Autor: Yedzenia Gainza

Día 14: No soy tu mami

 

Entre las cosas que más rechazo me generan desde hace unos años están los uniformes. No debería, porque usar uno para mí comporta que estoy haciendo lo que me gusta. Cada color tiene su significado y es fácil distinguir quién es quién según el lugar en el que uno se encuentre. Los uniformes son sinónimo de autoridad en un determinado contexto, pero en Venezuela hay unos cuántos que equivalen a delincuencia, crueldad, traición y muerte.

Andaba con dos amigas y nos tocaba meternos por una calle que ha sido cerrada por “seguridad”, pero no como la de ayer. Esta calle estaba “cerrada” con unos conos endebles como nuestras instituciones y sucios como la conciencia de los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. Al lado de uno de los extremos de la fila de conos estaba atravesada una patrulla de la policía municipal,  y parado por ahí se movía un policía solo y con actitud igual a la de cualquier malandro de los que uno se encuentra por la calle. La única diferencia era el uniforme.

El agente, que parecía más perdido que cucaracha en baile de gallinas, no paraba de mirar a los lados como si pensara que en cualquier momento era a él a quien iban a atracar. Detuvo el carro y con tono desagradable dijo que no podíamos seguir. Preguntamos cómo hacer para entrar al lugar si esa era la única entrada. Respondió con un simpático y razonable “porque no, mami” sin, por supuesto, dar opciones para poder salir de aquella ratonera que él había creado.

A ver, a ver, a ver, puedo pasar por alto la grosería del “porque no”, pero ¿MAMI? ¿Desde cuándo tengo cara de ser la mami de alguien? ¿A cuenta de qué un policía se permite llamar “mami” a una ciudadana? Les diré el motivo: porque sí y punto. En este país donde los tiroteos se dan entre agentes de guardia contra compañeros en sus horas libres, que llamen “mami” a una mujer carece de importancia para muchos. En el mismo lugar donde un uniforme parece ser suficiente justificación para robar teléfonos, meter mano, dar palizas o disparar a quemarropa, que me llamen “mami” se supone debo tomarlo como un gesto amable del baboso de turno, sea porque esta es su forma de negar indicaciones sobre cómo entrar a un lugar o de pedir que me apure dándole hasta los zapatos que llevo puestos.

Da igual el rincón del país y la situación en la que uno se encuentre, los venezolanos tenemos claro que topar con un agente uniformado (del rango o jurisdicción que sea) es hasta peor que encontrarse con un malandro, porque incluso cuando no están ocupados robando, violando o matando, la mayoría de ellos inspiran cualquier cosa, menos respeto. Y si bien es cierto que es muy común escuchar a desconocidos llamarse “chico” o “mi amor”, por más poder que tenga un cretino uniformado y por mucho que le ofenda mi reacción, que no espere silencio, yo no soy su “mami”.

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Día 13: Calle cerrada

 

Han pasado trece días y todavía no he podido dedicarme a visitar a amigos ni familiares. Apenas he visto a un tío (producto de una encerrona de mi madre que echó por tierra cualquier plan para sorprenderlo) y a una prima que en este viaje fue mi cómplice.

Cada vez que coincide mi visita con la Navidad, me callo la fecha. No me gusta que sepan cuándo llego y tampoco cuándo me voy. Es una especie de promoción por tiempo limitado. Intento organizarme de la mejor forma posible y realizar visitas sorpresa. Sin embargo, esta vez es distinto, queda muy poca gente qué visitar, pues la mayoría se ha ido del país. Como he contado en varias ocasiones, estamos desparramados por el mundo, pero antes daba igual si el resto del año estábamos en Canadá, Italia, España, Argentina, etc., en diciembre todos coincidíamos en la casa de nuestros padres para celebrar la Navidad.

Resulta que este año son más los que se han ido que los que quedan. De hecho, muchos de los que viven este desastre son los padres, abuelos o hijos muy pequeños de quienes emigraron para poder ganar lo suficiente que permita llenar la nevera con algo más que jarras de agua. Si a las ausencias le sumamos la inseguridad, la falta de gasolina, las enormes colas en los supermercados y las interminables diligencias que ocupan el día de todos, las sorpresas se han reducido drásticamente y su lugar es ocupado por la tristeza de no saber cuándo volveré a ver esos rostros. Toca conformarse con el teléfono, pero eso ya lo hago a diario.

