuertes se resienten, se detienen entonces y se preguntan si vale la pena rebelarse, si vale la pena luchar contra el invierno y otras adversidades para seguir un camino cuyo final a lo mejor se borró haciendo su destino inalcanzable a pesar de lo cerca que parecieran estar de él. Dejan caer los brazos, miran hacia atrás todo el recorrido, hacen un repaso por los años de trabajo para llegar hasta donde están ahora, buscan en la banda sonora de su vida alguna canción que les haga sentir un poco de optimismo, pero los truenos abruman, los relámpagos ciegan y la rendición acecha esperando que la belleza de un lugar único pierda valor. De nada sirven las palabras de ánimo que dándole más o menos trascendencia al cansancio tratan de evitar que la frustración se haga con el poder y los rebeldes vuelvan al mundo de los que se rinden, de los que terminan dejándose llevar por la corriente.

Santa Croce YG 2016

Después de exprimir la ropa, sacudir las botas, curar las heridas… Apareció la canción y poco a poco dejó de llover. De pronto las nubes oscuras dieron paso a un cielo más amable y dulcemente todo empezó a mejorar. Salió un espléndido y maravilloso sol que dejaba casi sin efecto al invierno que paulatinamente va desapareciendo. Todo vuelve a su lugar, los rebeldes se extienden ante el astro rey y se dejan besar por él recuperando la energía necesaria para abrirse camino ante una multitud de resignados, porque los males no son eternos y ningún invierno es lo suficientemente largo ni frío como para impedir que nazcan las flores, las mismas que agradecen la lluvia para poder vivir y llenar al mundo de optimismo… El perfume de la vida.

 

 

Fotos: Gaínza

 

 

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