Una de las sorpresas frustradas fue cuando intenté ir la casa de un amigo al que siempre encuentro, no importa la hora. Él siempre está allí con una sonrisa encantadora que hace juego con su tímida mirada y su suave voz. Pasé por su barrio una tarde y en el carro di vueltas sin parar buscando por dónde entrar a su calle, una calle que me sé de memoria desde que tengo dieciséis años. No hubo forma de entrar, está blindada por todos lados y un impenetrable sistema de seguridad me impedía improvisar. Me quedé esperando a que llegara algún vecino para explicarle quién era y a quién iba a visitar, pero evidentemente nadie se fía de un vehículo desconocido y mucho menos si está estacionado esperando que se abra la puerta.  Tampoco era inteligente quedarme allí mucho rato, eso sería tentar demasiado a la delincuencia. Quedaba  la opción de llamar a mi amigo, pero además de arruinar la sorpresa, no tenía su número, nunca hemos sido de llamarnos con frecuencia, todo lo dejamos siempre a un abrazo un día cualquiera bajo una mata de mango y la mirada atenta de sus gatos.

Mientras se me ocurre un plan para entrar a la calle blindada, espero vencer el monopolio de las diligencias diarias y ver a toda la gente que quiero y todavía no se ha ido. Pero sobre todo, espero que pronto acabemos con esta tiranía asesina que sigue destruyendo nuestra tierra y nos ha obligado a vivir los momentos más catastróficos de nuestra historia.

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El Impulso

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Día 12: ¿A cómo está el dólar?

Mientras prácticamente en todo el mundo cientos de millones de niños se diviertían jugando con sus regalos de Navidad, en este rincón de América Latina una niña llamada Valeria, de apenas nueve años se ajustaba el cinturón para ir a casa de su mamá en compañía de su tía y dos amigas.

Cuando llevábamos unos diez minutos rodando, Valeria hizo la pregunta más común entre los venezolanos, pero la que jamás imaginamos podía pasarle por la cabeza a una criatura que apenas estudia cuarto de primaria:  –¿tía, a cómo está el dólar hoy?

Después de unos segundos de estupefacción y una sonrisa, le pregunté a la niña por qué quería saber lo que cuesta un dólar. Respondió que el  Niño Jesús le había traído uno y ella quería saber cuánto dinero tenía ahora.

Después de otra sonrisa y un cruce de miradas entre su tía y yo le dije que ese día el dólar costaba ciento doce mil bolívares.

–¿Y eso es mucho dinero?

–No, linda, eso aquí es nada para unas cosas, pero mucho para otras. Verás, con ese dólar puedes comprar medio cartón de huevos, o bueno, podrías comprar un paquete de cuatro Cocosettes y un refresco.

–Pero entonces no es mucho dinero.

–Claro que no, es poquito. Para que te hagas una idea, ese dólar que tienes es más que lo que gana una persona que trabaje aquí durante más de dos semanas.

–¿Esto? ¿Dos semanas?

–Sí, eso. Dos semanas.

–¿Entonces no puedo cambiarlos para tener dinero?

–Valeria, lo mejor que puedes hacer con ese dólar es guardarlo porque cada vez valdrá más. Todo lo que tengas ahorrado en dólares, sigue guardándolo, no lo cambies. En este momento no te va a servir de nada. Guarda ese dólar como un tesoro y separa tus ahorritos, usa los que tengas en bolívares, compra chucherías si quieres y deja los dólares para el futuro.

La niña  me miró con cara de “no era necesaria la clase de Economía” y luego sonrió diciendo que ahora sus ahorros eran en dólares.

–¡Valeria!

–¿Sí?

–Ni se te ocurra decir que tienes ahorros en dólares.

–Está bien.

Llegamos a mi destino y nos despedimos. Mientras ella se alejaba mirando por la ventana del carro, me puse a recordar qué cosas pensaba yo cuando tenía nueve años y cómo eran mis ahorros. Tenía un cochinito enorme, rosado (el color no lo escogí yo, calma), al que le metía todo lo que me sobraba de la merienda escolar. Mi papá todos los días paraba el carro en la puerta de la escuela y me daba un fuerte, un fuerte de verdad, una moneda grandota que valía cinco bolívares. Yo gastaba como mucho tres, siempre me quedaba suficiente para comprar chucherías, prestarle a mi hermano mayor cuando gastaba más y alimentar  la alcancía. Cuando llegaba diciembre era el momento de romper el cochinito, contar el dinero y hacer planes con esos ahorros. Me sentía rica aunque no tenía dólares, ni sabía lo que era un dólar. Mi moneda era el bolívar y ese era el que me importaba. Si juntaba muchas puyas, varios mediecitos o algunos reales (monedas de cinco, veinticinco y cincuenta céntimos) podía comprarme un helado o un puño de caramelos vaquita. El único problema que tenía era la no muy agradable cara del heladero cuando después de meterme de cabeza en el carrito para escoger mi Supertornado, le entregaba un montón de puyas. Mi mamá me mandaba caminando al banco con un recibo firmado y ciento veinte bolívares para pagar el préstamo con el que se había comprado la casa en la que vivíamos, una casa que costó doscientos veinte mil bolívares,  es decir, la quinta parte de lo que pagué hoy por una bolsa de plástico para meter la compra en el supermercado.

Valeria guarda su dólar con ilusión sin saber si pronto podrá contar a sus nuevas compañeras de clase que eso es lo que en su país gana una persona durante una quincena. Valeria comienza a entender que nació en una Venezuela arruinada de la que su familia comienza a salir para darle a sus primas una vida mejor. Todavía no lo sabe, sus padres aún no le han dicho que ella y su hermana son las siguientes.

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Wikipedia

 

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Día 11: Silencio

 

 

Los tiendas estaban cerradas, las calles solas, los vecinos encerrados en casa. No hubo algarabía ni música, tampoco mesas repletas de platos deliciosos ni comensales estrenando vestuario. No hubo cohetes, globos de deseos ni fuegos artificiales.

La estrechez paseaba casa por casa y se burlaba de los arbolitos con mucho espacio para regalos inexistentes. Los niños dormían con la esperanza de encontrar al día siguiente al menos una chuchería qué agradecerle al Niño Jesús. Las familias que tuvieron cena guardaron celosamente hasta la última miga para no desperdiciar lo que podría ser el alimento de un día entero.

No hubo visitas ni fiesta, no hubo cervezas y tampoco aguinaldos. El intento por disfrazar de alguna manera la Nochebuena más triste de nuestra historia degeneró en un hondo sentimiento de culpa por tener en la mesa lo que pocos habían siquiera visto a través de un cristal. La impotencia por no poder ayudar a todo el que lo necesita aumentó la amargura por esta injusta realidad tan distinta a la que se esperaba después de tanto trabajar.

Sólo un tenue rayo de esperanza iluminaba la mirada de los presentes que esperan seguir vivos, sanos y juntos la próxima vez para celebrar que por fin todo ha acabado. Brindaron con un refresco sintiéndose afortunados por la suerte de la compañía y de tener en el plato una hallaca recién hecha.  Todo en voz bajita por consideración a quienes no podían decir lo mismo. Abrieron el armario donde estaban escondidos los modestos regalos de los niños que sonrieron agradecidos la bondad del Niño Jesús y se fueron a dormir en medio de un desgarrador silencio jamás conocido hasta ahora en un país que en algún momento fue el más feliz del mundo.

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Gaínza

 

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Día 10: Como cochinos

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Una de las quejas más escuchadas cuando alguien conduce torpemente es “con cuidado, que no llevas cochinos”. La brusquedad al volante se nota especialmente en los asientos traseros, por lo que una descripción común sobre el conductor es “maneja ese carro como a un camión cargado de cochinos”.  Y no es que los animales merezcan ser maltratados, sino que popularmente aquí se entiende que quien lleva un camión cargado de cochinos no tiene la menor consideración al momento de pasar por policías acostados o evadir huecos en la carretera. Pasa y punto, da igual si la carga da un salto o se asusta.

La escasez que ahoga a Venezuela no se limita a alimentos o medicinas, es general. No hay neumáticos, repuestos para los vehículos y, en ocasiones cada vez más frecuentes, ni siquiera gasolina. Sí, lo que leen, en Venezuela no hay gasolina. El empeño del chavismo por engañar a no sé quién aumentando los salarios a cada rato a la vez que el país baja rodando sin frenos por el barranco de la inflación, obliga a los ciudadanos a desplegar su creatividad para alargar al máximo la vida útil de sus carros, pues al quedarse a pie sus opciones se reducen a ir caminando a cualquier parte o utilizar el destartalado y cada vez más insuficiente transporte público en el que viajar sin ser atracado es poco menos que un milagro.

A falta de autobuses y fortaleza en los pies para realizar trayectos que son insoportables bajo el espléndido sol caribeño y el hambre reinante en las tripas, los venezolanos se las arreglan como pueden para poder trasladarse de un lugar a otro, y eso incluye ir en camiones de cochinos o verduras apretados como pueden o sujetos como arañas. Les llaman “Transbaranda” en honor a esos trozos de madera a los que se sujeta la vida de quienes necesitan como sea llegar a alguna parte.

Da dolor ver en los distribuidores a personas metidas en jaulas de metal que huelen a estiércol. Guardo la denigrante postal en mi mente como la fiel imagen de esa materia fecal llamada chavismo, que con el cuento de hacer justicia social trata a los ciudadanos peor que a los pobres cochinos y convirtió al país en un enorme chiquero del que muchos huyen, otros se resignan y, lo peor, donde todavía algunos disfrutan revolcándose.

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Día 9: La burbuja

 

A cuatro kilómetros (y unos diez años de distancia) del centro de la ciudad está una pequeña burbuja, en ella se escuchan gaitas al entrar, sirven refresco, cerveza, café o cualquier bebida que le apetezca a los clientes que quieren comprar carne.

La abundancia es abrumadora: neveras llenas de los mejores cortes de carne de ternera y cerdo, también hay pollo, charcutería y hasta aguacates. Hay cola, cómo no, pero la espera normal de una carnicería normal con un número y unos tres o cuatro clientes por delante. Una carnicería de las que todos conocíamos en este país y que ahora son más bien un recuerdo de tiempos que parecen tan lejanos que duelen en la memoria. En esta excepción los empleados atienden contentos, hay hilo musical acorde a la fecha, y por un momento uno se traslada a diciembre de 1998, ese en el que Venezuela votó por el inicio de la desgracia que lleva casi veinte años vapuleánola.

La atención y los productos son de primera calidad, la espera no es desagradable y, por supuesto, eso se paga, caro. Un kilo de carne de ternera, uno de cerdo, un trocito de tocino y una pechuga de pollo se convierten de pronto en poco más de novecientos mil bolívares, casi cinco salarios mínimos que evidentemente están al alcance de los clientes. Una de ellas dice saber que esta carnicería es mucho más cara que otras de las de ahora, pero por lo menos hay de casi todo, no tiene que humillarse haciendo cola desde la madrugada y tampoco se arriesga a que por ahorrarse algo de dinero, termine perdiendo todo lo que tiene si la atracan o se desata una estampida.

En la burbuja el ambiente es tan absorbente que los clientes permanecen mucho más tiempo del que les toca. Bromean, campanean el vaso y hablan de béisbol. Es una especie de válvula de escape, una forma de evasión para olvidar la porquería que consume al país. Entre los presentes está un famoso diseñador, personas anónimas y, por supuesto, no falta uno de esos que un día se fue a la cama hablando de revolución y justicia social, pero al siguiente se levantó millonario de franela roja. Nadie habla de política, todo el mundo va centrado en su objetivo: carne para las hallacas, para la parrilla o para el consumo diario. Los conocidos nos saludamos con una sonrisa, las caras nuevas también se notan y mientras estoy pagando, veo a uno de tantos testaferros despilfarrando el dinero que debería verse en las calles, en las manos de los ciudadanos, en escuelas, hospitales y autopistas. Se mueve con petulancia, pero no es capaz de sostener con su mirada el desprecio que se me sale por los ojos. Siento náuseas, pero no son consecuencia del casi imperceptible olor a carne cruda o a piel de pollo. Se aleja, sabe que es él quien huele a podrido. Afortunadamente ya mi pedido está listo y puedo irme.

Al salir de la burbuja la realidad me estalla en la cara: aquella estupenda calle llena de terrazas donde se pasaba la tarde entre amigos que luego cenaban juntos y se iban de fiesta, ya no es lo que fue. Casi no hay tráfico y los pocos negocios que se mantienen alrededor están cerrando. Queda un hilo de luz y el sol se despide oscureciendo la ciudad en la que antes el tráfico navideño era una fascinante locura. Nada importaba porque todos nos divertíamos, había de lo que queríamos, teníamos todo el tiempo del mundo para ir de compras ajustadas a nuestro presupuesto, podíamos tomar algo, visitar a los amigos, cenar, bailar y terminar la fiesta en la playa, no sin antes haber parado a desayunar empanadas de cazón.

Subo rapidito al carro y desaparezco pendiente de los retrovisores, llego a casa y aviso a mis acompañantes que estoy a salvo. Debí quedarme más rato en la burbuja disfrutando la ilusión de tener un país como el de antes, pero eso habría empeorado el estruendoso estallido que me gritaba: quien vive de ilusiones muere de desengaño.

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Aaron Greenwood

 

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Día 8: En la cola

Por seguridad es mejor no revelar los trucos que se usan para hacer una cola o meterse en el centro de la ciudad.  Aquí parte del trabajo de regresar a casa sano y salvo consiste en hacerse responsable de la propia seguridad. Ya sabemos todos para qué está la policía, esos uniformados que siempre llegan tarde cuando están atracando o matando a alguien, pero que cuando hay una protesta amanecen en la calle listos para ejercer la fuerza como sea.

Mi mamá piensa que regresé ilesa debido a la cantidad de santos, ángeles, vírgenes y cuanta entidad con aureola me acompaña (según ella) a petición suya. Yo pienso que esta vez tuve suerte y los numerosos atracos que se registraron le tocaron a otros. El caso es que el centro de la ciudad es un reflejo del país: negocios cerrados porque no aguantaron más, tiendas emblemáticas que desaparecieron, locales en venta por todos lados, taguaras que abren hasta mediodía porque después todo se queda desierto y se multiplican las probabilidades de recibir un balazo a cambio de la venta del día o la mercancía restante. Las tiendas lucen sucias, viejas, pocas tienen aire acondicionado y la mayoría no tiene ni ventilador para sus propios empleados. Los vendedores ambulantes son los reyes de las aceras en las que los perros hambrientos yacen esperando la muerte,  las cucarachas conviven con las legumbres y las pacas de efectivo, pues los buhoneros venden todo a muy bajo precio, pero sólo billete sobre billete que luego llevan a uno de esos sitios donde son puestos en venta con un recargo que da dolor de hígado.

En la cola también hay de todo: gente que no tiene qué comer, muchachitos descalzos que caminan de la mano de mujeres embarazadas con barrigas que albergan más parásitos que esperanza de vida. Jóvenes y viejos, pobres y menos pobres, todos intentan estirar al máximo los recursos disponibles, se mira mucho el precio y se organiza la logística para pasar poco tiempo expuesto y comprar lo que se pueda.

Me puse a hacer la cola para comprar un lujo: aceitunas rellenas de pimentón y algo de pasitas. Paré en el único sitio donde se conseguían aceitunas, se podía pagar con tarjeta y la gracia salía a setecientos mil bolívares el kilo, mientras que por cuatro salarios mínimos o, lo que es lo mismo, ochocientos mil bolívares, podía llevarme a casa un kilo de pasitas. Con este despropósito tiré la casa por la ventana para satisfacer las ganas de preparar hallacas con mi mamá. Después de veinte minutos escuchando el malestar de la gente harta de un gobierno que no para de robar y que con su barriga llena se burla de un pueblo famélico, una amiga me dijo que las pasitas y aceitunas estaban a mitad de precio en un negocio a media cuadra distancia. Me despedí de mis amigos de cola (la gente con la que uno despotrica de la miseria del país mientras espera) y me fui corriendo al otro sitio donde después de otros vente minutos haciendo una cola cuatro veces más larga que la anterior supe que las pasitas estaban a cuatrocientos cincuenta mil, pero no había aceitunas. Dejé a mi amiga en esa cola y volví a la anterior donde ya no reconocía a la gente que estaba esperando turno.

Después de llamarme pendeja mentalmente y de conocer a más gente que se quejaba de estar viviendo como jamás imaginó, me resigné a empezar otra vez de cero.  Una media hora después salió la dueña del negocio a preguntar qué quería cada uno e nosotros. Paró en la pareja que estaba detrás de mí y dijo: “hasta aquí vendo por hoy”. Cuando le pregunté a cuánto estaba el kilo de aceitunas rellenas… ¡Sorpresa! Ya costaba novecientos mil. En circunstancias normales la habría mandado al carajo y me habría ido a mi casa, pero como es evidente, el tiempo es dinero y mientras más se tarda en hacer una compra, más cara sale, las aceitunas no son excepción.

Sintiéndome cómplice de un robo compré las aceitunas. Mientras pagaba probando una y otra vez el aparato que se toma su tiempo para conectar con el banco y luego decir más de la mitad de las veces que el intento ha fallado o la operación ha sido rechazada, vi cómo en mi cara cerraban el negocio y en cuestión de minutos desaparecieron los clientes frustrados, los buhoneros con sus sacos llenos de legumbres, bichos y billetes, algunos de los carros que estaban estacionados, y hasta el perro.

Mañana toca explorar otro lugar intentando pasar desapercibida entre la multitud, haciendo amigos temporales y manteniendo la paciencia cuando algún sinvergüenza defienda el chavismo y se alegre al escucharme decir que ojalá Chávez estuviera vivo, aunque luego se trague la rabia cuando termino la frase con un “para verlo preso en Tocuyito pagando por haber robado y convertido a este país en un vertedero”.

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Día 7: ¿Cómo hace uno?

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En Navidad es normal querer hacer regalos a los niños y esperar el momento en que con sorpresa abrirán sus regalos. Los tíos por lo general están para malcriar a los sobrinos, y las tías como yo para regañar con peor cara que los padres, castigar sin piedad y comprar chocolate. Sin embargo, en este país no se piensa en chucherías ni en juguetes, sino en prioridades, en sobrevivir.

En una de esas tiendas que está liquidándolo todo porque los dueños también se van del país, encontré cositas para niños. Poco, pues hasta el San Nicolás de la entrada comenzaba a dar señas de no poder más.

Entre lo que quedaba encontré un par de zapatos en casi doscientos mil bolívares (los más accesibles, prácticamente un salario mínimo), y mirando a una amiga y dije: “si esto cuesta un par de zapatos y el salario mínimo es prácticamente lo mismo, ¿cómo hace una persona para dar calzado a un hijo sin dejar de darle de comer?” Antes de la respuesta de mi amiga, la vendedora que estaba cerca escuchando intervino: “uno deja de comer para que el niño coma y deja de comprarse zapatos para no dejar de calzarlo. Yo tengo un niño de ocho años y me vengo a trabajar sin comer para que mi hijo coma. Como solamente una vez, cuando llego en la noche, pero así voy aguantando y mi hijo no pasa hambre. Además, tengo suerte, una mis compañeras está de reposo por maternidad y hoy nos pidió comida porque lleva tiempo pasando hambre, está débil y el bebé se le está enfermando también. Así que me puse de acuerdo con las demás para regalarle un paquete de harina y algo con qué rellenar la arepa, porque ayer comió una sola vez, por la noche, una arepa sin nada”.

¿Qué se le puede decir a una madre en esa situación? Y lo peor, ¿cómo ayudarla si la mayoría del país está igual o peor? Es terrible tener que escoger a quién ayudar, hacer un triaje en base a las posibilidades propias, la necesidad, la urgencia y la relación con los afectados. Es desgarrador ver a una mujer con notables signos de anemia diciendo que come una vez al día para que su hijo no pase hambre. Aquí no hay Navidad para nadie, y ahora entiendo al San Nicolás de la entrada, aunque no estoy segura de si está deprimido o se le cae la cara de vergüenza no poder cumplir su labor.

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Día 6: Obediencia

 

 

Cuando uno entra a lugares como centros comerciales, hospitales, restaurantes, encuentra un cartel que dice: “Prohibido portar armas de fuego en este espacio”. Como si ese cartel fuera suficiente para evitar las tres muertes violentas que cada hora se producen en el territorio nacional.

Ese cartel refleja una falsa preocupación del régimen por demostrar que hace algo por la seguridad de los venezolanos, como si el uso de armas de fuego estuviera supeditado a la existencia o no de una pistola en un pálido círculo, igual que una prohibición de fumar. El chavismo pretende que asesinos que no respetan la vida, le ley, la luz del sol, la cantidad de gente en la calle, la edad, ni mucho menos las súplicas de sus víctimas cuando son encañonadas, obedezcan un cartel que prohíbe el porte armas. El mismo gobierno que llena las calles de matones uniformados y ordena que disparen a quemarropa a jóvenes estudiantes que protestan para tener una vida digna, en libertad, aspira a que los malandros no uniformados utilizados para amedrentar a opositores no anden por ahí con armas de fuego cuando no se les pide.

Y ahí estaba yo, como pajarito en grama cuando a las diez de la mañana saqué mi cámara los segundos suficientes para hacer una foto en un lugar donde a cada rato atracan a punta de pistola. Luego desaparecí en el edificio intentando camuflarme entre la gente por si algún malandro me venía siguiendo dispuesto a demostrar que ese cartel no sirve para un carajo.

Caracas, Maturín, Ciudad Guayana y Valencia ocupan el primer, sexto, octavo y noveno puesto de las ciudades más violentas del mundo. Si los cartelitos fueran tan efectivos, las morgues no estarían llenas de cadáveres agujereados a punta de plomo. Pero claro, se pone un dibujito con unas letras confiando en la obediencia de quienes reinan en las calles de este país repartiendo balas como si se tratara de caramelos en una piñata.

Salí del edificio en compañía de otras personas que en perfecta sincronía con el conductor llegamos al punto de recogida justo cuando estaba deteniéndose el carro que nos iba  a transportar. Porque la verdadera obediencia está en moverse con rapidez cuando alguien dice: “salgan que estoy llegando”, no en los carteles ridículos que hasta darían risa  si no fuera por la cantidad de personas que han sido víctimas del hampa frente a ellos.

 

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Día 5: mendigando vivir

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No importa si no hay dinero mientras haya salud. Eso funciona en cualquier parte del mundo excepto en el país en el que los hospitales están arruinados, el dinero no vale nada y las medicinas no existen.

Después de la comida, una emergencia médica es una de las principales preocupaciones en este país. No hay nada en centros asistenciales públicos y privados. Reconocidas clínicas se están cayendo a pedazos, no tienen papel higiénico en los baños, los equipos están dañados,  sólo cuentan con el talento de médicos brillantes y la buena voluntad de todo el personal sanitario que hace lo que puede en medio de tanta penuria. Los hospitales están contaminados, no hay material de ningún tipo y ni siquiera seguridad para quienes son asaltados a punta de pistola incluso dentro de un quirófano.

Los creyentes se aferran a su fe, una fe que tiene que luchar contra las adversidades y gastos médicos que consumen toda posesión material necesaria para salvar la vida de un ser querido. Pero como en Venezuela las desgracias vienen en combo, a una emergencia médica hay que sumar la profunda escasez de medicinas que precisa crear un aparato logístico entre amigos, familiares y hasta desconocidos (auxiliado por los que viven en el extranjero) para poder conseguir desde analgésicos, pasando por antibióticos, anestesia, insulina… Aquí falta todo compuesto químico indispensable para cualquier tipo de tratamiento, algunos incluso puede ser adquiridos únicamente por hospitales. Para resumir: en Venezuela no se consiguen ni las mangueritas que llevan suero hasta la vena.

A través de anuncios de radio, grupos de mensajería instantánea, redes sociales, y cualquier medio que sea útil se inicia la angustiosa búsqueda. Una vez localizados, las pastillas, ampollas, goteros, etc, viajan cientos o miles de kilómetros empacadas como oro en polvo en manos de alguien que se encarga de llevarlas hasta la cama del paciente. El problema, como si todo lo demás fuera poca cosa, es que en muchos casos los pacientes expiran entre los brazos de familiares desesperados que suplican atención en centros que no cuentan con lo mínimo necesario para llenar el botiquín de un colegio.  e estos llegan las medicinas o la ayuda económica cuando ya visten de luto y lo recaudado para pagar una clínica se destina a gastos funerarios. ¿Qué creen que pasa con  aquellas familias que acuden a un hospital público? Pues esto: la agonía es más insoportable y la muerte llega antes.

Sobrevivir en Venezuela es un milagro cotidiano, mantener a alguien en una Unidad de Cuidados Intensivos es el resultado de un esfuerzo heroico  de amigos y familiares que sólo aguantan la mecha por amor y el firme deseo de pronto volver a sonreír junto a la persona con la salud quebrantada. En este país hay quienes están mendigando comida, quienes lo hacen por medicinas y quienes lo hacen por ambas cosas. Entre ellos, los defensores del creador de esta pesadilla, el mismo que se puso las pilas y cuando le diagnosticaron un cáncer se fue corriendo a Cuba porque él, con todo el poder, dinero robado y retórica del mundo no tuvo coraje de tratar su enfermedad en un hospital como esos que como pueden prestan servicio a millones de venezolanos. Y como él no se salvó, sus herederos (con las excusas más inverosímiles) niegan diariamente a los venezolanos el derecho a la vida y la salud.

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